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Full text of "Guerras piráticas de Filipinas contra mindanaos y joloanos : corr. é ilustradas por don Vicente Barrantes"

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U.BC ÜBRARY 



GUERRAS PIRÁTICAS 



DK 



FILIPINAS. 




Edgar Wickberg 



BIBLIO TECA HISPANO- UL TR AMARINA 



GUERRAS PIRÁTICAS 



DE 

FILIPINAS 



contra inindanaos y Jo lóanos, 



CORREGIDAS E ILUSTRADAS 

f / a'' 

/ r 

DON VICENTE BAK K ANTES, (/- / ^ 

P / ■)■ 



IMDIVIDUO DE NUMERO DE LAS REALES ACADEMIAS 
ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA. 




OOCJO^O 




MADRID 

IMIMíENTA 1)K M.\NUP:i. G. HKKNANDEZ 
San Miguel, ¿'J, bajo 
1878 



£S PROPIEDAD. 



TOMO III DE LA BIBLIOTECA HISPANC-ULTRAMARINA. 



CARTA NUNCUPATORIA 

AL EXCMO. É ILMO. SEÑOR OBISPO DE CÓRDOBA 
FR. ZEFERINO GONZÁLEZ, 

DE LA SAGRADA ORDEN DE PREDICADORES. 



Tenia resuelto en mi ánimo, querido amigo y 
respetable padre, ofrecer á Vd. el primer libro que 
acerca de Filipinas escribiese, por haber sido aquel 
país teatro de sus evangélicos trabajos y como la 
cuna de su hermosa inteligencia arrullada en el 
amante seno de la Universidad de Santo Tomás, 
y aunque ruin y acaso indigno en puridad del 
nombre de libro, es al cabo éste que le envió un 
cuerpo histórico de bastante importancia en estos 
momentos para que ir á sus manos merezca, ya 
que de las mias será difícil que en mucho tiempo 
salga otro más acabado. Su origen, de Vd. harto 
conocido, necesita explicación para el vulgo de 
las gentes. 

Circula con cierta abundancia en Filipinas un 



VI Carta nuncupatoria. 



abultado manuscrito en folio, que explotan á ma- 
ravilla los diarios y los escritores locales, del cual 
he sacado, por vía de extracto unas veces y de 
copia las más, este volumen de las Guerras pirá- 
ticas contra mindanaos y joloanos. Título antilite- 
rario y kilométrico ostenta el original: Demostra- 
ción histórica de cuantas depredaciones llevan 
cometidas los moros desde que se incorporaron 
estas islas á la monarquía española^ medidas de 
toda especie tomadas por el gobierno para conte- 
nerlos é indicaciones que se presentan para hacer- 
les la guerra con mejor fruto que hasta aquí, áfin 
de que las Visayas se vean libres de las continuas 
opresiones que sufren; título que por sí sólo indica 
la falta de literatura del autor y lo desmañado de 
la obra, circunstancias que me aconsejaron refun- 
dirla, única manera de que ver la luz mereciese. 
Tenia para ello autorización expresa de la persona 
que me facilitó el manuscrito en Manila en Junio 
de 1868, la cual invocaba derechos de propiedad 
literaria, que yo creo más bien de herencia, funda- 
do en ciertos antecedentes. Sin tal autorización, 
que guardo en mi poder, nunca emprendiera yo 
un trabajo más difícil que lucido, y más importante 
para nuestra política de Ultramar que para las 
letras, hoy sobre todo que estas cuestiones de 
Joló y Mindanao pueden ser para el gobierno 



Caria nuncupatoria. vu 



español origen de complicaciones muy trascenden- 
tales y acaso están ya siéndolo. 

Aquel que como Vd. conozca el estilo y la ma- 
nera de escribir de los que podemos llamar litera- 
tos-burócratas de Filipinas, que amañan libros y 
centones en sus despachos oficinescos sacando á 
trompón las noticias de los expedientes que los 
abruman, comprenderá el inmenso trabajo que ha 
debido costarme el reducir á una relación media- 
namente límpida y ordenada aquel fárrago mal 
zurcido de comunicaciones oficiales, donde los 
hechos históricos y los datos de verdadero interés 
se hallan materialmente ahogados en un mar de 
pueriles detalles, de observaciones inoportunas ó 
de párrafos sin sentido, cuando no de chismerías 
de localidad. Faltos de educación literaria los ta- 
les escritores, no aciertan en caso alguno á trazar 
la línea que divide, en la región de los hechos, los 
que son dignos de la historia de los que pertene- 
cen á la esfera más ínfima de la personalidad hu- 
mana y deben morir con ella, y entre las aprecia- 
ciones, las que entrañan la verdadera filosofía 
histórica, de las que apenas si merecen servir de 
pábulo á la murmuración de las tertulias, que allí 
constituye casi toda la vida extraoficial. Así los 
libros que tejen son á manera de montones de es- 
corial, donde encontrar el oro y apartarlo para el 



VIII Carta nuncupatoria. 



crisol, es á las veces más difícil que hacer el libro 
de nuevo. Pasan luego á las manos pecadoras de 
los escribientes indios, que Vd. sabe mxcjor que 
nadie lo que son, mi querido señor obispo, y cómo 
desfiguran y abigarran nuestra lengua, de suerte 
que cuando el autor no confronta y corrige por sí 
mismo las copias, remedan aquellos corridos ó 
romances de ciego que se venden á granel por los 
mercados filipinos, donde se miran nuestras leyen- 
das del Cid y Bernardo del Carpió tan indianiza- 
das y desconocidas, que si España desapareciera 
del mundo y su literatura de la memoria de las 
gentes, serian ipso fado monumentos prehistóricos 
anteriores al diluvio, con los cuales podrían los 
indianistas negar la existencia de Dios y muchas 
cosas más, como están haciendo ahora los tra- 
ductores de Jacolliot y de sus novelas gangéticas. 
Merecia, sin embargo, la obra que nos ocupa el 
trabajo que me he tomado, no sólo por su asunto 
sino por ser, aunque desaliñada é inhábil, una su- 
cesión de hechos históricos interesantes y de im- 
prescindible estudio para el porvenir de las islas 
Filipinas, hoy más que nunca digno de el de los 
hombres de Estado. Así cuantas publicaciones 
modernas se refieren á los múltiples episodios de 
nuestra lucha tradicional con los belicosos vecinos 
del archipiélago, al compendiar la historia de la 



Carta nuncupatoria. ix 

piratería en sus primeros capítulos, como antece- 
dente imprescindible de la narración, explotan á 
mansalva el manuscrito que en este volumen ofrez- 
co á Vd. por ser la fuente más abundosa y hasta 
cierto punto más fidedigna de cuantas posee la 
occeánica literatura. En el Apunte bibliográfico 
que he puesto al final del libro, y en otras partes 
de los Apéndices y van señalados á la ligera los es- 
critores que se encuentran en este caso, no por 
todos confesado, excepción hecha de su amigo 
de Vd. y mió el sabio obispo de Nueva Cáceres, 
que en su Memoria sobre las expediciones de Ba- 
lan guingui y jfoló alguna vez le tributa elogios. 

Atento á la difícil situación de nuestra política 
ultramarina, que conozco á fondo y respeto como 
buen ciudadano, me he contenido para las ilustra- 
ciones y perfiles de esta obra dentro de los límites 
trazados por el manuscrito manilense, que acaba, 
como Vd. recordará, en 1806, con la muerte del 
capitán general D. Rafael María de Aguilar, pues 
las expediciones que después se han hecho contra 
los piratas, principalmente la última, obedecen á 
un plan enteramente distinto de las anteriores, 
plan que para mí tiene mucho de censurable y 
que todavía no puede ser juzgado con imparciali- 
dad por la historia. Demás que las expediciones 
modernas, excepto esa á que acabo de referirme, 



Carta nuncupatoria. 



están ya narradas en sendos y excelentes libros, 
que vienen como, quien dice, á ser el complemen- 
to de las Guerras piráticas] y quizás aquella no 
lo está por el temor de los escritores á incurrir en 
graves inconveniencias, cuando reseñasen la inter- 
vención misteriosa de una bandera que á todas 
partes adonde acude en tierra y mar, lleva en sus 
pliegues complicaciones y peligros para la raza 
latina. Observación es, por cierto, muy triste, que 
á la perspicacia de Vd. no habrá escapado, mi que- 
rido P. Zeferino, cómo se perpetúa y bajo distin- 
tos disfraces sigue, unas veces impidiendo y otras 
esterilizando nuestras empresas contra los piratas, 
aquel espíritu que llamaba el famoso P. Mastrilli 
en el siglo XVII «el gran diablo de Mindanao;» 
espíritu que en los primeros tiempos fué portu- 
gués, luego holandés y británico, y por último, 
en este siglo ha sido franco y alemán; espíritu que 
tiene la culpa de que nunca hayamos podido pe- 
netrar con la religión y la política, á donde facilí- 
simamente hemos alcanzado siempre con la es- 
pada. 

Acaso me censurará Vd. por no haber comple- 
tado este trabajo, desarrollando en el texto las es- 
pecies indicadas en las notas, rectificando la cro- 
nología, corrigiendo y uniformando los nombres 
propios y geográficos; en una palabra, haciendo li- 



Carta nuncupatoria. \i 

terario y bello lo que es hoy curioso y útil; lo cual, 
aunque estuviera, que lo dudo, á mis alcances, no 
me parece que toca á la jurisdicción de un simple 
editor, porque desnaturalizarla el carácter de la 
obra, borrarla de ella el perfume de simplicidad 
que puede ser uno de sus méritos, y sobre todo 
confundiría lamentablemente las responsabilidades 
literarias, cuestión de conciencia intelectual que 
tiene mucha fuerza para mí. Eso se hace y puede 
hacerse cuando se llama el refundidor Moreto ó 
Lesage, cuando se tiene la seguridad de acertar y 
que los lectores no echen de menos al autor pri- 
mitivo, y finalmente, cuando no se guardan á éste 
consideraciones de ningún linaje, ya por falta de 
aprensión, ya por sobra de vanidad. Otras me han 
movido también á limitar la enmienda al estilo y 
los hechos de más bulto, cerrando los ojos á los 
errores cronolóí^icos v geoo^ráficos, á muchos de 
plan y organismo, y á otros más que saltan á la 
vista, consideraciones que se refieren á la cabida 
y calidad del volumen y al temor de que resultara 
(me valdré de un símil) pájaro de mucha pluma y 
poca carne. La empresa no ofrecía dificultades in- 
superables á quien tiene á la mano documentos 
que ni siquiera de nombre conoció el autor, como 
la Disertación histór ico-política publicada por el 
P. Torrubia en la primera mitad del siglo pasado 



XII Carta nuncupatoria. 

sobre la extensión del mahometismo en Filipinas, la 
cual debió servir á ésta como de croquis si hubiera 
sido el anónimo algo literato, y sin contar las prin- 
cipales historias antiguas y modernas de Mindanao 
y Filipinas, ni multitud de Relaciones impresas y 
manuscritas de sucesos particulares, la obra ita- 
liana del P. Cuarterón, última palabra de la geo- 
grafía y del régimen interior de las islas Célebes, 
Joló, Borneo, Labuan, y casi toda aquella red inex- 
tricable de archipiélagos que son el nido de la pira- 
tería. Acaso lo hubiera hecho así en una situación 
más desembarazada bajo el punto de vista político 
y diplomático, y á serme factible dar al libro carác- 
ter general que hasta nuestros dias alcanzase ; pero 
Vd. comprende la circunspección que las circuns- 
tancias me imponen. Mi responsabilidad literaria 
está cubierta con señalar el camino y las fuentes 
históricas al escritor que en época distinta venga 
detrás de nosotros. Bastábame seguir el ejemplo 
del modesto P. Martinez de Zúñiga, que podando 
sin piedad la historia general del P. Concepción 
hi redujo á un compendio útilísimo, el más bus- 
cado y estimable de todos los artículos modernos 
de esta literatura. Escasa tercera parte del manus- 
crito anónimo es lo que ofrezco al público debajo 
del nombre de Vd., lisonjeándome la esperanza 
de que los inteligentes aplaudirán el fatigoso tra- 



Carta nuncupatoria. xrn 



bajo que me he tomado para armonizar la na- 
turalidad y sencillez de la producción filipina con 
las exigencias de la literatura española. Tres ó 
cuatro capítulos á las veces me han dado materia 
para uno sólo, y la división arbitraria en libros 
ó partes ha desaparecido por completo. Vuel- 
ven, pues, á la oscuridad de los archivos del 
Gobierno de Manila, de donde nunca debieron 
salir, cientos de informes y comunicaciones que 
se insertaban íntegras ó poco menos, y otros 
tantos proyectos fantásticos que con delectación 
se copiaron, porque aquel es el país de los pro- 
yectistas, como sabe Vd. mejor que yo. Inepcias, 
insipideces, chismes y vulgaridades, aunque pue- 
dan tener color local y algún sentido en ciertas 
épocas, no merecen puesto en la historia. 

Voy á concluir vindicando, porque así la justicia 
me lo pide, á la literatura hispano-ultramarina del 
cargo que parece entrañado en cuanto llevo di- 
cho, y que tiene su explicación filosófica en el es- 
píritu de los tiempos y en la degeneración del 
elemento oficial de donde saca el mayor número 
de sus escritores. Tuvo allí la historia por princi- 
pales fuentes en los siglos decimosexto y décimo- 
sétimo las Cartas de relación^ que era la fórmula 
adoptada por los conquistadores y las autoridades 
para entenderse con los reyes de España é Indias; 



XIV Carta nuncupatoria. 



fórmula peligrosa en verdad y ocasionada, como los 
sucesos han probado, á dar pábulo á las pasiones, 
alimento á las intrigas y alas á toda intención avie- 
sa, pues aunque sean á personas oficiales endere- 
zadas, las cartas al fin parece como que brindan al 
espíritu mayor desahogo y á la franqueza más' 
campo que el grave documento ó el oficio de me- 
dia margen. Pronto cayó, por consiguiente, aquella 
fórmula en la vulgaridad y el prosaísmo, tan pronto 
como los sucesos y los personajes dejaron de ser 
de primer orden, y sin embargo, se conserva 
todavía en la esfera oficial por un respeto á la tra- 
dición que yo no censuro, de suerte que la última 
comunicación del último virey de Méjico tiene la 
misma forma confidencial que la primera Carta de 
Hernán Cortés, y así escribe hoy el capitán gene- 
ral de Manila al ministro de Ultramar como Le- 
gaspi ó D. Juan de Silva escribian al Consejo de 
Indias. Siguen, pues, siendo las cartas y los archi- 
vos oficiales el primer elemento histórico de un 
país donde toda la vida pública está concentrada en 
la oficial, y por eso el modelo de su historia civil 
moderna se halla en las Memorias históricas y es- 
tadísticas de D. Rafael Diaz Arenas, tan desbara- 
justadas é inextricables como un expediente mal 
enlegajado. ¿Qué ha de suceder á un escritor de 
escasa educación literaria ó de gusto ya indianizado 



Carta nuncupatoria. xv 



que se encuentra con un fárrago de documentos 
cuya misma singularidad los hace parecer más 
apreciables? Está para mí fuera de duda que al de 
la Demostración histórica se le facilitaron por el 
gobierno superior y la comandancia general de ma- 
rina cuantos expedientes y datos existían en su 
tiempo relativos á este negocio de los piratas, y 
abrumado el pobre hombre por tal balumba, tejió 
un centón indigesto y difuso con lo que en otras 
manos, ó dos siglos más atrás, hubiera sido materia 
de un libro tan bello como útil. Lo mismo aconte- 
ció al autor de la única Historia general de Fili- 
pinas que tenemos, cuyos catorce tomos ha com- 
pendiado en uno el P. Zúñiga. Es muy difícil allí 
distinguir el interés local del general, y no tomar 
por montañas los granos de arena. 

Y teniendo á la mano tanta materia prima de in- 
terés más ó menos real en aquellas regiones, pero 
nulo en Europa, es también difícil revolver los ojos 
á otras esferas literarias y no figurarse que allí está 
la historia toda que se pretende escribir. De épocas 
enteras ha hecho nuestro autor caso omiso, quizás 
porque el anay ha devorado sus antecedentes ofi- 
ciales, siendo así que pudo buscarlos en otra parte, 
pues no parece sino que él fuera el primero que 
en la piratería se ocupara. Llenar estas lagunas de 
la mejor manera posible me he propuesto en los 



XVI Carta nuncupatoria. 

Apéndices. Son los más importantes cartas de je- 
suítas, sacadas de la riqm'sima colección de la Aca- 
demia de la Historia, y que por varios estilos se 
recomiendan á la atención de Vd. y del lector, no 
sólo porque conservan el castizo espíritu de las 
antiguas relaciones epistolares, sino por la mucha 
luz que dan á períodos y sucesos históricos en este 
mismo libro mal presentados. Las de Felipe V á los 
harapientos sultanes de Joló y Tamontaca, que una 
de ellas contiene, hasta hoy no han visto la luz pú- 
blica, que yo sepa, y acreditan la humildad con que 
el primer Borbon llenó las prescripciones religioso- 
políticas de su abuelo Luis XIV, insertas en las 
Memorias de Trouville. De otra cosa me he cui- 
dado también mucho en los Apéndices y en el 
Apunte bibliográfico^ que es recoger cuantos datos 
y documentos históricos se relacionan con nues- 
tros derechos al territorio de los piratas, con una 
mira que Vd. comprenderá, y que si sale un poco 
del cuadro literario, responde á la oportunidad 
política y diplomática de la obra. Que ella no pa- 
rezca á Vd. del todo indigna de un buen español y 
de llevar el ilustre nombre del obispo de Córdoba 
en la primera página, es lo que en resumen y 
muy principalmente desea su amigo y apasionado 

V. Barrantes. 



GUERRAS PIRÁTICAS 



DE 



FILIPINAS. 



INTRODUCCIÓN. 



DESCUBIERTAS é íncorporadas estas islas á la mo- 
narquía española en el año de 1564, no presen- 
taron los varios Régulos que las gobernaban notable 
resistencia á los invasores en los varios encuentros que 
se ofrecieron; solamente los moros dueños de la isla de 
Mindanao, y los joloanos, hiciéronse desde un princi- 
pio sordos á nuestros halagos, por oponerse la religión 
que profesaban al sacrificio de sus pasiones, al revés 
de la nuestra, que lo exige para dirigir los hombres ha- 
cia la felicidad terrestre y eterna. Los pueblos del Asia 
regidos por déspotas orgullosos, aunque muchos de 
ellos están distantes de llamarse reinos constituidos 
sobre bases dejusticia, no mantienen embajadores como 



Guerras piráticas de Filipinas. 



nosotros para establecer paces y relaciones de buena 
vecindad, y aun lo miran como depresivo de sus de- 
rechos, cuando envian ó admiten mediadores de las 
diferencias que ocurren con sus vecinos. Los moros de 
Mindanao, que siempre serán unos bárbaros, mientras 
no conozcan los derechos del hombre ni las leyes de la 
civilización , fueron los primeros á hacer frente a los 
españoles. Los portugueses, entonces dueños de las 
envidiadas Molucas, y después los holandeses, aprove- 
chándose de la antipatía que nos mostraban los moros, 
fomentaron su encono contra nosotros, proveyéndolos 
de armas y municiones de guerra, para que el estable- 
cimiento naciente de Manila no tomase cuerpo, y á es- 
tos enemigos hay que agregar los aventureros ófiibus- 
íieres^ que vinieron á estos mares á piratear. Así pues, 
los españoles del siglo XVI, á raíz de la conquista que 
aún los ocupaba, por más esfuerzos que hicieron, no 
estaban en disposición de sojuzgar á los moros que ha- 
bían dado tantas muestras de valor para conservar su 
independencia. 

Sujeta Mindanao á un príncipe que á su vez está su- 
jeto á los desvarios de sus vasallos, sigue la religión 
del Profeta. Los mindayanos propiamente así llamados 
para distinguirlos de los ilanos, que se llaman así por 
ocupar las montañas, negociaban entonces con las 
otras naciones del Asia, y mantenían desde muy anti- 



Introducción. 



guo embarcaciones armadas para defender sus costas, 
donde con el tiempo fueron estableciendo fuertes para 
impedir desembarcos. Naturalmente ágiles, ingeniosos 
y fieros, no tienen más nociones de religión que algu- 
nos ritos adulterados del mahometismo, que practican 
indiferentemente el viernes ó el sábado, besando diver- 
sas veces el suelo cuando rezan, mientras otros hablan, 
cantan, juegan, ó se ejercitan en el manejo del arma 
blanca. Perezosos para el trabajo, y sumamente acti- 
vos para sus latrocinios, son implacables con sus ad- 
versarios, vengativos y crueles cuando se creen ofen- 
didos; pero no dejan de ser civiles en algún modo con 
los que tienen relaciones de amistad. Dos lenguas son 
las que hablan indiferentemente, su lengua natural y 
la malaya; usan muchas palabras árabes, principalmente 
en sus oraciones, y en sus encuentros se saludan y se 
despiden en lengua turca. 

Aún hay en el dia personas de ambos sexos que ha- 
blan el español, y conservan por tradición la memoria 
de haber residido allí algún tiempo religiosos nuestros 
con el objeto de convertir al rey y á sus subditos. En- 
tonces fué cuando comenzaron á aprender el español, 
y los españoles á quererlos reducir; y verosímilmente 
lo hubieran logrado, si la tropa no se hubiera visto en 
la precisión de dejar la isla, á causa de que Manila se 
puso en estado de defensa contra los chinos que 



Guerras piráticas de Filipinas. 



amenazaban invadirla. No bien los españoles se au- 
sentaron, cuando el rey arrasó y demolió el fuerte 
que levantamos; se apoderó de los cañones y despi- 
dió á los religiosos misioneros que hablan tenido el 
valor de quedarse allí solos, no habiendo permitido 
después que enviásemos otros. 

Los joloanos, también de la secta de Mahoma, no 
eran entonces tan atroces como en la actualidad, y 
sus sultanes tenian más dominio sobre el pueblo. Ha- 
bla entre ellos algunos árabes que tenian escuela é 
influjo, y los mantenían en un estado de cultura re- 
lativa, á los cuales han sucedido indios renegados, que 
han hecho olvidar á los sultanes aquel estilo pom- 
poso que usaban antiguamente en su correspondencia 
con el gobierno de Manila. 

Todo esto demuestra que un esfuerzo por nuestra 
parte, dirigido con madurez, tino y prudencia, podría 
reducir á Mindanao y á Joló á la razón, y con éstos, á 
todos los demás piratas que infestan el Archipiélago. 
Esta obrita, pues, hará patente la perversa conducta 
del moro, á la par que nuestra prudencia, ya para 
conciliar su amistad, ya para contener sus piraterías. 
No me ha movido otro interés al escribirla, sino cor- 
responder á la confianza de la Sociedad Económica de 
estas islas, que me ha encargado esta tarea, superior á 
mis fuerzas sin duda alguna, por lo cual ruego á los 



Introducción. 



críticos que á lo menos usen en su lectura de in- 
dulgencia, pues siquiera podrá ser provechosa al go- 
bierno y al público, rectificada por pluma más dies- 
tra que la mia, para el estudio de cuestiones que 
si ahora son de interés, pueden en lo futuro ser hasta 
de existencia para las islas Filipinas. 



CAPITULO I,— Primeras depredaciones de los 
moros. Establecimiento del presidio de Zam- 
boanga para contenerlos. Motivo por que 
abandonamos los españoles á Joló. Origen de 
la armada de Pintados. 



A PENAS establecido el gobierno de estas islas, cuando 
A aún no se hablan echado del todo los cimientos 
de esta ciudad de Manila, ya los moros hablan dado 
principio á sus hostilidades apresando una embarca- 
ción nuestra, que venia de Zebú con algunos uten- 
silios que se necesitaban para la fábrica y fortifica- 
ción de esta ciudad. Su tripulación, que se componía 
la mayor parte de europeos, quedó esclava, y desde 
entonces alentados con este primer ensayo, comenza- 
ron á sembrar la depredación por todas las islas 
del Archipiélago, y á burlarse de las pocas fuerzas 
que podíamos entonces oponerles. La pérdida de uno 
.de los buques que enviamos en su persecución de 



Guerras piráticas de Filipinas. 



resultas de un temporal, fué otra circunstancia que 
vino á favorecerles. 

Pocos años después de esto, fundada Manila, y 
establecido en ella sólidamente el gobierno, se pre- 
sentó aquí el reyezuelo de Borneo pidiendo auxilio 
para recuperar su trono, que se lo habia usurpado su 
hermano, prometiendo hacerse con sus vasallos tribu- 
tario de España, y el gobernador, ilusionado con la 
idea de que así le seria fácil apoderarse de las Molu- 
cas, idea romanesca que entre otras muchas caracteri- 
zaba á los españoles de aquella época, se ofreció á ir 
en persona á poner á Sirela, que así se llamaba el 
reyezuelo, en posesión de sus estados; pero hasta 
1579 no P^'io salir de Manila con treinta paraos tri- 
pulados por españoles y naturales de las islas, con los 
cuales derrotó á los enemigos y restableció á Sirela en 
su trono, después de haber hecho á su hermano 
refugiarse en los montes. Vuelto á Manila . el señor 
Sande con proyectos de reducir totalmente a la obe- 
diencia española á Joló y Mindanao, despachó va- 
rias escuadrillas á hostilizarlos, y en efecto logró la 
reducción de los moros por algunos años, laurel que 
no tardó en marchitarse por falta de medios con que 
mantener aquellas posiciones, y la excesiva confian- 
za puesta en ellos. Admitidos los traficantes de 
Borneo á comerciar en esta ciudad, hicieron causa 
común con los pampangos para destruir á los es- 
pañoles , y desde entonces se vio claro que los 
moros solo se sometían por necesidad, sin perjuicio 
de hacernos traición en cuanto vieran la suya. Lo 



Capítulo I. 9 

mismo sucedió en Miiidanao, donde un moro ma- 
tó á traición al adelantado Figueroa, perdiéndose 
todo el fruto de la expedición de que iba encar- 
gado. Otro tanto sucedió con el gobernador del 
presidio de la Caldera, que quiso acometer á los 
joloanos, y éstos le mataron, así como á la mayor 
parte de los soldados que llevaba. 

Suprimido con este motivo aquel presidio, los jo- 
loanos y mindanaos invadieron con cincuenta cara- 
coas las islas de Zebú, Negros y Panay (1590), y 
no contentos con devastar casi todas las Visayas, 
al año siguiente repitieron la expedición en térmi- 
nos que los indios se retiraron á lo más espeso de 
los montes, de donde costó mucho trabajo reducir- 
los á población, pues una mujer que se erigió en 
sibila ó profetisa, les predicaba que no obedeciesen 
más á los españoles, pues se habian aliado con los 
moros para esterminar á todos los pintados^ deno- 
minación antigua de los naturales de Visayas. 

Para reprimir estos insultos, mandó el goberna- 
dor á Joló una armada respetable con doscientos 
españoles, y sabedor el reyezuelo del peligro que 
le amenazaba, se encerró en un cerro bien forti- 
ficado, y aguardó allí á nuestra armada, que se vio 
precisada á retirarse, contentándose su capitán con 
matar algunos moros que halló dispersos por otros 
lugares. Algunos de éstos que escaparon de la ma- 
tanza, cometieron en seguida tantos atentados, que 
hubo que establecer á toda prisa una fuerza en 
Iloílo, cuyos cimientos se estaban echando, al mis- 



lo Guerras piráticas de Filipinas. 

mo tiempo que los moros quemaban y saqueaban 
los pueblos circunvecinos. Así llegaron á creer los 
pintados que sus desgracias provenían de la apari- 
ción de los españoles. En Manila, por otra parte, 
llegó á creerse que nuestra dominación corria pe- 
ligro, si no se hallaban remedios que oponer á las 
incursiones de los moros, y que llegaría el caso de 
perderse el fruto de la conquista, convenciéndose 
los naturales de que la protección española era im- 
potente. No bastaban cuantos fuertecillos se habían 
fabricado y que iban abandonándose á pesar de los 
esfuerzos que hacían los frailes doctrineros, que 
eran los primeros á defender á sus feligreses con 
las armas en la mano; armas quitadas por ellos 
mismos al enemigo, ó adquiridas con sus estipen- 
dios, ó las cortas limosnas que mendigaban . Al- 
gunos pueblos habían desaparecido del lugar que 
antes ocupaban, y ¿qué más? hasta quemaron al- 
gunos astilleros que entonces estaban fuera de Ca- 
vite, siendo el de más consideración el que des- 
truyeron en el sitio de Pantao, partido de Cama- 
rines (i 617), no obstante estar presidiado con guarni- 
ción y cañones , quemando un galeón y dos pa- 
taches, todas las oficinas y habitaciones, cautivando 
á la maestranza y otras muchas personas de distin- 
ción, que solo lo destruido y saqueado se estimó 
en más de un millón de pesos. En fin, fué me- 
nester un esfuerzo supremo, á pesar de la penuria 
de las Cajas Reales, y armar en Iloilo una escua- 
drilla de juangas, pancos ó caracoas, que todo es 



Capitulo I. II 

uno, que llegó á destrozar veinticuatro enemigas, 
y poner en fuga á otras tantas; victoria que con 
otras al año siguiente contuvieron por algún tiempo 
álos moros. La armadilla, reforzada más tarde (1626), 
desembarcó en Joló, redujo á cenizas el pueblo, 
y destruyó sesenta juangas, apresando ciento con 
armas de fuego, pólvora y azufre. 

Lo mismo se hizo en Basilan, donde logramos 
redimir á muchos españoles que gemian en cauti- 
verio (1630). 

Con el Mindanao teniamos paces por aquel tiempo, 
y sin embargo seguía el ejemplo de Joló, hacién- 
donos cuantos destrozos podia, pues si por una parte 
conseguíamos amedrentar al uno, el otro nos acometía 
para entre tanto reponerse el vencido y volver á 
la carga, siendo imposible establecer con ellos re- 
laciones, pues eran incapaces de guardar los trata- 
dos que se estipulasen con ellos. Entonces se fundó, 
siguiendo la opinión de los jesuítas, el presidio de 
Zamboanga, para contener a los mindanaos. El 
nuevo gobernador, don Sebastian Hurtado de Cor- 
cuera, establecido que fué, impuso á los naturales 
el donativo de palay, llamado de Zamboanga, que 
desde entonces corre, incorporado posteriormente á 
la contribución personal ó tributo que pagan los 
indios, suceso compensado con la sensible pérdida 
de Isla Hermosa, por haberla dejado indefensa la 
guarnición, retirándose á esta ciudad para otros de- 
signios que se consideraron más importantes, des- 
gracia notablemente sentida, tanto por su fertilidad 



12 Guerras piráticas de Filipinas. 

y conveniencia para el comercio, cuanto por la nu- 
merosa cristiandad que la poblaba, y la mucha san- 
gre española que había costado su conquista. 

La fortaleza de Zamboanga fué de piedra y tenia 
para su defensa una armadilla ligera de embarcacio- 
nes, que solo conseguía aminorar los robos, sacri- 
legios, cautiverios y muertes que ejecutaban los 
moros, por lo cual una real cédula mandó á este 
gobierno hacer un esfuerzo supremo, que no pudo 
tener lugar hasta el año siguiente por los parti- 
dos é intrigas que entonces habia en Manila, á 
causa del abuso que las autoridades hacían de su 
poder. Las competencias suscitadas entre el gober- 
nador y el arzobispo tenían á todo el vecindario 
suspenso y dividido. Cuando le pareció á Corcuera 
estar todo a punto para la conquista de Joló, que 
iba á emprender el 8 de Diciembre, recurrió como 
gobernador cristiano á las órdenes religiosas y á 
la casa de Misericordia para que hicieran por el 
éxito de la expedición oraciones y rogativas, envian- 
do á esta última cien pesos de limosna, si bien hasta 
febrero del año inmediato no salió á campaña con 
una armada de champanes y caracoas (1638). En 
Zamboanga estuvo hasta Marzo, saliendo entonces 
para Lamitao ó Lamitang, residencia del rey de Min- 
danao, de la cual se apoderó en menos de media 
hora, y de 8 cañones de bronce, 27 cámaras, varios 
pinsotes, 100 arcabuzes ó mosquetes y muchas armas 
de mano. Luego se quemaron varios pueblos y em- 
barcaciones, y se expusieron en picotas muchas ca- 



Capítulo I. 13 

bezas de moros. El enemigo se había retirado á 
un cerro que después de alguna resistencia fué tam- 
bién ocupado por los nuestros, escapando por mi- 
lagro el rey y la reina con pocos de los suyos. 

Consecuencia de esta conquista fué la del reino 
de Buhayen, estableciéndose fortalezas y presidios 
en uno y otro, y en seguida atacó Hurtado la isla 
de Basilan, á la sazón tributaria de Joló, marchan- 
do contra éste el gobernador en persona con 600 
españoles y i .000 naturales. Gran oposición hicie- 
ron los joloanos al desembarco, señalándose los maca- 
zares como auxiliares de aquellos piratas, que for- 
tificándose en otro cerro, en más de 3 meses de 
continua batería no pudo ser rendido, aun habiendo 
volado con minas los baluartes. Acordonóse por fin 
el cerro, y viéndose en extremo apretados, lo abando- 
naron. Hízose en él una fortaleza, otra en el rio 
y otra en la barra, todo á cargo de un goberna- 
dor. Entretanto, habiendo faltado el régulo de Bu- 
hayen á la alianza que habia concertado con nosotros, 
fué necesario atacarlo, sujetando de paso los rei- 
nos de la Sabanilla y Sibuguey, donde se erigieron 
fortalezas, y corriendo casi toda la isla de Minda- 
nao hasta Caraga. Sitiado el de Buhayen en su 
misma residencia, la abandonó á nuestras tropas, que 
incendiaron el pueblo y arrasaron la fortaleza. Es- 
tablecido allí presidio, el gobernador de Zamboanga^ 
don Pedro Almonte, jefe de la expedición, recibió 
orden de marchar á Ternate, advirtiéndosele que 
á la vuelta habia de tocar en Joló, cuyos natura- 



14 Guerras piráticas de Filipinas. 

les llevaban á mal el vasallaje. Almonte, en efecto, 
que traía un numeroso cuerpo auxiliar de mardi- 
cas, tidores y siaos, naciones belicosas y habilísimas 
en el manejo del campílan, se apoderó en el ca- 
mino de más de 1 20 embarcaciones joloanas, y ha- 
biendo llegado á aquellas islas con 600 hombres 
entre españoles y naturales, se refugió el rey en un 
cerro como tenían por costumbre, enviando á su 
hijo á pedir socorro á las islas vecinas, lo que im- 
pidió Almonte, con lo cual tuvieron que desamparar 
la isla, refugiándose en Tabitavi. 

Reconocido por los joloanos el dominio de Es- 
paña, se ordenó que no los inquietasen á sus ene- 
migos los guimbaros, gente salvaje y feroz, que 
habitan los montes de aquel país, los cuales respon- 
dieron altivos, que había gran diferencia entre los 
joloanos y los guimbaros; altivez que pagaron con 
más de 400 muertos y 300 cautivos, algunos de 
los cuales trajo á esta ciudad el general don Pedro 
Almonte, en calidad de rehenes . Corcuera , que desde 
el año anterior se había retirado de la conquista, 
dispuso que algunos de estos prisioneros se repar- 
tiesen entre las religiones y la casa de Misericor- 
dia para cristianizarlos. 

Como siempre, andaban por este tiempo mez- 
clados gustos y pesares, pues sí llegaban con bre- 
vedad felices nuevas de la conquista, corrían por 
la posta las desgracias ocurridas á las naos de la 
carrera, pues además de la Concepción^ perdida en las 
islas de los Ladrones, en viaje para Acapuico, tu- 



Capítulo II. 15 

vieron la misma suerte en este año de 1639 dos naos " 
que venian de Cagayan. 

Todos estos esfuerzos, gastos y victorias, fueron 
vanos, pues nos vimos precisados á abandonar á 
Joló y demoler cuantas fortalezas hablamos allí 
construido, á causa de que un corsario chino, lla- 
mado Kuesing, amenazó con fuerzas innumerables 
á estas islas; y aunque no tuvieron etecto sus propó- 
sitos, hubo que formar una armada de más de 100 
juangas para resistirle, armada que sirvió para per- 
seguir al mismo tiempo á los moros, que comen- 
zaban otra vez á hacernos cuantos daños podian. He 
aquí el origen de la armada de Pintados; pues todas 
las expediciones que después se hicieron con aquella 
clase de embarcaciones, tomaron este mismo nombre. 



CAP. II. — Resultados del abandono de Joló. 
Maquinaciones del sultán Mahamad Alimudin. 
Viene á esta ciudad á pedir auxilio contra su 
enemigo Bantilan, y ahra\a la religión ca- 
tólica. 



EL sultán Rutxia Bongso, quebrantando las paces, 
permitió que saliesen de sus estados tres embarca- 
ciones mandadas por tres datos de los más valientes. 



1 6 Guerras piráticas de Filipinas. 

que piratearon por Masbate, Bojol y Leyte, robando, 
cautivando y matando, sin perdonar á los religiosos ni 
á las sagradas imágenes. Alentadas por esta audacia, 
salieron otras veinte embarcaciones con ánimo de apo- 
derarse de Zamboanga, entrando en el presidio con 
capa de amistad, para después dar muerte alevosa al 
gobernador. Iba el príncipe ó dato que las mandaba 
tan persuadido de conseguir su intento, que llevaba 
sus hijos y mujeres con ánimo de establecer allí su 
corte; empeño tradicional y que parece hereditario 
en los sultanes de Joló. 

Opusímosle otra armada de más de cien juan- 
gas, que desde entonces dieron más valor á la es- 
cuadra de Pintados, Todas las rancherías y visitas 
de las playas se juntaron á los pueblos mayores, ó se 
reunieron entre sí, de modo que el más pequeño no 
bajase de quinientos tributos, fortificándose con trin- 
cheras, fosos y estacadas; y viendo el enemigo frus- 
trada su perfidia, convirtió en odio su cólera, é inci- 
tando contra nosotros a los datos más fuertes de Joló, 
Tavitavi, Lacaylacay y Tutup, armaron sesenta em- 
barcaciones, que divididas en varias escuadras, quema- 
ron los pueblos é iglesias de Poro, Baybay, Sogor, Ca- 
balian, Basej, Bangayon, Guibatan y Capul. A nin- 
gún indio ni español de cuantos hubieron á las m.anos 
concedieron vida ó libertad. Subieron á los montes en 
persecución de los ministros doctrineros, talando los 
sembrados, y en solo Cabalian destrozaron y quema- 
ron diez imágenes sagradas con horrible sacrilegio, y 
en Basey destrozaron los vasos sagrados de tres igle- 



Capitulo II. I y 

sias que habían concurrido á celebrar allí para mayor 
solemnidad la fiesta de Corpus Cristi. De esta manera 
tan triste para Filipinas acabó el siglo XVII, 

A este tenor siguieron procediendo los sultanes de 
Joló, hasta que Maulana Diaafar Sadicsa, padre de 
Mahamad Alimudin, intentó consesfuir con eno-años 
lo que sus antecesores no habian alcanzado con las 
armas (1720). Por su vecindad á Zamboanga, había 
tenido muchas conferencias con los jesuítas, insinuán- 
dose en su ánimo con tales demostraciones de afec- 
to y confianza, que llegó á prometerles que les en- 
tregaría á su hijo y heredero Alimudin, para que ins- 
truido en los misterios de nuestra santa fe, y en las 
costumbres españolas, pudiese en Manila recibir el 
bautismo de manos del señor arzobispo de esta metró- 
poli. Entretanto que así lísongeaba á los jesuítas, dis- 
ponía una armada, aliado secretamente con malanaos 
y mindanaos, para arruinar estas islas, comenzando 
por Zamboanga. ^ 

Los primeros, para dividir nuestras fuerzas, dieron 
de repente sobre el presidio de Iligan en número in- 
creíble; mas nuestra artillería contuvo su bárbara te- 
meridad en la misma puerta del presidio de Zamboan- 
ga, á donde habían acudido doscientos de los más va- 
lientes en cinco embarcaciones que se iban poco á poco 
acercando á sus murallas con señales fingidas de amis- 
tad, persuadidos, por diabólica sugestión, que las puer- 
tas se les habian de abrir al presentarse. 

Decidido á llevar á cabo sus primeros designios, 
algunos años después, tomó el sultán por ínstru- 

2 



Guerras piráticas de Filipinas. 



mentó á su hijo Alimudin, haciéndole rey, no sólo 
de Joló, sino de Dongon y Tavitavi, y dándole ins- 
trucciones tan pérfidas como dictadas por un ánimo 
ejercitado en tales artes. No necesitaba de ellas el jo- 
ven Alimudin, hombre sagaz, que criado en escuela de 
traiciones, al mismo tiempo que su padre le ofrecía á 
la educación de los jesuítas, estaba sublevando contra 
nosotros los moros de los tres partidos de Joló, Min- 
danao y Malanao. El cielo, sin embargo, quiso ate- 
morizarle á principios de su reinado y refrenar su in- 
solencia juvenil con la rabiosa muerte de su viejo pa- 
dre Maulana, el cual habia enviado ocho moros de ios 
más astutos á Zamboanga, para que metidos de paz y 
amistad entre la milicia del presidio é indios de la po- 
blación, ganasen con dádivas la voluntad de algunos 
que les entregasen la fuerza; pero presos por el go- 
bernador Sarmiento Valladares, y convencidos de su 
traición, fueron sentenciados á muerte; noticia que 
halló á Maulana postrado co^j una grave enfermedad^ 
y él mismo entonces, rabioso de ver desvanecidas sus 
trazas, dando con la cabeza en los maderos de su ca- 
ma, según dicen, acabó su vida llena de maldades con 
una muerte digna de tal vida (1735). 

Prosiguiendo Alimudin el inicuo empeño de su pa- 
dre, para poner -con fingidas finezas en olvido la 
evidente perfidia del difunto, logró hacer paces con 
los esna-ioies, y luego, habiendo variado el goberna- 
dor de Zamboanga, hizo amistad con el nuevo, cuya 
benevolencia le permitió retener multitud de cautivos 
que habia jurado restituir en término breve. 



Capítulo II. 

Con esta disposición pasó á Zamboanga, donde se 
pasaron algunos dias en cumplimientos sin que se 
trasluciese el objeto de su venida, haciendo entre tanto 
ostentación de su riqueza y de gran número de perlas, 
algunas de extremada magnitud; acción que entonces 
no se echó á mala parte, hasta que habiendo llegado 
en otra ocasión al mismo Zamboanga, y estrechando 
relaciones con otro gobernador, le preguntó por cuán- 
tas perlas le entregaria aquel presidio. jCaso admira- 
ble! Aquel bárbaro manejaba el arte de engañar bajo 
las apariencias de una inculta sinceridad y aun sim- 
pleza; de suerte que su aparente grosería ocultaba sus 
falaces designios. Mas nada de esto extrañará a los que 
conocen la generosidad española, y el disimulo de las 
razas del extremo Oriente, 

Al fin declaró el motivo de su viaje, que, era so- 
licitar auxilio de las armas españolas, en virtud del úl- 
timo tratado, para someter al dato Sabdula, vecino de 
su misma corte de Joló, que intentaba quitarle el tro- 
no. Al punto el gobernador de Zamboanga dio orden 
al comandante de las galeras que se hallaban á la sazón 
auxiliando al rey de Mindanao contra las pretensiones 
de otro subdito rebelde, para que, aseguradas las cosas 
de aquel reino, diese vuelta á Zamboanga, adonde lle- 
gó en efecto la dispuesta armada para restituir á la po- 
sesión del reino de Joló á Alimudin, quien hizo y en- 
tregó al gobernador un escrito en que decia: "'que 
"por cuanto se hallaba próximo á embarcarse en la ar- 
"mada de Zamboanga parala pacificación de su reino, 
"por las contingencias que podia correr su vida, y para 



20 Guerras piráticas de Filipinas. 

"evitar pleitos en la sucesión de sus estados, nombraba 
''por sucesor á su hijo Mahamad Ismael, y suplicaba al 
*' gobernador de aquel presidio le tomase bajo su pro- 
''teccion y tutela en nombre del rey de España, como 
"también á los demás hijos, que, á falta del primero, de- 
"bian entrar á sucederle en el orden que dejaba esta- 
"blecido.'' 

A este tiempo los clamores de los ministros doctri- 
neros y de los alcaldes mayores llegaron á herir los 
oidos del rey, que expidió una cédula digna de su ín- 
clita beneficencia, mandando se procediese con todo 
rigor contra la piratería que devastaba el archipiélago, 
arruinando á los pobres indios. Aprestóse en Zam- 
boanga una escuadrilla, que pasando á Joló pidiese á 
iVlimudin, en virtud de los tratados vigentes, auxilio 
de embarcaciones, gente de armas y pilotos prácticos 
en el archipiélago de los Tirones, aliados de los joloa- 
nos, que retenían en su poder muchos cautivos espa- 
ñoles; y en efecto, el rey de Joló hizo aparentes de- 
mostraciones de lealtad, apresando embarcaciones y 
gente, saliendo él mismo á campaña, á pesar del pe- 
ligroso estado interior de su reino, donde siempre los 
datos andaban mal contentos; pero á par con estos 
falsos alardes, enviaba por delante avisos á sus vasallos 
tirones para que escondiesen los cautivos, y dificulta- 
ba con exageraciones la entrada de nuestros barcos. 
Hasta se cree que tuvo prevenidas algunas embosca- 
das para pasar nuestras tropas á cuchillo. La Provi- 
dencia lo impidió, pero no que se volviese la armada 
con menos progresos de los que prometía el valor de 



Capitulo II. 21 

su cabo D. Tomás de Arrebellaga, á cuya muerte con- 
tribuyó no poco en fuerza de pesadumbres el bárbaro 
rey de Joló. 

Poco después llegó á Zamboanga la falsa noticia de 
haber elegido los joloanos por rey á Bantilan, echando 
del trono á Mahamad Alimudin, quien habiéndose apo- 
derado de las campanas y alhajas, que para iglesia y 
casa hablan llevado los misioneros, habia salido de 
aquella corte con honores reales, despidiéndole en la 
playa su hermano Bantilan y los datos, entre salvas de 
artillería. Componían su comitiva diez y siete embarca- 
ciones armadas con teda clase de bocas de fuego, nu- 
merosa guardia y gran número de concubinas. Hizo 
en Basilan ademan de quererse fortificar contra los in- 
sultos de los joloanos, restableció (y en parte á nuestra 
costa) la antigua fuerza de aquella isla, y de allí pasó á 
Zamboanga, aumentándose dia por dia su cortejo hasta 
más de 200 hombres, lo que causó recelo, máxime ha- 
biendo llegado el sultán casi á media noche á pedir 
que le dejasen entrar en la fortaleza. 

En Manila se le hizo un magnífico recibimiento, 
cual jamás se habia visto, por recomendación de los je- 
suítas, sobresaliendo entre las farsas y testejos el ha- 
ber sido presentado Alimudin en el palacio real, donde 
el gobernador le aguardaba, fingiéndose mártir de 
su amistad con los españoles, pues caminaba encorva- 
do, apoyándose en un báculo como si no pudiese dar 
paso, por una grave herida que le habían hecho los 
suyos con una lanza, cuyo hierro mostró torcido. De- 
lante de todo lo principal de la república de Manila 



Guerras piráticas de Filipinas. 



protestó allí que venia despojado de su reino, á pedir 
auxilios á la lealtad española en virtud de los tratados, 
á lo cual respondió el gobernador que procurarla des- 
empeñar la real palabra de S. M.; y acabado este acto, 
fué conducido auna gran casa que estaba dispuesta 
para él y su íamilia, que se componía de 70 moras y 
moros. Su expléndida manutención, en dos años que 
permanecieron en esta capital, corrió á cargo de las Ca- 
jas reales. * 

Bien, le recordase su propia conciencia que su padre 
fingidamente habia ofrecido entregarle á los españoles, 
pira que los jesuítas le educasen, bien queriendo po- 
ner el último sello á sus falacias, bien por último que 
le movieran las vivas exhortaciones que le hacia en sus 
visitas el gobernador-obispo electo de Nueva Segovia, 
ello es que le pidió el bautismo, como vencido de sus 
eficaces argumentos; y los jesuítas, que nunca dejaban 
al sultán de la mano, lograron que representase al go- 
bierno su deseo por escrito, pidiendo que los mismos 
jesuítas se encargasen de la catequizacion. 

Surgieron con este motivo entre el arzobispo y el 
gobernador interino grandes diferencias, aconsejando 
el primero que se caminase muy despacio en este 
asunto, pues tras el bautismo debia venir la guerra 
para reponerle en su trono, mientras el goberna- 
dor, dominado por los jesuítas que manejaban este 
negocio, se creía seguro de la vocación del sultán; 
y daba por prueba haberse apartado gustoso de sus 
concubinas, que ya estaban viviendo en casa aparte 
á expensas del gobierno. Sospechóse que los jesui- 



Capítulo II. 13 

tas querían fundar en Joló otras misiones como las 
del Paraguay. Entretanto el rey se habia afeitado y 
demostraba querer vivir en Binondo, sin acordarse 
más de su tierra, acabando por dirigir al arzobispo que 
se hallaba en santa visita su instancia para ser bautiza- 
do, el cual le contestó, que antes tenia que practicar 
algunas diligencias; é insistiendo el sultán así como en 
sus dilaciones el arzobispo, no sin mezclar éste á los 
jesuítas en sus escritos en son de censura, el gobierno 
superior tomó cartas en el negocio, y una junta de 
teólogos reunida en el salón de palacio, decidió, á 
pesar de algunas oposiciones, que estaba el sultán sufi- 
cientemente instruido en los principios de nuestra au- 
gusta religión, y capaz de recibir el bautismo que con 
tanta ansia pretendía. 

Por dificultades ocurridas para que la ceremonia se 
celebrase en esta capital con la pompa que deseaban 
el obispo-gobernador, los dominicos y los jesuítas, se 
señaló el pueblo de Panique, partido de Pangasinan, 
en el obispado de N. Segovia, para donde, por la puer- 
ta de Santo Domingo, en una falúa convoyada por 
dos champanes, que ocupaban otros moros para ser tam- 
bién bautizados, salió Alimudin con brillante séquito, 
acompañado por el general D. Ignacio Martínez de 
Traba, que iba á ser padrino del catecúmeno en nom- 
bre del gobernador español. El 28 de Abril de 1750 
se celebró la ceremonia, recibiendo por nombre don 
Fernando I Alimudin, rey de Joló, en obsequio á 
nuestro augusto Fernando VI, que felizmente reinaba 
en España. Hubo con este motivo iluminaciones, fue- 



24 Guerras piráticas de Filipinas. 



gos artificiales, mojigangas, corridas de toros y come- 
dias á costa de las Cajas reales. Por su parte los moros 
quisieron también tomarla en los festejos, haciendo 
uso de las mayores solemnidades, que fué á modo de 
un simulacro. 

Armados de lanzas, crises y rodelas, á guisa de fa- 
lanjes próximas á acometerse , formaron todos un 
círculo, y aquel en quien se suponia más valor, entró 
en el centro, dando uno ó dos fuertes alaridos con 
ademan horrible, y dos ó tres zancadas, tras las cuales 
comenzó su ejercicio, llevando en una mano su lanza 
y en la otra la rodela, y la cris pendiente de un tahalí. 
Después algo encorvado atravesó con celeridad todo 
el círculo; é irguiéndose en seguida fué de un extremo 
á otro dando saltos de hiena y mirando de una á otra 
parte, como aquel que desafía á su enemigo. Paróse 
luego, dio unas cuantas patadas en el suelo, meneó la 
cabeza, rechinó los dientes, haciendo al mismo tiempo 
gestos horribles, y arrojando su lanza por desprecio, 
empezó á dar tajos y reveses al aire con su cris, como 
un loco furibundo, al compás de alaridos salvajes. 
Cuando parecía hallarse descansando, repentinamente 
corrió otra vez hacia una y otra parte, á donde se le 
figuraba que el enemigo se le escondía, y acuchillando 
el suelo rabiosamente como si cortase la cabeza, con 
un terrón en la mano y en la otra el cris, púsose á te- 
jer un baile horrible en señal de victoria, hasta que 
empapado de sudor salió del círculo";triunfante, para 
ser reemplazado por otro y otros sucesivamente. 



Capitulo III. 25 



CAP. III. — Parte una armada conduciendo á 
Alimudin dJoló. Descubiertas sus iniquidades, 
es conducido d Manila preso. Embajada deJoló 
y preliminares de pai- 



LA piratería solo habia experimentado mudanza en 
el nombre. Ahora los corsarios se llamaban tirones, 
bárbaros sin religión ninguna, que habitaban un gran 
número de pequeñas islas de igual nombre, sujetas al 
dominio de Alimudin, parte por conquista de su pa- 
dre, parte por dote de su madre; pero la sagacidad de 
este sultán habia podido ocultarlo, de suerte que ni 
aun durante su permanencia en Manila se pudo tras- 
lucir nada de las maquinaciones que estaba urdiendo. 
En esto llegó el marqués de Ovando, nuevo gober- 
nador y capitán general, que, deseoso de protegerle en 
cumplimiento de las ofertas de sus antecesores y de 
los buenos oficios recomendados por nuestros católi- 
cos monarcas, mandó disponer una armada para recon- 
quistarle su reino de Jolóy rescatar juntamente los cau- 
tivos cristianos que allí habia. Al cabo de seis meses 
se halló pronta una respetable escuadra, que por no 
poder mandarla en persona, el Sr. Ovando nombró 
por su comandante general al maestre de campo don 
Antonio Ramón de Abad y Monterde. 



26 Guerras piráticas de Filipinas. 



Despedido el rey en Manila con los honores corres- 
pondientes, se embarcó en la capitana, llevando por 
capellán á un jesuita que fuese á un tiempo su direc- 
tor espiritual y político, á fin de que no olvidase las 
grandes obligaciones contraidas con España y nuestra 
religión. La escuadra debia dejarle en Basilan, nú- 
cleo que decia ser de sus partidarios, dejándole entre 
ellos en plena libertad, para que reclutando sus tropas y 
uniéndolas si quisiese a nuestra armada, nos ayudase á 
restituirle al trono. Su hermano Bantilan y los demás 
datos usurpadores debian ser trasportados á Zam- 
boanga, para que Alimudin quedase libre de peligros. 

Habia éste escrito antes de salir de la capital una 
carta al rey de Tamontaca, en que por consejo de este 
gobierno, le pedia no diese auxilio á Bantilan ni 
á sus aliados contra las arinas españolas que iban á 
devolverle su trono, haciéndole grandes encareci- 
mientos de nuestra amistad y protección ; pero en 
otra carta reservada le aconsejaba no hacer t:aso de 
la anterior por serle preciso decir cuanto le mandasen. 
Ni una palabra le escribía acerca de haberse hecho 
cristiano, siendo tan natural que le participase esta mu- 
danza; y de aquí se comenzó á sospechar de él, repa- 
rándose entonces el poco aprecio que hacia del bau- 
tismo, que cuando asistía á misa, ni se arrodillaba, ni 
adoraba el augusto Sacramento. En Zamboanga se 
puso más al descubierto aún. Ni la vergüenza, ni el 
respeto á los soldados cristianos de su guardia, ni 
los consejos de los oficiales le apartaron de las mujeres 
joloanas, con quienes pasaba dias y noche s, y por úl- 



Capitulo III. 27 

timo, llevaba siempre al cuello el asibi ó rosario maho- 
metano, aunque andaba desnudo, como es consi- 
guiente. Ni hubo forma de que enviase su familia á la 
iglesia de Zamboanga, donde los jesuítas deseaban 
ejercitar su celo con aquellos moros, cuya conversión 
era de esperar, si fuese la de su rey sincera. 

A este testimonio de perfidia se añadieron otros no 
menos claros. Los datos se habían allanado á recibirle 
por rey; pero dificultaban la restitución de los cristia- 
nos, y singularmente los que hablan cautivado en los 
dos años y medio que de su reino habia faltado Alimu- 
din. Sin embargo, en carta abierta, que recibió éste 
por mano del comandante general, después de saludarle 
con Mahoma, le manifestaban tener á su disposición 
los mencionados cautivos, y en vez de entregarlos, 
llegó á tanto su audacia, que pasaron con gran núme- 
ro de embarcaciones y gente de armas á Zamboanga, 
sin otro salvo-conducto que su propio arrojo y con el 
ánimo de apoderarse del presidio, para lo cual secreta- 
mente habían tomado sus medidas; pero pudo evitarse 
esta negra trama, prendiendo á los principales motores, 
incluso el rey, que lo fué en la casa del capitán de la 
fuerza. En las embarcaciones se hallaron muchas armas 
(algunas envenenadas) y tantas cotas de malla cuantos 
eran los datos (veinte). En el equipaje del rey también 
se hallaron armas ocultas, y doce crises en dos almoha- 
das que habia usado en toda la navegación. 

La pertinacia de Alimudin en retener con mil fal- 
sedades y engaños los cautivos, que ascendían nada 
menos que á diez mil, entre ellos muchos religiosos; 



28 Guerras piráticas de Filipinas. 

el continuar sus vasallos la guerra pirática aniquilando 
nuestras poblaciones con indignos fraudes; su mani- 
fiesto empeño en apoderarse de la fuerza de Zamboan- 
ga; el presentársenos como tiranizado por los suyos y 
entretener nuestras galeras para que no persiguiesen á 
los tirones, y en fin, su conducta religiosa, agravada 
con el malogro de la misión y muerte de los jesuítas, 
que él mismo habia admitido en su reino, quedándose 
con las alhajas de su iglesia y casa, tal fué el pago que 
dio á los infinitos auxilios que le prodigamos, que fue- 
ron seis mil pesos y considerable cantidad de pólvora, 
hierro y clavazón; otros veinte mil y más pesos que se 
gastaron en festejarle, regalarle, vestirle, sustentarle y 
obsequiarle en Manila, además de las molestias é in- 
quietudes que causó aquí y en Zamboanga á los que 
le rodearon. A fin de que tan negra ingratitud se hi- 
ciese á todos patente y no quedase impune, se le mandó 
preso á la fuerza de Santiago hasta que S. M. resol- 
viese, así como á todos los datos y demás cómplices 
suyos que estaban detenidos en Zamboanga, dispo- 
niéndose, además, que los que de allí en adelante se 
cogiesen en Joló, Basilan, Tavitavi, Dongon, Curan y 
demás islas y poblaciones de los dominios de Alimudin, 
fuesen tenidos por esclavos sin excepción de calidad, y 
marcados en la cara para que siempre fuesen conocidos; 
y por último, que la armada destinada á su favor vol- 
viese á fuego y sangre contra este fementido. Así 
mismo se declaró solemnemente que no lueran admiti- 
dos á tratado alguno los moros de Joló, á lo menos 
hasta que hiciesen plena restitución de todos los cauti- 



Capitulo III. 29 

vos cristianos, sin cuyo completo rescate no debía cesar 

la guerra. 

Por este tiempo estábamos en paz con los de Bor- 
neo y establecido con ellos un comercio muy activo. A 
fin de consolidar más estas relaciones, les enviamos un 
embajador que les anunciase nuestra guerra con los jo- 
loanos, tirones y camucones, sus enemigos así como 
nuestros. El príncipe Baudhara escribió entonces al ge- 
neral una curiosa carta, anunciándole que todos, desde 
el más grande al más chico, habían concurrido á reci- 
bir y festejar á D. Antonio Fabián Quesada, que en 
representación del muy potente rey de España, les ha- 
bía llevado mucha alegría. Que los borneyes estaban 
dispuestos a defender la gran tierra de Filipinas, y res- 
ponderían á la amistad del gobernador, que siendo 
tan magnánimo soldado, á su vista serian los enemi- 
gos como hormigas. Que la unión de España y Bor- 
neo duraría mientras durasen el sol y la luna, y en 
prueba de ello cedía para siempre á la España y á su 
excelso y potente rey la isla de la Paragua con la 
pequeña isla de Balaba c, que no las hubiera cedido 
á nadie aunque le diesen cuatro mil pesos, despoján- 
dose ahora de ellas como se arranca una hoja de un 
árbol. El príncipe acababa enviando al gobernador, en 
prueba de amistad, diez quíntales de cera y dos de pi- 
mienta, frutos de aquella tierra, y la cerbatana de su 
uso con el estuche de jaras ó flechas. La Paragua 
fué al momento ocupada y sondeada por nuestra 

marina. 

Los joloanos entre tanto, atemorizados con las me- 



30 Guerras piráticas de Filipinas. 

didas del gobierno, enviaron una solemne embajada 
con proposiciones de paz, embajada curiosísixma, pues 
la formaban la princesa Fatima, hija de Alimudin, mu- 
jer del dato Mostafa y el embajador Maharyalera, con 
gran séquito de moros. Venian con los mayores rece- 
los, según expresión del gobernador de Cavite, en 
cuyo puerto se les tuvo incomunicados, á excepción 
de la princesa, hasta adoptar las disposiciones conve- 
nientes. 

Con motivo de la recepción de esta embajada se 
suscitaron dudas, pues ignorábase el ceremonial que 
se hubiese usado antes, á pesar de haber sido fre- 
cuentada Manila por otros embajadores de los países 
vecinos. Al fin se dispuso el salón del palacio, alfom- 
brándolo de damasco encarnado, en la testera un si- 
llón con armas reales y á los pies un cogin de tercio- 
pelo, también encarnado, con galones de plata, para 
que lo ocupase el capitán general, como lo ocupó, 
vestido de gala, presentes el secretario, el sargento 
mayor de la plaza, el ayudante mayor, el capitán del 
tercio, sargento mayor, dos ayudantes del mismo 
cuerpo, y los alabarderos en fila con su capitán á la 
cabeza. Enfrente de la silla del gobernador se puso 
otra con espaldar ordinario para el embajador, que 
llegó á palacio vestido á la española, con bastón de 
puño de oro y sombrero apuntado. Acompañábanle va- 
rios españoles de distinción, moros principales y dos 
intérpretes. El ugier le introdujo en la sala, y antes 
que ocupase la silla que se le tenia destinada, se le- 
vantó el gobernador á darle la mano para que la be- 



Capítulo III. 31 

sara. Hecho esto, se sentaron ambos. El secretario, 
del gobierno se sentó igualmente á una mesita redon 
da con todos los recados de escribir . 

El Gobernador. ¿De dónde venís?— £/ Embajador. 
De ^oXó.—Gob. ¿Quién os envia?— £w/^. El sultán 
Bantilan, lugarteniente de su hermano Mahamad Ali- 
mudin.— Gí?-^. ¿A qué efecto?— £w^. A pedir que se 
ponga en libertad á Alimudin y demás raoros.—Gob. 
¿Y los poderes ó credenciales?— £ot/^. Los acentos de 
Bantilan y principales de Joló, y los clamores de todos 
los demás del reino.— G^^. ¿Cómo los acentos de Ban- 
tilan, si es rebelde?— £w^. Pues bien, califiqúense por 
bastantes las cartas conducidas por la princesa Fatima. 
—Go'b. Todo estará bueno, si venís á pedir la paz y 
ofrecer la restitución de nuestros cautivos, porque sin 
esta circunstancia y la de que no hagáis más cautivos, 
no os oigo. — Emb. En cuanto á eso, lo que dispusiere 
Alimudin, eso harán Bantilan y todo el reino de Joló. 
— Gob. Alimudin y sus sucesores ¿tienen facultad 
para nombrar gobernador al dato que quisieren?— 
Einb. Bantilan es gobernador legítimo del reino: y Ah- 
mudin y sus sucesores, en caso de ausencias, tienen 
facultades para nombrar gobernador de Joló al dato ó 
príncipe que quisieren. — Gcb. Puesto que estáis sujeto 
á Alimudin, podéis pasar á la fuerza de Santiago á 
conferenciar con él sobre todos los puntos que hemos 
tratado. 

El embajador, que residía en Santa Cruz, fué inter- 
rogado al día siguiente por el secretario, y convenci- 
do el capitán general de que cuanto el sultán dispu- 



32 Guerras piráticas de Filipinas. 

siera se haria en Joló, y que podría sacar de este 
negocio todo el partido posible, halagó á Alimudin 
recordándole las pruebas que le tenian dadas los espa- 
ñoles de sus benévolos sentimientos, sin perjuicio de 
recordarle también que él mismo era testigo ocular de 
la armada que se preparaba en Manila para dirigirse 
á Panguil, donde se agregarían cuatro mil hombres 
de desembarco, que esterminarian á todos los habi- 
tantes de Joló, si seguían negándose á entregar los 
cautivos. 

Efectivamente, bien por temor, bien por convenci- 
miento, presentó unas bases para la paz, que se firma- 
ron al momento, así concebidas: — i / Que desde luego 
cesarían las hostilidades por una y otra parte, y en el 
término de un año se haria una restitución completa de 
todos los cautivos cristianos que residiesen en Joló y 
sus dominios, apresados, comprados, ó bajo cualquier 
concepto que fuese, los cuales habían de ser entregados 
al gobernador de Zamboanga. — i.^ Que también se 
restituirían los que estaban en poder de los tirones, y si 
éstos lo resistiesen, los joloanos los obligarían al cumpli- 
miento de lo estipulado. — ^-^ Q'-^'^ también devolve- 
rían los vasos y ornamentos sagrados, campanas, imá- 
genes y demás que hubiesen robado de los templos de 
los cristianos. — 4.^ Que en caso de que algún dato ó 
sácope saliese clandestinamente á piratear contra los es- 
pañoles, el gobierno de Joló se obligaba á perseguirle 
y castigarle, hasta dar completa satisfacción á España; 
incluyendo en este artículo á los tirones, en caso que co- 
metiesen algunos robos en nuestros dominios. — 5 .' Que 



Capítulo III. 23 

cada y cuando alguna nación declarase guerra á la 
española, los joloanos la tratarían como á su propia 
enemiga. 6.^ Que á fin de dar cumplimiento á esos 
tratados, se permitiese al dato Iban Pahalaguan pa- 
sar á JoIó para que el príncipe Bantilan aceptase es- 
tos preliminares, garantizando Alimudin con su ca- 
beza que Pahalaguan procedería en este negocio con 
toda sinceridad. 

Tales fueron los preliminares comunicados al prín- 
cipe Bantilan; y en su virtud cesaron las hostilidades 
por nuestra parte. Bantilan contestó satisfaciendo á 
este gobierno superior, no haber él quebrantado las 
paces en manera alguna, toda vez que habia restituido 
más número de esclavos cristianos que los ofrecidos, 
como en efecto lo estaba haciendo. En su vista se ce- 
lebró otra junta en palacio con asistencia de personas 
caracterizadas por una y otra parte, entre ellas el 
mismo Alimudin y su hijo primogénito Mahamad 
Ismael, resolviéndose que todos los moros, que eran 
137, con el nuevo gobernador de Zamboanga, fuesen 
trasportados a Joló por cuenta del fisco, excepto Ali- 
mudin y su hijo, que hasta ser definitiva la paz, debían 
de quedarse aquí. 



34 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. IV. — Llega á Joló el nuepo gobernador 
de Zamboanga con los moros. Recibimiento 
que le hacen los joloanos. Preparativos contra 
los mindanaos. 



EL general don Pedro Zacarías Villareal, nuevo go- 
bernador de Zamboanga, se hizo á la vela el 5 
de Agosto de 1755, dando fondo en aquella bahía el 
17 del mes siguiente, para tomar posesión de su des- 
tino, con las formalidades y los festejos que previenen 
las leyes de Indias. En seguida hizo desembarcar á 
los príncipes y princesas moras, á quienes agasajó en 
palacio, instalándolos después en las cuatro casas me- 
jores de la plaza. También despachó un mensaje al 
príncipe Bantilan noticiándole su llegada, al cual res- 
pondió el joloano con mucha cortesía y un gran regalo 
de fruta. 

El i.° de Octubre salió Villareal para Joló, donde 
el 4, al amanecer, daba fondo en la punta de la bahía; 
y á eso de las nueve salieron del rio cuatro galerillas 
con otras pjqueñas embarcaciones, en que iban el prín- 
cipe Iban Pahalavan, general de los ejércitos de Joló, y 
el dato Bibang, con otros muchos personajes. No sólo 
estaban ios barcos adornados con banderas y gallardetes. 



Capitulo IV. 3S 

sino que todos cuantos en ellos venían cantaban á 
usanza del país, tañendo campanas y otros instrumen- 
tos ruidosos, y dando antes de llegar á nuestra capita- 
na varias vueltas y revueltas, señal de gozo entre ellos. 
El príncipe Iban cumplimentó al gobernador á su mo- 
do á nombre del sultán, y después pasó al champan 
donde venia la princesa Pangiana Banquiling, su espo- 
sa, y las hijas del sultán Alimudin. Nuestros barcos an- 
claron junto al castillo, á las ocho de la noche, por no 
haberlo permitido antes la marea. A la mañana si- 
guiente saludó nuestra capitana, correspondiendo tiro 
por tiro el castillo, donde tremolaba una bandera blan- 
ca, y en seguida el gobernador despachó al alférez don 
Manuel Alvarez, a cumplimentar al sultán y noticiar- 
le su llegada. Recibido Alvarez cortesmente, se dis- 
puso para la tarde el desembarque de los moros, que 
se verificó con mucha ostentación, concurriendo al 
acto el príncipe Juan ó Iban Pahalavan y otros datos y 
príncipes de aquel reino en varias embarcaciones, en- 
tre las cuales venia una galera con bandera encarnada 
en el portalón, otra en el tope y otras en la proa, curio- 
samente aderezada y tapizada de sedas y terciopelos, 
con un sillón á manera de trono donde se sentó el 
gobernador bajo un toldo riquísimo, y al rededor 
en sendos cogines de terciopelo, los príncipes y algu- 
nos oficiales del acompañamiento, mientras los cham- 
panes hacían repetidos saludos, que al entrar por el 
rio, secundaron el castillo y los demás baluartes. A la 
orilla, bajo una tienda de campaña, esperaban los otros 
príncipes y la nobleza de Joló. La tropa estaba tendida 



^6 Guerras piráticas de Filipinas. 

en dos alas desde el embarcadero hasta el castillo, don- 
de se halla el palacio del sultán, é hizo los honores á su 
usanza al ruido estrepitoso de batintines, cajas y pífa- 
nos. Al pie de la escalera del palacio aguardaban al 
gobernador de Zamboanga el Radiamura ó príncipe 
heredero y su hermano menor el Ladialant ó general 
de marina, nombrado dato Vinmal, hijo del difunto 
Zalicaya, con otros príncipes y nobles, todos vestidos 
de telas ricas y terciopelos galoneados. Los dos hijos 
del sultán eran los encargados de conducir al gober- 
nador á la sala principal de palacio, donde estaba el 
sultán vestido de ceremonia, bajo un dosel formado de 
muchas cortinas de sedas de colores curiosamente en- 
tretejidas, y en frente una mesa con carpeta de grana 
galoneada de oro, y encima dos candeleras de plata con 
cirios encendidos. Al testero había dos sillones cubier- 
tos de tela de oro, donde el sultán, después de haber 
abrazado á Villa'real, le acomodó á su derecha, sentán- 
dose igualmente los príncipes y nobles del reino en 
otras sillas, mezclados con los oficiales españoles. En- 
tregados por el gobernador al sultán sus despachos, 
le preguntó éste con mucho interés por la salud de 
Arandia y por la de su hermano el rey don Fernando, 
y como le respondiese que seguían bien en su impor- 
tante salud, se mostró muy satisfecho, declarando en 
su pomposa oratoria que el poderoso Ser que gobierna 
los mundos, habia dispuesto que el rey de España, su 
predilecto hermano, mandase al Sr. Arandia á gober- 
nar las tierras de Filipinas, y éste al Sr. Villareal á go- 
bernar el presidio de Zamboanga, para poner término á 



Capítulo IV. 37 

la discordia entre las dos naciones. Servia de intérprete 
el capitán don Francisco Tampil, gobernadorcillo de los 
Lutaos zamboangueños. 

Aquella misma noche fué el sultán sin ceremonia a 
visitar al gobernador, llegando poco después los prín- 
pes sus hijos, y delante de todos declaró el primero 
al segundo que iba á circular un decreto, para que 
fuese obedecido de todos los joloanos como respetable 
Maulana. Igualmente le anunció haber llegado a su 
noticia que estaban los mindanaos y malanaos apron- 
tando muchos barcos para dar un golpe al presidio de 
Zamboanga, lo que le denunciaba como verdadero 
amigo de los españoles. A los dos dias en efecto dio el 
sultán la orden de que todos sus vasallos obedeciesen 
al Sr. Villareal, bajo las penas entre ellos usadas, y to- 
dos sin repugnancia ninguna le mostraron el mayor 
acatamiento, inclusos los príncipes de segunda clase, 
llamados en Joló Urangiayas, que siempre que le visi- 
taban le besaban la mano, haciendo una genuflexión 
antes como lo hacen con el sultán, acto jamás practi- 
cado con ningún otro extranjero. También se observó 
que siendo estilo llevar armas y gente armada aun pa- 
ra visitar al sultán, no lo hacian cuando visitaban á 
Villareal, dejándole también la fortaleza de dia y de 
noche abierta, siendo así que en aquel país se cierra 
al ponerse el sol. 

Los dias siguientes se pasaron en visitas y festejos 
por una y otra parte, distinguiéndose en sus atavíos y 
ostentaciones, no solo los príncipes, sino hasta las pan- 
gianas y princesas, y la misma sultana, que fué una no- 



38 Guerras piráticas de Filipinas. 



che á visitar al gobernador con mucha ostentación, 
cosa fuera de uso. Las hijas de Alimudin se llamaban 
Fátima, Carima y Famila. El príncips heredero se di- 
ce en lengua joloana Ladiamura, como príncipe Lad- 
dialaot significa director general de la armada ó de 
los barcos, y príncipe Ilani director general del ejército 
ó tropa de tierra. 

Celebradas algunas juntas entre ellos, con asisten- 
cia algunas veces de Villareal, á quien seguían tratan- 
do con gran respeto, se publicaron al fin por un ban- 
do solemne las paces con España, y se extendió la res- 
puesta que se había de dar al despacho del gobierno 
de Manila. A este punto llegó de Mindanao el capitán 
don Ignacio Saavedra, confirmando que los mindanaos 
juntamente con los malanaos estaban preparando un 
asalto contra Zamboanga, aunque estaban divididos 
en opiniones, por la noticia de haber sido nombrado 
gobernador de aquel presidio el general don Pedro 
Zacarías Villareal, cuyo valor tenían tan probado. Con 
tal motivo se despidió éste precipitadamente del sultán 
y las princesas el día 24 por la tarde, y en seguida le- 
varon anclas los champanes de la escuadrilla, con más 
cinco pancos que en aquel reino se habían comprado. 
Al saludo de la capitana correspondió la fortaleza tiro 
por tiro como al entrar. 

Llegó la armadilla á Zamboanga el i.^ de No- 
viembre, y pocos días después diez cautivos de Min- 
doro que ratificaron la noticia de los mindanaos. Al 
mismo tiempo se observaba que dos pancos ligeros anda- 
ban cruzando por la bahía hasta muy cerca de la fortale- 



Capítulo IV. 39 

za, y desde luego se presumió que fuesen mindanaos, 
que vinieran á reconocer las obras de defensa que esta- 
ban haciéndose. Apresado uno de ellos, se reconoció ser 
de malanaos que venian de vuelta de Visayas; y el go- 
bernador en vista de esto, no contento ya con estar á la 
defensiva, aprestó dos galeras, un champan, siete fa- 
lúas, seis pancos, dos vintas y dos barotos, cuyos pre- 
parativos asustaron á los mindanaos, que empezaron á 
hacer baluartes á toda priesa, temiendo que el gober- 
nador de Zamboanga los atacara. 

Por entonces, los de Joló estaban en paz con los 
malanaos, y aunque estos eran los que más daño ha- 
cían en las Visayas, no se prestaron á tomar las armas 
contra estos bárbaros. También sobre la restitución de 
los cautivos hubo sus dificultades, pues el sultán sólo 
prometía hacer lo posible para complacer al gobierno 
de Manila. Como algunos de los cautivos estaban en 
poder de los príncipes y datos á quien tenia que pe- 
dírselos, alegaba el sultán la necesidad de ofrecerles 
remuneración por ellos, dado que los hablan compra- 
do á los tirones y malanaos. 

Negábase, como es natural, á quitárselos por fuerza, 
temiendo que se alterase el sosiego público, y en fin, 
no dejaba de alegar también que en alguna ocasión 
hablan devuelto los cautivos á calidad de pago y se les 
habla faltado á la palabra. La corte de Madrid, im- 
puesta de tales ocurrencias, encargaba que se mantu- 
viesen buenas relaciones con los joloanos, procurando 
desunirlos de los régulos limítrofes. ¡Ojalá no se hu- 
biera descuidado nunca la buena política que tanto re- 



40 Guerras piráticas de Filipinas. 

comendaba el Consejo de Indias, de limitarse á con- 
servar y mejorar estas islas, sin meterse en aventuras 
peligrosas! 



CAP. V. — La verdad sobre Joló. Continúan las 
piraterías de malanaos y camucones . Desgra- 
cia de algunos de nuestros armamentos . Res- 
tablécese la armada de Pintados. Reclamacio- 
nes de nuestra corte d la de Holanda por la 
venta en Batavia de los cautivos filipinos. 



COMO la generalidad de las gentes que suelen parti- 
cipar estos sucesos á las autoridades de Filipinas 
son empleados ó personas vulgares, no pueden menos 
de incurrir en exageraciones y llamar las cosas por los 
nombres que nosotros las damos, y de aquí el que se 
pinte á Joló como un reino, al jefe rey, á la choza que 
habita palacio, etc., etc. También suelen decir muy 
poco del gobierno interior, costumbres y modo de ser 
de los joloanos, por lo que estas relaciones parecen 
cuerpos sin alma. Difícil nos es llenar semejante vacío, 
no sólo porque del estado político de Joló tenemos ideas 
vagas, sino porque no teniendo otra industria que ro- 
bar y cautivar, ni religión ni leyes pueden existir en- 
tre ellos. Astutos y activos en la piratería, todas sus 



Capitulo V. 41 

expediciones son á tiro hecho; y ordinariamente nues- 
tra marina cree hacer mucho acudiendo á aquellos 
puntos que precisamente acaban de ser saqueados ó 
incendiados. Así los joloanos como los malanaos, tiro- 
nes, camucones y otros bárbaros, forman repúblicas 
casi ambulantes, pues fiados en la ligereza de sus bar- 
cos, no tienen domicilio fijo, sino en las islas despo- 
bladas donde se esconden con sus cautivos en intrin- 
cadas arboledas y altos cogonales. Joloanos y minda- 
naos son los menos feroces de todos. 

Por este tiempo habían hecho tantos estragos los 
primeros, que don Tomás de Iturralde tuvo que 
desalojarlos de la ensenada de Basilan matando á 
algunos y quemando sus pancos. El capitán don 
Pedro Gastanvide salió también contra ellos con 
una escuadrilla de caracoas, hacia la costa de Camari- 
nes y Albay, y á la vuelta fortificó el puerto de Sorso- 
gon. Más afortunado el capitán don Pedro Vertiz, con- 
siguió derrotar á los tirones en las costas de Zamboan- 
ga; pero después, á causa de un recio temporal, pereció 
este benemérito marino con la galera de su mando y 
parte de la tripulación. El mismo temporal destruyó en 
la costa de Calamianes, un champan que conducía re- 
clutas de hombres y mujeres para Zamboanga. 

Bajo las órdenes del padre José Ducos, de la Com- 
pañía de Jesús, se estableció en la ensenada de Pangil, 
en la isla de Mindanao, una escuadrilla compuesta de 
dos galeras y doce vintas, mandadas por don Pedro 
Tamparon y don Ignacio Cabiling, naturales de Iligan, 
pues era condición precisa que todos los oficiales ha- 



42 Guerras piráticas de Filipinas. 

bian de ser de las principalías de Iligan y Bohol, y los 
barcos habían de estacionarse en el puerto de Misa- 
mis. Los sueldos eran abonados por las cajas de Zebú, 
admitiéndose a la isla de Bohol en pago de los que le 
correspondían los mismos géneros con que pagaba el 
tributo. Aquellas principalías, que á ejemplo de sus 
antepasados, se ofrecieron á servir en una escuadrilla, 
aceptaron gustosas una ordenanza de diez y seis ca- 
pítulos que se formó para su gobierno y régimen. El 
de Madrid con razón previno que si se hallase útil tal 
sistema, se pusiese en ejecución interinamente, sin 
perjuicio de informar á vuelta de correo, reservada- 
mente, si el padre Dugos tenia conocimientos maríti- 
mos para mandar la escuadra. 

Todavía tuvieron los joloanos la desfachatez de en- 
viar á Manila otro embajador á quien se dio alojamiento 
decente, y dos vestidos nuevos á Alimudin y su hijo 

smail. Se le consintió hacer entrada pública y osten- 
tosa. Traia efectos y géneros de Joló, con propósito 

e establecer comercio, y pedia además que se remi- 

iesen diez mil pesos, armas y algunos sangleyes inte- 
ligentes en platería, carpintería, etc., para que ense- 
ñasen á los joloanos. Tuvieron las autoridades la de- 
bihdad de entregarle algunos regalos para Bantilan; y 
el gobierno de Madrid, que lo supo, ordenó severa- 
mente que no se recibieran más embajadores del sul- 
tán, por no haber cumplido ninguna de sus ofertas, y 
que en adelante se portase el gobernador de Filipinas 
con más circunspección, pues semejantes embajadas 

eran muy sospechosas y acaso se dirigían á inspeccio- 



Capitulo V. 43 

nar el estado de nuestras plazas y fortificaciones. Tam-- 
bien se prohibía todo gasto y toda ostentación para re- 
cibir las comisiones de estos regulillos piratas. 

Desde el año de 1756 fueron tantos y tan repetidos 
los ataques, los martirios y ruinas de pueblos, que el 
rey aumentó en 60.000 pesos el situado, por hallarse 
muy en descubierto estas Cajas, para que se armaran 
cinco galeras, ocho caracoas y tres falúas, que fueron 
destinadas á la bocana que forma la tierra con la punta 
de la isla de Catanduanes, estrecho por donde entra- 
ban y salían los moros; pero nuestros marinos se ma- 
nejaron con tal torpeza, que nos cogieron ellos tres ga- 
leras y una falúa, volando las otras dos. Día de luto fue 
aquél para Manila y todas las islas. Estaba extinguida 
la armadilla del padre Ducos por disposición del obispo 
de Zebú, don Miguel de Ezpeleta, que destinó una de 
aquellas galeras á Caraga; y el limo, arzobispo don 
Manuel Rojo, que interinaba el gobierno superior, 
considerando que uno de los medios más eficaces para 
contener á los moros era la permanencia de embarca- 
ciones armadas en Zebú, que corrieran las costas de 
su provincia é isla de Negros, desde que empieza la 
monzón, que es cuando ellos salen á sus piraterías, 
restableció la armada de Pintados, nombrando al alcalde 
comandante general, destinando á las aguas de Zebú tres 
barcos que poseía aquella provincia, á los cuales se en- 
viaron de Manila cañones y artilleros. También se or- 
denó á aquel alcalde mayor fabrícase otras tres embar- 
caciones para que constara de seis la armadilla. 

La disminución de las poblaciones visayas, y con 



44 Guerras piráticas de Filipinas. 

ellas del real Haber por la infinidad de cautivos que 
hacían los moros, obligó á nuestra corte á quejarse á 
la de Holanda de que el gobierno de Batavia tolerase 
la venta de nuestros cautivos, que desde Joló pasaban 
á Mindanao y de allí á las posesiones holandesas, 
siendo cambiados las más veces por armas y efectos de 
guerra. Sin perjuicio de ofrecer castigos á los culpa- 
bles y patrocinadores de tan infame comercio, la Ho- 
landa aconsejó á S. M. Católica que tomase medidas efi- 
caces para defender á sus vasallos de Filipinas, mante- 
niendo flotas contra estos piratas; censura indirecta pero 
merecida de nuestra flojedad y de aquellos armamen- 
tos incompletos y aquella política de decadencia que 
teníamos entonces. 

Otra queja nuestra consistía en que los subditos de 
la Compañía holandesa llevaban á vender á Joló y 
Mindanao porcelanas japonesas en que iban pintados 
por irrisión crucifijos; pero la Holanda replicó que du- 
daba que los subditos de la Compañía traficasen con 
tales géneros, si bien ofrecía hacer exactas pesquisas 
para averiguarlo; cosa á la verdad facilísima, pues el 
hecho era completamente exacto, dado que por enton- 
ces aconsejaron los holandeses al gobierno del Japón 
aquella infame ley que mandaba á los extranjeros pi- 
sotear el crucifijo, para conocer si eran cristianos. 

Respecto al cambio de los cautivos por cañones y 
efectos de guerra, se contestó que la alta regencia de 
Batavia tenia prohibido con graves penas vender, tra- 
tar, ni proveer de cañones, pólvora, etc., á los moros 
y piratas índicos, y que estaba segura la Holanda de 



Capítulo VI. 45 

que se cumplirían tales órdenes; pero agregaba haber 
mucha opinión en las Indias sobre la conveniencia de 
tales compras, que mejoraban la suerte de los cauti- 
vos, que por este medio pasaban de manos infieles á 
cristianas, pudiendo ser así rescatados con más faci- 
lidad. 



CAP. VI. — Nueva guerra pirática. Expedición 
á Mamburao, en Mindoro. 



LAS desgracias sufridas por Manila á causa de la in- 
vasión délos ingleses, como requeriremos luego, y el 
desconcierto de la administración pública, que era na- 
tural, hicieron desatender la persecución de los piratas, 
de lo cual se aprovecharon los moros de Joló para 
romper los lazos que nos ligaban á ellos. 

La ocasión fué muy extraña. Bantilan se hallaba en 
guerra con Borneo, por haber asesinado los borneyes 
á un embajador de Joló y su familia. Ambos reyes 
acudieron á este gobierno, presentando cada uno á su 
modo la razón que creía tener de su parte. En Manila 
se creyó conveniente no desazonar á ninguno, á fin 
de aumentar su enemistad, lo que hizo creer á los 
datos de Joló que apadrinábamos á Borneo, despre- 
ciando la justa queja que ellos y el sultán nos habían 



46 Guerras piráticas de Filipinas. 

sometido, y excitados por los mindanaos nos declara- 
ron la guerra. 

Con este sultán, ni estábamos en paz ni en guerra; 
pero sus datos, que libraban su fortuna en las pirate- 
rías, no estaban como él inclinados á la paz; con que 
al saber lo ocurrido en Borneo y nuestra conducta, 
imitaron á los joloanos y se unieron á ellos. 

Sus mejores auxiliares fueron los terribles malanaos 
y tirones que, no contentos con sus destrozos en Vi- 
sayas, donde habian apresado multitud de barcos, lle- 
garon en su audacia á tiro de cañón de Manila, cau- 
tivando pescadores y jornaleros que hacian leña en 
los manglares. Ninguna embarcación se atreve á cru- 
zar la bahía, y el colmo del insulto llega á apresar 
cerca de Mariveles dos champanes de China, con cuan- 
tiosos intereses. De aquí se retiraron á Mamburao, 
en la isla de Mindoro, donde se creían tan seguros, 
que formaron una factoría atrincherada, á donde con- 
currían á comerciar algunos macazares y otros isleños, 
á quienes vendían los cautivos filipinos. 

El teniente de fragata don Gabriel de Aristizabal, de 
la dotación de la fragata Aurea^ aprontó en Cavite una 
armada que había de conducir una división de desem- 
barco á las órdenes del teniente coronel don José Ja- 
rando, castellano y justicia mayor del puerto de 
Cavite. 

Se componía de un paquebot, tres galeras, una lan- 
cha y ocho caracoas vísayas, con 1.252 hombres de 
mar y tierra. Hízose á la vela el 21 de Octubre, fon- 
deando el 30 en la barra del Mamburao. Después de un 



Capítulo VI. 47 

ligero cañoneo, llegaron á bordo de la capitana dos ofi- 
ciales con la noticia de que estaban los moros fortificados 
en el rio Maasin, que forma una pequeña península con 
el Mamburao. Dispúsose inmediatamente el desembar- 
que de las tropas de tierra; pero al verificar el ataque 
se observó que los moros se habian retirado, ocultán- 
dose tal vez en alguno de los recodos del rio. Practi- 
cados con mucha cautela algunos reconocimientos, los 
visayas, que en la noche del 21 de Noviembre tuvie- 
ron que retirarse á pesar de ser ciento, después de al- 
gunas escaramuzas, anunciaron que á espalda de la 
trinchera habian hallado una vinta cargada de palay, 
custodiada por cinco moros, los cuales la desampara- 
ron bajo el fuego que les hacian los zamboangueños. 
No pudiendo apoderarse de la vinta por tener que atra- 
vesar el rio, cabalmente por donde estaban el fuerte y 
panco de moros, trajeron en señal un batumbaco^ 
que viene á ser como un marsellés muy entretelado 
para defensa del arma blanca y un pañuelo de balas de 
fusil y mosquete; observando que no se percibía ruido 
alguno en la trinchera, ni se veian fogatas, de lo cual 
se dedujo que iban estrayendo las municiones para 
abandonar el fuerte. A fin de impedirles la retirada, la 
lancha grande y dos chicas con un piquete de tropa 
fué á la confluencia de los dos rios de Mamburao y 
Maasin, donde estaba establecida la trinchera de los 
moros, despachándose por tierra ciento cincuenta vi- 
sayas y seis zamboangueños que fueran á unirse á las 
lanchas, que habian de servirles de puentes para pasar 
al otro lado del Mamburao, donde dejando la trinche- 



48 Guerras piráticas de Filipinas. 

ra á la derecha, fuesen á reconocer el fuerte situado 
rio arriba. 

A la mañana siguiente ya estaban los visayas en- 
frente de la trinchera cerca de un lugar donde se vie- 
ron cinco pancos echados á pique, y llamados por el 
comandante de las fuerzas de tierra que los hizo pasar 
por las lanchas á la orilla derecha, se reunieron con la 
compañía del capitán don Domingo Moreno, y así avan • 
zaron á paso lento, llevando de exploradores á los vi- 
sayas, flanqueados por los zamboangueños. 

Poco a poco iban reconociendo la trinchera, mien- 
tras el comandante con el otro medio piquete, y una 
lancha pequeña, pues la otra habia ido á pedir refuer- 
zos, subió por el rio hasta ponerse enfrente del fuerte 
á tiro de pistola. Avanzaron algunos visayas por la 
estacada con mucho trabajo por estar el terreno en 
dos brazas de diámetro cuajado de abrojos y de palos 
con puntas, que íué menester ayudarse unos á otros. 
La empalizada tenia más de cuatro varas de alto, y era 
de harigues gruesos. No encontrándose dentro ene- 
migo alguno, se mandó que los visayas y las tropas 
avanzasen. Moreno con su piquete ocupó la platafor- 
ma que coronaba la empalizada, y los visayas se repar- 
tieron por el fuerte, poniendo también vigías sobre un 
árbol grande que estaba inmediato á uno de los ángu- 
los de la trinchera. 

Vióse que estaba construido con maderos gruesos 
de más de tres varas de largo, amarrados con bejucos 
enteros. Por la parte interior tenia un terraplén á 
modo de banqueta de una vara de ancho, revestida 



Capitulo VI. 49 

interiormente de estacas, cañas y tablas, y al pié de esta 
banqueta, alrededor de todo el fuerte, una zanja de 
vara y media de profundidad, y además en el centro 
otras zanjas que servían de habitaciones, con sus te- 
chos de ñipa ó petates. 

El estrago que sufrieron los moros dias antes por 
nuestros fuegos debió de ser grande, á juzgar por los 
rastros de sangre que habia en la trinchera y sepulcros 
en los bosques; pero lo que más particularmente llamó 
la atención de todos, fué haberse hallado dentro de una 
arboleda espesa un cadáver medio enterrado dentro 
de un cajón con la cabeza fuera, envuelto en sábanas 
pintadas, que se supuso desde luego fuese de algún 
moro principal. Don Santiago Salaverría, que en esta 
expedición mandaba las lanchillas, así como otros que 
lo vieron, certifican que tenia una herida fresca en el 
pecho, al parecer de bala. 

Dentro del fuerte se hallaron muchos géneros, al- 
gunos averiados, aunque ninguno de seda, '^ampoco 
se halló el champan apresado, pues sin duda con anti- 
cipación lo habian conducido á otro punto con los de- 
más géneros que faltaban. Igualmente se hallaron cu- 
reñas pequeñas, una lantaca de hierro, más de diez mil 
zumbulines de tres varas de largo que hacen el oficio 
de lanzas, carasas y vestiduras de armazón, dos cajas 
de guerra, dos batintines, muchísimo palay, ollas y 
calanes. 

Reconocidas perfectamente las orillas del rio, se 
apresó erí el mismo sitio la vinta del dia anterior, car- 
gada de palay, que fué tripulada y armada con algunos 

4 



50 Guerras piráticas de Filipinas. 

visayas y zamboangueños. También se pudieron apro- 
vechar tres pancos, de los que dejaron los moros en- 
callados. Al volver de su reconocimiento el teniente 
don Manuel Barrientos y don Santiago Salaverría, que 
el primero habia andado por tierra más de dos leguas 
sin encontrar moro alguno, por cuya causa los con- 
templaba fugitivos y esparcidos por los bosques, y el 
segundo sólo pudo avistar á un moro, que huyó acele- 
radamente, y una popa destrozada de panco, los jefes 
de la expedición creyeron inútil la permanencia en un 
lugar donde empezaba á sentirse una especie de oftal- 
mía por lo copioso del rocío, de cuyas resultas queda- 
ron ciegos por más de dos meses algunos soldados 
malabares. 

Hé aquí el resultado que tuvo la expedición á Mam- 
burao. Costó al Erario 25.260 pesos; pero la subasta 
de los géneros cogidos á los moros produjo 31.026 
p>esos, sin que por nuestra parte hubiéramos tenido que 
llorar más que la pérdida de un soldado, muerto á re- 
sultas de una herida. Aunque leve, fué un consuelo 
para los españoles de Manila, que estaban sumamente 
abatidos por repetidas desgracias. A consecuencia de 
la declaración de guerra entre Inglaterra y España, 
una escuadra inglesa mandada por el almirante Cor- 
nix con tropas de desembarco á las órdenes del bri- 
gadier Draper se habia presentado en el puerto el 22 
de Setiembre (1763), tomando á Manila después de un 
sitio más obstinado y glorioso que era de esperar de 
una ciudad casi indefensa, pues le arrojaron más 
de 20.000 balas, 5.000 bombas y 25 carcasas que incen- 



Capitulo VII. 51 

diaron la población por cinco partes. Saqueada y casi 
exánime, todavía el patriotismo de sus moradores 
prestó ayuda al oidor don Simón de Anda, que erigién- 
dose en Audiencia y gobernador se habia retirado á la 
Pampanga, donde llegó á reunir un verdadero ejército 
que tuvo casi sitiados á los ingleses durante su breve 
permanencia en Manila, terminada por la paz en 
Marzo de 1764. 



CAP. VII. — Nuevos estragos causados por los 
moros en Visayas y aun detttro de la bahía de 
Manila. 



La miseria á que estaban reducidas las provincias 
de Luzon, por la pérdida casi total de la cosecha, y 
principalmente por el horrible terremoto acaecido en 
la noche del i .° de Febrero (1771), que consideraron 
todos los habitantes de esta capital ser la última de su 
existencia, apenas se puede comparar con el estado de- 
plorable de las Visayas, cuyos gemidos llegaban hasta 
aquí por conducto de los alcaldes mayores y religiosos. 
Parecía que los bárbaros, enfurecidos con la noticia de 
lo ocurrido en Mamburao, echaban el resto en sus 
correrías, teniéndose noticia de que se hallaban forta- 
lecidos como nunca, por tierra y por mar, y que los 



52 Guerras piráticas de Filipinas. 

ingleses establecidos en algunas islas de este archi- 
piélago, no sólo les suministraban pólvora, municio- 
nes y pertrechos, sino que les instruian y disciplinaban 
en el manejo de las armas de fuego, y aun les acom- 
pañaban y dirigian sus expediciones. El comercio se 
hallaba enteramente muerto, como que habiendo em- 
pezado los moros por la provincia de Caraga, quema- 
ron todos sus pueblos, sin exceptuar uno siquera; en 
la de IHgan, quemaron y saquearon los de Iponan, 
Alilitum, Gompot, Salay y Sipaca; y en la isla de Ca- 
miguin, mataron y cautivaron muchos indios. 

En Zebú invadieron el Dastag ó Coteot, quemando 
y saqueando las visitas de Nahalin y Luyan. En el 
partido de Sorsogon, quemados y saqueados los pue- 
blos de Ticao, cautivaron á un religioso que se tuvo 
que rescatar dos veces, y entonces fué cuando se cons- 
truyó en San Jacinto un fuerte de piedra y la estacada 
de Mobo. En Panay padecieron mucho los pueblos de la 
isla de Tablas y los de la isla de Sibuyan. El único re- 
ligioso que los administraba murió en el monte, á 
donde fué á buscar refugio contra tantos males. Otros 
religiosos, como los de Mambusao y Sapian, habían 
tenido que construir estacadas en sus pueblos. Las Ca- 
lamianes vieron también muchos de los suyos inva- 
didos, por cuya causa se construyeron igualmente al- 
gunos fuertecillos, que no impidieron que los mo- 
ros llevasen cautivo al ministro doctrinero de la ca- 
becera. 

Mindoro no una, sino varias veces, habia sido 
también invadido con muerte de un religioso y otro 



Capítulo Vil. 5J 

conducido á Joló. Otros curas se hicieron notables 
por haber estado muchos meses fugitivos por los mon- 
tes, volviendo á la capital tan estenuados, que parecían 
muertos. La bonita provincia de Bataan, que está á la 
vista de la capital, vio quemado y saqueado su pueblo 
de Maribeles y su visita Caucaben, mayor que la ma- 
triz, donde cautivaron al padre ministro; y si bien se 
construyó entonces el fuerte de Caucaben, nunca ha 
sido de provecho por su defectuosa fábrica. Fué tal el 
número de cautivos en las provincias citadas, que no 
se pudo averiguar. En la de Caraga se computaba de 
pérdida la mitad de sus habitantes. En isla de Tablas, 
Ticao y Masbate, dos terceras partes. En Burlas y 
Maestre de Campo no quedaron pueblos, y así de 
los demás. 

No andaban mejor las provincias del interior. La 
de Ortong, ahora Iloilo, consta que sufrió muchos 
golpes desde el año de 69, siendo el mayor el apresa- 
miento de ocho embarcaciones que regresaban de 
Albay, con valor de 10.000 y más pesos pertenecien- 
tes á los pueblos de Miagao, Igbaras, Gumbal y Tig- 
baran, y llevándose cautivos sobre doscientos hom- 
bres. Los de Iloilo, á impulso de la necesidad, se arro- 
jaban á buscar su sustento, ya en Isla de Negros, ya 
en Dumangas, ya saliendo á pescar en barotos, con lo 
que corrían innumerables riesgos. El pueblo de Anilao 
quedó totalmente destruido. También de Dumangas, 
el más antiguo, florido y culto de todo Iloilo, no que- 
dó entre sus escombros y cenizas una persona que no 
vistiera de luto. Hubo ocasión en que los caminos es- 



54 Guerras piráticas de Filipinas. 



taban sembrados de brazos, piernas y miembros hu- 
manos. ¿Qué más? Los niños eran obligados a apren- 
der la religión de Mahoma. De Ogtong mismo se 
apoderaron los piratas á las siete de una mañana, sin que 
pudieran hacer resistencia sus habitantes, porque en la 
canal ó silanga estrecha que separa aquella isla de 
la de Negros, paso único de todas las embarcaciones 
de las demás provincias, tenian los moros establecida 
y como de asiento, una verdadera escuadra numerosa 
y bien provista. Esta fué la que acabó con las embar- 
caciones grandes y chicas de Iloilo, é innumerables de 
otras provincias; ésta la que apresó una galera de 
guerra nuestra; ésta la que cautivó al corregidor de 
Isla de Negros y á tres religiosos, que en Joló se res- 
cataron por una gruesa cantidad. Tenia por suyas to- 
das las isletas de dicho canal, incluso la de Guimaras, 
de donde se surtían los de Iloilo de bejucos y otros 
artículos de primera necesidad. En otra isleta llamada 
Inandpolongan tenian una cárcel ó calabozo, que lla- 
man ellos dangcal, donde iban encerrando los cautivos 
hasta juntar cuatrocientos ó quinientos, que entonces 
despachaban en diez ó doce barcos á Joló, Hacian la 
guerra no sólo con arma blanca, sino también con fu- 
siles, que en gran cantidad poseian, así es que á la voz 
de ¡moros! huian los pueblos á los montes. Los reli- 
giosos mismos, tan valientes y resignados, llegaron á 
temer la total ruina del país, á pesar de las fortificacio- 
nes que ellos mismos improvisaban y de las armas y 
municiones que sabian agenciarse; pero los indios es- 
taban aterrados y apenas servían para nada. 



Capítulo VIL 55 

Consta de cartas escritas por religiosos que toma- 
ron parte en tan tristes escenas, que en una ocasión 
fondearon tranquilamente treinta barcos de moros 
en la playa de Ogtong, para quemar el convento é 
iglesia de Suragan y cautivar á todos los indios que 
hubieron á la mano, mientras surcaban aquellos ma- 
res, sirviéndoles como de retaguardia, ciento treinta 
barcos más, borneyes, mindanaos y joloanos. El parti- 
do de Leyte constaba de diez y siete pueblos, y todos 
más ó menos padecieron mil calamidades. Dagami, 
aunque distante de la mar, como lo está Guadalupe de 
Manila, salió bien librado, porque tenia un cura tan 
listo, que cayó dos veces en poder de los moros y se 
escapó otras tantas. Hubo religioso que se quedó 
sólo en el pueblo, teniendo al fin que remontarse para 
comer frutas silvestres, y sin embargo, entre sus 
privaciones nada echaba tanto de menos como el vino 
para decir misa y la pólvora y armas para matar pi- 
ratas. 

Los franciscanos, que habian reemplazado á los je- 
suitas en los curatos de Samar, á consecuencia de la ex- 
tinción de la Compañía, padecieron también extraordi- 
nariamente por no haber pueblos formados en aquella 
isla, sino una docena de casucos en algunos sitios y á 
muy largas distancias. Así que los moros entraban y 
salían reduciéndose los religiosos á unos fuertecillos ó 
estacadas, donde ellos mismos eran soldados y capi- 
tanes. 

En las misiones del monte Isarog, en Camarines, 
mataron los piratas á un religioso, con tanta cruel- 



$6 Guerras piráticas de Filipinas. 

dad como los mismos tigres, y lo propio hicieron 
con un misionero de los Ilongotes. En fin, en un 
breve período hicieron cinco cautivos recoletos, pa- 
sando cuatro á cuchillo mientras el otro se ahogaba 
en la sentina del barco, donde le tenian aprisionado; 
otros dos murieron de heridas, y otro sucumbió de 
muerte natural en Joló. Los agustinos tuvieron tres 
cautivos, dos murieron de miseria y el otro quedó 
inútil. Los franciscanos un cautivo y dos muertos, 
fuera de otros muchos de todas las Ordenes que con- 
trajeron enfermedades incurables . 

Condolido el gobierno de tantas calamidades como 
pesaban sobre las Visayas, formó expediente para dar 
otra forma á la marina de estas islas, inclinándose á 
crear una escuadrilla de jabeques y otras embarcacio- 
nes, proyectada por una junta de marinos que se cele- 
bró en Cádiz, según diremos, lastimando el honor de 
don Simón de Anda, que habia hecho todos los esfuer- 
zos posibles para refrenar la osadía de los moros; pero 
las circunstancias le eran muy contrarias, pues el país 
estaba arruinado desde la invasión inglesa. Aun así, en 
armamentos, buques y socorro de víveres gastó 75.000 
pesos. A fin de parar el golpe reunió una junta en Ma- 
nila, donde se acordó restablecer la armada de Pinta- 
dos bajo mejor pié y erigir en la isla del Corregidor 
una torre fortificada que sirviese de atalaya para comu- 
nicar á esta ciudad por medio de señales cuantos mo- 
vimientos se observasen en los moros. Un cuerpo de 
mardicas guarnecía anteriormente el Corregidor y 
daba estos mismos avisos, por cuyo medio se adopta- 



Capítulo VII. 57 

ban las providencias necesarias para contener á los 
piratas; pero se habian visto obligados á retirarse á 
Maragondon acosados por los enemigos, dejando á 
los bárbaros puerta franca para entrar en la bahía, es- 
pecialmente de noche, navegando á la sombra de la 
costa. Así lograron alguna vez saquear pueblos inme- 
diatos á Manila, como Tambobo, Malate y Paraña- 
que, y apresar las embarcaciones de los pueblos ba- 
jos de Bulacan. 

Eran estos mardicas, cuyos descendientes gozan 
hoy todavía de ciertas exenciones, originarios de aque- 
llos Mardicas de quienes se habló en el capítulo I, y si 
bien se pensó construir la torre del Corregidor para 
ponerla á su cuidado y servir de centinela á la armada 
de Pintados, la penuria de los tiempos y de las Cajas 
Reales, no sólo exhaustas, sino muy empeñadas, por la 
creación de varios empleos nuevos y aumento de suel- 
dos que habia concedido el Rey á causa de la guerra, 
dio al traste por entonces con tal proyecto, pues la me- 
dida á que se recurrió fué reprobada por el gobierno 
de Madrid á causa de su violencia, y no obstante ha- 
berla aprobado juntas de personas del comercio y de 
ambos cabildos, secular y eclesiástico, que si bien tu- 
vieron muy en cuenta el interés general de las islas» 
lastimaron gravemente el del comercio. Hé aquí lo su- 
cedido: 

Debia la fragata San Carlos hacer viaje al puerto de 
Acapulco, y á fin de allegar recursos para contener al 
moro, se mandó que el producto de las boletas ó póli- 
zas de carga se destinase á este objeto, reservando para 



Guerras piráticas de Filipinas. 



después de la salida de la nao, determinar qué boletas 
deberian por piedad exceptuarse de esta providencia, y 
atendiendo á que el valor de las lo.ooo piezas que de- 
bia cargar, á sesenta pesos cada una, sólo ascendia á 
600.000 pesos, y á que en ningún año como este po- 
dria sufrir el comercio algún gravamen por la ventaja 
con que habia comprado los efectos de Coromandel, ya 
que extrema necesidad obligaba á usar de tal arbitrio, 
se dispuso que cada boleta se expendiese entre los voca- 
les del comercio á razón de 1 00 pesos cada una, por es- 
te solo año, y sin ejemplar, debiendo en lo sucesivo se- 
guirse el tipo de 60 pesos. Los capitanes y armadores 
de los champanes de China agregaron por su parte 
8.000 pesos, á cambio de la prorogacion del plazo 
para expender sus efectos, que unidos á 50.000 pesos 
con que contribuyó el comercio por razón de pólizas, 
y con otros donativos de las Obras pias, se empezaron 
los preparativos contra el pirata, que no correspondie- 
ron por cierto á tantos sacrificios, pues si bien salieron 
algunas expediciones, fué para irritar á los pueblos de 
Visayas por la protección que se daba á los cercanos á 
Manila, no contribuyendo al Estado tanto como ellos. 



Capitulo VIH. 59 



CAP. VIII. — Fracaso del proyecto de la escua- 
drilla de jabeques, medias galeras y galeotas. 



POR orden del gobierno, el Excmo. señor marqués 
de la Victoria, capitán general de la armada, habia 
convocado en Cádiz á los señores jefes de escuadra, 
don Luis de Córdova y don Manuel Guirior; á los capi- 
tanes de fragata, don Manuel Guiral y don Juan de Lán- 
gara, comandante y segundo que fueron de la nombra- 
da Venus en su viaje a estas islas, y al mayor general de 
la armada don Ignacio Madariaga, para que, con presen- 
cia de antecedentes, y oyendo á los pilotos que también 
hubiesen estado en Filipinas, tratasen de la formación 
de una escuadrilla para hacer el corso contra los moros, 
con más fruto que hasta la fecha; y acordaron unánime- 
mente que debia componerse de cuatro jabeques de a 20 
cañones, calibre de á 8 y 1 2 pedreros; tripulados y ar- 
mados en el mismo pié en que lo estaban, proporcio- 
nalmente, los destinados al corso en el Mediterráneo, 
y mandados por tenientes de navio; cuatro medias ga- 
leras mandadas por tenientes de navio, y armadas y 
tripuladas, según lo fueron en la Península, cuando 
se hizo uso de esta clase de embarcaciones; y en fin cua- 
tro galeotas en los mismos términos, mandadas por al- 
féreces de navio. 



6o Guerras piráticas de Filipinas. 

Para los gastos de esta escuadra, contaba la junta 
que el comercio de Manila tenia fondos aplicables al 
corso contra los moros, declarando no saber si el 
ingreso de estos fondos era fijo, ni el tanto á que as- 
cendia. Fundaban, sin embargo, los señores de la junta 
su cálculo en lo que habian oido extrajudicialmente en 
estas islas algunos de ellos; y de aquí surgió un con- 
flicto de expedientes interminables, pues los oficiales 
Reales, sin entrar en el examen de los efectos favora- 
bles ó adversos que este proyecto podria traer, levan- 
taron mil caramillos respecto al fondo para gastos de 
corso contra moros, pues en efecto no le habia, cre- 
yendo que los señores que tocaron esta especie en Cádiz 
salieron de aquí siniestramente informados. Tan sim- 
ple indicación, hecha quizás de buena fé, bastó para 
que en el expediente seguido se les baldonara como 
una falta de respeto, y surgiesen mil incidentes des- 
agradables. Convenían sin embargo los oficiales en que 
las embarcaciones fuesen jabeques, medias galeras y ga- 
leotas, y consideraban necesario que viniesen construc- 
tores prácticos de España, por carecer las islas de 
facultativos de esta naturaleza, por cuya causa las 
galeras que habia eran de poco andar. 

También confesaban que, si bien las embarcaciones 
de los moros eran por lo común pequeñas y de poca 
resistencia, solían congregarse en ocasiones tal mul- 
titud, que se atrevían con las grandes, sin contar que 
tenían á la sazón ellos 4 ó 6 galeras arruinadas, con 
las cuales habian proyectado poco antes apresar un 
galeón de la carrera de Acapulco, todo lo cual hacia 



Capitulo VIH. 6i 

preciso el presupuesto número de jabeques, para per- • 
seguir á los enemigos hasta en sus costas, y encerrarlos 
en sus mismos puertos. Podrian utilizarse estos jabe- 
ques destinándolos á mudar las tropas de sus presidios, 
proveerlas de municiones, llevarles el situado, conducir 
al arsenal de Cavite jarcias, lonas y betunes, y dar avi- 
sos á la nao en su regreso de Acapulco en tiempo de 
guerra; todo lo cual aliviarla de gastos á las Cajas reales. 
Las medias galeras se consideraban necesarias para 
cruzar entre las Visayas y Luzon, por ser análogos los 
barcos de remo llamados joangas que usan los moros, 
para hacer en estos parajes sus correrías. 

Las galeotas, en fin, se consideraban útiles para la 
bahía de Manila, costas inmediatas, islas de Ambil, Lu- 
ban y Cabra, cuyas poblaciones solían ser visitadas por 
los moros en barcos menores llamados pancos. ^ 

Para la fábrica de estos vasos pedían que viniesen 
de España obreros inteligentes, trayendo consigo todos 
los útiles necesarios, incluso el fierro, por no servir el 
de estas minas, donde se elaboraba muy mal, y produ- 
cen poco. 

La tripulación debía de componerse en su mayor par- 
te de europeos, por ser más temidos de los moros, 
y una tercera parte de indios que fuesen hacien- 
do el aprendizaje á su lado, como también debían 
venir de España cirujanos, pilotos, pilotines y un 
capellán que ejerciera la vicaría de la escuadrilla, 
cuyo mando había de tener un capitán de navio con 
facultades de comandante de departamento, con total 
independencia del gobierno superior político, por evi- 



62 Guerras piráticas de Filipinas. 

tar competencias perjudiciales al servicio, á cuyo fin 
residiría en Cavite, donde se halla el arsenal, supri- 
miéndose el empleo de Castellano, para que así los ve- 
cinos como la marina quedasen bajo su mando. 

Como el navio El Buen Consejo habia encontrado en 
el puerto de Cavite, entre su primer viaje y el segundo, 
la diferencia de pié y medio menos de fondo, se enca- 
recía el limpiarlo con frecuencia, construyendo ponti- 
nes y un muelle para la carena de buques. 

Acordes al fin el marqués de la Victoria y el go- 
bierno de Manila con este proyecto, el Rey previno 
á éste que informase lo que le pareciera más conve- 
niente para su ejecución, dando noticia de las embar- 
caciones aquí existentes. Eran estas: 

La fragata San Carlos^ construida en el pueblo de 
San Isidro de Pangasinan, de 48 codos y 1 2 Va puntos 
de quilla limpia, 58 codos y 12 puntos de eslora, í6 
codos y 12 puntos de manga, 6 codos y 6 pulgadas de 
puntal y 8 de plan, con i 8 cañones de á 6. 

Fragata San José^ construida en el astillero de Santo 
Tomás, también de Pangasinan, de 57 codos de 
quilla limpia, 69 de eslora, 1 9 de manga, 9 y 1 2 pun- 
tos de puntal, y de plan 9 y 1 6 puntos, con 32 cañones, 
7 de á ocho, i 9 de á 6 y 6 de á 4. 

El paquebot Nuestra Señora del Rosario^ comprado, 
con 31 Vj codos de quilla Hmpia, 38 */j de eslora, 1 1 de 
manga, 5 V2 de puntal y 5 7j de plan, con 12 cañones 
de á 2 y 10 falconetes. 

Paquebot Nuestra Señora de Guadalupe^ construido 
en Zambales; 27 de quilla limpia, 23 de eslora, i o y 1 5 



Capitulo VIII. 63 

puntos de manga, 574 puntos de puntal y 4 líneas de 
quebranto, con 12 cañones, iodeá4y2de á2, y 10 
falconetes. 

Paquebot San José^ construido en Cavite, con 32 
codos de quilla limpia, 31 y 10 puntos de eslora, 8 de 
manga, 16 y 8 pulgadas de puntal, con 10 cañones de 
á 2 y 16 falconetes. 

Paquebot San Telmo^ comprado, con 23 '/^ codos de 
quilla limpia, 28 y 5 puntos de eslora, 8 de manga, 4 
y 6 pulgadas de puntal, con 10 cañones, 2 de á 4, 4 de 
á 3, y los otros 4 de á 3, y 10 falconetes. 

Bergantín San Carlos^ construido en Zambales, de 
28 codos de quilla limpia, 34 de eslora, 9 V4 de manga, 

3 y 3 de puntal, con 8 cañones, 2 de á 4, 2 de á 3 y 

4 de á 2, y 8 falconetes. 

Goleta Soledad^ con 8 cañones de á 4 y 20 falconetes. 

Galera Sania Clara^ con 8 cañones de á 6 y 30 falco- 
netes. 

Galera Santa Rcsa, con 6 cañones, 4 de á 6 y 2 de 
á 4, y 24 falconetes. 

Galera Sania Teresa^ con 4 cañones de á 6 y 2 de á 
3 y 29 falconetes. 

Galera Sanio Nhlo, con 10 cañones, 2 de á 8, 2 de á 
4y6 deá2, yi4 falconetes. 

Galera San José, con 4 cañones, 2 de á 6, 2 de á 3, y 
22 falconetes. 

Pontin Sanio Niño^ con 1 2 falconetes. 

Lancha Soledad^ con 2 cañones de á 4 y 10 falco- 
netes. 

Lancha Señora, id., id. 



64 Guerras piráticas de Filipinas. 

Dos falúas y 3 botes, los cuales se armaban cuando 
había necesidad de emplearlos, según su capacidad 
y aguante. 

Se perdió, como hemos dicho, bastante tiempo en la 
prosecución de este expediente, que todo él se volvia 
acusaciones y alegatos, separándose del asunto princi- 
pal para entrar en personalidades ó digresiones, como 
si hubiera convenido más ó menos que el párrafo úl- 
timo del informe de los oficiales reales hubiera estado 
al principio, si era muy corto ó era muy largo, y otras 
por este tenor. El resumen fué que el importe de 
construcción de la escuadra deberla ascender á 276.626 
pesos 3 tomines y 5 granos, sin incluir 62.560 pesos 
por cañones, falconetes, plomo, fusiles, pólvora, cure- 
ñaje, etc.; 43.932 pesos, costo de aparejos, respetos, 
anclas, cables y otros útiles; 40.000 pesos de clavazón, 
pernerías, cadenas y demás piezas de hierro; 15.906 
pesos de velamen, debiendo ascender el gasto fijo anual 
á 288.626 pesos, cantidades enormes, que arredraron á 
todos los espíritus mezquinos. Hízose presente al Rey 
la falta de recursos para realizarlo, y S. M. como un 
medio eficaz para contener á los moros, resolvió lo que 
veremos adelante. 



Capitulo IX. 6^ 



CAP. IX.— Exaltación de Israel, hijo de Alimu- 
din, á la sultanía de Joló, y sus buenas dispo- 
siciones á favor nuestro. Establecimiento de los 
ingleses en Balambangan. Misión del sargen- 
to mayor de Zamboanga á Joló. 



PARA dar más trabazón al cuadro histórico, recorda- 
remos algunos antecedentes del sultán Alimudin y 
su hijo Israel, que merced á los desastres que sufrió 
Manila durante la invasión inglesa, al hacerse la paz, 
se retiraron con el ejército inglés á Joló, confirmando 
Alimudin entonces la cesión que Bantilan les habia 
hecho de la isla de Balambangan, y comprometiéndose 
los ingleses en cambio de una cesión tan exigua á au- 
xiliar á los joloanos con barcos y pertrechos de guerra 
en ciertos casos. 

Balambangan era estéril, de mal temperamento y 
peores aguas, lo que movió á Inglaterra á solicitar 
la traslación de su establecimiento á Tandundalaga, 
sitio inmediato á la misma población ó corte de Joló; 
pero los moros se negaron á esta pretensión, y los in- 
gleses tuvieron que resignarse por entonces, á pesar 
de la mucha gente que, de vómitos y diarreas, hablan 

5 



66 Guerras piráticas de Filipinas. 

perdido en Balambangan. Sabedores los joloanos poco 
después de que iban á recibir refuerzos considerables 
(seis buques de la compañía de la India con tropas y 
colonos), y que estaba nombrado un gobernador para 
Balambangan, comprendieron que aquellos huéspedes 
habian de traer tarde ó temprano su ruina, y empe- 
zaron á discurrir los medios de deshacerse de ellos, 
naciendo de aquí partidos políticos, pues los ingleses, 
observando la tempestad que les amenazaba, consi- 
guieron desunir á los datos á fuerza de regalos y so- 
bornos. Sembrar el odio contra España era uno de sus 
medios; mas el salip, ó sea el arzobispo ó patriarca de 
los moros, anciano marroquí que caminaba encorvado 
con la ayuda de un báculo, pero que en su juventud 
había sido de armas tomar, se puso de nuestra parte 
comparando á los ingleses con una noche tenebrosa 
de invierno, precursora de desventuras, y á los espa- 
ñoles con una mañana de primavera, que convida á 
los jornaleros á trabajar. 

Tal era el estado de las cosas, cuando nuestra 
corte, noticiosa del establecimiento de ios ingleses en 
Balambangan, mandó reforzar el presidio de Zam- 
boanga, y que el gobierno de Manila tomase provi- 
dencias para cultivar la paz con los joloanos. Aca- 
baba de morir Bantilan, y viéndose lleno de acha- 
ques y sobrecargado de años el famoso Alimudin, ab- 
dicó el cetro en su hijo Mahamad Israel, decidido 
partidario de España por las relaciones que en Manila 
había adquirido, estudiando en el colegio llamado en- 



Capítulo IX. 67 

tónces de San Felipe, ahora de San José. Habiendo 
participado á nuestra corte su exaltación al trono y 
lo ocurrido con los ingleses, el buen Carlos III le en- 
vió su parabién, felicitándose de sus buenos propósi- 
tos en solicitar la amistad y los auxilios de España, 
ofreciéndole en pago toda ayuda y protección, y agra- 
deciéndole su resistencia cuando quisieron trasladarse 
los ingleses de Balambangan, como una prueba de su 
fidelidad á nuestro país. 

Recibidas por el gobernador de Zamboanga, don 
Raimundo Español, órdenes del gobierno superior 
para que por medio de una persona de su confianza 
se asegurase de las disposiciones del sultán, comisionó 
al efecto al subteniente patentado sargento mayor de 
aquel presidio don Manuel Alvarez, algo pariente del 
sultán, y que habia vivido en Manila con él mismo 
y con otros datos en mucha familiaridad. Acogiéron- 
le ellos con las mayores demostraciones de franque- 
za y alegría, y la misma sultana, ricamente adornada, 
salió a recibirle uniéndose a la comitiva, que le acom- 
pañó hasta la estancia que se le habia preparado. Tra- 
táronle como un príncipe, y tuvo diarias conferencias 
con el sultán y los magnates. Por él se supo que exis- 
tían tres partidos en Joló: el adicto á los españoles, en 
el cual se contaban don Fernando I Alimudin, en- 
tonces Amiril Mahumen, ó como si se dijera el rey 
padre, y su hijo el sultán Israel; el adicto á los in- 
gleses, á cuya cabeza estaba el dato Zalicaya, gene- 
ralísimo de la mar, y el tercer partido, que se llamaba 



68 Guerras piráticas de Filipinas. 

de los indiferentes, dispuesto á venderse al partido 
que venciera. 

Para atraer á nuestro partido los del contrario, tuvo 
Alvarez que poner en práctica sus conocimientos en 
el baile, dando en ciertas horas del dia lecciones de 
minué y paspié á la sultana, á las princesas y á todos 
los datos que tenian loca afición a este ejercicio, y no 
era raro que la escuela de danzantes se convirtiese en 
una turbulenta asamblea, donde el embajador español, 
dejando de hacer contorsiones con su cuerpo, se tras- 
formára en orador y diplomático. Algunas de sus razo- 
nes no dejaban de llamar la atención de los moros, pues 
para excitarlos los comparaba á niños que se dejaban 
embaucar por los ingleses, y que no eran hombres li- 
bres dignos de llamarse tales; que los ingleses lle- 
vaban siempre por blanco su propia conveniencia; que 
no tiraban á otra cosa que á extraer los frutos del 
país en cambio de géneros de Bengala á precios subi- 
dos, mientras nosotros, llevados siempre de huma- 
nos sentimientos de religión, olvidábamos todos los 
agravios y rencores en cuanto concebíamos la espe- 
ranza de una paz verdadera. Cuando Alvarez era es- 
cuchado con más atención y deferencia, era cuando, 
como las frutas de un árbol que vienen al suelo á la 
menor sacudida, veia destruido el efecto de sus habili- 
dades por cualquier dato que en la volubilidad de su 
genio, ó en la embriaguez de su danza, lanzaba un 
grito ó hacia un gesto. 

Cierto que los ingleses en sus tratados se obligaban 



Capitulo IX. 69 

á dar ayuda á los joloanos; pero era en sus guerras in- 
teriores, no en las que sostuviesen contra nuestra na- 
ción; política mejor que la nuestra; pues la cédula di- 
rigida á Alimudin en i 2 de Julio de 1734 por nues- 
tro glorioso Felipe V, ofrecía que, cumpliendo el sul- 
tán y los datos con las estipulaciones acordadas, aten- 
derla la España á la conservación y defensa de Joló 
contra cualesquiera enemigos, haciéndose especial en- 
cargo al Gobierno de Manila para que así lo ejecutase 
perentoriamente en casos de urgencia. Y respecto al 
punto de la religión de que sacaban mucho partido 
los ingleses, Alvarez les recordaba á los joloanos que 
nosotros los dejábamos en libertad de abrazar ó no la 
nuestra, aunque deseáramos ardientemente lo primero. 
El capítulo principal de quejas que los moros pre- 
sentaban, era la prisión padecida en esta capital por 
Alimudin y su hijo, que les habia hecho perder el 
prestigio entre su gente, por lo cual se manifestaban 
recelosos de los datos afectos á los ingleses, y aun pre- 
tendían, vista nuestra resistencia á recibir embajadores 
suyos en Manila, que se designase un lugar seguro, 
como Zamboanga, para ajustar los tratados, que ellos 
y su partido se obligarían á observar religiosamente. 
Las bases ó condiciones que el sultán presentaba para 
renovar la amistad, era nada menos que el comercio 
y algunas tropas españolas, barcos de guerra y otros 
auxilios para establecer en Joló un gobierno absoluto. 
También pretendía se le enviasen algunos españoles 
para organizar sus tropas; y bajo estas condiciones 



yo Guerras piráticas de Filipinas. 

permitiría la predicación de nuestra santa fé, consin- 
tiendo su culto á los cautivos y dejando cristianizar 
á los que voluntariamente quisiesen abjurar la de 
Mahoma. Su padre mismo podria declararse cristia- 
no, pues lo era en secreto desde que estuvo en Mani- 
la. No se comprometía á lanzar á los ingleses de sus 
dominios, ni dejar de admitirlos por falta de fuer- 
zas; pero si las nuestras combinadas con las suyas lo- 
graban arrojarlos, no volvería á admitirlos en lo su- 
cesivo. Ofrecía, finalmente, perseguir á los ilanos ó 
mindanaos y franquear su reino al libre comercio 
de España, añadiendo que si se le auxiliaba con algún 
funcionario inteligente en mineralogía, trabajaría al- 
gunas minas, satisfaciendo á nuestro fisco el quinto de 
los productos. 

Hallábase entonces en Joló un buque de la compa- 
ñía inglesa, cuya oficialidad se manifestó muy atenta 
con Alvarez, acaso para sondear sus intenciones, pues 
las veces que le convidaron á bordo usaron mil ardi- 
des para averiguar su comisión; pero Alvarez, sordo á 
sus obsequios, y aun en medio de las voluptuosas di- 
versiones que le proporcionaron, se mantuvo reser- 
vado y circunspecto. Los ingleses, en cambio, sin dis- 
fraz alguno, le declararon que la insalubridad de Ba- 
lambangan les obligaba á venir á Joló, donde eran 
mejores los comestibles, y que trataban de establecer- 
se en sus inmediaciones, no con el beneplácito del sul- 
tán, á quien por su pobreza despreciaban, sino con el 
favor de los datos más influyentes que habían sabido 



Capítulo IX. 71 

ganarse. Preferían este punto, por el mucho ganado 
vacuno que hay, así como en las islas adyacentes, don- 
de abundan los caballos, elefantes, aves caseras y sil- 
vestres, plantas leguminosas y frutas, cera, balate, per- 
las, conchas de nácar, carey, alcanfor, nido, ámbar, si- 
guey y pimienta, aceite y resinas, innumerables coca- 
les y árboles betuminosos. La naturaleza en Joló es tan 
pródiga, que casi espontáneamente produce estos fru- 
tos, á pesar del hombre holgazán y poco inteligente. 
La agricultura se considera como un trabajo injurioso 
al hombre libre. 

Alvarez, como casi todos los viajeros que han vi- 
sitado á Joló, habla mucho de los empleos civiles 
y militares que hay en la isla y nada de su sistema 
político ni de su organización social, descuido ó falta 
de observación, hija de que las miras de los viajeros 
suelen dirigirse á un punto único, al de su interés per- 
sonal, que es el que puede llevarlos á un país tan bárba- 
ro. Al mismo Alvarez, y á su protector el gobernador 
de Zamboanga, se les motejó por sus enemigos, como 
apuntaremos después, de no haberse librado de este 
achaque, tan común en Filipinas, donde á pretexto del 
servicio del Estado, suele atenderse demasiado á la 
utilidad individual. Alvarez permaneció en Joló cin- 
cuenta y tres dias, volviendo ufano á Zamboanga, 
acompañado de muchos datos^ que aprovecharon como 
siempre aquella ocasión para hacer algunos negocios 
de comercio. 

En cuanto á Español, logró en su tiempo contener 



72 Guerras piráticas de Filipinas. 

mucho á los piratas ilanos, apostando barcos en la 
contra-costa de Basilan y Tunquil, tierra firme de Joló, 
para cerrarles el paso ó precisarlos a pasar entre aque- 
lla isla y Zamboanga, siendo de alabar que con dos 
falúas y ocho vintas cierta vez, que cansados de la 
inacción pusieron los mindanaos sobre la mar trece 
pancos, les echó cinco á pique con toda su gente, hu- 
yendo como pudieron los demás. 

Mientras así Español se esforzaba á cumplir los de- 
beres propios de su cargo, uno de sus compañeros de 
armas trataba de oscurecer su buen nombre, malo- 
grando adrede los trutos de su buena política en Joló. 



CAP. X. — Funesta expedición del teniente coro- 
nel don Juan Cencely. 



COMO el objeto del viaje de Alvarez habia sido explo- 
rar las disposiciones de los moros respecto á los 
ingleses, se tenia proyectado, después de evacuada 
aquella comisión, mandar una expedición á Balamban- 
gan, recayendo la elección en don Juan Cencely, que 
gozaba en Manila cierta reputación de capacidad. Eran 
sus instrucciones dirigir el rumbo por entre las islas 
de Mosquitos y Pilas, y de este paralelo continuar su 
navegación á la isla de Balambangan, para enterarse del 



Capítulo X. 73 

verdadero estado y propósitos de sus nuevos domina- 
dores. Debian de embarcarse con él el capitán de marina 
don Ignacio Saavedra, un moro de Mindanao y un 
soldado de Zamboanga, prácticos en aquellos mares, 
y el fin aparente de la expedición, el corso contra los 
llanos; acosarlos hasta las islas donde solian abrigarse, 
especialmente en la llamada Cagayan de Joló, no 
muy distante de la de Balambagan, de donde con cua- 
lesquiera pretexto se procuraria surgir en el nuevo 
puerto inglés. Cencely y el capitán Saavedra eran los 
únicos depositarios de este secreto. 

Una vez fondeados en Balambangan, al ver los 
buques, fortificaciones, almacenes y alojamientos de 
los ingleses, deberla Cencely pasar un oficio á los 
jefes de la isla manifestando sorpresa de hallarlos en 
dominios de España, por cuya razón se veia preci- 
sado a intimarles que no volviesen á aquellos parajes, 
donde violaba su presencia los tratados existentes 
entre España y Joló. Cencely no debia hacer uso de 
la fuerza armada en ningún caso, aunque se considerase 
superior á los ingleses, sino manifestarles que tan 
inesperada ocurrencia le obligaba á recurrir á su 
Gobierno, pues estaba persuadido que el de S, M. B. se 
hallarla ignorante de tal novedad, no siendo justo 
imputarle una arbitrariedad de sus propios subditos. 

Procuraria al mismo tiempo Cencely levantar pla- 
nos de las entradas, fondeaderos, fuertes, etc., y pasan- 
do á Joló entregar aL sultán los pliegos reservados del 
Gobierno de Manila que debia recibir de Español, sin 



74 Guerras piráticas de Filipinas. 

perjuicio de hacer el corso contra todos los enemigos 
que encontrara, excepto los vasallos del sultán de 
Joló, y los mindanaos que lo fuesen del príncipe Qui- 
bad Zajarial , que estaba en paz con nosotros. Puesto 
caso que el sultán y los principales de Joló le propu- 
siesen algún tratado de paz, alianza ó comercio, de- 
bía Cencely hacerles ver la irregularidad de su con- 
ducta con los ingleses y exigirles que se obligaran 
á abrirnos sus puertos sin limitación alguna, como 
nosotros les abriríamos los nuestros, con la obligación 
de hacer escala en Iloilo. Nuestros barcos llevarian 
licencia superior, y los joloanos licencia del goberna- 
dor de Zamboanga, cuando hubiesen de venir á Ma- 
nila. La alianza debia de ser ofensiva y defensiva, 
prestándonos mutuamente fuerzas de mar y tierra. 

Y si creyésemos oportuno introducir desde luego 
alguna tropa en Joló, para impedir el establecimiento 
de los ingleses, hablan de facilitarnos lugar seguro 
donde acuartelarla, sin que en ningún caso pudiéramos 
inmiscuirnos en su gobierno interior. En Manila 
habia de existir siempre un dato de primera clase para 
representar á su nación, así como en Joló un repre- 
sentante de nuestro Gobierno. 

Si se negaban á devolvernos todos los cautivos 
españoles, habían de exponer las causas, sometiéndolas 
á nuestro fallo, no debiendo admitirse de allí adelante 
en Joló ningún desertor ó fugitivo nuestro, ofrecién- 
donos á la recíproca nosotros. Serian extrañados de 
los dominios joloanos todos los ilanos y malanaos. 



Capitulo X. 75 

debiéndolos que quisiesen radicarse en dicho reino 
hacerlo precisamente en la corte para que el sultán 
pudiese evitar sus correrías; y por último, de avenirse 
á admitir misioneros, se les señalaría lugar para igle- 
sias y casas doctrinales, siendo los gastos de cuenta 
nuestra, como también la elección de la orden re- 
ligiosa. 

Tales fueron las instrucciones de Cencely. Exami- 
nemos ahora su conducta por los comprobantes que 
tenemos á la vista. 

Salió de Zamboanga en la tarde del 30 de Diciem- 
bre de 1773 con una galera y dos galeotas armadas, 
guarnecidas y tripuladas a toda costa, llevando por 
segundo á don Rafael Franco, capitán de su regi- 
miento, por almirante al capitán de marina don Igna- 
cio de Zarra, y por mayor de órdenes al teniente de 
su mismo cuerpo don Francisco Bayot. El y Español 
acordaron que seis días después de su salida avisaría 
este último al sultán el objeto de la expedición, noti- 
ciándole que á la vuelta tocaría en Joló. Hízose así, 
para que el factor inglés en aquella isla, Mr. Coll, 
no se enterase de nuestro proyecto, y se anticipara á 
avisar á los de Balambangan, para que advertidos, nos 
pusiesen obstáculos materiales ó de intriga. También se 
usó esta cautela para coger á los llanos desprevenidos. 
Llevaba la escuadrilla bastimento para dos meses, á 
satisfacción de sus comandantes. No obstante haber 
dispuesto el Gobierno que el capitán de banderas 
fuese el capitán más antiguo de marina, Cencely al 



76 Guerras piráticas de Filipinas. 

salir á la mar privó de estas funciones al nombrado 
almirante Zarra y se las encomendó á don Francisco 
Pérez, hechura suya, hombre intrigante y de siniestras 
ideas; y después de perder exprofeso un tiempo pre- 
cioso en e] paralelo de Orejas de Liebre, contra lo 
acordado se dirigió en derechura á Joló,. á pretexto 
de falta de agua, llegando allí el dia 4 de Enero. 

Aunque los moros no hablan recibido el aviso de 
Español, comenzaron de buena f é á hacer preparati- 
vos para recibir á nuestro comandante, fuese quien 
fuese; pero viendo que no daba fondo la escuadrilla, 
sino que seguía navegando sin hacer salva, ni em- 
biar cumplido alguno al sultán, se persuadieron de 
que esta conducta encerraba algún misterio. El sultán, 
sin embargo, despachó un confidente suyo, á pregun- 
tar al comandante cuáles eran los fines que se propo- 
nía, recibiendo del mismo Cencely la extraña respues- 
ta de que seguía navegando, y que el gobernador 
de Zamboanga les avisaría las grandes novedades que 
ocurrían. Esta respuesta dio que cavilar al consejo de 
los datos, y como al mismo tiempo se perdiera de 
vista la escuadrilla, comenzaron á disponerse para 
evitar un desembarco. Los ingleses por su parte agria- 
ban la cuestión, y en vano el sultán quería disuadirles 
de que no obrábamos de mala fé, que estuvo á pique 
de ser destronado, apellidándole traidor. Excitados 
pues y dirigidos por los ingleses, desplegaron los mo- 
ros increíble actividad en sus preparativos de defensa. 

Más de 4.000 de los chinos que nosotros expulsa- 



Capítulo X. 77 

mos de Manila en 1770, habían pasado á Joló, donde 
establecieron un Parían en toda regla; y como eran 
bastante ricos, por miedo de que sus intereses sufrie- 
sen algún quebranto, formaron un cuerpo de ejército 
contra nosotros, y lo mismo hicieron los indios de 
Visayas, que allí había; unos porque se hallaban bien 
con su esclavitud, y otros porque habían emigrado 
por sustraerse de nuestra justicia. En fin, hasta algu- 
nos de nuestros desertores del regimiento del Rey, 
que eran mexicanos, se pusieron al frente de las tro- 
pas de Joló, y con los guimbaros que bajaron del 
monte en son de guerra se dedicaron á reforzar las for- 
tificaciones y estacadas. 

Estaban los moros tan persuadidos de que habían 
quedado atrás otras embarcaciones, y que se trataba 
de invadir su territorio, que en vano fué llegaran los 
despachos de Español á cargo del notario eclesiástico 
del presidio de Zamboanga don Graciano de Roxas; 
pues su contexto no aquieta los ánimos, máxime avis- 
tándose otra vez la escuadrilla de Cencely, que casi en 
la misma ría dá caza á una vinta joloana; acción que 
confirma las sospechas. Fondeó la escuadrilla fuera de 
tiro de cañón, en la isla llamada Huerta del Rey, 
que está enfrente del pueblo de Joló, y permaneció en 
inacción todo un día, sin contar Cencely para nada 
con el Gobierno de Joló. Una barca que vino á tierra 
con pretesto de hacer aguada, á no ser por un es "uerzo 
del sultán y los datos Alimudin, Manancha, Meloc y 
Teteng, lo hubiera pasado mal, pues la multitud en- 



7 8 Giien'as piráticas de Filipinas. 

furecida quería pasar á cuchillo á sus tripulantes, lo 
que no impidió que á uno de los bogadores de don 
Graciano de Roxas le hicieran pedazos la cabeza, cre- 
yéndole soldado de Cencely. 

Este mandó entonces á tierra tres oficiales suyos, 
don Rafael Franco, don Ignacio Saavedra y don Fran- 
cisco Bayot, á hacer presente al sultán y al consejo de 
los datos, que habían faltado á la hospitalidad y á las 
buenas relaciones que entre España y Joló existian; á 
lo cual respondieron con prudencia y mesura que la 
irregular conducta de Cencely los autorizaba, pues no 
podrian tenerle por amigo, ínterin estuviese con su es- 
cuadrilla á la vista de Joló. Que se retirase á Zam- 
boanga, y que desde allí entablara la negociación de 
que estuviese encargado, y que si le faltaba agua ó al- 
gún artículo de primera necesidad, el Gobierno de Joló 
le proveería de todo; pero á condición de que ninguno 
de los suyos habia de poner pié en tierra, siquiera para 
comerciar, como ya lo habían hecho los tres oficiales, 
que antes de presentarse al sultán, habían ido al Parían 
á tratar con los chinos de negocios, Cencely hizo cuan- 
tos esfuerzos pudo para que le permitieran saltar en 
tierra á exponer las razones que tenía para haber obra- 
do de tal suerte, atribuyéndolo todo á ineptitud é im- 
política del gobernador de Zamboanga; pero los moros 
no quisieron darle oídos, contestándole que Español 
era Español^ y él otra cosa. Sí es cierto como parece 
que resentido Cencely quiso hostilizar á Joló, y le 
disuadieron de tal pensamiento los que le acompa- 



Capítulo X. 79 

ñaban, "hubiera comprometido nuestras armas y echado 
un borrón sobre nuestra bandera. Todos los joloanos 
se armaron como un solo hombre; y en Tandundalaga 
y en Sibuyan hicieron nuevas fortalezas por dirección 
del factor inglés y del dato Zarapudin, armándolas con 
un cañón de a 36, cinco de á 16, diez de á 12, diez de 
á 8, cuatro de á 6, cuatro de a 4 y otros cañones de 
calibres inferiores, que así como la pólvora, mucha y 
buena, le hablan sido suministrados por los ingleses. 
Otro inglés llamado Mr. Brun, que habia sido militar, 
dirigía la defensa y era el alma de la agitación contra 
la escuadra. 

Todo esto consta por relaciones auténticas y en par- 
ticular por un español hijo de Manila, llamado don 
Eustaquio Torralba, que permaneció en Joló una tem- 
porada de seis años, viviendo en la intimidad del sul- 
tán, con el empleo de condestable ó castellano de la 
fuerza. Los moros le tenían por nigromántico Q porque 
se dedicaba á curar los enfermos con hierbas, por el 
conocimiento que de sus virtudes habia adquirido en sus 
viajes, cuando se ocupaba en Visayas en el comercio. 
Hiciéronle cautivo los Tirones y fué vendido en Min- 
danao, de donde se escapó, cojiéndole los llanos, que 
le vendieron á los malanaos. Pudo escaparse otra vez 



(*) En el siglo decimosexto hubo en España un Eugenio Torralba, 
vecino de Cuenca, doctor en medicina, que estuvo en la Inquisición por 
nigromántico. ¿Si tendrían los moros noticia de este Torralba? (Nota del 
autor.) 



8o Guerras piráticas de Filipinas. 

y le cautivaron los samaliraos, quienes le vendieron al 
sultán Israel, y todas estas escapatorias contribuían á 
su fama de mágico. 

Este reñere que antes de la extraña aparición de 
Cencely, íbamos ganando mucho terreno en Joló, á 
pesar de las intrigas de los ingleses, particularmente 
desde que regresaron de Zamboanga los datos que 
hablan ido acompañando al sargento mayor; pero que 
tan pronto como se vio clara ia misteriosa actitud de 
la escuadrilla, no se oia otro grito que ¡alarma! ¡alar- 
ma! ¡guerra a los españoles! Que el sultán fué atro- 
pellado por los suyos; y hasta los dos ingleses le llena- 
ron de insultos, tratándole de traidor. En efecto, 
cuando Roxas volvió á Zamboanga, el mísero sultán 
se lamentaba en sus cartas á Español de la conducta de 
Cencely, que perturbaba el sosiego de su reino, dan- 
do lugar á que sus vasallos le creyeran iniciado en los 
designios que llevaba aquél, concluyendo por supli- 
car á Español que no volviera á escribirle, pues él sólo 
llevaba un nombre vano; que se entendiese con el 
consejo de los datos. En carta escrita á su pariente Al- 
varez le decía al mismo tiempo que le hablan sus vasa- 
llos obligado á emplear todo el hierro de su propiedad 
en componer las cureñas y los cañones, y sus manos 
en obras impropias de un príncipe. Que á las mismas 
princesas, sin consideración á su rango, las obligaron á 
acarrear arena, piedra y otros objetos, al sol y descal- 
zas. Tal era el desprecio y el odio que le acarreó su 
supuesta complicidad con Cencely. 



Capitulo X. 8 1 

El mismo Torralba se hizo entonces sospechoso, 
por la estravagante ocurrencia de un dato del partido 
inglés, que aseguraba haberle oido decir que antes de 
hacer fuego á los españoles, disolverla toda la artillería 
con un ingrediente de su invención. Pronunciada en 
el acto sentencia de muerte, gracias al dato Moloc, de- 
cidido partidario de los españoles, pudo salvarse, con- 
tribuyendo también a ello el mismo sultán, de quien 
era esclavo Torralba, y que no solo le dio en el acto 
cédula de libertad, sino dispuso una vintilla para trasla- 
darle á bordo de la galera de Cencely. ¡Con cuánta sa- 
tisfacción corre mi pluma al pintar este rasgo de los 
moros! ¿Podrán contarse muchos de esta naturaleza 
entre los más acaudalados filipinos? Seguramente que 
no, pues contemplamos con indiferencia la suerte de 
los que caen cautivos, y el que más cree hacer mucho 
con dar un peso de limosna á algún pariente que trata 
de rescatarlos. 

Todo el plan de la expedición de Cencely habia sido 
formado por Español y aconsejado al capitán general 
desde Zamboanga; pero aquél, que desde muy atrás 
estaba resentido y celoso del gobernador de Mindanao, 
malogró expresamente la expedición, persuadido que 
el descrédito de la empresa recaerla sobre su enemigo 
y no sobre él propio. 

El alma de todas sus intrigas fué el teniente don 
José Aviles, que le sugirió desde un principio la idea 
de verter con disimulo toda el agua que llevaba á bor- 
do, para echar en cara á Español la mala pipería con 

6 



Guerras piráticas de Filipinas. 



que habia dotado á la escuadra. También persuadió á 
los oficiales mayores que expusieran al comandante 
el mal estado de los víveres y enseres de que estaban 
hechos cargo, atribuyéndolo al gobernador de Zam- 
boanga, que habia metido abordo cuantos tenia inútiles 
en sus almacenes. 

Francisco Arrillaga, entonces sargento, á quien he- 
mos conocido de oficial real y después de contador 
mayor del tribunal de cuentas de Manila, ocupando 
ambos puestos con celo y honradez, fué á quien el te- 
niente presentó los documentos, para que los pusiera 
en limpio, y después los firmaran los oficiales mayo- 
res; pero Arrillaga tuvo bastante entereza para ne- 
garse á semejante intriga. Cencely por su parte era 
hombre de tan poco talento y aprensión, que fondea- 
do á la vista de Joló, escribió una carta á un chino 
de aquel Parlan, llamado Manuel Rubio Unsay, á fin 
de que le mandase para sí y sus oficiales doce donce- 
llas de las mejores del reino, ofreciéndole en cambio 
un marrano gordo, carta que el chino manifestó al sul- 
tán y al consejo de datos, no contribuyendo poco á 
enconar los ánimos contra los españoles. Ni pararon 
aquí sus torpezas. Conociendo que tarde ó temprano 
se hablan de descubrir sus manejos, logró hacer lle- 
gar al sultán un papel pidiéndole que lo firmara, en 
que tanto éste como el consejo de datos, se quejaban 
al Gobierno de Manila contra Español, y enalteciendo 
á Cencely, á quien se presentaba como popular entre 
los moros; si bien razones de política hablan sido cau- 



Capítulo XI. 83 

sa de no admitirle en el reino. El sultán, cuando le 
fué presentado este documento, lleno de indigna- 
ción, rasgó el papel arrojando los pedazos al suelo y 
pateándolo. Tal fin tuvo la expedición encomenda- 
da á D. Juan Cencely, que por este tiempo recibió 
de Madrid la gracia de coronel del regimiento del 
Rey. Vuelto á Zamboanga el 24 de Enero, á los 
veinticinco dias de ausencia, sin contar con el go- 
bernador para nada, puso en tierra la tropa que habia 
llevado, siendo inútil el empeño de Español para que le 
manifestara su diario de operaciones. No contento con 
esta falta de subordinación, cometió tantas de otras 
clases, que puso bien al descubierto su alma depravada. 



CAP. XL— Contra-expedición á Joló, y tiirbu- 
leudas en Zamboanga, causadas por los mane- 
jos de Cencely. 



SIN descuidar un momento los medios que estaban á 
su alcance para ganar la amistad de los joloanos, ca- 
so que se considerasen resentidos de nosotros, dispu- 
so Español que en un ligero panco de guerra, D. Ig- 
nacio Saavedra y D, Alonso de Castilla volasen á 
Joló, á enterarse del estado de aquel reino y de la dis- 
posición del sultán y los magnates. Entretanto ofició á 



84 Guerras piráticas de Filipinas. 

Cencely, que no habiéndose podido practicar la entre- 
ga del pliego del Gobierno superior al sultán, se lo de- 
volviese, para cumplir las instrucciones que él tenia; y 
en efecto el coronel se lo devolvió manifestándose dis- 
puesto á contribuir al mejor acierto de sus futuras pro- 
videncias; pero Español le manifestó que por razones 
de Estado, tenia resuelto el suspender toda providen- 
cia hasta recibir órdenes superiores, limitándose á en- 
viar un despacho á Joló para decir al sultán y su con- 
sejo, que Cencely se hallaba en ermo, y las embarca- 
ciones en carena; pero el verdadero objeto seria exa- 
minar la situación de la isla y las disposiciones de los 
datos. Rebelde en todo el coronel del Rey, replicó que 
por su parte escribirla al sultán y los datos del partido 
español, diciéndoles que se hallaban todos buenos y 
fuertes, sin que les hubiesen hecho daño las malas 
aguas que les enviaron los desafectos, y siguiendo 
siempre los consejos de Aviles, se empeñó en ganar á 
Saavedra, á fin de que admitiera un borrador seme- 
jante al que entregado pocos dias antes había rasga- 
do el sultán, deprimiendo á Español, ensalzándole á 
él y disculpándose con el Gobierno de Manila. 

A tal punto llegaron las cosas, que Saavedra, por ne- 
garse á recibir estos documentos, se vio amenazado y 
casi obligado á esconderse, teniendo al fin que enga- 
ñar á Cencely para hacerse á la vela el dia 5 de 
Febrero. En la madrugada del 7 llegó el panco á 
la Huerta del Rey, dando fondo á las nueve enfrente 
del pueblo de Joló. A los nueve tiros de su saludo, la 



Capitulo X.I. 85 

fortaleza le correspondió con tres. A las diez mandó 
Saavedra á tierra a su sargento con una carta para el 
sultán, que respondió á las once y media, firmando 
también algunos datos, con la prevención de que na- 
die saltase del panco hasta el dia siguiente, pues algu- 
nos datos se hallaban ocupados, y no podia juntarse el 
cónsajo. En efecto, á la hora del dia siguiente señala- 
da, vinieron á bordo cuatro datos, á quienes el panco 
saludó con tres cañonazos, que acompañaron al coman- 
dante y su segundo á tierra, donde fueron recibidos á 
las once por el sultán con muchas demostraciones de 
amistad. 

Leyóse el pliego, donde Español se reduela á decir 
al sultán y los datos que habia recibido las cartas que 
antes le dirigieran llenas de aquel suave olor que res- 
piraban sus nobles corazones, y quedaba sumamente 
gustoso de que apreciasen la sincera y fiel conducta 
de la nación española con sus amigas y aliadas, como 
lo eran SS. AA. señorías y pueblo joloano, á pesar 
de algunos mal intencionados que hablan querido 
sembrar cizaña en sus generosos pechos. Recordá- 
bales también la confianza con que fueron recibidos 
por él en la plaza de Zamboanga el año anterior, 
cuantos fueron acompañando al sargento mayor Al- 
varez, y con este motivo ponia en su noticia, cómo 
nuestro Gobierno concedía franquicia á las embarca- 
ciones de Joló para comerciar en Manila, en prueba 
de la verdadera paz y amistad que unia á ambas nacio- 
nes, siendo de esperar que en el puerto de Joló se 



86 Guerras piráticas de Filipinas. 

procediese lo mismo con nosotros, ya que habian 
recibido un paquebot de guerra francés, varias otras 
embarcaciones inglesas, y en fin, la que condujo al 
sargento mayor Alvárez. 

Viniendo á la cuestión de Cencely, decíales que á 
causa del deterioro qu2 sus buques habian sufrido, es- 
taba imposibilitado de ir á ofrecerles sus respetos, aun- 
que lo desease mucho, y por no tener más tiempo en 
su poder aquellos pliegos del Gobierno de Manila, los 
recibirian de los dos alféreces de marina que enviaba 
con este objeto. 

Saavedra y su compañero tuvieron por posada la 
casa del dato Moloc, donde éste y todos los más de 
los Urancayas los obsequiaron mucho, así como el 
sultán, si bien ocurrió un lance desagradable, que fué 
que uno de los marineros del panco llevaba los bor- 
radores de Aviles, que dejamos indicado no había 
querido recibir Saavedra, y se los entregó á Moloc, 
por cuyo conducto llegaron al sultán, que prorumpió 
en denuestos contra Cencely, atribuyéndole en una 
carta dirigida á Español, donde le incluía estos pa- 
peles, todas las turbulencias de su reino. Sin em- 
bargo, contestó á la carta de Cencely, aunque dijo 
que por no faltar á las reglas de la política; si bien es 
de creer que le agradaban estas desavenencias de los 
españoles, por si podía explotarlas. En su contestación 
oficial que del 21 al 22 llegó á Zamboanga, manifes- 
taba que ya muchos datos iban conociendo las dañadas • 
intenciones de los ingleses, opuestísimos á que los 



Capítulo XI. 87 

españoles tuviesen en su reino ninguna cabida; pero 
que él nunca variaria de modo de pensar, ni habría 
nada que le hiciese faltar á la amistad que nos profesa- 
ba. Que el consejo habia dispuesto que no saliese 
ninguna embarcación de Joló para Zamboanga, hasta 
que estuvieran completamente acabadas las fortifica- 
ciones, y en fin, que los dos comisionados le informa- 
rían del verdadero estado de las cosas. 

Hasta los datos del partido inglés contestaron á Es- 
pañol la carta siguiente, que insertamos íntegra, para 
que se vea desnudo el espíritu que reinaba entre ellos: 

^'Esta es la respuesta que nosotros los datos, nobles 
''consejeros del Reyno de Joló, damos al Sr. Don Ray- 
"mundo Español. Por lo que hace a la carta de vuesa 
''merced que nos entregaron sus dos embiados, debe- 
"mos decirle que siempre obramos nosotros con ho- 
"nor, y para dirigir nuestras operaciones no necesi- 
"tamos del consejo de ningún extranjero, porque no 
"somos niños de teta. Entretanto, pedimos al Ser que 
"ocupa los Cielos y la tierra y es dueño de las volun- 
"tades de los que viven, conserve á V. I. muchos 
"años." 

Por aquí puede venirse en conocimiento del estado 
de los partidos. Los dos hermanos del sultán y los 
datos Amílbaral y Basaludin, se mantenían siempre 
enconados contra nosotros desde que estuvieron pre- 
sos en Manila, y eran los que más vociferaban que la 
amistad española solo les había acarreado deshonor. Al- 
ma de todo esto era el factor inglés Coll, espíritu activo, 



88 Guerras piráticas de Filipinas. 

que puso por obra cuanto pudo para que nuestros 
dos enviados no fuesen admitidos , y no logrando 
persuadir al sultán y los datos, pretendió enarbolar 
la bandera inglesa en la fortaleza que habia mandado 
construir, lo que no le permitieron. Tenia, sin em- 
bargo, revuelto al pueblo, haciéndole creer que nues- 
tro manejo era doloso, y que los joloanos debian des- 
confiar de la política fria y artera vinculada entre los 
españoles desde Felipe II. 

En una de estas conversaciones, el dato Manancha, 
uno de los más influyentes en el país, contestó que 
nunca dejaría él la amistad de los españoles por lo 
mismo que los ingleses solo ganaban amigos á fuerza 
de regalos, pues quería ser dueño de su persona, y 
que no le sucediese lo que al dato Almílbarac y á 
otros, que no podían disponer de nada sin la anuen- 
cia de CoU. El dato Moloc, que estaba también pre- 
sente y que poseía dinero y efectos ingleses en su casa 
de comercio, se apresuró a declarar que esto era á 
cambio de frutos del país; pues nunca habia solicitado 
semejante adelanto, y en todo tiempo estaba dispuesto 
á devolver hasta la última guinea. 

Tal era la situación de los ingleses entre los jo- 
loanos; entretanto. Español en Zamboanga se ve in- 
sultado, y aun amenazado por Cencely, que tiene á 
sus órdenes 140 hombres de su regimiento, dísco- 
los unos, holgazanes otros, y casi todos borrachos, 
vicios que el mismo jefe fomenta de palabra y obra. 
Siembra primero la discordia entre los zamboangue- 



Capítulo XI. 89 

ños contra su Gobierno, erigiéndose en juez de su 
conducta pública y privada, y como jamás faltan que- 
josos contra la autoridad, recibe quejas sobre quejas, 
chismes sobre chismes, hace como que los examina, y 
ordena a Español que mude de conducta, pues no se 
le ha dado por el rey el gobierno de Zamboanga para 
tiranizar al pueblo, acaparando el comercio por sus 
personeros ó tenderos, y mucho menos ocupando en 
tales oficios a aquellos mismos que tienen la misión de 
defender el presidio. 

Español no hacia más ni menos que hablan hecho 
sus predecesores, y en aquel tiempo todos los jefes 
de provincia. Como él mismo probó en sus comu- 
nicaciones al Gobierno de Manila, no era tan ratero 
como otros gobernadores, corregidores y alcaldes ma- 
yores, que á la sombra del indulto para comerciar (i), 
han ganado opinión de desinteresados. Como siempre, 
quienes más tenían por qué .callar, eran precisamente 
los que más contribuían á urdir la trama de Cencely, y 
cabalmente, ¿cuándo? Cuando éste y dos de sus oficia- 
les favoritos acababan de. comprar en Zamboanga á los 
moros de Borneo unos frutos que hablan traido; y al 



(1) No hay duda que este indulto, especie de contribución que pagan 
los alcaldes anualmente, trae muchos males, sobre todo en la Morisma y 
en Visayas. Hay, en cambio, otros alcaldes en la isla de Luzon que pagan 
el indulto cuando absolutamente no tienen en qué comerciar. No han fal- 
tado algunos que pretendieran eximirse del pago, justificando que no co- 
merciaban, y se les ha dicho que esto no importa, que comercien ó no, 
deben pagar el indulto. {Nota del autor.) 



90 Guerras piráticas de Filipinas. 

pagar, quieren darles menos de lo estipulado. Trábase 
con este motivo una riña entre compradores y vende- 
dores; el mismo pueblo toma parte, unos en pro y 
otros en contra, y Español, mirando únicamente por 
el orden y el decoro de la autoridad española, transige 
la disputa, abonando á los moros la diferencia que re- 
clamaban con justicia. 

Casi despreciado en público, á excepción de muy 
contadas personas, tuvo, sin embargo. Español acierto 
para reprimir á algunos soldados zamboangueños que 
tomaron parte en el motin, y encerrarlos en la fortaleza. 
La guarnición se disminuye con este motivo, y faltan 
soldados para el servicio; los que lo hacen, se conside- 
ran recargados, y Cencely bajo cuerda protege á los 
sediciosos, siendo así que a sus soldados no los ocupa 
más que en la guardia de prevención y en la de su casa; 
los demás son asistentes, y cosas peores. 

Requerido por Español para que le prestase ayuda, 
se negó fundado en las ordenanzas, siendo así que 
estas fuerzas se habían mandado á Zamboanga á las 
órdenes del gobernador para todas las contingencias 
que pudieran ocurrir, llegando Cencely á decirle de 
oficio que el único auxilio que podia darle, era una 
moza, de tres que tenia de distintos colores, para que 
le hiciera menos fastidiosa la vida en Zamboanga. 

Quiere el cura párroco cumplir con los deberes de 
su ministerio, y predica la unión, pero en vano. Se le 
trata de simple. Grita que la religión padece, pues que 
se hace mofa de sus divinos misterios y no se respeta la 



Capitulo XI. 91 

moral pública, y se la dice que no sea hipócrita y en- 
cubridor de las rapiñas del gobernador; y finalmente, 
cuando echa en cara que están perdiendo el crédito de 
una nación que se llama católica, y que el moro con- 
templa la escandalosa conducta de los españoles, se le 
dice que no se necesitan sus consejos, v que convierta 
á Español, que le falta poco para ser mahometano. 
Por tres veces se quejó el párroco al Gobierno supe- 
rior, pero habia prevención contra Español por acabar 
de recibirse un pliego del sultán de Joló, recomendando 
que tanto aquél como Alvarez siguieran al frente del 
presidio, pues el primero iba á cumplir su tiempo. 
Otras indicaciones que hacia desfavorables á la con- 
ducta de Cencely, movieron á creer esta carta escrita de 
acuerdo con Español, lo cual no era así, que éste desea- 
ba con ansia ser relevado. Situación tirante y peligrosa, 
pues los zamboangueños estaban desanimados por la 
paga y ración que recibían, muy inferiores á las de los 
soldados de Cencely, que los colmaban de insultos 
donde quiera que los veian, por lo que hubo que ami- 
norar la persecución de la piratería, dando lugar á que 
los tirones quemasen y robasen algunos pueblos de 
Calamianes y cautivasen á un religioso franciscano de 
Samar, de cuyo paradero nada se supo, á pesar de las 
vivas gestiones hechas cerca del sultán de Joló y el 
príncipe de Mindanao. 



Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XII. — El dato Teteng prepara la des- 
trucción del establecimiento de Balambangan. 
Son asesinados la mayor parte de los ingle- 
ses. Consecuencias de este atentado. 



LAS naciones que llamamos bárbaras suelen mani- 
festar mayor -repugnancia que las civilizadas a 
sufrir el yugo extranjero, que en esto muestran tener 
más amor y respeto al lugar donde han nacido que 
nosotros. Así es que entre los individuos de estas na- 
ciones incultas, es donde más domina la venganza, 
terrible pasión, causa de tantos desastres en las per- 
sonas y de tantas perversidades en los pueblos. 

Muchos eran los agravios que á los moros hacían 
los ingleses en Joló y en Balambangan, y tarde ó tem- 
prano habían éstos de vengarse. Exasperar á los datos, 
desacreditar al sultán y á su anciano padre, llamándo- 
los á cara descubierta falsos, viles y vendidos á Es- 
paña, no era ciertamente buena política, máxime que 
ni aun los de su mismo partido se veían respetados, 
pues á la menor falta los ponían en el cepo ó los ha- 
cían trabajar al sol, cargándolos de palos como crimi- 
nales. Teteng, partidario nuestro, era el más resentí- 
do de los ingleses. Hombre intrépido y muy conside- 



Capítulo XII. 93 

rado entre los suyos, concibió la idea de arrojarlos de 
Balambangan, proyecto que asustó á varios datos, á 
quien lo comunicó; pero no consiguieron hacerle de- 
sistir. 

Español, que seguia siempre con los moros sus rela- 
ciones políticas y privadas, envió nuevamente a Joló 
al capitán Saavedra, que llegó allí el 23 de Febrero de 
1775, hallando fondeados en el puerto dos champanes 
chinos, uno de los cuales pertenecía a los ingleses, que 
no querían someterse á pagar los derechos establecidos 
en el mismo convenio que con los joloanos habían he- 
cho, teniendo que ceder al fin, pero después de haber 
llenado de improperios al sultán, a los datos y al con- 
sejo. Con este motivo Alimudin, cuando Saavedra fué 
á verle en compañía del sultán su hijo, le preguntó de 
buenas á primeras:— '"¿qué hacen los españoles que no 
''arrojan de aquí á estos perros, que nos tratan peor 
"que á esclavos?"' Saavedra le contestó, que á no haber 
él confirmado la cesión de Balambangan, no obrarían 
así los ingleses; pues entonces prefirió su amistad á la 
de los españoles. Alimudin, después de un rato de re- 
flexión le replicó:— "Es verdad. Lo hice por pura nece- 
"sidad y por no disgustar á mi hermano Bantilan; pero 
"con las cosas que veo he mudado de opinión, y solo 
"me pesan los años que tengo, pues con la mitad mé- 
"nos... pero tal vez habrá otro que logre dar en la ca- 
"beza á los ingleses." Sin duda se referia á Teteng. 
Saavedra no hizo caso. 

El mismo sultán su hijo, cuando Saavedra fué á des- 



94 Guerras piráticas de Filipinas. 

pedirse, le detuvo para decirle que expusiera á Español 
su situación; que no estaba en el caso de enviar CTiba- 
jadores á Manila, ni de hacer nuevos tratados, no solo 
por la oposición que hallaba en muchos datos, sino por 
estar estipulado con los ingleses que Joló no habia de 
tener otra alianza que la suya; pero que él siempre se- 
ria nuestro amigo de corazón, pues habia sido criado 
en Manila, y en fin, que se dejase al tiempo la cosa, 
pues que muchos datos iban disgustándose de los in- 
gleses, y esperaba algún estallido, cuando menos ellos 
lo pensasen. A la sazón no se hallaba Teteng en Joló, 
pues por una pérdida que habia sufrido al juego, 'lo 
tenian en Balambangan pagando la deuda con su tra- 
bajo personal. Allí contrajo amistad con el gobernador, 
quien le propuso que mandase llamar á sus esclavos y 
parientes, para emplearlos en el corte de maderas, Hí- 
zolo así Teteng, y recibió en efecto del gobernador 
géneros por valor de mil pesos, con los cuales se em- 
barcó para Borneo, donde con sus ganancias pudo pa- 
gar parte de lo que habia recibido. Quiso volver á 
Joló á ver á su familia, pero se le exigía que queda- 
sen en Balambangan por rehenes todos sus esclavos, 
y teniendo sobre esto un fuerte altercado, el goberna- 
dor le desarmó, le hizo poner al cepo en la plazoleta 
de su casa, y otros datos que igualmente se halla- 
ban en Balambangan comerciando sufrieron el mismo 
castigo que Teteng, por haber manifestado no habia 
razón para el dado á éste. 

Dejando al fin sus esclavos, salió Teteng de Balam- 



Capítulo XIL 95 

bangan. En Joló sus cuitas no conmovieron los áni- 
mos contra los ingleses, como él pretendía. Sólo el da- 
to Tamango Isaac, hombre también intrépido, se pres- 
tó á acompañarle á la isla de Sandaca, donde con 
mucho secreto prepararon su empresa. Otro dato, lla- 
mado Dacula, primo de Teteng, se les unió en Banque, 
donde se habían refugiado los esclavos de este último 
por el mal tratamiento que sufrían de los ingleses, y 
algunos llanos que había en la isla, que ascenderían á 
trescientos. Todos barruntaban un gran robo sin sa- 
ber á quién ni en dónde, y aun se convidaban para él 
como es costumbre entre las razas piráticas. Los in- 
gleses tenían recelo de esta multitud reunida en su ve- 
cindad y estaban concertando los medios de desalojar- 
los de allí; pero la confianza en su fuerza los perdió. 
Esta no era tanta como al principio de su estableci- 
miento en Balambangan, que tenían cuatrocientos 
hombres de tropas entre blancos y cipayos. El clima los 
había reducido á setenta y cinco soldados de infantería 
y veintiocho de artillería, que ya acostumbrados al país 
despreciaban á los moros. 

La fortaleza de Balambangan estaba artillada con 
una" batería alta bastante respetable', apuntando á la 
marina, que dejaba por detrás un claro abierto hacia 
los buques. En la parte inferior otra batería corrida, 
con cañones á la barbeta, suplía á la muralla, dejando 
en el intermedio un camino cubierto, y que formaba 
calle con. la casa del gobernador, el almacén y otros 
alojamientos, cuyos extremos se cerraban con rastri- 



96 Guerras piráticas de Filipinas. 

líos. Ni á Teteng ni á ninguno de los suyos se ocultaba 
que seria fácil atacar la batería por detrás, escondien- 
do la gente en los bosques, donde por estar despobla- 
do, no tomaban los ingleses precaución alguna, y así 
es que en tres barotillos, únicos barcos que tenían; es- 
tuvieron toda la noche del 4 de Marzo desembarcan- 
do su gente por la parte opuesta de la isla, y ocultán- 
dola en el bosque. Los ingleses estaban profundamente 
dormidos á consecuencia de una francachela con que 
acababan de celebrar el cumpleaños del gobernador. 
Casi siempre el ron y la ginebra toman parte en los 
sucesos de esta gente. 

Al amanecer del funesto dia 5 de Marzo, tres 
grupos de joloanos atacan é incendian simultánea- 
mente la fortaleza, la casa del gobernador y el cuartel. 
La confusión es espantosa, los alaridos terribles; unos, 
sorprendidos en medio del sueño, son muertos inhu- 
manamente; otros perecen en el incendio sin desper- 
tar. Los piratas, ebrios con la fácil victoria que consi- 
guen, gritan y gesticulan como demonios. Había en 
el puerto dos bergantines, dos pontines sin carga y 
una barca grande pertenecientes a los ingleses, y el 
gobernador, que siempre tenia un bote á la puerta de 
su casa, es el único que logra con cinco hombres 
guarecerse en uno de los bergantines, los cuales rom- 
pen un vivo fuego sobre los salteadores; pero el dato 
Dacula, que se había apoderado de la fuerza, tiene la 
fortuna de ro nper con una bala el único cable que su- 
jeta á uno de los bergantines, y se hace dueño de él, 



Capitulo XII. 9j 

de él, porque el viento y la marea lo encallan. Enton- 
ces la gente que lo ocupa se arroja al agua, y unos lo- 
gran guarecerse en el bergantín del gobernador y 
otros se ahogan. El fuego duró todo aquel dia y parte 
de la mañana siguiente. El gobernador, aunque" en- 
arboló bandera blanca, no pudo salvar á nadie de los 
que habian quedado en tierra, y hubo de hacerse al 
fin á la vela con muy pocos, dejando para sieinf)re 
aquel lugar de desastres convertido en una inmensa 
hoguera. El triunfo de Teteng fué completo. Entre 
otras cosas, que diremos después, s& apoderó de un 
bergantín, dos pontines y una barca. 

El 9 de Marzo se supo la ocurrencia en Joló por 
un criado del dato Ali nudin y un mestizo portugués 
llamado Losa, noticia confirmada el 1 1 por el dato 
Basaludin, que habiendo sido convidado por Teteng 
para la empresa, no quiso tomar parte en ella, por ser 
partidario de los ingleses, y se mantuvo en Banqui en 
observación. Como estas noticias eran vagas y aun 
contradictorias, el consejo de los datos, dominado ,por 
el temor á los ingleses, en el primer instante reprobó 
lo hecho por Teteng, le declaró indigno de gozar los 
derechos de joloano v proscrito él y sus secuaces del 
reino. Y no pasó adelante la cosa, porque el factor 
Coll y los demás' ingleses, excepto uno, habian salido 
de Joló en un champan de chinos, se ignora con qué 
objeto. Ello es, que el inglés, que se había quedado 
solo, cobró tanto miedo con el suceso de Balambangan, 
que murió á las pocas horas, dejando á merced de los 
moros todas las riquezas de la factoría. 

7 



98 Guerras piráticas de Filipinas. 

Entonces comenzaron los joloanos á mirar con otros 
ojos el suceso. El sultán escribió á Español noti- 
ciándole la ocurrencia, y aunque protestaba que él ni 
el consejo hablan faltado á la fé de los tratados, siendo 
solo el dato Teteng responsable de lo ocurrido, le 
anadia que estaban fortificándose por si los ingleses 
querían tomar una satisfacción del atentado. Es curio- 
so decir que al mismo tiempo le pedia el sultán á Es- 
pañol la Curia Filípica^ y las Empresas políticas de Saa- 
vedra, para poder rebatir los argumentos de los ingle- 
ses. Frutos de su educación en Manila. No se crea, 
sin embargo, que todo era candidez é ignorancia. 

En otra carta, escrita de acuerdo con su consejo, 
invocaba la protección de España y le pedia armas, 
balas, pólvora, y parte de los buques de guerra que se 
hallaban en Zamboanga, recordándole los tratados 
de 1737, que justamente excluían el caso presente, 
pues consignan "que se reputen por enemigos de los 
"joloanos los que lo fueren en adelante de España, y 
"recínrocamente de ésta los que lo fueren de aquéllos, 
'■de manera que ambas potencias unidas harán la 
''guerra al que se declare enemigo de alguna de ellas, 
" jz« inclusión de las naciones euro-peas. " 

Así lo declaró Español en su respuesta al sultán y al 
consejo de los datos, negándose á ayudarlos contra los 
ingleses, determinación que llenó de confusiones á 
aquéllos. Unos fueron de opinión que la tal cédula de 
Felipe V favorecía la causa de los joloanos, y que debia 
insistirse en ella. Otros que, vista la indiferencia de 
los españoles, lo mejor era ponerse bajo la protección 



Capítulo XII. 99 

de Francia, ó mejor de la Holanda, enviando al ins- 
tante embajadores á Batavia. Al fin prevaleció la opi- 
nión de defenderse como se pudiera. 

Teteng hizo variar el aspecto de las cosas. Llegó 
con el dato Tumangon y todos sus secuaces el 23 de 
Marzo, sin haber perdido en la empresa más que dos 
muertos y algunos heridos. 

Admitiósele al consejo, donde expuso las razones 
que habia tenido para vengarse de los ingleses, y al 
instante se le proclamó benemérito y se dispuso para 
honrarle una especie de fiesta triunfal.. Más que sus 
razones, pudieron en los datos las riquezas que con- 
duela, y de que hizo partícipe al sultán y sus compa- 
ñeros. Los dos pontines, la barca grande y otras em- 
barcaciones menores venian cargadas de lo recogido 
en Balambangan, que eran paños de colores, ropa 
blanca fina y ordinaria de Bengala, lanas, elefantes, 
cocos, chitas, surrates y sobre-camas, tejidos de seda, 
cajas de anfión, diamantes, zarcillos y sortijas moru- 
nas, catorce mil pesos en plata española y rupias, cua- 
renta y cinco cañones de á doce, diez, y ocho, doscien- 
tos veintiocho fusiles, treinta y cinco pistolas, cuarenta 
y cinco sables, veintidós mil balas, doscientos quin- 
tales de pólvora, mucho fierro de Europa, acero, plo- 
mo y estaño en barras, y entre éstas, barretillas de oro 
de peso de trece cates. Un hombre que se ve con tan- 
tas riquezas bien ó mal adquiridas, y las reparte con 
profusión, necesariamente habia de ser bien recibido, 
cuanto más entre joloanos. 

Se le adjudicó al sultán, como jefe del Estado, la ar- 



lOo Guerras piráticas de Filipinas. 

tillería, el armamento, pólvora, fierro y metales; y co- 
mo obsequio personal dos mil pesos y muchos efectos; 
y por voluntad de Teteng y los otros dos datos, 
todos los demás tocaron á partes iguales, aunque no 
hubiesen contribuido á la empresa. Hasta los esclavos 
tuvieron la suya; y todos, por consiguiente, quedaron 
comprometidos á defenderse contra los ingleses. 

Aunque incapaces de extricta disciplina, tenian ya 
algunos conocimientos militares merced á los mismos 
ingleses, y á la sazón tenian allí también algunos de- 
sertores nuestros de infantería y artillería , que los di- 
rigieron en el trabajo de montar los cañones, reparar 
las cureñas y llevar los preparativos de defensa hasta 
un punto que nunca se habían llevado en Joló, pues 
hasta se construyeron camarines para custodiar los 
efectos militares, fortificándolos con estacadas á ma- 
nera de parques. 



CAP. XIII. — Nuevo gobernador en Zamboan- 
ga. Teteng intenta otro golpe de mano. 



LA réplica dada á Español fué una prueba de la astu- 
cia y de la índole interesada de los joloanos. Se re- 
ducía á hacerle presente que, pues por los tratados no 
podía favorecerlos, se admitiesen en Manila embaja- 
dores para discutir la interpretación del tratado hecho 



Capitulo XIIL loi 

en tiempo de Felipe V, y entretanto continuasen las 
relaciones comerciales, siendo los joloanos admitidos 
en los puertos españoles. Con este motivo decian que 
si bien los géneros ingleses estaban prohibidos en 
Zamboanga, esto no debia entenderse cuando dichos 
géneros pasaban á otras manos. Ya se comprende 
á dónde iban á parar; querían introducir en nuestros 
puertos el despojo de Balambangan. 

Inocentes al mismo tiempo, nos decian que no temié- 
semos ya á los ingleses, pues arruinado su estableci- 
miento, y hecho por ellos propósito firme de no volver 
acontarlos por aliados, ya no eran tan temibles. 

No menos curiosa una carta particular del dato Te- 
teng, comunicaba á Español la ocurrencia de Balam- 
bangan, no disculpándola con el agravio personal que 
habia recibido de ellos, sino por haber, en su presen- 
cia y de otros muchos datos, insultado al sultán. ''¿Có- 
^'mo habia yo de sufrir con paciencia, decia, que á mi 
"sultán tratasen en público de embustero y raíz de ca- 
^^moteV Preguntaba á Español si en su caso él hubie- 
ra consentido que se hablara en tales términos del rey 
de España, y por último le pedia que admitiera en su 
puerto los géneros ingleses al precio que él quisiera, 
enviándole como obsequio diplomático una pieza de 
paño azul y otra de grana para uniformes. Estos y 
•otros regalos promovieron tales disgustos entre el go- 
bernador de Zamboanga y el coronel del Rey, siem- 
pre ávido de ocasiones de perjudicarle, y más ahora 
que su reputación no estaba muy limpia, que el go- 
bierno tuvo por conveniente, para cortar los enredos 



102 Guerras piráticas de Filipinas. 

de una vez, relevar al primero, que ya había cumplido 
el término de su mando, sucediéndole don Juan Bayot, 
teniente coronel del regimiento del Rey, que tomó po- 
sesión de su destino el 6 de Junio de 1775. Pronto 
experimentó éste las consecuencias del carácter de 
Cencely y de su empeño en trabar lucha con los jo- 
loanos. Al efecto habia remitido un plan á Manila 
para que se le concediera el mando de la expedición» 
sin contar con el nuevo jefe de Zamboanga, que en el 
acto de tomar posesión lo comunicó al sultán y al 
consejo, protextándoles que procurarla guardar las le- 
yes de la buena vecindad y exigiéndoles que la guarda- 
sen ellos; pliego que se cruzó con la noticia de que los 
barcos de Cencely hablan apresado un panco del salip 
ó arzobispo de Joló, hecho que tenia á los moros en 
efervescencia. En vano Bayot escribió al sultán, argu- 
yéndole que debia hacer reclamación oficial, como se 
hace entre las naciones amigas, y explicándole que los 
oficiales españoles no hablan conocido á los que iban 
en el panco, porque no llevaban bandera joloana y 
echaron á huir en cuanto se les exigió el pasaporte que 
les autorizara á pasar á Zamboanga, lo que les hizo 
tomar por ciertos moros de Basilan que pocos dias an- 
tes hablan asaltado una embarcación que venia de ar- 
ribada de Calamianes con un cobrador de tributos y 
otros subditos filipinos que pasaron á cuchillo, apode- 
rándose de la embarcación; en vano le ofrecía poner el 
panco con todos sus efectos á disposición del salip; 
vanos fueran todos sus esfuerzos, á no ocurrir la afor- 
tunada casualidad á principios de Julio, de presentarse 



Cap i tu lo XIII. I o 3 



en Joló un buque de guerra inglés reclamando la res- 
titución de Balambangan, los efectos robados y una sa- 
tisfacción por los insultos y crímenes comel;idos. Aun- 
que el buque sólo permaneció en el puerto cinco dias, 
Y hubo de marcharse el comandante íirándQse la mon- 
tera (de los pelos) según la espresion del sultán, 
por la respuesta firme que el consejo de los datos 
le habia dado, es lo cierto que les entró un miedo tal, 
que ya contaban haberse visto en Borneo cinco, buques 
muy grandes ingleses con cien hombres de desembar- 
co cada uno, y hubo en Joló una verdadera emigración 
á los montes, por lo cual variaron de tono, y no sólo 
aceptaron el consejo de Bayot, que más que consejo 
era orden, para que todos los sácopes ó vasallos del 
sultán se proveyesen de licencia escrita en español y 
con el escudo de nuestras armas para pasar a Zam- 
boanga, sino que sultán y consejo le contestaron el 
14 de Julio muy agradecidos por la buena fe con que 
caminaba, y ofreciendo en adelante no dar el menor 
motivo para que se alterase la buena correspondencia 
entre las dos naciones. 

Con la vuelta de Cencely á Manila, ocurrida por es- 
te tiempo, quedó en paz Zamboanga y el comercio 
reanudado. El nuevo gobernador pudo consagrarse á 
restablecer la buena armonía con los pueblos vecinos. 
En poco tiempo se hizo famoso. 

Hasta el sultán de Maluco y de la isla de Bacha- 
nan, Sajudin, solicitó su amistad, enviándole por 
embajador al hijo del sultán de Terrenate llamado 
Jaddic, que obtuvo que también los suyos fueran ad- 



I04 Guerras piráticas de Filipinas. 

mitidos á comercio. Las arras de este contrato fueron 
dos picos de nuez moscada, dos macetas de la misma 
especie y de clavo, y un loro hermosísimo, regalados 
al gobernador. Los mindanaos, que seguían con nos- 
otros en paz, enviaron también á Zamboanga, con 
motivo de la llegada de Bayot, un encargado de cum- 
plimentarle, ofreciendo el príncipe Quibad perseguir 
á los ilanos, que eran los devastadores de nuestras 
costas, y también á los joloanos, sus protectores y cóm- 
plices. En esto tenia más razón el bárbaro mindanao de 
lo que él mismo pensaba, porque bien fuese por ver 
desguarnecido á Zamboanga con la marcha de las tro- 
pas de Cencely, bien fuera cierto, como entonces se 
dijo, que éste al marchar, resentido ya de Bayot y que- 
riendo desacreditarle, hubiese escrito á Teteng que des- 
confiase del nuevo gobernador de Zamboanga, que era 
enemigo del destructor deBalambangan; sea por algu- 
na de estas causas ó por otra que no se sabe, se tuvo 
en Setiembre y Octubre fundamento para sospechar 
que Teteng abrigaba la idea de hacer en Zamboanga 
lo que habia hecho en el establecimiento inglés. Un 
tal Gabriel de los Reyes, filipino residente en Joló, 
denunció el proyecto al sargento mayor Alvarez. .Te- 
teng, que se hallaba en Basilan con el dato Dacula y 
otro nombrado Paotong, preparaba una sorpresa á 
Zamboanga con cuatro pancos de cincuenta hombres 
cada uno, y treinta vintas de samarilaos, en que habia 
■240 hombres. 

Bayot con estas noticias pidió inmediatamente re- 
fuerzos á Manila y tomó tales precauciones, que cuan- 



Capítulo XIV, io5 

do llegaron los piratas á Zamboanga, aparentando co- 
merciar, estaba todo preparado para recibirlos según 
merecían. Astutos como siempre y disimulados, aun- 
que no llevaban el pasaporte convenido, justificaron 
sus intenciones entregando sus propias armas y cuan- 
tas en los. barcos tenían; pero esto no fué sino un ar- 
did, pues viendo frustrado su golpe sobre Zam- 
boanga, se dirigieron á Zebú, que sufrió varios des- 
trozos, y después á la ensenada de Masinlo, para 
apresar champanes que salieran de Manila. El sultán 
y los datos reconvenidos por Bayot, no dieron expli- 
caciones satisfactorias, pues si bien decían tomar á 
su cargo el contener á aquel terrible bandido, ya vi- 
mos que lo pasearon en triunfo cuando el incendio de 
Balambangan. Ello es que se envalentonaron tanto 
los piratas, con el ejemplo de Teteng, que invadiendo 
casi todo el archipiélago, amargaron los últimos dias 
del gobierno de don Simón de Anda. • 



CAP. X i V.— Creación de la armad i I la de vin- 
tas. Gobierno de don José Basco. Piraterías 
en. las islas Célebes. 



A CONSULTA del consejo de Indias, había resuelto 
S. M. en 28 de Enero de 1776 se librasen al gobier- 
no de Manila 50.000 pesos, para que sin pérdida de 



I 06 Guerras piráticas de Filipinas. 

tiempo se construyese una armada de galeras, galeotas ú 
otras embarcaciones, según acordara una junta que de- 
bia reunirse en Manila. Entonces se crearon las vintas, 
estando encargado del gobierno el teniente de rey- 
don Pedro Sarrio. Se adoptaron estas embarcaciones 
porque de ellas se servian los presidios de . Zamboan- 
ga, Misamis, Zebú y Leyte, dando muy buenos re- 
sultados para perseguir y aun apresar los pancos mo- 
ros, por ser buques pequeños, finos, andariegos y 
económicos. No solo son especiales para recorrer las 
costas, sino que se meten en los esteros y silangas. 
Así se habia conseguido poco antes penetrar en el 
estero de Limbones y en el rio Daraga cerca de Mo- 
go en la silanga de Busin, que nunca habían sido re- 
conocidos. En estos barcos debian ir pilotos de la real 
armada para reconocer las costas, levantar planos de 
los puertos, señalar los bajos y escollos, sondar los 
mares, etc. 

A principios de 1778 fué necesario darse prisa, por- 
que envenado el sultán de Joló, Israel, por el partido 
de Bantilan, que puso en el trono al hijo de este, Ali- 
mudin, sin declaración alguna de guerra volvieron á 
permitirse las piraterías, y aun hizo el nuevo sultán 
un convenio con los corsarios, que causaron grandes 
estragos en vidas y haciendas. En estas circunstan- 
cias llegó á Manila el señor don José de Basco, nuevo 
gobernador general, quien desde los primeros dias 
consagró toda su atención á este asunto. Traia órde- 
nes reservadas de Madrid para establecer en cada una 
de las provincias una escuadra semejante á las que en 



Capítulo XIV. 107 

lo antiguo llamaban de Pintados, concediendo privile- 
gios á sus armadores y tripulantes, y lo mismo para el 
corso. Este último modo de hacer la guerra no puede 
producir aquí resultados, como opinó el fiscal de S. M., 
porque nada valen las presas que suelen hacerse á 
los moros, gente mísera que no lleva en sus embarca- 
ciones efecto alguno de valor, excepto algún cañon- 
cito y tal cual arma blanca, y aun estas rara vez se 
les cogen, porque los moros suelen defenderse hasta 
morir. 

En 5 de Setiembre se mandaron poner en el arse- 
nal de Cavite siete quillas, una para una galeota de 
veintidós codos de quilla limpia, igual en dimensiones 
á otra que habia llamada Soledad, y las otras seis para 
vintas de diez y ocho codos, que habían de llevar un 
cañón de á 3 ó 4 á popa y proa con dos pedreros, y á 
cada costado cuatro ó seis trabucos. En Octubre todo 
lo más debían quedar construidas, y en efecto, ya en 
9 de Diciembre de 1778, salieron dos galeotas y dos 
vintas contra los moros, al mando del capitán de ma- 
rina don José Gómez, que por su intrepidez llegó con 
el tiempo á ser llamado el Barceló de Filipinas. Diez 
días después, habia dado su escuadrilla fondo en la 
punta Mamburao de la isla de Mindoro, habiendo des- 
alojado a los piratas establecidos en ella, quemándoles 
sus pueblos, rancherías, sementeras y barcos; suceso 
esperado con tal ansiedad, que fué celebrado en Ma- 
nila con un solemnísimo Te-Deum en la catedral, y 
sermón que predicó el señor arzobispo, Santa Justa y 
Rufina. 



io8 Guerras piráticas de Filipinas. 

Por ordenanza impresa y circulada en 25 de Se- 
tiembre, se comunicó á todas las provincias el estable- 
cimiento de las vintas, así como los privilegios, gra- 
cias y franquicias semejantes a los de la armadilla de 
Pintados, para que se alentasen los armadores á prac- 
ticar el corso, concediendo exención de tributo á los 
capitanes, á los oficiales y á sus familias, y hasta á los 
marineros indios ó mestizos, si bien en cuanto al prés- 
tamo de armas y municiones por cuenta del rey, se 
exigieron tales fianzas, que no llegó el caso de que 
nadie armara por sí una sola vinta. Seis de éstas y dos 
galeotas componían la división de Cavite, única cos- 
teada por la real hacienda, para ser la protectora de 
las otras tres que debian de formarse por particulares 
en Iloylo, Zebú é Iligan. 

Entre tanto los moros dirigían sus miras á las po- 
sesiones holandesas, desolando las islas Célebes, en 
cuyo distrito de Manodo saquearon muchos pueblos 
llevándose esclavos á una parte de sus habitantes, y 
, apresando en fin algunos buques de la Compañía. 
Según noticias recibidas de Ternate, fueron dos espa- 
ñoles (indios renegados) los que sirvieron de guías á 
aquellos bárbaros, circunstancia que sirvió de pretesto 
al gobierno de Batavia para la respuesta que dio á 
don Pedro Sarrio, que al anunciarle en 1777 haber- 
se hecho cargo del gobierno de estas islas, repetía las 
quejas formuladas anteriormente por don Simón de 
Anda. En efecto; desde 1762 el Gobierno holandés 
habla expedido órdenes tan severas, que en ninguna 
de sus posesiones ni por ninguno de sus subditos se 



Capitulo XV. io9 

compraba un solo esclavo filipino, y en cambio ahora 
filipinos renegados eran los que guiaban á los piratas 
contra la posesión holandesa. El gobernador, pues, se 
quejaba con tanta razón como energía, si bien haciendo 
las mayores salvedades diplomáticas. 



CAP. XV. — Descripción geográfica del Bisais- 
mo, y de los fuertes construidos para su de- 
fensa. 



PONGAMOS ahora á la vista del lector una descrip- 
ción de los puntos más principales que constituyen 
el Bisaismo, y el estado en que se hallaban al tomar el 
mando de estas islas el virtuoso don José de Basco. 

Provincia de Zebú. 

Tiene sii cabecera en la ciudad del Santísimo Nom- 
bre de Jesús, donde también reside la silla episco- 
pal. Fué el primer asiento del estandarte de la fé, y el 
primer domicilio de los conquistadores, que después 
se pasó á Manila, dejándole por señas de la antigua 
opulencia un alcalde mayor, con los títulos de gober- 
nador, justicia mayor, general de las armada de Pinta- 



1 1 o Guerras piráticas dé Filipinas. 

dos (denominación que habian tomado los Visayas por 
la costumbre antigua que tenian de pintarse el cuerpo) 
y castellano de la fuerza (castillo) con atribuciones 
para nombrar anualmente alcaldes ordinarios y regi- 
dores, escribanos, mayordomo de propios, alguacil 
mayor. Habia entonces algunos vecinos españoles, sol- 
dados de infantería española y Pampanga, é iglesias de 
algunas religiones sagradas, de modo que después de 
Manila, era la única población que conservaba algunos 
visos de ciudad. 

La isla de Zebú se prolonga como 16 leguas, ca- 
si Norte Sur; siendo su mayor anchura como 7 le- 
guas y de 60 su circuito, por todo el cual corre la ju- 
risdicción de la provincia, que se extiende á toda la isla 
de Bojol, de figura elíptica, de 35 leguas de ámbito, á 
gran parte de la costa septentrional de la gran isla de 
Mindanao, y a otras siete isletas adyacentes, que la 
mayor Siquijol, bojeará 6 leguas. El cacao de esta pro- 
vincia es el de más fama y abundancia, si bien en Zebú 
falta el arroz por la sequedad de la tierra; pero lo su- 
plen los pobres con una especie de mijo, que llaman 
borona, y los que tienen posibilidad cambian en las 
adyacentes islas el algodón, el tabaco y otros frutos 
por el arroz que ne'cesitan. 

La costa" septentrional de Mindanao sujeta á la ju- 
risdicción de Zebú comienza en el partido de Caga- 
yan desde Hingoo, donde se termina la provincia de 
Caraga, hasta Quiput, donde empieza la jurisdicción de 
Zamboanga, que será cosa de más de 50 leguas, donde 
. se hallan las fuerzas de Cagayan, Iligan y Dapitan, de 



Capitulo XV. III 

que se hablará después, construidas contra los insultos 
de sus bárbaros vecinos los moros y negros monteses. 
En esta misma costa, desde Cagayan hasta Zam- 
boanga, se coge bastante canela, pero muy bastarda, 
sea por defecto de la tierra ó porque la cogen fuera de 
sazón. Aunque fuese tan buena como la de Ceilan, no 
convendría que abundase en aquella región indefensa, 
por los peligros á que se expondría la gente que la 
cultivara, por lo que se providenció en tiempo de 
Basco que se hiciesen ensayos para aclimatarla en es- 
ta isla de Luzon. 

Hacíanse en Zebú entonces, sal, muchos lampotes, 
medriñaques, medias de algodón y otros tejidos. Se 
cogia cera, abacá, ajos, cebollas y algalia, y no faltaba 
oro ni perlas, especialmente en Talibong, de la costa * 
de Bojol. Los primeros Pintados era gente esforzada, y 
la más propia para la guerra del moro. En otro tiempo 
fueron los dapitanos muy señalados, pero los bojola- 
nos han sobresalido después en valor, -por la natural 
antipatía que tienen á los joloanos y mindanaos. 

Componíase esta provincia, centro de las Visayas, de 
73 pueblos con 4. 411 Va tributos al tiempo que entre- 
gó el mando á Basco el teniente de rey don Pedro Sar- 
rio. Producían al real haber 5.514 pesos y 3 tomines 
y 183 fanegas y 39 gantas de arroz cada año, que sa- 
tisfacían los naturales parte en arroz á razón de dos 
fanegas cuatro gantas por cuatro reales, en lampotes 
de ocho varas á cuatro reales, en medriñaques de ocho 
varas por cuatro reales, en calcetas de algodón á real 
el par, en cera á razón de 7 pesos 2 tomines, y dos 



1 1 2 Guerras piráticas de Filipinas. 

granos e.l quintal, y en cacao á un peso, 4 tomines y 6 
granos la arroba. El sueldo y la comisión del alcalde, 
los sueldos y raciones de la gente de guerra, la paga 
de las conducciones del tributo, y los estipendios de los 
padres ministros, importaban 3.514 pesos y tres tomi- 
nes; de suerte que sólo 2.000 pesos efectivos entraban 
en las cajas de Manila. 

En las cercanías de Zebú se hallaba la fuerza de 
San Pedro, de cal y canto, con terraplén, situada en 
una punta á orillas del mar, á los diez grados de lati- 
tud septentrional y 161 grados 47 minutos de longi- 
tud oriental, distante de esta capital 96 leguas al Sues- 
te, cmco grados al Sur. Era su figura triangular, con 
tres baluartes de flancos rectos: constaba su recinto de 
1.248 pies; sus cortinas desiguales, y en la que mira 
á la ciudad hacia el Noreste estaba la puerta, defendida 
por una obra exterior de estaquería, y una empalizada 
en forma de falsa braga. Además de las oficinas necesa- 
rias, montaba 13 piezas de bronce del calibre de 2 y 4, 
18 piezas de fierro de i a 14, dos morteros de bronce 
con espingardas de fierro, seis pedreros de bronce, 
12 cámaras, 50 pinsotes, 250 arcabuces y mosquetes, 
1.826 balas de fierro para la artillería, 14.055 balas de 
plomo de mosquetería, 294 granadas y 500 arrobas de 
pólvora. • 

En el pueblo de Cagayan, de la misma jurisdicción 
de Zebú, á la costa septentrional de Mindanao, y á 
las orillas de su rio, se hallaba la fuerza de San José en 
8 grados, 20 minutos de latitud septentrional; y 162 
grados, 56 minutos de longitud oriental, distante de 



Capitulo XV. 1 1 3 

su cabecera 41 leguas y media al SE. cuarta al S. 
Era cuadrada, con dos recintos de estaquería con ter- 
raplén; el primer recinto tenia de frente 80 pies y de 
circuito 320, incluyendo un caballero que flanqueaba 
la entrada del rio hacia el septentrión. El segundo ter- 
raplén tenia de frente 50 pies, y era cuadrado como el 
primero. Encerraba el almacén de pólvora y demás 
pertrechos. Eran éstos, dos cañones de fierro, calibre 
8, veinte balas correspondientes, seis pinsotes, ocho 
mosquetes, quince arcabuces, 998 balas de plomo para 
mosquetes y arcabuces, otros pertrechos menores y 
armas de mano. 



Provincia de Ogton^ hoy Iloilo. 



\j3l isla de Panay, que cae al NOE. de la de Ne- 
bros y no distante, llamada por los primeros espa- 
ñoles la Sicilia de Filipinas, así por su figura triangu- 
lar como por su abundancia y hermosura, pertenece 
al obispado de Zebú y se dividia entonces en dos pro- 
vincias, Ogton, ahora Iloilo, y Capis. A ésta pertene- 
cía todo el frente del N. con las islas adyacentes^ 
y se quedaba para la jurisdicción de Ogton lo restante 
de la isla. La cabecera de Ogton es el puerto y presi- 
dio de Iloilo; pues aunque están muy cerca el pueblo 
de Ogton que dio el nombre á la provincia y la villa 
de Arévalo, fundación de don Gonzalo Ronquillo de 
jPeñalosa, se hallaba ésta tan despoblada, como el otro 



114 Guerras piráticas de Filipinas. 

miserable, á más de necesitar el alcalde mayor asistir 
en el puerto para el cuidado de la fuerza. 

Enfrente de este puerto y á poca distancia está la 
isla de Himalos ó Guimaras, perteneciente á Iloilo, y 
aunque de solas seis leguas de largo, es de apacible 
temple, abundantes frutos, aguas saludables y pastos 
proporcionados para mucho ganado vacuno y caba- 
llar, que allí se criaba entonces. La población era tan- 
ta, que no cabiendo en la isla, buscaba habitación en 
otras inmediatas. De igual fertilidad es toda la de 
Panay, áxausa de los muchos rios que la fertilizan; sus 
cosechas de arroz son abundantísimas, así como las 
maderas, aceite, cera, abacá, brea, algodón y varios te- 
jidos de duración y estima. Los naturales son sanos, 
corpulentos y hábiles para cualquier trabajo; tienen 
inclinación á retirarse á los montes por vivir en li- 
bertad, y aun así los inscritos en esta provincia eran 
10.400 Va tributos en 24 pueblos, que rendían 13.008 
pesos y 433 fanegas y 29 quintales de arroz en cada 
año, pagadero, parte en arroz á razón de un real 
y seis granos fanega, en tapiceras de algodón á 4 rea- 
les pieza, en manteles labrados á 4 rs., en lampotes á 
1 rs., en medriñaques á 2 rs. y en picotes á 4 rs.; to- 
dos géneros de algodón y de á 8 varas pieza. 



Prcvincia de Patiay ó Capis. 

En la misma isla y su costa septentrional está tendi- 
da la provincia de este nombre, que lo tomó de un 



Capitulo XV. 1 15 

pueblo pequeño que se hallaba en una pequeña isla 
contigua llamada Capis, donde se conserva una de las 
fuerzas construidas contra los moros mindanaos y 
joloanos. La provincia por esta parte llegaba á los lí- 
mites de la de Ogton, y seria como la mitad de la isla 
extendiéndose también á otras islas del N., como son la 
de Tablas, de 30 leguas de bojeo: la de Romblon, de 
13, que hay una pequeña fuerza; la de Sibuyan, de 16, 
con otras más pequeñas adyacentes, con las cuales se 
componia esta pro/incia de 24 pueblos con 6.170 tri- 
butos, que producian 7.713 pesos y 257 fanegas y cin- 
co gantas de arroz en cada año, que pagaban los natu- 
rales en arroz á 2 rs. fanega, en abacá en hebra á un 
peso cuatro tomines el quintal, en paños de mano á un 
real, en tapiceras á 4 rs. pieza, en medriñaques á real, 
en manteles labrados á 4 rs., en lampotes á 4 rs., en 
aceite de coco á dos pesos tinaja y en cera á i o pesos 
quintal. 

Posteriormente se ha creado en esta isla otra pro- 
vincia, que aún en el dia se llama Antique, pero no 
entra en el cuadro que nos hemos trazado. Las forta- 
lezas ó fuerzas que hay en la isla de Panay son las si- 
guientes: 

Ogton. — En el puerto de Iloylo, cabecera de la mis- 
ma provincia, situada á los 10 grados, 45 minutos de 
latitud septentrional, y 1 60 grados y 25 minutos de 
longitud oriental, distante de Manila 79 leguas al Sur 
SOE. Es la fuerza de cal y canto con terraplén, par- 
te dentro del mar y parte en tierra, en una lengua 
que forma ésta en el mismo puerto; su figura cuadri- 



1 1 6 Gue?'ras piráticas de Filipinas. 

latera, con cuatro baluartes; uno de flanco recto y los 
tres de orejón. Consta su recinto de 1.020 pies, y ca- 
da una de sus cortinas de 156. En la septentrional se 
halla la puerta, defendida por una empalizada de figu- 
ra cuadrilonga con otra puerta á su lado oriental. Por 
afuera, enfrente de la cortina septentrional, corre un 
reparo de cal y canto á orilla del mar, que da la vuelta 
hacia Oriente, siguiendo la ensenada del puerto y ter- 
mina en un puente que se halla á la orilla opuesta. Sir- 
ve esta fuerza de resguardo al paso de mindanaos y 
joloanos, que infestan aquellos mares. Por tierra no 
hay más enemigos que algunos apóstatas fugitivos ó 
náufragos de los mismos países. Tenia montadas tres 
piezas de bronce del calibre 2 y 4, ocho pedreros de á 
2, diez y seis cámaras, diez y nueve piezas de fierro 
de á 3 á 30, diez falconetes de lo mismo, balas, grana- 
das, armas de mano y 200 arrobas de pólvora. 

Capis. — En este pueblo, cabecera de la provincia 
del mismo nombre, la fuerza está á los 11 grados 30 
minutos de latitud septentrional y 160,25 de longitud 
oriental; dista de esta capital 62 leguas al SE. V4 S. 
Es un triángulo isoceles de 453 pies de recinto. Le 
sirve de base el costado contiguo de la iglesia. Flan- 
quea los dos lados restantes un terrón puesto al ángu- 
lo occidental de la fuerza. Su fábrica es de estaquería 
con terraplén, pero tan deteriorada desde antiguo y 
tan expuesta á las invasiones piráticas, que habia que 
poner centinelas en las inmediatas puntas y barras. 
Esto y su poca capacidad para los almacenes y acuarte- 
lamientos, obligó al alcalde y al pueblo á consultar 



Capítulo XV. 117 

sobre su reforma. JLos enemigos confinantes son los 
infieles y apóstatas; por la mar toda la piratería, por ser 
abierta; por cuya razón tenia cinco cañones de bron- 
ce de varios calibres menores, dos de fierro y las 
armas de mano, pertrechos y municiones corres- 
pondientes. 

Romblon. — En la isla de este nombre, que bojea 13 
leguas, sujeta á la jurisdicción de Capis, se fabricó por 
los religiosos y naturales gratuitamente la fuerza que 
aún subsiste, á 12 grados 22 minutos de latitud sep- 
tentrional, 160,10 de longitud oriental. Dista de su 
cabecera Capis 17 leguas al NO. y de Manila 47 y 
media al SE. Vi S. Es solo un lienzo recto de cal y 
canto, con terraplén de 300 pies de largo, construido 
á orillas del mar, cerrando una llanura, toda cercada de 
montes. Mira dicho lienzo al Occidente y lo flanquean 
dos semibaluartes colocados á sus extremos, y un cua- 
drado en su medianía que fortifica y encubre la puerta. 

Era antiguamente este sitio guarida de la morisma, 
de donde salia á piratear por toda la comarca, cuyos 
daños se atajaron con la construcción de esta fuerza, 
que sirve también de defensa á las inmediatas peque- 
ñas islas, cuyos naturales la fabricaron como se ha di- 
cho, obligándose á mantenerla con gente y armas, bajo 
la dirección de los padres Agustinos descalzos. 



1 1 8 Guerras piráticas de Filipinas. 



Provincia de Calamianes. 



Como todas las demás del obispado de Zebú es el 
término de las islas Filipinas por el Occidente. Com- 
prende 17 islas pequeñas, pero pobladas y esparcidas 
entre Panay, Mindoro y Paragua. Las llamadas Cala- 
mianes son tres. Bushagan es el Calamian grande; las 
del partido de Cuyo son cinco y otras nueve comarca- 
nas; las pequeñas son innumerables, muchas de ellas 
despobladas y otras con algunos camucones y otros 
bárbaros é infieles, que se dan la mano con los de la 
isla de Borneo, y juntos con los de Paragua, Minda- 
nao y Joló, continuamente mortifican á las islas cris- 
tianas. La cabecera de esta provincia es el pueblo de 
Taytay, formado en la grande isla de la Paragua hacia 
su cabeza N.; extiende su jurisdicción por ella con 
tres pueblos á las distancias de 4,15 y 70 leguas. Lo 
restante de esta isla, que bojea 150 leguas en figura 
de un brazo algo doblado, es parte del dominio de 
Borneo, y lo mediterráneo de moros y de infieles, que 
viven en total libertad. 

Los frutos de las Calamianes son oro, cera, arroz y 
legumbres. Críanse buenos puercos y aves caseras» 
por ser tierra fragosa, donde crece el puerco espin, el 
pavo real y otros animales y aves extraordinarias. La 
gente es alentada y trabajadora. Los pueblos son cua- 



Capitulo XV. ii9 

tro y las visitas muchas. Tenia entonces 12.840 tribu- 
tos, que producian al rey 1.730 pesos y 57 fanegas y 
más de arroz anualmente ; pero computadas la contri- 
bución y las cargas nada se deducia á favor de la Real 
Hacienda. 

Fuerza de Santa Isabel. — Hállase en la gran isla de 
la Paragua, en la parte superior septentrional, á 1 1 le- 
guas y tercio de la cabecera de Calamianes, en lo más 
interno de una ensenada, que ocupa el pueblo de Tay- 
tay, á los 10 grados 2S minutos de latitud septentrio- 
nal, 157,28 de longitud oriental, y distante de Ma- 
nila 73 leguas al S. cuarta al SO., 4 grados al O. 
Es un mogote de piedra, que se eleva como 20 
pies sobre un bajo del mar, por lo que en pleamar 
queda totalmente aislada. Su figura, cuadrilátera irre- 
gular. Consta de una cortina de cal y canto, de 96 
pies de longitud, con dos baluartes colaterales. En la 
medianía está la puerta, y se va á la población por una 
calzada de 650 pies de largo, á cuyo extremo está un 
monte de bastante elevación que domina á esta fuerza, 
con perjuicio tan notable, que en el ataque de los mo- 
ros de 1734, habiendo puesto éstos algunas piezas pe- 
queñas en la eminencia del monte, padecieron los nues- 
tros mucho, por lo que se decidió rebajarlo de altura 
y se empezaron las obras. Tiene esta fuerza dos me- 
dias culebrinas de bronce, 20 piezas de fierro de ca- 
libres menores, 8 pedreros de bronce con 20 cámaras 
de lo mismo, balas, granadas, municiones y armas de 
mano correspondientes poco más ó menos al número 
de hombres de guerra. Los calamianes no sólo esta- 



I20 Guerras piráticas de Filipinas. 

ban relevados de pagar tributo, sino que se les envia- 
ban de Manila socorros y armamentos. 

Fuerza de Cuyo. — En la isla de este nombre, que 
tiene 4 leguas un tercio de largo y casi dos de an- 
cho, hay una fuerza en la playa, á tiro de fusil del mar, 
á 10 grados c,^ minutos de latitud septentrional, y 
159,12 de longitud oriental. Dista de su cabecera 30 
leguas al E., un cuarto al NE., y de Manila 64 leguas 
y media al S., un cuarto SO., 4 grados al S. Es de 
cal y canto y cuadrada, con tres baluartes iguales con 
orejones. Sus cortinas miden 90 pies cada una. En 
la oriental está la puerta, y desde los ángulos ílanquea- 
dos de los baluartes colaterales, corre un lienzo que 
sirve de antemural á dicha cortina. El recinto encierra 
la iglesia, casa parroquial, alojamientos y algunas vi- 
viendas para refugio de los naturales en tiempos de 
invasiones. Han sido tan continuas éstas, que los mis- 
mos naturales con el amparo de los religiosos Agusti- 
nos Descalzos, fabricaron la fuerza sin dispendio al- 
guno de las cajas reales, y sin él la mantenian, pertre- 
chaban y municionaban. Sólo en casos de singulares 
urgencias se les libraba por el Gobierno de Manila 
alguna piecezuela ó algún poco de pólvora. 

Fuerza de Linacupan. — En la isla de este nombre, 
de 5 leguas de largo y 3 y media de ancho, junto á 
su pueblo y orillas del mar, se eleva un peñón cuya 
subida es dificultosa, no habiendo otro medio que una 
escala para llegar á la cima. En ella se extiende una 
llanura de 1.500 pies de circunferencia, de figura irre- 
gular, donde se construyó de cal y canto un parapeto 



Capítulo XV. 121 

que la circunda, guarnecido de artillería. Esta fuerza 
domina al pueblo y defiende su entrada, tan ventajo- 
samente, que puede ofender sin ser ofendida. Dentro 
de su ámbito está la iglesia, alojamientos, algunas ca- 
sas para refugio de los naturales y un manantial co- 
pioso de agua dulce. Hállase á ii grados 22 minutos 
de latitud septentrional, y 157,50 de longitud orien- 
tal. Dista de la cabecera (Taytay) 1 5 leguas al N., y de 
esta capital 58 al S., '/^ SO., 3 grados al N. 
• Esta fuerza, como la antecedente de Cuyo, corria 
por cuenta de los naturales y de los padres Ministros 
sin gasto alguno de las cajas. Sólo en tiempo del ma- 
riscal de campo don Fernando Valdés Tamon (año 
de 1739), h^bo 4^^ socorrerla con 4 cañones de cali- 
bre 3, y la correspondiente batería y pólvora para su 
defensa. 

Fuerza de San Juan Bautista. — En la isla de la Lu- 
taya, de 2 leguas y un tercio de largo y 20 y un tercio 
de ancho, está situada esta fuerza en la playa. Dista un 
tiro de fusil del mar, á 1 1 grados, 10 minutos de latitud 
septentrional y 159,4 de longitud oriental de su cabe- 
cera (Taytay) 28 leguas al ENE., y de Manila 60 le- 
guas al S., un cuarto SE., 3 grados y medio al S. Es 
de cal y canto, cuadrada, con 4 baluartes con orejo- 
nes. Sus cortinas son de 90 pies de largo, y la puerta 
está en la meridional-, cubierta por una pieza cuadri- 
longa de cal y canto de 34 pies. Encierra la iglesia^ 
casa cural y algunas casas. Tampoco su construcción, 
manutención y defensa fueron de cuenta de la Real 
Hacienda, por haber corrido á cargo del general don 



122 Guerras piráticas de Filipinas. 

Antonio de Rojas, cuya era la isla en encomienda, y al 
solícito desvelo de los religiosos Agustinos. 

Fuerza de Culion. — Se dio principio á esta obra en 
1735, y duró su construcción más de veinticinco años. 
Es de cal y canto. Defiende la llanura donde se halla 
el pueblo, y dista del mar menos de media legua, á 1 1 
grados 45 minutos de latitud septentrional y 157,52 
de longitud oriental. A la cabecera de Taytay se cuen- 
tan 21 leguas al N., cuarta al NE., 5 grados al E., y 
á Manila 51 leguas al S., 7^ SO., 1 grados al O. 
Es cuadrada, con 4 baluartes con orejones y cortinas 
de 90 pies. En la oriental está la puerta, resguardada 
por una pieza de figura cuadrilonga de cal y canto, 
de 34 pies. En lo demás, así como en su manutención, 
igual á las anteriores. 



Provincia de Leyte y Samar. 

Estas provincias son dos islas, que antiguamente 
corrían incorporadas bajo el nombre de provincia de 
Leyte. La una, que está á la parte oriental, se llamaba 
Ibabao, hoy Samar, y la otra Leyte. Daba el nombre á 
toda la provincia un pueblo pequeño de este título, que 
se halla en la costa septentrional de esta isla. Entre las 
dos islas corre el estrecho de San Francisco, que sirvió 
de paso á los galeones para la conquista de estas islas, 
y el otro estrecho que media entre Samar y esta isla de 
Luzon, es el famoso de San Bernardino, tan célebre 



Capitulo XV. 123 

en la carrera de Indias. «Tiene Samar 23 leguas de 
largo NO. y SE., 74 E. en figura casi triangular, 
y de ancho 20 leguas. Bojea 95. La de Leyte es irre- 
gular, algo encorvada, con cuatro puntas. Bojea 80 
leguas. En ambas islas son todos los pueblos playeros. 
La jurisdicción de Leyte se extiende á la de Capul, de 
7 leguas de bojeo, á la de Maripipid, poco menor, y á 
la de Panamao, que equivale á las dos juntas en mag- 
nitud, y es celebrada por el azufre que se saca de sus 
minas. 

Las islas de Samar y Leyte están pobladas de altos 
y espesos montes, cuya madera en otros tiempos fué 
preferida para la construcción de navios, y ambas es- 
tán cruzadas por caudalosos rios. En la punta S. de 
Leyte es donde se encuentra el sitio llamado Tandaya, 
nombre del señor de aquella tierra, que en 1543 reci- 
bió con agrado á Ruy López de Villalobos. En lo 
antiguo fueron estas islas muy castigadas de los mo- 
ros, mindanaos y joloanos, y por esto se menoscaba- 
ron mucho; mas con las providencias últimamente to- 
madas, dan indicios de entrar en prosperidad. No 
obstante el ser tierra tan montuosa, sus fértiles llanu- 
ras producen arroz abundante, y de los montes se saca 
cera, abacá y algalia, que en algún tiempo se cogia 
mucha. Hay singular abundancia de aceite de coco y 
aun ámbar, que los mares arrojan á las costas. 

Los naturales tienen particular idioma; son corpu- 
lentos, traficantes y sementereros, pero sin perder su 
innata pereza. Antiguamente eran también de los que 
se pintaban el cuerpo, y hoy sólo los pinta la natura- 



124 Guerras piráticas de Filipinas. 

leza sin artificio, con la enfermedad regional de cas- 
cados. El último año que formaron Samar y Leyte 
una sola provincia, tenia ésta 47 pueblos con 8.154 y 
medio tributos, que producian 10.193 pesos y 393 
fanegas y 36 y media gantas de arroz al año. Paga- 
ban los naturales, según su posibilidad, en arroz, á 
razón de 2 fanegas y 4 gantas por 4 rs.; en medriña- 
ques, á 1 rs. pieza de 8 varas; en lampotes, á 4 reales 
pieza de 8 varas, y en aceite de coco, a peso tinaja. 
Los gastos de la provincia ascendían á más de 6.000 pe- 
sos, resultando á favor de la Real Hacienda unos 4.000. 



Isla de Negros. 



Esta isla, una de las Visayas, llamada antiguamente 
Buglas por el rio de este nombre, está tan inmediata 
á la de Zebú á su O., que por partes distan 1 y una 
legua. Está tendida casi NS. con 32 leguas de largo 
y 10 de ancho EO., y bojea como 80 leguas. Tiene 
un corregidor independiente, cuya jurisdicción se li- 
mita á sus costas, pues lo interior son ásperos montes 
poblados de negros de geta y pasa, y otras razas infie- 
les. Las llanuras, en cambio, son tan fértiles, que sur- 
ten de arroz á las circunvecinas islas. Cógese en el 
monte con abundancia el gamoto (así llaman el cabo 
negro) de que hacen muy buenos cables, buen cacao 
y otros frutos. En el mar se pescan algunas perlas. 
Los naturales son esforzados, pero esquivos y monta- 



Capitulo XV. 125 

races así los blancos como los negros cristianos. To- 
dos componían en aquella época cinco pueblos con 
600 tributos escasos, que pagaban en arroz a 4 reales 
fanega en medriñaques á 2 rs. pieza de 8 varas, 
en abacá á peso 4 rs. y ocho granos quintal, y en jar- 
cia de cabo negro á4 rs. quintal, que después de cu- 
biertos los gastos de la provincia no resultaba nada a 
favor del rey. 



Provincia, de Caraga. 



Tiene su asiento en la grande isla de Mmdanao a 
la que se puso el nombre de Cesárea, en obsequio de 
Carlos V, en 1543 cuando se descubrió. Su circuito 
está regulado en más de 300 leguas. Corre por su 
costa oriental esta provincia hacia el N. desde el 
pueblo llamado de Caraga, que la dio el título, y se ex- 
tiende por la costa septentrional doblando la punta de 
Surigao hacia el Occidente hasta el pueblo llamado 
Hingoo, y por la costa meridional doblando el Cabo 
de San Agustín hacia el Occidente hasta un rio de la 
famosa ensenada de Agalooc, según capitulaciones he- 
chas con el moro Corralat en tiempo del gobernador 
Valdés Tamon. Se considera el largo de esta provin- 
cia más de 100 leguas, siendo su bojeo de casi iguales 
medidas; pero es poco lo que se ensancha por la vecin- 
dad de moros y multitud de infieles de castas diversas. 
Solo por Linao, donde se halla una fortaleza, se ínter- 



1 26 Guerras piráticas de Filipinas. 

na 40 leguas por el rio Butuan, dejando en la costa 
que mira al E. en el pueblo de Tandag su cabecera 
por tener el abrigo de una fortaleza y estar sita en su 
medianía. 

Confina esta provincia por la costa septentrional 
con el moderno corregimiento militar de Misamis, cu- 
yos pueblos eran antiguamente de la jurisdicción de 
Zebú, por ser la travesía de solas 13 leguas desde la 
punta de Surigao hasta la isla de Ley te. Entre una y 
otra se prolonga la isla de Panaon de nueve leguas y 
media, que sirve de escala. Por la costa meridional 
confina con los moros mindanaos, y por el centro de 
la tierra con los moros malanaos, con los tagabalooyes 
infieles y otras castas bárbaras monteses, para cuya 
defensa se hicieron tres fortalezas, Tandag , Cateel y 
Linao. Abunda la provincia en oro, especialmente en 
el rio Butuan, y hay también mucha cera, sigay y 
balatan. Su cacao es especial en tamaño, sustancia y 
abundancia, y no deja de lograrse alguna canela y 
otros frutos preciosos. Los car agüenos usan el dia- 
lecto de los Visayas y con su cristianización se ha lo- 
grado mucho, pues antiguamente eran muy temidos 
piratas. Después han dado muestras de valor, de leal- 
tad al rey y de laboriosidad. 

En los doce pueblos que forman la provincia, se 
contaban 4.733 tributos y medio, que producian 5.916 
pesos cada año, satisfaciéndolos según la posibilidad, 
en oro en polvo, á razón de tres pesos cuatro tomines 
nueve granos cada castellano, en medriñaques á 2 rea- 
les pieza de 8 varas y en cera en pan á razón de 



Capitulo XV. 127 

siete piezas, 2 tomines 2 granos el quintal. Computada 
la contribución y las cargas, no resultaba sobrante 
alguno. 

Fortaleza de Tandag. — Tiene el nombre de San José 
y se halla en el pueblo llamado Tandag, cabecera de 
Caraga, á orillas del mar en 8 grados 23 minutos de 
latitud septentrional y 164 de latitud oriental. Dista 
de esta capital 147 leguas al SE. Es un triángulo es- 
caleno con dos baluartes desiguales y un semibaluarte, 
todo de cal y canto, y sus lados miden 762 pies de lon- 
gitud. En el occidental está la puerta con una empali- 
zada y tronera encima. Hay dentro cuerpo de guar- 
dia, alojamientos, almacenes de pólvora y víveres, etc. 
Tenia en la época á que venimos refiriéndonos, siete 
piezas de bronce del calibre 2 y 4, un pedrero del mis- 
mo metal aculebrinado de una libra, nueve cañones de 
fierro de calibre 4 y 8, fusiles y mosquetes 1 1 8 y 7 es- 
meriles. 

Fortaleza de Cateel — Por otro nombre San Francis- 
co; está en 7 grados y 46 minutos de latitud septen- 
trional y 164 grados y 2^ minutos de longitud orien- 
tal, distante de la cabecera 13 leguas y media al S., 
6 grados al E. y de Manila 158 leguas al SE. 3 gra- 
dos al S. Es un reducto cuadrado de 27 pies por cada 
lado, con terraplén y foso de 6 pies de ancho. Su ar- 
mamento consistía en dos cañones de bronce de cali- 
bre 2 y 4, dos falconetes de á libra, trece arcabuces, 
cuatro pinsotes, balas y pólvora correspondiente. 

Fortaleza de Linao. — La de este pueblo se llama San 
Juan Bautista; está tierra adentro subiendo el rio de 



128 Guerras piráticas de Filipinas. 

Butuan 40 leguas de distancia, en un sitio que dista 
6 de la gran laguna de Mindanao, en 7 grados 50 mi- 
nutos de latitud septentrional y 163 grados 46 minu- 
tos de longitud oriental. A la cabecera hay 16 leguas 
rectas al SE. 7^ S. y á esta capital 149 al SE. 
Reducto cuadrado de estaquería y terraplén, tiene 24 
pies de longitud por cada lado, un foso con agua de 
6 pies de ancho y las oficinas necesarias. Su artillería 
consiste en dos cañones de bronce de calibre de i y 2, 
diez y ocho arcabuces y mosquetes, cinco pinsotes, un 
esmeril, balas y pólvora. 



Provincia de Iligan, ó Corregimiento militar de Misamis. 



La provincia de Iligan se compone de toda aquella 
costa septentrional que habia estado sujeta á la juris- 
dicción de Zebú, y como hubies^ una gran extensión 
de costa desde Iligan hasta Dapitan, expuesta á las in- 
cursiones de los moros, se fundó después en el come- 
dio el pueblo de Misamis, situándolo en la boca de la 
ensenada de Pangil, guarida inagotable de piratas, por 
cuya razón se le hizo cabecera y residencia del corre- 
gidor, que suele ser un militar. Las fortalezas que de- 
fienden á esta provincia ó llámese presidio son la mis- 
ma de Misamis, que en la época de que hablamos aún 
no estaba del todo construida, la de Cagayan, cuya 
descripción se hizo en el artículo Zebú y las de Iligan 
y Dapitan de que vamos á ocuparnos. 



Capítulo XV. 129 

Fuerza de Bigan.—SQ llama San Francisco Javier 
y está situada junto á la entrada del rio en 8 gra- 
dos 3 minutos de latitud septentrional y 162 grados 
27 minutos de longitud oriental, distante de Manila 
132 leguas y media al SE. y 7^ S. Es de cal y canto 
con terraplén de figura algo estrellada; mide el recin- 
to 744 pies, en cuyo centro se eleva un caballero cua- 
drado de 30 pies de frente, cuyos lados miran hacia los 
ángulos salientes de la fuerza. Diez piezas de fierro 
de varios calibres menores, once pinsotes, cuarenta y 
nueve mosquetes y arcabuces con todo lo demás cor- 
respondiente, constituye su armamento. 

Fuerza de Dapitan.~En la misma costa septentrio- 
nal de Mindanao, con el nombre de Santiago, dista de 
esta capital 123 leguas al SSE. Hállase en la cima 
de un cerro de arrecifes de 600 pies de alto, cuya me- 
seta cuadrilonga tiene de ámbito otros 600 pies. La 
circunda un parapeto de estaquería, con cuatro caba- 
lleros que flanquean hacia las partes por donde puede 
ser mvadida. Tiene un gran tanque de agua potable, 
capilla, cuerpo de guardia, alojamientos, almacenes de 
pólvora, etc. Dos cañones de fierro del calibre de 2, 
veintiséis mosquetes y municiones correspondientes, 
es todo lo que constituye su defensa. 

Zamboanga. — Terminaremos estas descripciones con 
la de la fuerza de Nuestra Señora del Pilar en esta pro- 
vincia de Mindanao, puesta á cargo de un Justicia 
Mayor que es el Gobernador del presidio. Está situada 
junto á la punta que se llama de la Caldera, á 7 grados 
4 mmutos de latitud septentrional y 160 grados 30 

9 



1 3o Guerras piráticas de Filipinas. 

minutos de longitud oriental, distante de Manila 1 34 
leguas y media al S. '/^ SE. Es de cal y canto con 
terraplén, á la entrada del pueblo, a orillas del mar que 
la circunda por Oriente y Mediodía, por donde tam- 
bién tiene una empalizada exterior. La occidental, 
donde está la puerta, la defiende un pantano, y la sep- 
tentrional, que mira á la población, un foso artificial. 
Es cuadrilonga, con cuatro baluartes, tres de flancos 
rectos y uno de orejón. Mide su recinto 830 pies. 
El pueblo de Zamboanga tiene, además, su fortifi- 
cación particular, que es por la parte oriental un lien- 
zo de estaquería con una plataforma semicircular en su 
comedio que le resguarda. Por la septentrional, una 
larga cortina de cal y canto, flanqueada al Oriente por 
un baluarte de orejón llamado Santa Catalina; por el 
Occidente un caballero de figura cuadrilonga, llamado 
Santa Bárbara. Lienzo y cortina están circundados por 
un canal lleno de agua, de 10 a 12 pies de ancho, que 
se une en los extremos, pantanos que completan el 
círculo en que está la población encerrada. La artillería 
que la defiende consiste en veintiún cañones de bron- 
ce del calibre i á 1 2, una culebrina de bronce de á 4, 
un mortero también de bronce de t8, cuarenta y cinco 
cañones de fierro del calibre i á 18, diez y siete pe- 
dreros igualmente de fierro de 3 y 4, cuarenta y ocho 
cámaras, ocho trabucos, cinco de bronce y tres de fier- 
ro, once pinsotes, doscientos cincuenta y tres fusiles y 
mosquetes, y, en fin, 500 arrobas de pólvora, y 69S 
granadas cargadas y descargadas. 



Capitulo X VI. 1 3 1 



Galeras guarda-cosías. 



En 1 730 se dispuso, además, que en este presidio 
se mantuvieran dos galeras guarda-costas, capitana y 
almiranta, con 96 forzados y con todo el equipaje ne- 
cesario; pero no eran con carácter perpetuo, sino acci- 
dental, conforme á los movimientos de los piratas. Más 
permanentes fueron dos galeotas establecidas en 1739 
que, además de la defensa contra los moros, tenian la 
misión de traer de las provincias de Ogton é Iloylo el 
arroz y los víveres, que siempre ha necesitado Zam- 
boanga. De aquí lo caro de su sostenimiento para las 
cajas de Manila, pues importaba 12.592 pesos y 7.108 
cavanes de arroz al año. 



CAP. XVI. — Primeras medidas del señor Basco 
contra los moros. 



REPARAR estos fuertes, renovar y mejorar su artille- 
ría y atender las quejas de los indios y hacerse popu- 
lar entre ellos, fueron los primeros cuidados del señor 
Basco, que por eso dejó tan buena memoria en estas 
islas. Ya estaban por entonces construidas, además de 



1 32 Guerras piráticas de Filipinas. 

las seis vintas, dos galeotas, las cuales á cargo de don 
José Gómez, corrían las Bisayas recogiendo algún fru- 
to, y alentando el comercio, que estaba casi paralizado. 
Hacia diez años que las de Leyte y Samar no frecuen- 
taban el puerto de Manila, y ya en 1779 reprimidos 
los moros y más libres los mares, aquellas provincias 
solas expidieron el número considerable de cuarenta y 
tres embarcaciones ó caracoas. El establecimiento de 
la renta de tabacos, que se estaba preparando en vir- 
tud de Reales órdenes, hacia esperar que salieran las 
islas Filipinas del abatimiento en que Basco las encon- 
tró. El mismo Zamboanga, que siempre había estado 
infestado de corsarios, se vio enteramente libre de 
ellos por la persecución de las embarcaciones del pre- 
sidio. De aquí que el sultán de Joló, bien intimidado, ó 
bien por respeto al nuevo Gobernador general, se hu- 
millara á pedirle encarecidamente paces en 1781, por 
medio de una carta, y hasta hizo lo que ningún otro 
sultán de sus antecesores, que fué devolvernos una ba- 
landra que habia sido apresada á las inmediaciones de 
Antique por un dato de nombradla, declarándola mala 
presa. 

Aunque Basco procuraba ganarse la amistad de los 
moros, no se fiaba de ellos en manera alguna y la per- 
secución seguía incansable. En 1782 el capitán don 
José Gómez logró muchas ventajas con su armadílla, 
y en las aguas de Burías hizo algunas presas y echó á 
pique otras embarcaciones piráticas. Don Jerónimo Sa- 
cristán, en el discurso de un año que sirvió el corregi- 
miento de Mísamís, logró también coger y echar á 



Capitulo XV I. 1 33 

pique 150 embarcaciones, libertando muchos cautivos 
y haciendo prisioneros á dos magnates moros; y, en 
fin, don Santiago de Lastra y don Manuel Muro, al- 
calde mayor éste de Samar, se hicieron tan beneméri- 
tos, que el Rey los ascendió en su carrera militar. Hasta 
de los mismos moros supo Basco sacar partido. Un 
dato titulado el príncipe Ilim, se habia establecido en 
Iloylo, de donde vino después á esta capital á bautizar- 
se con el nombre de José Mariano del Carmen, por- 
que estaba enamorado de una principala de Aguí, en 
la misma provincia donde fijó su residencia; una vez 
casado, hizo tales servicios á España, que le distinguió 
el Gobernador con el empleo de capitán de marina, 
que fué confirmado por el Rey. Ilim hasta su muerte 
fué fiel á nuestra causa, y perseguidor incansable de 
corsarios. Entonces, para premiar al alcalde de Albay, 
don Pedro Esteban, que era también azote de la mo- 
risma, se estableció la medalla de premio al valor, sien- 
do acuñada la primera en la casa de moneda de Méjico. 
No fueron muy duraderas estas satisfacciones, pues 
los moros, siempre que podian, continuaban sus hosti- 
lidades, menos los de Joló, que se abstenían de hacér- 
noslas á cara descubierta. Ni todas las provincias po- 
nían igual empeño en defender sus costas, que algu- 
nas creían ha^er mucho con perseguir á los piratas en 
un punto, dejando indefensos otros. En 1784 tenia 
Zebú sus embarcaciones de guerra arrinconadas é in- 
útiles, por lo que el obispo se quejó á Basco, dando lu- 
gar á disgustos y expedientes que son tan comunes en 
Filipinas. 



1 34 Guerras piráticas de Filipinas. 

Consecuencia de este abandono fueron las desgra- 
cias padecidas en 1785 por la isla de Negros, donde 
cuarenta y tres pancos desembarcaron en Talaban 
más de doscientos moros, y si bien el pueblo, á 
pesar de ser chico, rechazó tres ataques consecuti- 
vos con solos dos falconetes, dos fusiles y flechas, 
matando un dato y otros muchos moros, éstos come- 
tieron horrores en Jimamaylan y Binalbagan, sacan- 
do de uno y de otro como 130, después de haber 
reducido sus casas á cenizas. Esta armadilla de moros 
se juntó con otras que en todo componían 95 velas, 
para desolar las costas de Zamboanga en los dos años 
siguientes, donde apresaron la lancha de la dotación de 
la galera Dolores^ que pasaba á la costa con los útiles 
precisos para la carena de dos embarcaciones, no con- 
siguiendo otra cosa el Gobernador de aquel presidio, 
don Lorenzo Burgos, que rescatar un oficial subalter- 
no, dos sargentos, nueve soldados y algunos otros de 
los cautivos. A esta desgracia sucedieron otras hasta 
infestar los moros aquellos lugares más inmediatos á 
la plaza, por lo que tuvo el Gobernador que formar 
cuatro compañías de milicias con sus respectivos ofi- 
ciales, según las órdenes que estaban dadas desde 1780. 

Entretanto la escuadrilla pirática se habia dividido 
en tres trozos, uno que no desamparaba las inmedia- 
ciones de Zamboanga; otro que corria por Calamianes, 
donde saquearon y quemaron al pueblo de Duraman, 
y el tercero se dirigió á las costas de Iloylo, de manera 
que los moros eran dueños de nuestros mares, porque 
se habian suspendido las espediciones, á causa de ha- 



Capítulo XVI. 1 35 

liarse ocupada la marina en la adquisición y defensa de 
las islas Batanes, que nunca servirán para nada ni sal- 
drán de la miseria. En Bulacan mismo, á las puertas de 
Manila, burlándose de dos vintas que allí habia y otras 
dos que de aquí salieron, cautivaron los moros un pa- 
rao que venia de Abucay, y los Camarines también es- 
taban desolados á pesar de tener lanchas para su de- 
fensa; pero á la que no le faltaba gente, le faltaban 
municiones, por carecer de recursos para este objeto 
los jefes de provincia. Un espediente interminable, 
incoado por el Gobernador de Iloylo D. Juan Suarez, 
para atender á los gastos de guarnición y tripulación 
de las vintas, produjo serios altercados con los oficia- 
les reales. — Suarez proponía la aplicación del sobran- 
te de la Caja de comunidad de la provincia ó el impor- 
te de lo que rendia el asiento de gallos, y los ofi- 
ciales hasta ponían en duda la existencia de tales 
fuerzas, por no constar en la Intendencia que se 
hubiese formado espediente por los pueblos de Iloylo 
para el establecimiento de la armadilla, siendo así que 
habia dimanado de la Ordenanza de corso dada por el 
señor Basco, y de su bando superior de 22 de Agosto 
de 1778. Don Pedro Sarrio, que por este tiempo tenia 
otra vez el mando interino de las islas, por haberse 
Basco embarcado para España, de tal manera ig- 
noraba todos los negocios, que á no ser por don San- 
tiago Salaverría, que á esta sazón se hallaba en Ma- 
nila por haber acabado su tiempo de Alcalde mayor 
de Iloylo, no hubiera tenido el Gobierno superior 
quien ilustrase la materia. 



1 36 Guerras piráticas de Filipinas. 

Salaverría expuso, pues, con lisura, que sin gastos 
no se podia hacer la guerra ni entre moros ni entre 
cristianos; que éi en su tiempo se habia visto en la 
precisión de mantener el corso dentro de límites de 
una economía estrecha, recurriendo á cuantos arbi- 
trios estaban a su alcance, que todos fueron aproba- 
dos por el Gobierno superior; y por último, que las 
armadillas no se podían mantener ni menos hacer pro- 
gresos sin el auxilio de la real Hacienda, pues los re- 
cursos de los .pueblos eran escasísimos. Proponía, por 
tanto, que se aplicase a dichos gastos el producto 
del ramo de gallos, el de la fundición de arados, esta- 
blecida en la provincia (i), y también podrian estable- 
cerse asientos para el abasto de carnes, vino y cera, 
cuyos rendimientos y el sobrante de la Caja de comu- 
nidad, juzgaba que bastaría, con muy poca ayuda de la 
real Hacienda, para el sostenimiento de las vintas. 

Entretanto que en Manila se expedíenteaba sobre 
el modo de defender á Iloylo, los moros lo invadían á 
sangre y fuego. El párroco de Mandurriao avisó al 
Alcalde que en Ajuí y Barotac habían cautivado más 
de cuatrocientas personas, arrojando al agua las criatu- 



(i) En 1788 se autorizó al alcalde de Iloylo para conceder á 
dos mestizos del pueblo de Molo el establecimiento de una fundición de 
arados, á fin de surlir ala provincia y las demás Bisayas, con prohibi- 
ción de traerlos á Manila, imponiendo á los agraciados la cantidad 
de 350 pesos con destino á la manutención de la armadilla. El alcalde 
mayor de la provincia debia llevar cuenta exacta de la inversión de las 
cantidades que recogiese, y proponer algún otro arbitrio con el mismo 
objeto, ¡Que expedientes tan ridículos! 



Capítulo XVI. i3j 

ras de pecho, barbarie nunca vista, manifestándose el 
padre cura tan afligido, que pronosticaba, si de Manila 
no venian socorros, que todo Iloylo caeria en manos 
de los piratas. Los naturales se iban retirando á los 
montes, adonde los mismos padres, por orden del vi- 
cario provincial, habian llevado también las alhajas de 
la iglesia. El Alcalde, que era entonces don Francisco 
Bayot (1790), expuso al Gobierno enérgicamente la 
necesidad del entretenimiento de la armadilla por cuen- 
ta de la real Hacienda, acompañando el correspon- 
diente reglamento, que fué en sustancia aprobado en 
una junta de autoridades de 20 de Setiembre de 1790, 
agregando á los recursos de arados, gallos y donativo 
de palay de Zamboanga, el de la exención de polos y 
servicios (i). 

Hasta Diciembre de 1791 no terminó los preli- 
minares para realizar este plan el alcalde mayor de 
Iloylo, reuniendo la indispensable junta de párrocos y 
el capellán de la fuerza, donde se resolvió, en vista de 
la miseria pública, contribuir para el aumento del fon- 
do con un hombre por cada cabeza de barangay, el cual 
fuese reservado de polos y servicios personales, sin per- 
juicio de que los pueblos de Molo, Jaro y Manduriao 
podrían eximir cuatro ó seis de los principales de cada 



(i) Por este tiempo habian convenido los naturales de Tondo en re- 
servar de polos y servicios personales, ó sea del trabajo corporal á que 
está obligado el india, cierto número de principales, que por su mérito 
fuesen acreedores á tal distinción, satisfaciendo por cada reserva cinco 
pesos anuos. 



I 38 Guerras piráticas de Filipinas. 

uno, a condición de rebajar la gracia á tres pesos. Como 
esto alteraba las resoluciones de Manila, tuvo que vol- 
ver aquí el expediente en Febrero de 1792, y hasta el 4 
de Julio no informó la Intendencia, suscitando la 
cuestión de que se rebajase del presupuesto el cos- 
te de la galeota capitana, que años atrás se habia ofre- 
cido á construir un principal de Iloylo llamado don Ra- 
món Mariano de los Santos. Vuelto el expediente allá 
en sazón que ya Bayot no era alcalde, habiéndole suce- 
dido don José Mijares, que no estaba impuesto del 
asunto, éste se vio envuelto por los pueblos que, mise- 
rables y aterrados por los moros, todo se les volvian ar- 
gucias para no soltar un cuarto. Desde 1788 hasta 1 794 
duró este expediente, en que intervinieron tres Gober- 
nadores generales, tres asesores distintos y más de 50 
empleados de varias categorías, y nunca se hubiera 
concluido sin la intervención del comandante de vintas 
don José Gómez, que expuso la urgencia y posibilidad 
de remitir á Iloylo la galeota Soledad^ dos bintas, una 
lancha cañonera y dos pancos; fuerzas superiores en su 
concepto á las que podrían presentar los moros; pero 
que antes de emprender el viaje tenían que sufrir en 
Cavite una recorrida. A él se le confió la expedición, 
pero como estaba ya lleno de achaques y solo era prac- 
ticable el corso en los meses de Octubre, Noviembre, 
•Diciembre, Enero, Febrero, Marzo, Abril y Mayo, 
hubo que esperar á que Gómez y el tiempo se me- 
joraran. 



Capitulo XVII 1 39 



CAP. XVII. — El Gobernador Maf-quina. Se ha- 
cen en su tiempo pocas expediciones y sin nin- 
gún fruto. Conducta perversa del sultán Sar- 
podin. Sus documentos . 



ESTA guerra eterna de los moros, pesadilla de nues- 
tro Ministerio y de todos los gobernadores, nun- 
ca ha sido tan bien apreciada como cuando en 1789, 
el Sr. Marquina, Gobernador interino, dijo al Rey 
que era un mal sin remedio. Todo lo que no fuera 
hacer expediciones á sus mismas tierras, y tener las 
nuestras en constante defensiva, era perder el tiempo 
y los gastos. 

La defensiva, sumamente molesta para los na- 
turales, los hacia abandonar sus labores y comercio, 
y estando además los bisayas tan lejos de la capital, 
no podrian ser socorridos á tiempo; por cuya razón 
consultó á Madrid el establecimiento de una tenencia 
de gobierno, cuyo coste no excederia de 7 á 8.000 
pesos anuales, debiendo ejercerla un coronel ó te- 
niente coronel activo y práctico en el país, con los ne- 
cesarios subalternos de ejército y hacienda. 

Entre tanto, por muerte del sultán Muhamad Ali- 
mudin, habia entrado á gobernar Muhamad Sarpodin, 



140 Guerras piráticas de Filipinas. 

tan infiel á los tratados, tan doble como todos los 
sultanes de Joló y sujeto, á la voluntad de los datos, 
más que ninguno. Empezó con muchas protestas de 
paz, pidiendo la gracia de que se rebajasen algo los 
derechos que aquí se exigían á los frutos de su reino; 
y este gobierno por política accedió a su demanda. 
Con tal motivo fué admitida en Joló en 1791 una ga- 
lera de un don José Germán, comerciante de Manila, 
en la cual el sultán, como prueba de la sinceridad de 
sus sentimientos, nos devolvió á un desertor de esta 
plaza y un mejicano cautivo llamado José Vicente 
Gutiérrez. Al mismo tiempo entre los pancos que 
habían llegado á este puerto a comerciar, había uno 
de un tal Ozman, joloano, que resultó tener en su tri- 
pulación varios cautivos cristianos, por lo cual se le 
metió en la cárcel y ya se le iban á vender judicial- 
mente su barco y sus mercancías, cuando la noticia de 
lo ocurrido en Joló con el de Germán inspiró al go- 
bierno la idea de devolverle su libertad y sus intere- 
ses, manifestando al sultán que lo hacia por mantener 
con él buena correspondencia. Inmerecida generosi- 
dad, porque entretanto, sabedor el sultán de que el 
alcalde de Iloylo estaba aprestando un bergantín suyo 
para mandar á Manila efectos del Real Haber, hizo 
que lo apresasen unos corsarios ilanos que por allí 
andaban (1792). 

Noticioso el gobierno de este atentado, dirigió 
sus reclamaciones al sultán, manifestándole la indig- 
nación que le producía saber el apoyo que encon- 
traban los llanos en los datos de su reino, pues estos 



Capítulo XVII. 141 



eran los que suministraban para hacer el corso con- 
tra nosotros, barcos, gente, armas y municiones, 
exigiéndole que los castigase con las más rigurosas 
penas, pues de continuar estos excesos, en Manila 
se tomaría la providencia correspondiente. 

El sultán contestó que respecto al bergantín, ya 
habia escrito al Gobernador de Zamboanga que lo 
que existia en Joló era un casco vacío y deshecho aban- 
donado por los llanos, y que este gobierno superior 
resolviese respecto á lo demás lo que tuviera por 
conveniente. ¡Insolentísima respuesta! ¿y qué fué lo 
que entonces hizo nuestro gobierno? ¿cuáles fueron 
los resultados de sus amenazas? Ninguno. Tener el 
sultán la audacia de repetir sus reclamaciones para el 
rescate de dos desertores mejicanos del regimiento del 
Rey, que hablan vuelto á desertarse con sus armas, 
arrastrando á otros tres del propio cuerpo, tan pronto 
como fueron incorporados á él, trasladándose al mis- 
mo Joló, donde fueron admitidos al servicio del 
sultán (i), y entre tanto el dia i.*' del año 1793 un 
pueblo de Leyte era quemado por los moros con pér- 
dida de más de ciento veinte personas que se llevaron 
cautivas; pero todo esto importaba poco, con tal que 



(i) Para que se juzgue de la conducta desatentada que suelen seguir 
nuestras autoridades, advertiremos que en estos mismos días en que de- 
bió declararse la guerra, Marquina, movido de la curiosidad de fomen- 
tar en sujardin el clavo de Joló, escribía al sultán que tuviese la bondad 
de remitirle algunos arbolitos de este género, dándole minuciosas reglas 
para su conservación en la travesía. El sultán le complació. 



142 Guerras piráticas de Filipinas. 

siguieran viniendo aquí los pancos piratas á comerciar 
y refrendasen en el gobierno superior sus pasaportes, 
pagando derechos. Hé aquí la fórmula de estos pa- 
saportes, que es curiosa: 

^^Yo soy el sultán Majumat Sarpudin, hijo y nieto 
de innumerables sultanes de Joló y sus posesiones 
obedientes. 

"Concedo mi favorable licencia a Tuá Nurong, y 
sus treinta y siete compañeros, para que pueda traspor- 
tarse á Manila á efectos de comerciar, y ruego á mi 
muy caro el Gobernador de Filipinas y cuantos oficia- 
les encontraren por mar y por tierra, abran el camino 
a la embarcación, que así es mi deseo, en prueba de 
lo cual pongo este sello." 

Las cartas del anterior sultán y las de éste son de 
un estilo muy bajo. El que ponia las cartas era regu- 
larmente un indio renegado ó algún desertor meji- 
cano, y el que estaba en ejercicio solia llamarse Minis- 
tro secretario. Sobre este asunto de los pasaportes 
ocurrió por entonces un incidente curioso, que pinta 
á lo vivo, al mismo tiempo que la mala fé, la candida 
astucia de los joloanos. Una embarcación que habia 
salido de aquellos dominios cargada de pimienta, cera, 
etcétera, con destino á Manila, se quebró en una de 
las Calamianes, y enterado el sultán de que el alcalde 
retenia á la tripulación en calidad de presa, porque 
sólo llevaba pase de un Sarip, escribió al Sr. Mar- 
quina diciendo que no era este motivo para prender- 
los; pues realmente eran vasallos suyos, comprome- 
tiéndose, á fin de evitar que los ilanos ú otros piratas 



Capítulo X VIII. 1 43 

se aprovechasen del nombre joloano, á mandar á Ma- 
nila veintidós diplomas sellados y firmados que se dis- 
tribuirían á las provincias circunvecinas á Joló, para 
que tuviesen los alcaldes conocimiento del sello y 
documentos que debian llevar los buques; bien en- 
tendido que todo el que careciese de ellos no era de 
los dominios de Joló. Fué lo más curioso que recla- 
mados á Calamianes las diligencias y los individuos 
en cuestión, solo dos venian incluidos en la lista 
remitida por el sultán, siendo los demás vasallos de 
Borneo y no de Joló. A pesar de esta falacia descubier- 
ta, se les puso en libertad, y los diplomas ó patentes 
fueron distribuidos á los alcaldes, como el sultán pe- 
dia. Entonces también se comprometió éste á usar 
para las fechas de sus comunicaciones la Era cristiana 
y no la Egira, declarando, cosa por cierto curiosa, que 
entendía mejor nuestro sistema que el suyo. 



CAP. XVIII. — Expedición al mando del capi- 
tán del Rey don Juan Casamara. Estratagema 
del cura de Santa Cru^ de Marinduque para 
defenderse de los moros. 



EL dia de San Agustín de este mismo año llegó á 
Manila don Rafael María Aguilar, nuevo Gober- 
nador superior, y sus primeras disposiciones, si como 



144 Guerras piráticas de Filipinas. 

fueron dispendiosas hubieran sido eficaces, él hubiera 
acabado con la piratería. Tener en continuo movi- 
miento á las fuerzas sutiles, nombre con que bautizó 
á las armadillas, y utilizar los oficiales del único regi- 
miento veterano de Manila, que sólo se ocupaban en 
los trabajos de guarnición, eran buenos medios, en 
verdad, pero de corto alcance y difíciles de poner en 
planta, como se vio por los resultados. 

Con aviso del alcalde mayor de Tayabas de hallarse 
ochenta pancos de moros frente al sitio de Sobon- 
gcogon, término del pueblo de Munalay, en 19 de 
Diciembre se dispuso la salida de una armadilla com- 
puesta de dos galeotas, seis lanchas cañoneras, seis 
vintas y tres pancos, al mando del capitán del regi- 
miento del Rey don Juan Casamara, llevando auxilia- 
res de su mismo cuerpo y de artillería. Eran sus ins- 
trucciones reconocer el citado paraje de la costa de 
Tayabas y los demás donde hubiese moros, ranche- 
rías ó pancos, y atacarlos. Al amanecer del 22, frente 
á Marigondon, una galera de la renta de tabaco que 
venia de Buac, dio noticias á Casamara de que en 
Lobo y Calvan habia tenido que combatir con tres 
pancos de moros, y en Mulanay se hallaban cuarenta, 
con ánimo de saquear este pueblo. La armadilla hizo 
fuerza de vela, pero las lanchas quinta y sesta eran 
tan viejas, por haber pertenecido antes al navio San 
José^ que no pudieron llegar al pueblo de Balayan 
hasta el 27, suceso de que se congratulaba Casamara 
en oficio á este gobierno, porque en años anteriores 
era navegación de veinte y aun treinta dias. Algunos 



Capítulo XV III . 145 



disgustos hubo ya también entre los jefes, más dis- 
puestos a mandar que á obedecer. 

El 9 de Enero, en la barra de Tayabas, supo Casa- 
mara que los moros se hallaban en los sitios de So- 
bongcogon, Talisay y Pagsangjan, y habían asaltado 
a, Aboyon; pero tomando noticias en Catanauan, le 
dijeron que no habia por aquellas inmediaciones ene- 
migo alguno; bien que le engañasen las justicias in- 
dias, bien que la mala calidad de sus barcos y de su 
gente le hiciera perder el tiempo. Ello es que tuvo 
que limitarse a reconocer la costa de Pasacao, Donson 
y Sorsogon, sin encontrarse con moro alguno, aun- 
que poco antes habian hostilizado tres pancos al se- 
gundo de estos pueblos; y hallándose la armadilla esca- 
sa de víveres por haber tenido que arrojar al agua 
mucha parte de los que habia recibido en Manila, 
tuvo Casamara que pasar á Tayabas á repostarse. En 
fin, después de mil contratiempos y dilaciones y de 
haber barado repetidas veces algunos de sus barcos, 
en 23 de Febrero recibió orden de regresar á la ca- 
pital tan pronto como reconociese la isla de Mindoro, 
por cuyas aguas andaban algunos pancos enemigos. 
Algo más afortunado en esta parte , pudo rescatar 
algunos cautivos y consolar á muchos indios infelices, 
que vivian años y más años sin haber visto la cara de 
ningún español. Donde quiera que se detenían, el 
capellán de la expedición bautizaba á infinitos y cele- 
braba el oficio divino en la playa, acto religioso de 
que ya apenas tenian noticia los vecinos de Mindoro. 
A la vista de Ilim, bajo enramadas de caña y con una 



10 



146 Guerras piráticas de Filipinas. 

concurrencia inmensa de varios pueblos, se celebró la 
solemnidad del Jueves Santo. Un natural de Marigon- 
don iba entre ellos que había estado cautivo ocho 
años, y denunció al capitán que los moros tenian una 
ranchería en el rio de Mamburao con otros siete cau- 
tivos. En efecto, el sábado de gloria, á orillas del rio 
de Lamintao, hallaron algunos soldados debajo de un 
árbol espeso, cubiertos con hojas, una banca y otros 
rastros de ranchería, y reconociendo más adelante las 
riberas del Dongon se encontró un bantayan , una 
bandera, un rancho, un batintin, un indio renegado 
enfermo y varios víveres y utensilios, que fueron que- 
mados. Otros oficiales, reconociendo otro sitio, halla- 
ron un anclote y un falconete enterrados; y otros, dos 
pancos con algunas armas y una ranchería como de 
quince á veinte casucos, que destruyeron sin poder 
dar alcance a los enemigos. En fin, el dia 3 de Mayo 
presentó Casamara al Sr. Aguilar, que estaba en Na- 
votas, casa de campo de los PP. dominicos , el diario 
de su expedición, y un superior decreto del dia 5 man- 
dó proceder al desarme de esta división, volviendo á 
•ponerse las embarcaciones al mando del comandante 
"'nato don José Gómez, con advertencia de que dos 
f'Hnéas, dos lanchas y dos pancos quedasen preparadas 
^para-k) que pudiera ocurrir. 

^-^ Peleé tardó en presentarse esta ocasión, pues ocho ó 
"ftuéVé^ ^hcos de moros en las costas de Zambales, 
^ortlfeá'á¿i"^'h ^on la lancha Sonora y goleta Sania Ana^ 
•J^(í)/i*'ló'qüe'^e dispuso que una galeota, una vinta, dos 
^láttchaá' y; dÓS-^j^áncos salieran al mando de Gómez á 



Capitulo XVIII. 147 

-atacarlos, y para que de Zambales pudieran ser ataca- 
dos también se formó otra armadilla que, al mando de 
don Juan Bautista Casamara, se dirigiese á reconocer 
aquellas costas hasta la isla de Dos Hermanas, en don- 
de, ó en la enseaada de Saliquin pudieran haberse cobi- 
jado los moros, en cuyo caso los batirla ó los arrojarla 
5obre la costa de Mindoro para que Gómez los batiera 
En estas y las otras se malograron ambas espedicioncs 
sm hacer nada de provecho, y en cambio los moros 
campaban por su respeto grandemente. 

Alguna que otra prueba de energía, que daba el 
país bajo la dirección de los religiosos, era el único con- 
suelo que por entonces tenian los españoles de Filipinas 
_ El párroco de Santa Cruz de Zambales, viendo qué 
iba a ser atacado por los piratas que venian por la boca 
del no Oraiun que está allí cerca, y que sus feligreses 
se hallaban fuera de su término buscando que comer 
mandó juntar á todas las mujeres en la iglesia, y dan- 
do á cada una una candela, las sacó en procesión á la 
playa, con orden de ir unas distantes de otras para 
que^ pareciesen más. Los únicos hombres útiles que 
había en el pueblo eran los ministros de justicia de 
los cuales, unos llevaban en andas al santo patrono 
del pueblo, los otros llevaban banderas y tocaban ba- 
tintines y tambores. El párroco cerraba la marcha 
disparando una escopeta á cada paso, espectáculo que 
por ser de noche, hizo creer á los moros que se ha- 
bían reunido todas las poblaciones inmediatas, y asus- 
tados huyeron á tomar fondo en la isla de la Hermana 
grande. 



148 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XIX. — Instala una junta el Sr. Agui- 
lar para el estudio de esta cuestión, y dar 
forma al corso contra los moros. Sucesos en el 
obispado de Nueva Cáceres. Noticias de la ex- 
pedición de don José Gome{. 



DISUELTA la escuadrilla de Casamara por no haber 
sido de provecho, sin otro resultado que algunos 
reconocimientos insignificantes, reunió el Sr. Aguilar 
junta en palacio para oir el consejo de las personas 
ilustradas en la persecución de la piratería, que tanto 
molestaba al comercio de las islas. Puso de manifiesto 
diferentes Memorias que habia recibido con otras que 
en el acto le presentaron, y dispuso que se procediese á 
la lectura de todo, que se extractase lo más esencial, 
y este extracto pasase sucesivamente á todos los indi- 
viduos de la Junta, los cuales en las subsiguientes 
deberian discutirlo y adoptar una determinación. 

Una de estas Memorias era del obispo de Nueva 
Cáceres, que hallándose en pastoral visita en muchos 
pueblos marítimos de Tayabas, Camarines y Albay, los 
veia destituidos de armas, cañones y sin un grano de 
pólvora, añadiendo que los naturales se hallaban pron- 
tos á comprar dichos objetos, pero no los habia en 



Capitulo XIX. 14^ 

las administraciones, cosa tanto más sensible cuanto 
que eran valientes y se defendian con denuedo contra 
los moros. Tres divisiones andaban por allí de treinta 
y cincuenta pancos respectivamente. Hallándose el 
prelado en la cabecera de Albay, la acometió una de 
ellas por la noche , y no pudieron los moros hacer 
el desembarco por la prontitud con que los naturales 
se presentaron en la playa, cada cual armado como 
pudo, porque el alcalde no tenia con qué armarlos de- 
bidamente. De aquí deducía el obispo que toda vez 
que nuestras armadillas, aunque formidables á los mo- 
ros, sabían éstos tomarles las vueltas, y jamás había 
llegado el caso de que llegasen hasta Catanduanes ni 
á la mar del Norte, era preciso autorizar á los jefes de 
provincia para hacer gastos y armamentos en vez de 
atarles las manos como ahora se hacía, concluyendo 
que este era el único medio de evitar los continuos 
cautiverios, muertes y robos que anualmente sufrían 
aquellos miserables pueblos de su diócesis. 

Los oficiales reales, así como el asesor, estuvieron 
conformes con lo que el obispo decía, y se dispuso que 
aquellos pueblos que no pudieran por su miseria pa- 
gar las armas y municiones que se le suministrasen, 
deberían ser auxiliados por la Real Hacienda; y en 
cuanto á la pólvora, como estaba prevenido que se 
vendiera en las tesorerías y administraciones agrega- 
das á las tercenas y en los fielatos que comprendiesen 
crecida población y contasen con edificio seguro, se 
resolvió que por la Dirección de tabacos se hicieran 
las remesas necesarias en los términos que prevenían 



1 5o Guerras piráticas de Filipinas. 

las instrucciones, con advertencia de que en las pro- 
vincias donde no se hallase establecido el estanco se 
harian las remesas y cometeria la comisión de su es- 
pendio á los Alcaldes mayores. 

No fueron tan afortunados los pueblos de Siquijor, 
Jagua, Argao, Inabanga y Bantayan, de la provincia de 
Zebú, que también habian hecho presente á la Junta 
las irrupciones que padecían de los moros, que no les 
dejaban salir á pescar ni mariscar, ni aun con sosiego 
á sus sementeras, pidiendo, en consecuencia, cañones, 
fusiles, pólvora y demás que absolutamente no tenian, 
para abastecerlos baluartes de cada pueblo. Los oficia- 
les reales, á cuyo informe pasó esta representación, no 
lo evacuaron hasta después de dos meses y medio, y 
aun entonces aplazaron su resolución para cuando se 
reformase el sistema de corso. 

Entretanto Gómez, que habia salido con su arma- 
dilla, como ya se ha dicho, para Mindoro al mismo 
tiempo que Casamara para Zambales, desplegaba la 
mayor actividad que hasta entonces se habia conocido. 
A pesar de su salud quebrantada, erael primero asaltar 
á tierra en persecución de los piratas, y aun así, no pu- 
do cautivar más que á tres moros más arriba del rio Ma- 
asin, donde estaban hechos fuertes; pero les cogió tres 
lantacas, cinco arcabuces, una escopeta, siete lanzas y 
dos sables, sin contar batintines y banderolas, les que- 
mó la ranchería y otras que habia en las inmediacio- 
nes. También halló un tambobo con bastante palay, 
cubierto con hojas secas y ramas de árboles en una ca- 
ñada espesa, y al acercarse á él sintió un ruido como 



Capitulo XIX. i5i 

de carabaos silvestres, y eran unos cuantos moros que 
se habían tirado á un esterillo para pasar al otro lado 
donde ya no pudo darles alcance. Véase si es difícil la 
persecución de estas gentes, medio anfibios, medio ra- 
cionales. 

Burlas y Masbate fueron recorridas también por 
Gómez. Cinco pancos piratas á quienes dio alcance, se 
entraron en un rio cuyas orillas estaban pobladas de 
cogon alto, y encontrándose en la confluencia de dos 
ríos, sin saber de las dos direcciones cuál tomar, eli- 
gió precisamente una en que á poco se encontró 
con una estrechura, que apenas dejaba paso á las em- 
barcaciones. Retrocedió á tomar la otra boca, per- 
diendo en esto dos días, para hallarse ahora con llanu- 
ras á una banda y otra, en una soledad la más horri- 
ble. No le arredró, sin embargo, máxime observando 
otro brazo de rio estrecho á su izquierda, donde el di- 
visar algunos plátanos y cocos fué lo bastante para me- 
terse en él. Su curso era circular, y apenas habría des- 
crito la mitad de la circunferencia, cuando se presentó 
á su vista una columna de humo. Resuelto Gómez á 
todo, se dirigió hacia donde salía, encontrándose con 
una infinidad de casucos, unos ya abrasados por el fue- 
go, y otros á medio abrasar, pancos hechos pedazos, et- 
cétera. Echó con algunos de los suyos pié á tierra, y 
cuando se comunicaban unos á otros la sospecha de 
que aquella ranchería debía de pertenecer á los pancos 
que iban cazando, sale una flecha de la espesura ve- 
cina, y pasa raspando su brazo izquierdo. A esta fle- 
cha sigue otra y otras, hasta que un soldado cae atra- 



1 52 Guerras piráticas de Filipinas. 

vesado y otro herido, aunque levemente. Gómez en- 
tonces dispone el reembarco, y cuando ya salia del rio 
chico para entrar en el grande, le disparan algunas ar- 
mas de fuego sin saber de dónde. Así al cabo de siete 
dias se incorpora al resto de la armadilla que habia 
dejado en la bocana del rio, sin haber logrado con su 
arrojo más que la muerte de un soldado y un marinero 
herido. En Julio daba la vuelta á Manila, en cuya 
bahía dos dias antes tres pancos de moros habían apre- 
sado una embarcación de Batangas en punta de Santia- 
go, y un parao de Abucay, cerca de Tambobo. 

Aquí descansó pocos meses, pues acercándose la 
monzón oportuna para el corso, se dispuso su salida 
con dos galeotas, seis vintas, tres pancos y cuatro lan- 
chas cañoneras, armadilla que antes que se hiciese al 
mar se dividió en dos, una destinada á la costa de Lu- 
zon. Burlas, Masbate é Isla de Negros hasta Iloylo, 
debiendo permanecer en la costa de esta última pro- 
vincia, ínterin la estación lo permitiera, mientras la 
otra tenia por objeto permanecer en las costas de Min- 
doro hasta la monzón de los vendábales, á fin de impe- 
dir la entrada de moros en esta bahía. 

Otra proposición de Zamboanga semejante á la de 
Nueva Cáceres de que hemos hablado, dio lugar á un 
descubrimiento curioso que prueba el estado de nues- 
tra administración filipina. 

Los moros hacían irrupciones sin que las fuerzas de 
aquel presidio les hiciesen daño. Con este motivo pro- 
ponía el gobernador don Francisco Arnedo, de acuer- 
do con su antecesor don Luis de la Concha, la cons- 



Capítulo XX. 1 53 

truccion de cuatro lanchas cañoneras, y los oficiales 
reales se oponían a nuevos gastos, por ser infructuosos 
cuantos se hacían en aquel presidio; pero en el caso de 
acceder, informaban que se tripulasen con los holgaza- 
nes que el Rey estaba manteniendo en Zamboanga, que 
eran tres contramaestres, cinco prácticos, dos arráeces, 
tres dispenseros, tres toneleros, cuatro calafates, se- 
senta y cinco marineros y sesenta y ocho grumetes. 
Con arreglo á lo propuesto por los oficiales dispuso el 
Gobierno la construcción de las lanchas, sin que por 
esto se acrecentase gasto alguno, como tampoco en 
tripularlas después; pero Arnedo inventó tantas difi- 
cultades, que al fin no se construyeron. 



CAP. XX. — Preséntase á la Junta un resumen 
de todas las añedidas tomadas anteriormente 
para contenerá los moros. Noticia de lo que se 
llevaba gastado desde 1778 hasta la fecha. Al- 
tercados en la Junta. Plan del Sr. Aguilar. 



LA Junta de corso que presidia el Sr. Aguilar, en su 
última sesión de 11 de Diciembre de 1794, después 
de estudiar atentamente la historia de la piratería en 



1 54 Guerras piráticas de Filipinas. 

Filipinas y la de los recursos empleados para estirparla, 
adoptó resoluciones importantes con que vamos á 
abrir este capítulo. Ellas forman época y sirvieron de 
punto de partida al sistema que ha dado más resulta- 
dos y que es, con las modificaciones exigidas por los 
tiempos, el mismo que hoy se sigue. 

Lo más interesante del resumen histórico hecho por 
la Junta, abraza un período de veinte años: desde que 
el Sr. Anda, en carta de 30 de Noviembre de 1773 
expuso a' Rey la falta de recursos para construcción de 
galeotas, que produjo la Real orden de 27 de Enero 
de 1776, enviando á Filipinas 50.000 pesos, y en su 
consecuencia se aprobaron las Ordenanzas de corso im- 
presas tan sin fruto, aunque todo lo aprobara S. M. 
en 30 de Abril de 1780, hasta las últimas expediciones 
de Casamara y Gómez, hechas bajo otro plan, y no me- 
nos infructuosas. En cambio los gastos habían sido de 
tal manera enormes, que se comprende perfectamente 
aterraran á los funcionarios celosos, haciéndoles creer 
imposible la estirpacion de la piratería. 

De un trienio de relaciones formadas por el Veedor 
Apuntador del Arsenal de Cavite, de los auxilios su- 
ministrados á la marina, y de las cuentas de varios Al- 
caldes mayores y de los Almaceneros generales (éstas 
por un quinquenio), resultó: 

Gasto de construcción de barcos, carenas, sueldos, 
raciones y auxilios suministrados desde el año de 1779 
hasta 1793, cuatrocientos veintidós mil setecientos cin- 
cuenta y seis pesos. 

Gasto anual que hacían los presidios de Zamboanga, 



Capítulo XX. 1 55 

Misamis, Caraga y Calamianes, cincuenta y nueve mil 
pesos (i). 

Lo gastado hasta fin de 1 793 desde el estableci- 
miento de las vintas en 1778, ascendia, pues, á un mi- 
llón quinientos diez y nueve mil doscientos y nueve pesos^ 
sin contar las pérdidas sufridas por el país, ni los que- 
brantos de las Cajas Reales, que debian de contarse 
por cientos de millones. Si esto era sólo en un período 
tan corto, calcúlese, si es posible, los sacrificios que 
desde 1564, en que comenzamos á armar embarcacio- 
nes contra los moros, llevaban hechos la Hacienda y 
el país. 

La generalidad de las opiniones en la Junta se in- 
clinaba al establecimiento de un verdadero y activo 
corso distribuido en tres ó cuatro divisiones, cada una 
de dos lanchas cañoneras, dos pancos tan ligeros como 
los de los moros, con una falúa para reconocer los rios 
y caletas y una balandra grande bien armada, que sir- 
viese de abrigo á las lanchas y pancos, y de depósito 
para los víveres y municiones que pudieran necesitar 
en tres ó cuatro meses, á fin de no perder el tiempo 
inútilmente yendo a buscarlos como ahora. Cada una 



(i) Solo el de Zamboanga gastaba, ó por lo menos se suministraban 
al Gobernador, más de veintitrés mil pesos para defenderse de los moros, 
con el resultado por regla general que hemos visto. Por término medio, 
el gasto anual era de 101.321 pesos en esta forma: Armaia de vintas, 
treinta mil y trescientos pesos: Presidio, cincuenta y nueve mil pesos. 
Alcaldes mayores de Fisayas ^zrz armar embarcaciones y tropa, unos seis 
mil. Carenas, recorridas, etc., otro tanto. 



1 56 Guerras piráticas de Filipinas. 

se establecería en el paraje más oportuno para esperar ó 
perseguir á los piratas, según las estaciones. Las vintas, 
aunque en opinión general inútiles, debian conservarse 
porque los moros siempre huian de ellas, y porque su 
mal éxito consistió sin duda alguna en no ponerse en 
planta las cuatro divisiones que pensó el Sr. Basco. 

No debe echarse en olvido una idea muy beneficiosa 
á la ciencia, al país y la navegación, que el capitán de 
navio, comandante del Arsenal de Cavite y Teniente 
de Rey de Manila, D. Francisco Muñoz y San Cle- 
mente propuso á la Junta, y fué que en cada división se 
embarcase un piloto de la Real Armada con el espe- 
cial encargo de reconocer, estudiar y levantar planos 
de los puertos, de su situación y abrigo, sus verdade- 
ras longitudes y latitudes, principales cabos y puntas, 
bajos y escollos, canales y sondas, mareas y corrientes, 
variaciones de la aguja, etc., idea que no faltó quien la 
creyera ajena á la cuestión por tratarse de enemigos 
despreciables y cobardes. Grosero error ciertamente y 
que ha hecho mucho daño á las Filipinas, pues esos 
enemigos despreciables y cobardes en todos tiempos 
nos han insultado, nos han robado, y han hecho inúti- 
les nuestros esfuerzos y sacrificios para destruirlos. 
Por lo demás, la idea no era nueva enteramente, como 
ya hemos visto, aunque sí el desarrollo y perfección 
que el Sr. San Clemente quería darle. 

El Sr. Aguilar, con aquella gracia y desembarazo 
que le eran peculiares, dijo reasumiendo las opiniones: 
"No nos cansemos más, señores: el objeto de esta últi- 
"ma junta es conciliar los pareceres y formar de todos 



Capítulo XX. i5j 

''un plan de corso que afiance la tranquilidad de las 
"islas, la seguridad de sus habitantes y el honor de las 
"armas del Rey, en cuya ejecución se invierta útil- 
"mente lo que hasta ahora se ha venido haciendo sin 
"el menor fruto. Vamos a ver si lo hemos conse- 
"guido." 

Y se puso á pasar revista á los planes propuestos 
por el coronel D. Juan Bayot, por el comandante in- 
terino de dragones D. Juan Mir, por el comandante 
de artillería, y en fin, por D. Santiago Salaverría, para 
convencerlos á todos de que estaban conformes, y de 
que las bases del plan eran las siguientes: 

I .* Que para impedir las incursiones y piraterías 
de los moros debia establecerse un corso permanente, 
y jamás interrumpido. 

2.^ Que aunque los barcos debían situarse princi- 
palmente en los mares de Visayas, Burias, Masbate, 
Mindoro, Tayabas y Batangas, como más frecuenta- 
dos de los moros, no debia desatenderse á los otros 
menos importantes de nuestras costas. 

3.* Que las divisiones debían ser seis, compuestas 
de tres lanchas cañoneras de á 24 y con cubierta: tres 
de á ocho, proporcionadas en su cala para entrar 
en ríos, esteros y parajes de poco fondo, y un pan- 
co de construcción fina sumamente ligero para ex- 
plorador. 

4.^ Que la guarnición y tripulación debía sacarse 
de la tropa y gente de los presidios más inmediatos al 
respectivo distrito de cada división. 

5.^ Que así oficíales, como arráeces, tropa y tripu- 



1 58 Guerras piráticas de Filipinas. 

lacion gocen sueldos decentes para que sirvan con 
mayor gusto y celo. Que se repartan las presas sin 
exceptuar nada, por ser este un aliciente muy grande 
para todo servicio peligroso, y que se dispensen distin- 
ciones, buenos retiros y justas recompensas á los que se 
distingan. 

6.^ Que para evitar que los alcaldes utilicen las 
embarcaciones «n provecho propio, se les quite toda 
atribución en materia de corso, dejándoles sólo el 
deber que les impone su cargo de la defensa de la 
tierra (i). 

7.^ Supresión de todas la vintas, pancos y demás 
embarcaciones corsarias, que con tan poco fruto man- 
tiene el Rey, ó las cajas de Comunidad, quedando sólo 
las seis divisiones referidas. 

8.* Que para cooperar á los esfuerzos de las divi- 
siones, se reduzcan las visitas de Visayas á pueblos 
que puedan hacer frente á los enemigos, pues las vi- 
sitas ó barrios suelen ser su presa ordinaria. 

9.* Que así en Visayas, como en Mindoro, Taya- 
bas, Batangas y Zamboanga se reconozcan los fuertes 
de las costas, suprimiéndose los inútiles, y el coman- 
dante de ingenieros disponga cómo y en dónde se han 
de construir los más indispensables á la defensa. 



(i) Los abusos de este género habían llegado á tal grado, que tam- 
bién entraba en el plan del Sr. Aguilar prohibir á las tripulaciones bajo 
las penas más severas el tráfico, imponiendo á los alcaldes responsabili- 
dad si permitían que los barcos del Estado introdujesen en sus provin-, 
<;ias objeto alguno de comercio. 



Capitulo XXL 1 59 

Todos los individuos de la Junta aplaudieron é hi- 
cieron suyo este plan, que en realidad era del Gober- 
nador, entresacado del inmenso fárrago de apuntes, 
memorias y pareceres que habia sobre la mesa. 



CAP. XXI. — Fuerzas de la piratería. Atentado 
cometido en Joló. Principio de la construcción 
de lanchas. Establecimiento del arsenal de la 
Barraca. Primeras expediciones. 



Los corsarios que infestaban á la sazón las islas eran 
los nombrados ilanos, habitantes de la ensenada 
de Tubug, en la isla de Mindanao, y los de Tampa- 
soc, pueblo situado en la parte Oeste de Borneo. De 
los primeros se juzgaba que saldrían anualmente al 
corso ó robo de gente en Visayas, algo más de cien 
pancos, entre grandes y chicos, siendo sus cabezas ó 
jefes los datos llamados Camsa y Anti. De Tampa- 
soc saldrían como ciento y cincuenta pancos, y de 
Bangoy otro número también crecido, pero no todos 
caian sobre Visayas; pues muchos hacian el corso en 
los estrechos de Banca y Malaca, por ir armados con 
caaones de grueso calibre y bien pertrechados, lo que 
los hacia más temibles que los ilanos. Comenzaban sí 
sus correrías por Visayas en el mes de Octubre, y 



1 6o Guerras piráticas de Filipinas. 

las terminaban al regreso en Mayo, volviéndose á sus 
tierras á despachar los esclavos á Joló, Borneo, Ma- 
casar y Batabia. 

El pueblo de Tampasoc habia sido fundado por 
losjoloanos; mas después unos llanos de Mindanao 
lograron establecerse allí, y aumentado con la venida 
de otro de esta nación, ó quizás también con hordas 
aventureras, eligieron a uno de sus datos ó capitanes 
por sultán, y hechos señores del pueblo, que en el 
dia es bien grande, expulsaron en 1790 á todos los 
joloanos. Se rigen hoy exclusivamente por las leyes 
piráticas. 

En la isla de Bual, situada al Norte de Joló y su- 
jeta al sultán , se hallan establecidos otros llanos de 
Mindanao, por estar más cerca á las Visayas. Estos, 
dirigidos por datos joloanos, fueron los iniciadores 
de la piratería contra Filipinas. 

Casi todos los pancos que llevaban cautivos al 
mercado de Joló iban dirigidos al dato Camsa, her- 
mano de otro del mismo nombre, que vivia en Min- 
danao, casado con una hija del sultán Sarapuddin ó 
Sarpodin. Este dato recibía los cautivos que le per- 
tenecían á él y á su familia como interesados en el 
corso, y vendia los demás por cuenta de los otros pi- 
ratas. 

En el mes de Abril (1794) se hallaba en Joló 
don Juan Carvallo, portugués, dueño de la fragata 
Constante^ á cuyo costado en el puerto anclaron tres 
pancos grandes, bien armados con cañones de seis y 
ocho y con más de cien hombres de tripulación cada 



Capítulo XXI. i6i 

uno, conduciendo dos mil pesos en dinero y un rico 
botin. Escandalizado Carvallo por este descaro, no 
pudo menos de verse con el sultán para manifestarle 
lo extraña que pareceria al Gobierno de Manila se- 
mejante tolerancia con los piratas, pues era público 
que los tres pancos pertenecian á su yerno el dato 
Camsa. El sultán se fingió ignorante de todo, y aque- 
lla misma noche salieron los pancos para Bual, en don- 
de hicieron su descarga, sin perjuicio de volver pasa- 
dos unos dias á Joló, donde los vararon á la misma 
puerta de la casa del dato Camsa para carenarlos. 
Aumentaba el escándalo el ir mandados los pancos 
uno por el dato Tabuddin, hermano también del dato 
Camsa, y el otro por un visaya renegado llamado Impa, 
casado en Joló, y uno de los piratas más malvados y 
atrevidos de toda la morería. 

Se calculaba que entrarían en Joló anualmente de 
cuatrocientos á quinientos cautivos filipinos de ambos 
sexos y diferentes edades, cuya mayor parte quedaba en 
Joló para después conducirlos á otros mercados. Los 
viejos los llevaban á Sandaca, cuyos habitantes los com- 
praban para sacrificarlos á los manes de los difuntos. 
Estas tribus bárbaras guardan con orgullo las cabezas 
de las víctimas en señal de haber cumplido su fúnebre 
ley, de modo que todos los esclavos viejos que iban á 
Joló, y de aquí á Sandaca, ya sabian el destino que les 
aguardaba. 

Tanto menudeaban los cautiverios por esta época, 
que el Gobernador de Zamboanga se queja al sultán 
de Joló, y el moro con inusitada presteza le remite 

1 1 



1 62 Guerras piráticas de Filipinas. 

un sargento y dos soldados de aquel presidio, que 
habían sido cautivados , pidiéndolie en cambio que 
suelte á un famoso moro llamado Daut, que se hallaba 
preso en aquella fuerza; y en efecto, sabedor del caso 
el Gobierno de Manila, se lo manda devolver como un 
particular obsequio. El pago fué el mismo de siempre. 
Aquel Carvallo, á quien vimos en Joló con la fraga- 
ta Constante^ de regreso á Manila, habia tenido que 
tomar puerto en Iloylo, y á la salida, una marea 
contraria le obligó á fondear junto á la Isla de Pan 
de Azúcar. En esta situación, y en plena tarde, hallán- 
dose el tiempo sereno, salen de una silanga inmediata 
ocho pancos de moros, que le acometen por la proa ha- 
ciéndole fuego unos con bala rasa, y otros con me- 
tralla. Sin duda la fragata era conocida de ellos, pues la 
mayor parte se mantenían ocultos, y al disparar, no 
acompañaban el tiro con gritos, ni ruido de batintines, 
como siempre acostumbran; pero en cambio de este di- 
simulo eran tan candidos que llamaban por sus nombres 
á algunos, y él conoció muy bien á los que le acometie- 
ron, porque le hablaban por su nombre, como que eran 
los mismos pancos que hablan estado fondeados cerca 
déla Constante en Joló. Esta se defendía valientemen- 
te, cuando al ponerse el sol se le incendiaron á Carvallo 
tres cartuchos, comunicándose el fuego a la jarcia, y 
como todos acudiesen á apagarlo, creyendo los moros 
á la fragata rendida, dejaron de disparar y se fueron 
acercando en actitud de abordaje. Cara pagaron su au- 
dacia, pues uno de los pancos quedó medio desbarata- 
do, matándole algunos remeros, y en otro quedó muer- 



Capitulo XXI. 1 63 



to de un tiro el dato Tabuddin, lo que les hizo cesar el 
fuego y escapar precipitadamente. 

Antes que tuviese noticias el Gobierno de lo ocurrido 
á Carvallo, habia salido de Manila una espedicion al 
mando de D. Andrés González, con tres vintas, dos 
lanchas, dos pancos y un bote, á recorrer las costas de 
Mindoro, jVTarinduque, Tayabas, Isla de Verde, Mari- 
caban y Punta de Santiago, mientras empezaba la cons- 
trucción de lanchas cañoneras en Cavite. Las primeras 
fueron 8, bajo la dirección del guardia marina don 
Francisco Ponce de León, pariente del mismo señor 
Aguilar; pero después se abandonó á Cavite para tras- 
formar la miserable barraca ó camarín de San Fernan- 
do en un arsenal independiente del otro, que ha sido 
un abismo de gastos y dilapidaciones hasta su extin- 
ción en 1 814. El recinto que ocupaba fué en su origen 
un barrio de Binondo, llamado Santísimo Niño, des- 
truido por un incendio en tiempo de Basco, con cuyo 
motivo se lo apropió el Gobierno para establecer allí 
un astillero ó carenero de las vintas. 

Al saberse el asalto de la Constante.^ y la creciente in- 
solencia de los moros, salió otra expedición al mando 
de D. José Gómez, compuesta de dos galeotas, tres 
lanchas, una vinta, un panco, un bote y una vintilla, y 
como el Gobierno careciese de planos de las provincias 
de Tayabas, Batan gas y Mindoro, tan interesantes para 
arreglar el nuevo sistema de corso, se dio esta comi- 
sión al piloto de la armada D, Gerónimo Delgado, con 
la lancha San Francisco de Sales^ que estaba muy bien 
armada, y un convoy compuesto de otras dos lanchas, 



164 Guerras piráticas de Filipinas. 

dos vintas y dos pancos, llevando además un sargento 
de artillería práctico para reconocer las armas del Rey 
que se hallaban repartidas en otras provincias, pues el 
abandono, desidia ó venalidad de los encargados de 
estos artículos habia llegado á extremos increíbles. 



CAP. XXII. — Entabla el Sr. Aguilar nego- 
ciaciones diplomáticas, inútiles como siempre. 



Los consejos de Carvallo y algunos otros vecinos de 
Manila, á quien consultaba asiduamente el Sr. Aguilar 
en su deseo del acierto, así como la efervescencia de 
los comerciantes de esta ciudad, le tenían perplejo é in- 
deciso. 

El comercio con Joló y el que á su vez los joloanos 
sostenían con nosotros, era bastante activo, y se temía 
por momentos la muerte del sultán Sarapudin, que era 
de edad septuagenaria, y no tan declarado enemigo de 
los españoles como el dato Maragaginda, que aspiraba 
á sucederle, y que acaso lo consiguiese por tener bas- 
tante partido entre los datos. Recelábanse mayores ex- 
tragos en las Visayas, porque era de esperar que fo- 
mentase el corso este jefe de piratas. Un medio polí- 
tico habia de evitarlo, y era que el dato Yafar, persona 
de respeto, y algo afecta á los españoles, sucediese a su 



Capitulo XXII. 1 65 



hermano Sarapudin, pero él no pensaba siquiera en ello 
por tener su hermano un hijo llamado Alimudin, moro, 
según pública voz, del más bello natural, y muy afecto 
á los españoles. Dudábase, sin embargo, que entrase en 
el gobierno á la muerte de su padre, por las intrigas de 
su tio el dato Maragaginda, pirata feroz, como hemos 
dicho, ilano, y protector de todos los llanos. Su pro- 
bable exaltación al trono era, pues, considerada por el 
comercio de Manila como una verdadera calamidad, y 
por esto la opinión deseaba que el Gobierno propusie- 
ra al sultán, como interesado en el porvenir de su fa- 
milia, que no permitiese la desposesion de su hijo. 

El principal de los medios para conseguir esto era 
la ejecución de una empresa propuesta ya por Carva- 
llo: enviar una expedición formidable á la isla de 
Tampasoc y arrasarla, advirtiendo primero al sultán 
que no iba la expedición contra él ni contra Joló, sino 
contra el verdadero nido de la más feroz piratería que 
nuestras posesiones desolaba. Del éxito de semejante 
plan hacian los mercaderes el pronóstico más lisonjero. 

El Sr. Aguilar juzgó, sin embargo, más conveniente 
recurrir á la diplomacia que á las armas (1795), nom- 
brando para la negociación al teniente coronel del Rey 
D. Raimundo Español, á quien confirió al mismo 
tiempo el gobierno militar y político de Zamboanga, 
que ya habia desempeñado. Según el aspecto que toma- 
sen los negocios de Mindanao, así debia de obrar con 
el sultán de Joló, hasta hacerle consentir que su pri- 
mogénito se coronase en nuestro mismo presidio, sien- 
do tanta la credulidad del Sr. Aguilar, que hasta lie- 



1 66 Guerras piráticas de Filipinas. 

vaba Español el ceremonial y programa de las fiestas 
que habían de celebrarse por la coronación. Esto se es- 
peraba que impusiese mucho á los joloanos y demás 
piratas, que quedarían temerosos de nuestro poder, 
viendo como a nuestra protección se acogia el nuevo 
sultán. 

Al mismo tiempo escribió al de Mindanao, anuncián- 
dole que el nuevo gobernador de Zamboanga era el 
mismo que habia sabido en otra ocasión granjearse el 
amor de los mindanaos, y aun el de los joloanos, y su 
propósito de celebrar unas paces sólidas, estables y 
permanentes, que pudieran ser ventajosas á sus propios 
vasallos y á los de Filipinas. 

^'Me presumo, anadia el Sr. Aguilar, que por parte 
"de V. A. habrá iguales disposiciones; pero habiendo 
"acreditado la esperiencia que algunos de sus datos no 
"están poseídos de tan nobles sentimientos, espero 
"que usará de todos los medios para contenerlos en 
"justos límites, pues nada adelantaríamos si con el 
"pretexto de llanos ó de gente de otra costa se emplea- 
"sen en la piratería contra la voluntad de V. A. Seme- 
^'jantes procedimientos son en realidad muy contra- 
"rios á todo honrado sistema, y es preciso, si V. A. 
"quiere dar muestras de amistad y buena correspon- 
"dencía, que lleve adelante sus deseos y haga entender 
"á los datos su resolución de consolidarlas, enterándo- 
"les, sobre todo, de los castigos que se atraerán los que 
"sean causa de un rompimiento. El que compre un es- 
" clavo que haya sido vasallo del rey de España, so- 
"bre perderlo en el acto, pues V. A. deberá entregarlo 



Capítulo XXII. 167 



"al gobernador de Zamboanga, quedará incurso en 
"las penas correspondientes á reos de lesa magestad, 
"y para que la sufra será igualmente entregado al go- 
"bernador del presidio." 

Como era natural, le indicaba al mismo tiempo que 
desde el dia primero de aquel año, seis divisiones de 
lanchas cañoneras y otra multitud de embarcaciones 
menores y mayores, cruzarían constantemente por to- 
das las aguas limítrofes á Filipinas, y no como antes 
se habia hecho, en las monzones propicias á la nave- 
gación, sino en todo tiempo, para obrar ofensiva y 
defensivamente, y le anadia: "No dude V. A., que 
"cuando la necesidad lo exija, usaré de estas fuerzas 
"tan poderosas para auxiliarle contra los datos que 
"quebranten la paz lo más mínimo, como también para 
"tomar por mi mano la satisfacción, si, como no espero, 
"se ofrecen justos motivos," 

¿Y qué se consiguió con esto? Inquietar á los min- 
danaos y activar sus preparativos incesantes para el 
caso que se pusiesen en ejecución nuestros desig- 
nios. Inmediatamente levantaron cuatro baluartes 
entre Sarapan é Iligan. Al corregidor de Misamis 
se le puso entonces en la cabeza, que con un arma- 
mentillo le seria fácil desalojarlos de allí; mas no 
pudo lograrlo por la multitud de moros que acudieron 
á los fuertes, y que le mataron quince hombres, con 
cuyo suceso envalentonados, comenzaron á despachar 
anualmente un número considerable de pancos al pi- 
rateo, cuando antes lo hacían más en pequeño. 

También al sultán de Joló escribió igualmente el 



1 68 Guerras piráticas de Filipinas. 



Sr. Aguilar, manifestándole su sentimiento por el 
asunto de D. Juan Carvallo, é iniciando las negocia- 
ciones que Español habia de seguir. 

^'Semejantes á ese injusto hecho, le decia, son los de- 
"más que diariamente ejecutan los vasallos de V. A. en 
"ios dominios de mi soberano, sin respeto á la paz es- 
"tablecida ni á la buena correspondencia que obtienen 
''de mí los datos que vienen á comerciar á esta plaza, 
"conducta que me obliga á exigir de V. A. una satis- 
"faccion pública y sincera, pues de otra suerte, me 
"veré precisado á tomarla por mi mano," (Aquí le 
hablaba, como al sultán de Mindanao, de las seis di- 
visiones de lanchas cañoneras, y luego concluía): 
"Si V. A. me da todas las pruebas necesarias para 
"creer en su amistad, estoy pronto á contribuir con 
"las citadas fuerzas, á que se le reduzcan los rebeldes, 
"y que todos sus vasallos observen y guarden los tra- 
"tados de paz que V. A tiene con España; pero de 
"lo contrario, desde luego cortaré todo comercio con 
"esas islas, impediré la entrada de los champanes de 
"China, reduciendo á los joloanos á la miseria, y aun 
"los iré á buscar á sus mismos pueblos, que arrasaré 
"y quemaré."' 

Esto era muy diplomático, muy civilizado; pero 
más aún que inútil, risible, pues es harto sabido en 
Manila que por medio del sultán, jamás puede lograr- 
se remedio á la piratería. Siendo muchos datos tan po- 
derosos como él, ni le obedecen ni le hacen caso. El 
sultán de Joló no es absoluto, como todavía creen 
algunos, que no tienen idea de la constitución del 



Capítulo XXII. 1 69 



país, si aquello puede llamarse país ni constitución. 
Ningún asunto importante se resuelve sin la concur- 
rencia de quince ó veinte datos, que han adquirido el 
voto por su riqueza ó por el número de esclavos que 
poseen, y hay además una multitud de ovancayas, que 
venden sus votos al que más les dá. Cierto que el sul- 
tán puede oponerse á lo que resuelve la junta; pero 
como no tiene fuerza para hacer prevalecer su voto, lo 
más que sucede es que si se trata de alguna expedición 
que es desaprobada por la junta, la hace por sí con sus 
parientes y esclavos, sin esperar la concurrencia de 
los demás, que suelen acudir ó no á la última hora, se- 
gún van las ganancias. En fin, tiene tan poco poder e 
sultán sobre los datos, que á ninguno puede obligarle 
á pagar una deuda si la resiste. Un gobernadorcillo de 
Filipinas está más respetado. Así, pues, cuando nues- 
tro Gobierno le reconviene por piraterías de los datos, 
se lleva el negocio á la junta, y lo más que puede es- 
perarse es que el sultán apoye nuestra queja y es- 
fuerce el temor del golpe que amenaza á la isla. En la 
generalidad de los casos, se sale del apuro negando 
los hechos, haciéndose los ignorantes, dando escusas, ó 
mintiendo descaradamente, pues á los datos ni les im- 
porta el disgusto del sultán, ni hacen caso de las ame- 
nazas de Manila, porque están hartos de ver que nun- 
ca se ejecutan. De esto tiene mucha culpa la falta de 
insistencia de nuestro Gobierno, y las circunstancias 
que en los momentos más críticos suelen rodearnos 
como al Sr. Aguilar sucedió. 

Quizás él conocía también la inutilidad de las negó- 



I yo Guerras piráticas de Filipinas. 

elaciones diplomáticas, y, sin embargo, apuró este re- 
curso queriendo atraerse la voluntad de los datos, 
para cuyo objeto escribió al titulado Yafar, hombre 
tan influyente como hemos dicho, y á quien el sultán 
su hermano oia con deferencia, poniéndole por inter- 
mediario, digámoslo así. 

Hasta ó-Q primo y amigo le trataba. La fragata Cons- 
tante y el mismo Carvallo fueron portadores de esta 
carta, como también de otra del Sr. Aguilar al sultán, 
para que dispusiese que á Carvallo le reintegrasen sus 
deudores de las cantidades que dejó rezagadas en su 
anterior expedición; debilidad muy frecuente en los 
hombres de gobierno, que el público interpreta siem- 
pre mal y con razón, al ver que á los intereses de un 
amigo ó de un particular, que no suele merecerlo, se 
posponen los del Estado. Cierto que el Sr. Aguilar 
pedia enérgicamente la restitución de los cautivos, la 
represión de los piratas y una buena correspondencia 
de nuestra conducta; ¿pero los bárbaros joloanos no 
creerían que con pagar á Carvallo quedaba contento 
el gobernador de Filipinas? 

Al propio tiempo se entabló con Borneo otra nego- 
ciación análoga. Acababa de llegar de aquel país don 
Jacinto Celis, comerciante de Manila, aprovechándose 
de la paz que el sultán mantenía con nosotros, á pe- 
sar de hallarse en guerra con algunos de sus subditos, 
con cuya ocasión pedia á nuestro Gobierno por vía de 
auxilio un cañón de á 24 con todos sus adherentes. 
Aprovechó esta coyuntura el Sr. Aguilar para que lle- 
vase el mismo Celis la plenipotencia para ajustar una 



Capítulo XX 11. 171 

paz estable con Borneo, escribiendo al sultán sobre 
poco más ó menos como a los de Joló y Mindanao. 
Escusamos decir que el cañón fué negado con diplo- 
máticas razones. 

Como si no fuera bastante haber perdido tanto 
tiempo para la organización del corso, la guerra en- 
tre España j la Gran Bretaña, con motivo del apoyo 
insensato que el Gobierno de Madrid habia dado á la 
independencia de los Estados-Unidos, vino á paralizar 
completamente aquella organización. En Agosto de 
1795 fondearon en la rada de Manila dos fragatas de 
guerra, la Cabeza y la Lucía^ al mando del capitán de 
la misma clase D. Ventur i de Barcáiztegui, sin previo 
aviso ni noticia alguna, portadoras de una Real or- 
den reservada para que esta plaza y todos los puntos 
vulnerables de sus inmediaciones, se pongan al mo- 
mento en el mejor estado de defensa. La guerra con 
los ingleses hace, pues, olvidar la guerra de los pira- 
tas, y las armadillas que habian salido contra éstos re- 
ciben orden para retirarse á Manila. Aumentan los 
apuros de las cajas reales con enormes preparativos 
é inmensos gastos y se desatienden por completo las 
negociaciones entabladas con Mindanao y Joló. 

No habian de dar, ciertamente, fruto alguno, pues 
el primero habia contestado poniendo dificultades á 
la realización de nuestros pensamientos, y daado indi- 
cios claros de que ellos producian disgusto general en 
sus vasallos, sin embargo de lo cual se confesaba siem- 
pre amigo de los españoles, y el segundo contestó al se- 
ñor Aguilar una difusa carta llena de quejas contra la 



172 Glicinias piráticas de Filipinas. 

conducta de Carvallo, que en efecto había sido muy 
censurable al parecer. En los dos viajes que habia he- 
cho á Joló, primero con una galera y después con la 
fragata Constante^ el sultán habia convenido con él 
que no daria sus frutos prestados sino á toma y daca^ y 
á lo más, si fiaba á los comerciantes joloanos, fuese 
poco y á personas conocidas. En vez de esto, se en- 
tendió Carvallo con personas desacreditadas, fiándoles 
en mucha cantidad. El sultán le mandó repetidas veces 
á decir que no prestara tanto, y en vez de agradecér- 
selo, contestó que S. A. no le moliera^ que él era dueño 
de hacer con sus géneros lo que le daba la gana. Tan- 
tos fueron sus convites, sus regalos, sus músicas, sus 
bailes, que todos los joloanos le llamaban buen señor 
liberal dador. Repartido así todo el cargamento de la 
Constante en personas que nada tenían, en lotes de 
quinientos, mil y aun dos mil pesos, el sultán con ra- 
zón decía que él no qy2í fiador desde el principio ni á la 
postre^ y que Carvallo que habia obrado sin su consen- 
timiento, viese cómo se arreglaba para cobrar. En 
este tercero y último viaje, que podemos llamar ofi- 
cial, la conducta de Carvallo había sido no menos im- 
prudente. A pesar de la buena acogida que el sultán 
le hizo en virtud de la recomendación de Aguílar, 
vociferaba á todas horas que sin falta alguna dentro 
de cinco meses lo más tarde, iría allá una armada 
nuestra á tomar satisfacción del atentado cometido con 
la Constante^ que él mismo la mandaría y arrasaría á 
Joló y Tampasoc. Todo esto lo hizo para poder co- 
brar sus créditos y sucedió lo contrario, pues se exas- 



Capítulo XXII. 173 



peraron tanto los moros, que lo hubiera pasado mal, si 
una noche á la chita callanda no hubiese levado an- 
clas, dejando a sus deudores contentísimos y al sul- 
tán furioso, pues ni siquiera le habia pagado los dere- 
chos de alcabala. Véase, pues, con cuánta razón pe- 
dia al Sr. Aguilar que otra vez no permitiese á Carvallo 
ir á comerciar á su reino, pues habian jurado los joloa- 
nos asesinarle. Hasta le acusaba, probablemente con 
igual razón, de haberse burlado de todas las leyes del 
país, andando á deshora de la noche sin farol, escan- 
dalizando las tiendas de los chinos , metiéndose en 
las casas de las mujeres cuyos maridos estaban au- 
sentes, y en fin, "'siendo un escándalo con sus ¿ar- 
ro'mbadas.''' Igualmente se disculpaba el sultán como 
podia del insulto hecho á la Constante por Camsa en 
las aguas de Iloilo, y respecto á las amenazas del se- 
ñor Aguilar con las lanchas cañoneras, le debieron ha- 
cer tanto efecto, que por estos mismos dias quedó la 
visita de Sirona, en la provincia de Camarines, ente- 
ramente destruida, y lo mismo la misión de Himora- 
gat, por una expedición pirática que cautivó y asesinó 
á muchos naturales de Daet. 



174 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XXIII.— Estreno del vigía de la isla del 
Corregidor. Estado de nuestras defensas. In- 
moralidad de algunos alcaldes mayores y jefes 
de armadillas. 



La frecuencia con que en todos tiempos habian 
entrado los pancos de moros en esta bahía de Manila, 
sin obstáculo alguno, preocupaba al Gobierno desde 
muchos meses atrás. Habíanse apostado algunas fuer- 
zas sutiles en los puertos de Mariveles y de Cauca- 
ben; pero sea por abandono, sea porque cerraban sólo 
el paso de la boca chica, dejando á merced de los 
enemigos la boca grande, á pesar de los Mardicas de 
Maragondon, lo cierto es que los moros seguían en- 
trando y saliendo como Pedro por su casa. En Marzo 
de este año de 1795 consultó el alcalde mayor de Ba- 
taan, que siendo la punta de Caucaben por su posición 
el sitio más adecuado para vigilar la bahía, las vintas 
de la Pampanga y Bulacan, que á lo más salían á 
guardar las barras de sus respectivos pueblos, se si- 
tuaran en dicha punta para dar aviso á Manila en 
cuanto divisasen velas piráticas. En la isla del Corregi- 
dor debia formarse además un pequeño establecimien- 
to de gentes voluntarias, que reservadas de tributo por 
algún tiempo, hiciesen una centinela permanente, ig- 



Capítulo XXIII . ij5 

norando el buen alcalde, que en lo antiguo, como se 
relata en el cuerpo de esta obra, residían allí los Mar- 
dicas con tal objeto, y que fueron arrojados por los 
moros. 

Este pensamiento, sin embargo, fué bien recibido 
por el Gobierno, que mandó construir en la isla uno ó 
dos baluartes y un vigía en el monte inmediato á los 
Lechones. 

Poco después se extendió esta combinación de vi- 
gías desde el arsenal de Cavite á la isla del Corregi- 
dor, Maragondon y otros puntos intermedios á esta 
capital, si bien hubo que suprimir muy pronto la de 
Lechones, quedando permanente la del Corregidor 
con un número de vintas y lanchas á cargo del capi- 
tán provisional de la marina corsaria D. Nicolás de 
Torres. Poco más de un mes llevaba de terminado 
este arreglo, cuando el dia 29 de Diciembre, tres pan- 
cos de moros aportaron á la playa de San Antonio 
Abad. Por fortuna la tropa que guardaba aquella ba- 
tería les impidió desembarcar en las playas de Malate, 
pues si bien el vigía del Corregidor anunció su en- 
trada en el apostadero de Lanzas, que se habia estable- 
cido con el fin de impedir las entradas de moros; pero 
los encargados habían ido á pasar las Pascuas á Mari- 
veles, y tenían completamente abandonado el puerto. 

Tal fué el estreno que tuvo el apostadero del Cor- 
regidor, sin contar las frecuentes rencillas y rivalida- 
des entre la m.arina corsaria y la de guerra. 

Oueda indicado que con motivo de los temores 
de invasión inglesa se habia mandado que las ar- 



176 Guerras piráticas de Filipinas. 

madillas se retirasen á esta plaza. Con efecto, en el 
mismo mes de Agosto se mandó á Gómez y los de- 
más jefes que inmediatamente se pusiesen en camino. 

El primero, cuyas acciones solian ser más brillantes 
que útiles, trajo á Manila por todo botin de guerra al- 
gunos prisioneros, que con los que ya existían en la 
fuerza de Santiago, habia para rescatar algunos cauti- 
vos nuestros; pero los moros jamás han querido ha- 
blar de canje. Hubo ocasión que se les ofreciera por 
un cautivo nuestro, cuatro de los suyos, y contesta- 
ron que ellos no daban un vivo por cuatro muertos, 
pues cuentan como tales á los moros que se dejan co- 
ger. Al cabo el Gobierno, viendo que la ración que 
se les daba los hacia muy costosos, se fué poco á poco 
desprendiendo de ellos con todo disimulo, unos bajo 
las apariencias de ser cristianizados á ruego propio, 
y otros porque se escaparon ó se les dejó escapar. 
Cuanto se diga sobre el carácter de los moros, nunca 
está demás. Es cosa vista que sólo viven de la pira- 
tería, y á ella se aventuran por su propio interés, y no 
por el de su país. 

Resucitó el Gobierno, así que se retiraron estas ar- 
madillas de Visayas, su plan de que los pueblos se ar- 
masen y construyesen embarcaciones contra los moros, 
sin tener en cuenta la ya larga esperiencia, que demos- 
traba ser esto imposible. Aun suponiendo que todos 
los pueblos visayas se pusiesen en estado de guerra, 
sólo podrían subsistir estos armamentos dos ó tres 
meses, pues al cabo tendrían que volver los tripulantes 
á sus pueblos, desarmando las embarcaciones, para bus- 



Capitulo XXIII. 177 

carse la vida, pues era imposible, repetimos, una defen- 
sa permanente, que causarla la ruina de los pueblos. 
Los moros, por el contrario, viven del corso y sacan 
de él todas sus utilidades. 

De aquí se venia, como siempre, a la cuestión de 
auxiliar á los indios con armas, cosa también impo- 
sible por el estado de guerra de esta ciudad, y á la in- 
tervención de los alcaldes mayores en el armamento y 
dirección de cada pueblo. Dejar las armas á cargo y 
dirección de los naturales con independencia de la au- 
toridad española, era peligroso y estéril, y los alcaldes 
solian emplearlas en su propia utilidad. 

Habia, según Gómez, en un informe reservado que 
dio á Aguilar, quien utilizaba en su propio comercio 
las embarcaciones destinadas al corso, y las armas que 
debian defender á los pueblos. Habia quien daba por 
perdidos muchos, si no todos, los efectos de guerra, 
siendo así que los habia vendido á otros comerciantes, 
cuando no á los mismos moros; y habia, en fin, prin- 
cipales ó personas ricas de los pueblos, que se habían 
arruinado infamemente, porque al reclamar el Gobier- 
no cierto material de guerra no supieron ó no pudie- 
ron acreditar la compra que de buena fé habían hecho 
al jete de la provincia. 

Todo esto pudo ser imputación de descontentos, que 
nunca faltan en Filipinas; pero los resultados lo auto- 
rizaban, y la ruina de las Visayas, sobre todo, era una 
visible prueba. Al fin, para calmar la ansiedad pública, 
hubo que disponer la salida de otra expedición, á 
principios de 1796, cerrando los ojos á los peligros 

12 



178 Guerras piráticas de Filipinas. 

de la guerra inglesa. Se componía de siete lanchas 
cañoneras y tres falúas, al mando de D. José Gómez, 
con el encargo de que no permitiese á las tripulaciones 
saltar en tierra bajo las penas más rigurosas. Esta 
prevención daba testimonio de los desórdenes que 
ocurrian, y disgustó sin duda á Gómez, que era el 
que menos la merecia, por ser muy ordenancista, de- 
biendo quejarse al Gobierno ó dimitir el mando, pues 
se le mandó retirar á la isla del Corregidor donde se 
hallaba D. Andrés González con el objeto de hacerse 
cargo de la expedición, y venirse él á Manila, donde 
era necesaria su persona. 

Con todo el mundo tenia razón el Gobierno para 
obrar así, menos con Gómez, pues las demás armadi- 
llas, sobre no producir fruto, solian ser motivo de 
disensiones en los pueblos donde se detenían. Salir de 
un puerto, arribar á otro por el pretesto más frivolo, 
para luego después demorarse más tiempo en otro, 
era á lo que se reducia toda la expedición; y si llegaba 
el caso de que los moros cometiesen sus rapiñas en un 
punto no muy distante de aquel donde la armadilla 
estuviese haciendo ó no aguada , acopiando ó no víve- 
res, ó en fin, luciendo sus personas los oficiales, que 
era lo más frecuente, cumplían los comandantes con 
responder á las reconvenciones de Manila que á la 
poca eficacia de los alcaldes y gobernadorcillos debía 
atribuirse la falta y no á otra cosa. En vano se mandó 
fuesen mutuamente fiscales de sus obligaciones los je- 
fes del corso y los de provincia, de modo que estuvie- 
ran obligados los primeros á dar parte al Gobierno el 



Capítulo XXIII. 179 



día que llegaban á los puertos, expresando si los auxi- 
lios se les franquearon ó no prontamente, qué era lo 
que habían necesitado, etc., etc., y los segundos á 
comunicar iguales noticias, observando si eran ó no 
escusables las arribadas, las detenciones forzosas, et- 
cétera, etc.; lo que resultó fué llegar el caso de ha- 
ber informado un alcalde lo contrario que un coman- 
dante. Otros jefes hubo que hicieron alianza, y en 
vez de fiscalizarse mutuamente, se dirigiaii elogios 
recíprocos para engañar al Gobierno, y entre tanto el 
servicio público padecia. 

Se habia observado que desde la instalación del 
vigía en \? isla del Corregidor, sólo habia hecho 
una señal conforme, y que los buques entraban 
y salían sin que fuesen reconocidos. Estaba con- 
fiado el Gobierno en el celo del teniente D. José 
Pinto, comandante de la división de lanchas aposta- 
das en aquella isla; pero éste no podia atender á los 
varios encargos que se le confiaban de Manila, y á fin 
de que se dedicara exclusivamente á la defensa de 
la entrada del puerto, reconocimiento de embarca- 
ciones y demás objetos con que se estableció el crucero 
de su división de lanchas, fué exonerada de la vigía 
poniéndose al cuidado de D. Francisco Villar Nobo' 
pilotín de la fragata de guerra María, que acababa de 
llegar de la Península á incorporarse á la división 
mandada por Barcáiztegui. Esta disposición, como la 
de haber puesto en la vigía de Cavite á D. José Ma- 
ría Montes, otro pilotín de la misma división, produjo 
desde luego los mejores resultados. 



1 8o Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XXIV . — Ablándanse los sultanes de Joló,' 
Borneo y Mindanao. Catástrofe del teniente 
Arcillas, que es despellejado por los moros. 
Llega á Manila una escuadra española. 



Los pancos de Joló seguían viniendo al comercio de 
esta ciudad, donde se les daba la mejor acogida 
para retraerlos de sus piraterías, y el sultán de Borneo, 
cuyos barcos también nos visitaban, escribió al señor 
Aguilar por un subdito suyo nombrado Bandajari una 
carta sumamente expresiva, manifestándole vivos de- 
seos de conservar nuestra amistad en beneficio de sus 
vasallos y progresos de su comercio. El Sr. Aguilar 
le contestó en términos cariñosos, demostrándole con 
el ejemplo del mismo Bandajari, que los borneyes no 
podían articular queja ninguna por mal trato, ni vio- 
lencia en Manila, y si acaso alguna vez la tuviesen, el 
Sr. Aguilar esperaba que S. A. se lo avisase para 
poner remedio. Análogas comunicacionee mediaron 
con Joló, llegando el sultán y los datos á asegurar 
que por su parte renunciaban á la piratería, sí bien no 
podían cerrar su puerto á los moros que llevasen 
allá cautivos españoles para su venta, por impedirlo 
sus leyes, y á todo lo más que podían comprometer- 



Capítulo XXIV. i8i 



se era á negociar la devolución de los que tuvieran 
en su poder los particulares, obligándolos á aceptar, 
bien en dinero, bien en frutos, el equivalente de lo 
que hubiesen dado por ellos. Estas cartas se conside- 
raron como un gran triunfo de la política del señor 
Aguilar y lo eran con efecto. Se contestó, pues, á los 
de Joló, extrañando la escusa que daban, repitiendo 
las amenazas, y demostrándoles que no era justa aque- 
lla aparente amistad. Además se les devolvieron once 
tripulantes que se habian salvado de un panco suyo 
que acababa de naufragar en Batangas. 

El sultán de Mindanao por su parte estaba dis- 
puesto á acceder á cuanto le pidiésemos, porque el 
gobernador de Zamboanga, Español, procuraba con- 
servar la mejor correspondencia con él, y porque sus 
datos le daban mucho ruido. De su propia voluntad 
nos ofreció la restitución de los pueblos de León, 
Sibuco y Coroan, que eran muy convenientes al pre- 
sidio; pero la mezcla de moros con españoles nun- 
ca ha sido buena, máxime habiendo de dedicarse á 
extraer oro de las minas, y el Gobierno rechazó la 
anexión, sin perjuicio de mandar reconocer dichas 
minas por si convenia labrarlas. Los pueblos, no sólo 
se negaron á sujetarse á nuesto dominio, sino que 
desobedecieron abiertamente al sultán, y aun le ame- 
nazaron, quedando las minas como están en el dia, 
a merced de los aventureros y siendo una tentación 
continua para el alcalde mayor de Caraga. 

También el dato Camsa, que se decia príncipe so- 
berano de los ylanos, y de quien se ha hecho harta 



1 82 Guerras piráticas de Filipinas. 

mención, pedia ansiosamente la paz; pero era por 
haber tenido fuertes altercados con otros datos de 
Joló, que habian hecho liga contra él y expulsádole del 
reino. El Gobierno autorizó á Español, si este dato 
estaba de buena fe, a concederle nuestra amistad, á 
condición de que así los ylanos como el mismo Camsa, 
tuviesen entendido que si volvian á contribuir directa 
ó indirectamente al corso, ó no entregaban al goberna- 
dor de Zamboanga los rebeldes que en él se emplea- 
sen, ó faltaran, en fin, a alguna de las condiciones 
estipuladas, todas las fuerzas de Manila irian á des- 
truirlos de una vez. 

En tal estado se hallaban las negociaciones, cuando 
Español despachó (Setiembre de 1796), al teniente de 
marina de aquel departamento D. Pantaleon Arzillas, 
con un sargento, ocho soldados y un guía, para que 
trajesen al presidio el ganado de una estancia lla- 
mada del Rey, que se había remontado por las tier- 
ras de los moros; estancia que nos había sido recien- 
temente cedida por el sultán, sin consentimiento de 
sus vasallos, que lo llevaban á mal como suelen. 
Y cuenta que los moros se aprovechaban más que 
nosotros de las vacas y terneros, pues siendo montara- 
ces, las cogían á su placer, y este fué el motivo de que 
Español quisiese trasladar el ganado á Zamboanga. 
El sultán le envió un salvo-conducto, y aun el dato de 
Coroan, de orden del mismo sultán, auxilió la espedí- 
cion de Arzillas con seis moros. 

Internados en el sitio de Tungaban hallábanse co- 
miendo en casa de un ovancaya, cuando se echaron 



Capítulo XXIV. 1 83 

sobre ellos sesenta moros repentinamente, despojándo- 
los de las armas y conduciéndolos amarrados al pueblo 
de Subuguey, donde fueron puestos al cepo de cabeza, 
pies y manos,, al sol, en un sitio que hervia de hormigas 
enormes. El dato del lugar sin respeto al salvo conduc- 
to del sultán, hizo pedacitos este papel y los revolvió 
en una especie de gigote hecho de pezuñas de vaca, 
que fué toda la comida de los pobres prisioneros. Tres 
dias estuvieron así, hasta que una tarde sacaron á Arzi- 
Uas de su tormento para otro mayor. Amarrado á un 
árbol que daba sombra á la casa del dato, le hizo éste 
desollar desde la frente al cerebro, dejándole el casco 
limpio, y después de dos horas de horribles torturas, 
fué muerto á crisazos (cuchilladas del cris), poniendo 
su pellejo en un asta bandera. Los demás zamboan- 
gueños á quien se hizo presenciar esta escena queda- 
ron esclavos. 

Al traste se fueron las negociaciones que tenia en- 
tabladas Español con el sultán de Mindanao, que no 
quiso, ó no pudo, darle satisfacción ninguna, siendo 
así que los autores de aquella maldad fueron auxiliados 
con balas y pólvora por los datos de Coroan y Subug- 
ney para defenderse contra la tropa de Zamboanga, 
que fué á tomar por el pronto la única venganza 
que permitían los pocos recursos del presidio. 

En Manila hizo la noticia del suceso un efecto las- 
timoso; pero la ofensa quedó, como otras, sin castigo 
por las circunstancias , pues si bien la mayor parte 
de las lanchas mandadas construir estaban ya en el 
puerto, no había gente que las tripulase. Repugnaba, 



184 Guerras piráticas de Filipinas. 

con razón, el sistema de levas, y gracias que la actividad 
del alcalde mayor de Iloylo, D. Damián Nobales, que 
tenia jurisdicción militar, no solo en su provincia, sino 
en las de Antique y Capiz, cuyos alcaldes estaban su- 
bordinados á él en este ramo, pudo reunir de 200 á 300 
individuos de buena talla, robustez y agilidad, con los 
cuales se tripuló la división de Gómez. Muy pronto 
las deserciones redujeron á las lanchas á la última ex- 
tremidad, teniendo que recurrirse al fin á la gente de 
estas inmediaciones. El batallón de Marina, que se 
erigió algunos años después con el título de Sección de 
granaderos de marina., también se compuso de gentes 
allegadizas, cuerpo que hoy subsiste y que ya entonces 
sirvió para guarnecer las lanchas, como antes el regi- 
miento del Rey. Asimismo se habia dado ya cierta or- 
ganización al cuerpo de oficiales de la Marina corsa- 
ria, utilizando á los cadetes de dicho regimiento. Al- 
gunos de ellos, como Duro y los hermanos Salaverría, 
tenían brillantes hojas de servicio. Fueron declarados 
alféreces supernumerarios de la marina real de estas 
islas con sueldo y gratificación de tales, mientras se 
hallasen embarcados; pues como en su respectivo cuer- 
po habian de continuar en clase de cadetes siguién- 
doles la antigüedad y pasando en él las revistas, la 
Real hacienda les completaba el haber de alféreces. 

La guerra de los ingleses parecía por este tiempo 
ir muy de veras, pues se presentó en el puerto otra 
escuadra española bajo las órdenes del general don 
Ignacio María de Álava, que si bien tuvo al principio 
algunos altercados con el Sr. Aguilar, particularmente 



Capítulo XXV. 1 85 



cuando la creación del Apostadero ó Comandancia de 
marina, como eran amigos y mutuamente se obsequia- 
ron y festejaron, Manila salió de su postración, y más 
tranquilos los mares, llegaban sin novedad los caudales 
de Acapulco, permitiéndonos fijar la atención en las 
escenas políticas de que era teatro la Europa y princi- 
palmente la Francia. 



CAP. XXV. — Enormidad de nuestras fuerzas 
marítimas . Apuros de las Cajas reales. Medi- 
das que se toman para salir de ellos. Nos ame- 
naza una invasión inglesa. 



ÉPOCA hará en los anales de Filipinas el año de 1797 
por haberse reunido en nuestro puerto tres navios 
de setenta y cuatro, el San Pedroy el Montañés y el 
Europa; cinco fragatas de guerra, la Cabeza^ la María, 
la Luáa, la Fama y la Pilar; treinta y tres lanchas 
cañoneras, diez y ocho obuseras para obuses de seis 
pulgadas, diez para obuses de tres y cuatro, y seis 
bombarderas para morteros de aplaca, sin contar buen 
número de falúas y otras embarcaciones de la dotación 
del arsenal de Cavite y de la Barraca. En el primero 
hablan sido construidas las lanchas obuseras y bom- 
barderas, y en Subic, veintidós cañoneras. Cuatro que 



1 86 Guerras piráticas de Filipinas. 

se hicieron por contrata, salieron defectuosas y hubo 
que reformarlas: las restantes eran las que antes se ha- 
bian construido en la Barraca ó el Arsenal de San 
Fernando, donde habia tantos ó más operarios que en 
el de Cavite, con su oficina de cuenta y razón. 

Seria de desear que el lector se impusiera del costo 
que tuvieron estas lanchas; pero la falta de datos nos 
impide decirlo con certeza. Sin embargo, se puede 
aventurar que cada una de ellas podria tener de costo 
como 4.500 pesos, por las apuntaciones que hemos 
recogido. Además, se construyeron para ellas tres 
muelles; uno en la barra de Bancusay, otro en la de 
Parañaque y otro al frente del Pastel, formándose, por 
consiguiente , tres divisiones marítimas para estos 
apostaderos, y otras tres para servir las baterías de 
Carlos IV y de la Convalecencia, y para la isla del 
Corregidor, con el objeto de hacer desde este último 
punto el corso y la vigía contra los moros que vinie- 
sen á nuestro puerto. 

Entre tanto no se descuidaban éstos en causarnos 
males. En los puntos más indefensos de Mindoro ha- 
bían establecido su crucero, y Gómez tuvo que salir 
en el momento de recibirse la noticia de estas pirate- 
rías, con dos lanchas, dos botes y la división de la 
isla del Corregidor, excepto la falúa; y si bien en Há- 
lete les destruyó algunas embarcaciones y un fuerte, 
mató á unos, cogió á otros y puso en fuga á los de- 
más, no compensaron estas ventajas la multitud de 
atrocidades que habían hecho. 

En Abril de este mismo año salió la desventurada 



Capitulo XXV. 187 



fragata Maria^ al mando de D. Fernando Quintano, 
para no saberse jamás de su paradero. Su misión era 
traer caudales de Acapulco, y en caso de que el virrey- 
de Méjico no estuviese en posibilidad de librarnos 
cantidad que llegase ó excediese de medio millón, de- 
bía la fragata pasar á Lima con el objeto de pedir á 
aquel virrey lo que buenamente pudiera suplir á estas 
islas para conservarlas en el buen pié de defensa en 
que se hallaban, y precaver la aflictiva situación á que 
podria reducirse su gobierno en caso de estallar la 
guerra con los ingleses y faltar los situados. Eran tan- 
tos los gastos á que tenían que atender estas cajas con 
motivo de la llegada de la escuadra, que los oficiales 
reales hablan pasado al Sr. Aguilar un presupuesto 
extraordinario, del que resultaba un déficit de 350.000 
pesos, sin incluir dos batallones y otros más que iban 
á ponerse sobre las armas, ni 200.000 pesos que se ha- 
blan ofrecido nada menos al general Alaba para sus 
primeros gastos , entre tanto que viniesen subsidios 
de Méjico. 

Las cajas mejicanas debian gruesas cantidades á és- 
tas, y los viajes que hacia la nave con intereses esta- 
ban desde dos años atrás interrumpidos, aunque ahora 
se esperaba uno del i.*^ al 15 de Febrero. 

Pocos dias después ocurrió un terrible temporal de 
los que experimenta este país con tanta frecuencia y se 
ignoraba la suerte que hubiese corrido la fragata Ma- 
ría. Dióse orden de que saliera la fragata Fama., con 
objeto de convoyar á la nao de Acapulco, si la encon- 
traba, y regresar inmediatamente con los caudales. 



1 88 Guerras piráticas de Filipinas. • 

El virrey de Nueva España ignoraba por una parte 
el destino de esta escuadra, y evitaba por otra arries- 
gar grandes cantidades, persuadido de que este Go- 
bierno abundaba en recursos, por lo que se creia que 
sólo tratase de remitir unos 500.000 pesos, pequeñí- 
simo socorro para quien debia á las Obras pías y Co- 
munidades igual cantidad, teniendo de hora en hora 
que cubrir nuevas y mayores atenciones, y he aquí la 
causa del desgraciado viaje de la fragata Marta. 

La variedad de las circunstancias hacia también 
cambiar de medidas, á cual más costosa, Como el ma- 
yor daño que podia recibir el inglés era tener inter- 
ceptado su comercio de China, el general Alaba habia 
salido con la mayor parte de su escuadra á cruzar por 
aquellos mares hasta la monzón del vendabal, y de 
paso dar convoy á la otra nao que se aguardaba de 
Acapulco. La escuadra tuvo también que recogerse á 
los pocos dias á causa del temporal, y en el mismo 
momento empezaron á dar cuidado los ingleses. A 
principios de Enero habia naufragado en las inmedia- 
ciones de Joló una fragata británica titulada Brisch., 
cuya tripulación fué recogida por buques de la misma 
nación que estaban en aquel puerto de paso para las 
Molucas. El comandante de estas embarcaciones no se 
ocupaba en otra cosa que en anunciar á los moros que 
Filipinas iba á caer en poder de Inglaterra, escitándo- 
los a ellos á invadir las Bisayas, seguros de no hallar 
oposición por nuestra parte. Las lanchas, coincidiendo 
con tan funesta noticia, dejan las más sus apostaderos 
y se retiran á la Barraca á carenarse, y, en fin, tal fué 



Capitulo XXV. 1 89 

el desorden, que á pesar de tanto gasto y tanto barco 
y tanta escuadra, tuvo el Gobierno que embargar para 
las atenciones del servicio una falúa que tenia el con- 
sulado, un bote de D. José Mijares, otro de D. Fran- 
cisco Bilbao, otro de D. Ramón Orendain, dos de don 
Estévan Locatelly, otro de D. Pedro Huet, y otro de 
D. Juan Raully, avaluados que fueron primero por la 
maestranza de la Barraca; haciéndose entender á sus 
dueños que par a sus! faenas mercantiles se les facilitar ian 
cascos cuando los pidiesen por sus justos precios, y 
que, si fenecida la monzón, necesitasen de sus embar- 
caciones, les serian devueltas, compensándoles las des- 
mejoras que hubiesen sufrido. No era menor para la 
escuadra la falta de gente, y el Gobierno se habia visto 
precisado á pedir con toda urgencia á llocos 800 
hombres, y á Pangasinan 300, rebajando la talla y con- 
sintiendo que no tuviesen los cinco pies. Para las lan- 
chas se apeló al rigor, y entonces, y con el aumento 
de oficiales de la marina corsaria y con otros que fue- 
ron ascendidos, se pudo lograr ver medio lleno el ob- 
jeto de tantos afanes. 

La exhaustez de caudales en la tesorería real ha- 
bia producido un espediente para arbitrar recursos. 
Los oficiales reales indicaban que se convocase á junta 
de autoridades; mas el Gobierno lo creyó innecesario, 
por estar autorizada la Capitanía general para hacer 
los preparativos de defensa y gastos que las circuns- 
tancias reclamasen, lo que aprobaba desde luego S. M., 
como que todo habia sido consecuencia de la real or- 
den reservada que condujeron las fragatas Cabeza y Lu- 



1 9o Guerras piráticas de Filipinas. 

cía. Esto supuesto, como igualmente la dificultad de 
acuñar moneda de oro, poner en circulación papel mo- 
neda ó disminuir el número de tropas, mandó el señor 
Aguilar á los oficiales reales que propusieran ahorros 
en otros ramos para ponerse al nivel de la necesidad. 
((Excepto disminuir la tropa, decia el Sr. Aguilar, 
))á todo estoy resuelto, pues yo que soy el único res- 
wponsable de la plaza y de las islas, antes pereceré 
))Con todas que dejarlas indefensas. Cederé mi sueldo, 
»mis alhajas, cuanto tenga, á reintegrarme en la Ue- 
»gada de caudales. Disminuiré todos mis gastos; vi- 
))viré en la mayor escasez ; pero de ningún modo me 
))quedaré sin tropa.» Las obras de defensa estaban 
casi concluidas. En vestuarios debia haber ya poquí- 
simo espendio. El armamento de lanchas se habia 
disminuido considerablemente, pero en cambio á la 
escuadra se debia cantidad no pequeña por razón de 
soldadas y por taita de buena administración. 

En cuanto á la tropa, la que habia salido el año an- 
terior á vivaquear en las provincias por economía, 
ahorró bien poco, y volvió sin la instrucción que ha- 
bia adquirido en Manila. Como decia el Sr. Agui- 
lar, en todo rigor de ley, á esta tropa, que se habia 
licenciado temporalmente, se la debió dar el mismo 
sueldo que si estuviera en activo servicio, pues el no 
haberlo hecho así le habia puesto en la necesidad de 
tolerar que viniesen unos en lugar de otros, sin po- 
derse declarar desertores á los que faltaban, y tener 
que pasar por alto el que se hiciesen olvidadizos los 
que volvieron de cuanto habían aprendido. En fin. 



Capítulo XXVI. i9i 

aunque los apuros eran horrorosos, se calculaba que 
sólo durarían hasta fines de Junio del año venidero, 
por lo cual en el presupuesto de gastos debia tenerse 
presente lo que rindiesen los arbitrios de depósitos, 
préstamos y demás que inventasen los oficiales reales, 
la disminución de los dos mil hombres hasta dicho 
mes, la de las lanchas, la de las obras que creyesen 
poder suprimirse, y un descuento de mitad de sus 
sueldos á los empleados que pasasen de i.ooo pesos, 
y tercera parte á los que pasasen de 500, desde Ene- 
ro del próximo año hasta Junio, ó hasta el dia que 
llegase la nao de Acapulco; contando también con 
que lo ofrecido para la escuadra era dos ó tres pagas, 
según la posibilidad, para oficiales y gente de mar, y 
la mitad de la gratificación de mesa á los comandantes 
hasta el referido tiempo. Con esta penuria se dio fin 
á este año, dejando abierto para los venideros el ca- 
nal de plata que venia á estas islas de Méjico. 



CAP. XXVI. — Expedición desde Zamboanga 
á Coroan. Atrocidad que cometen los joloanos 
con una goleta nuestra. Aparición de algunas 
fuerzas inglesas y su mal proceder . 



LA infausta ocurrencia de Coroan, donde fue atroz- 
mente muerto por los moros el teniente Arcillas, 
como ya se ha dicho, obligó al gobernador de Zam- 



1 92 Guerras piráticas de Filipinas. 

boanga á hacer cargos al sultán de Mindanao y á su 
hijo, quienes, lejos de satisfacerle, dieron escusas tan 
frivolas que más parecían insultos. Sin embargo de 
hallarse aquel presidio con insuficientes fuerzas, salie- 
ron algunas contra los enemigos, apresándoles un 
panco, siete embarcaciones con varios efectos, y ma- 
tándoles algunos moros. El Gobierno declaró que lo 
necesario era castigar terriblemente aquel hecho igno- 
minioso y bárbaro ; pero como las circunstancias del 
dia no permitiesen á nuestras armas distraerse, se con- 
tentó con repartir los objetos apresados entre los que 
fueron á la comisión y asalto de Coroan, como se acos- 
tumbraba en aquel presidio. 

Coincidió con esta noticia otra no menos infausta. 
Una goleta nuestra, titulada San José y las Animas^ se 
hallaba fondeada en Tavitabi, no lejos de Joló, cuando 
dos pancos de moros se presentaron como de paz á 
obsequiar á los tripulantes, enviándoles refrescos en 
un panquillo, gallinas y verduras, y convidando á los 
de la goleta á que pasasen á su bordo á comerciar, 
pues que sus arráeces eran los yernos y sobrinos del 
sultán. Tranquilizados con esto, lo hicieron así el ar- 
ráez de la goleta, que era un español, y dos marine- 
ros, y hallándose en el panco grande tratando del 
cambio de algunos efectos, se echaron repentinamente 
los moros sobre ellos, pero no con tanta facilidad que 
no matase un marinero á uno de los enemigos. Estos 
obligaron al arráez á escribir una carta al piloto de 
la goleta para que la entregase, lo que se verificó en 
el momento. Los dos marineros fueron conducidos á 



Capítulo XXVI . 1 93 

otro panco y asesinados, mientras la goleta, amarinada 
ya por moros, se metia en Joló, donde se distribuyó^ 
todo su cargamento á vista, ciencia y conocimiento del 
sultán, que percibió una parte. Pero ¿cómo hablan los 
moros de dar cuidado al Gobierno, cuando enemigos 
de otra especie le amenazaban muy de cerca? Así el 
reverendo obispo de Camarines como el alcalde de 
Albay dieron noticia á Manila de hallarse fondeados 
en San Jacinto siete navios ingleses. Pocos dias antes 
habia participado el mismo alcalde la llegada de un na- 
vio y después la de un paquebot portugués, cuyo ca- 
pitán, llamado José Miguel, confirmaba ser el otro 
navio de guerra inglés, por cuyo motivo se vio éste 
en el caso de huir del puerto por el vivo fuego que le 
hizo la bateria, sin verificar su aguada, tomando el 
rumbo Sur. Otras tres fragatas amanecieron el dia 13 
de Enero en la costa de la Pampanga, después de ha- 
ber significado á la vigía del Corregidor ser francesas, 
venir de la isla de Francia, traer presa, y necesitar de 
auxilios; pero antes nos hablan apresado tres lanchas 
nuestras. Igualmente en el puerto de Antique se vio 
un navio inglés con bandera española, que apresó á 
una lancha que fué á reconocerle. Por último, también 
en Mirabeles saquearon un panco del corregidor de 
Zambales, otro de Pangasinan y un pontin que re- 
gresaba á llocos. 

Entonces se circularon órdenes á las provincias 
para que obraran con toda precaución, y asegura- 
sen como pudiesen sus bienes, sin permitir atracar 
en sus radas ni playas barco alguno, que dejase de 

i3 



1 94 Guerras piráticas de Filipinas, 

llevar debajo de la bandera española otra blanca. 

El vigía del Corregidor, D. José María Montes, 
tomaba también providencias oportunas para que si 
los enemigos se apoderaban de aquel puesto no encon- 
trasen el anteojo, instrucciones, planos y demás, ha- 
biendo sido no poca felicidad que los ingleses no apre- 
saran la única lancha que en el Corregidor habia que- 
dado después que se retiraron las fragatas. 

Dióse comisión al capitán D. Nicolás Torres para 
que saliese con una escuadrilla á la punta de Santia- 
go, y desde allí recorriera la costa Norte de Mindoro, 
si le era posible, hasta dar fondo en Calapan, observan- 
do cuidadosamente si aparecía alguna embarcación 
para reconocerla á toda costa. Después de evacuar esta 
comisión debía procurar reunirse con la división de 
lanchas de D. Hipólito Sevire, que el día 28 de Di- 
ciembre anterior habia salido de Batangas á recono- 
cer Marinduque, y prevenir á éste que regresase á 
Manila y las precauciones con que lo debía ejecutar. 
Como se creia que hubiesen tomado el mismo derro- 
tero las tres lanchas apresadas por los ingleses, se le 
prevenía que si hubiese proporción, se reunieran am- 
bos para rescatarlas. Debía, en fin. Torres, dar noti- 
cia de lo que ocurría á todos los buques que encon- 
trase, y todos los pueblos donde tocara, para que estu- 
viesen dispuestos á la guerra. 

No necesitamos añadir que aunque Torres se en- 
contró con Sevire, no hubo ocasión de que ambos 
cumplieran la arrogante orden, y las lanchas queda- 
ron perdidas para siempre. 



Capitulo XXVI. 1 95 



El alcalde mayor de Iloylo, D. Damián Nobales, 
ejercía la jurisdicción militar, no sólo sobre su provin- 
cia, sino sobre la de Capiz y Antique. Con motivo del 
apresamiento de la lancha en este último punto, man- 
dó al capitán D. José Arrióla al socorro de Antique, 
con la orden de que si solo existia allí un navio ene- 
migo, y si los víveres que solicitaba eran de poca 
monta, se le franqueasen á condición de que saliera 
inmediatamente; providencia, sin duda, más cómoda 
que la de internar los ganados y disponerse á noble 
defensa, como se habia prevenido á las provincias en 
orden general. Nobales, con mucha sencillez, la par- 
ticipó al Sr. Aguilar, siendo reprendido con la mayor 
energía, como también los responsables de la perdida 
de las tres lanchas en la isla del Corregidor, á quien 
se formó expediente. 

En cambio á todos los habitantes del pueblo de San 
Jacinto, en Albay, se dieron las más expresivas gra- 
cias á nombre de S. M. por la honradez y lealtad 
que habían demostrado en resistir á los ingleses, que- 
dando libres de pagar tributos por un año para que 
continuaran manejándose en lo sucesivo de modo 
que ofrecieran ejemplo á sus compatriotas; á cuyo 
efecto se les suministraron más cañones, fusiles y 
municiones, proporcionalmente á las graves circuns- 
tancias que reinaban. Los principales que los habían 
capitaneado recibieron mayores premios y las viudas 
pensiones. El cura párroco Fr. Gabino de San Este- 
ban, que con sus consejos habia contribuido á tan glo- 
riosa acción, recibió por separado las Reales gracias 



1 96 Guerras piráticas de Filipinas. 

y fué recomendado á su provincial para que le pre- 
miara con otro curato mejor. 

Entrado el mes de Marzo, se creyó que la estación 
contribuiría á que no permaneciesen en las inmedia- 
ciones de esta isla los buques ingleses, y así en efec- 
to fué; pero por despedida quisieron en Zamboan- 
ga intentar un desembarco. La gente del presidio es- 
taba tan entusiasmada, que tuvieron que reembarcarse 
á toda priesa, con bastante pérdida, contentándose 
con dirigir sobre la plaza un horroroso tiroteo. La se- 
renidad y el acierto con que los zamboangueños mane- 
jaron una batería de la playa, amedrentó tanto á los 
ingleses, que ellos mismos alababan la conducta bizar- 
ra de una guarnición que les habia parecido despre- 
ciable. Esto ocurrió el 21 de Abril y en recompensa 
se dieron ascensos á los militares que habían dirigido 
la función, pensiones á los inutilizados y lo mismo á 
las viudas y se declaró libres de pagar diezmos por seis 
años á todos los individuos de los tres gremios que 
allí se distinguen con los nombres de lubaos, suba- 
nos y visayas ó marineros. 

Los moros, entretanto, envalentonados con la pre- 
sencia de los buques ingleses, hacían sus correrías 
impunemente y atacaron varios pueblos de Caraga; 
pero el alcalde mayor envió una armadilla á cargo 
de D. Juan Manuel de Elgoíbar contra los que es- 
taban guarecidos en la isla de Jiboson, teniendo la 
fortuna de cogerles tres pancos grandes cargados de 
efectos que acababan de robar y veinticuatro cauti- 
vos cristianos, si bien tuvo Elgoíbar el pesar de no 



Capitulo XXV I. 1 97 

poder salvar á otros seis cautivos cristianos que fue- 
ron arrastrados por los moros á los bosques, donde 
los sacrificaron á su rabia. 

El Gobierno, en esta época, habia reducido el nú- 
mero de lanchas armadas por falta de caudales, y no 
pudo hacer otra cosa que mandar á Caraga armas y 
pertrechos. La situación era apuradísima. Para man- 
tener tantas fuerzas habia que recurrir á arbitrios algo 
violentos. Afortunadamente, la vigía de San Ildefon- 
so avisó haber sido reconocida una fragata de guerra 
española, que presentaba todas las apariencias de la 
María. (Además de esta vigía acababan de estable- 
cerse otras dos en el cabo Bogeador y en el del Es- 
píritu Santo, mientras durara la guerra con los ingle- 
ses.) Con esto se alegraron los ánimos de todos, pues 
ya hemos dicho que á la fragata María se la consi- 
deraba perdida en alta mar. Poco duró el contento, 
pues era la fragata Fama^ al mando de D. José Ro- 
bredo, quien al instante que se impuso del estado de 
las cosas, se dirigió hacia el Norte, recibiéndose el 
i.° de Junio la plausible noticia de su arribo á Caga- 
yan, conduciendo un millón y doscientos mil pesos 
que fueron traídos por tierra á Manila. 

No faltaron por aquellos dias lances graciosos y 
equivocaciones de los indios. Grande alarma tuvimos 
porque los naturales de Albay confundieron nuestras 
fragatas Cabeza y Lucía^ del mando de Barcaíztegui, 
con otras enemigas, pues andaban cruzando por aque- 
llas costas para'asegurar el viaje que debían emprender 
la nao de Acapulco, San Andrés^ y la fragata Pilar^ que 



1 98 Guerras piráticas de Filipinas. 



iba á convoyarla. Salieron ambas, en efecto, la tarde 
del 15, desembocando felizmente, y habiendo logrado 
cinco ó seis dias de vendabal fresco, se esperaba su 
pronta recalada al estrecho de San Bernardino, cuan- 
do en la tarde del 3 de Octubre se recibió inespera- 
damente la infausta noticia de la pérdida de la nao con 
todo su rico cargamento, por haber tenido un choque 
en las piedras de la punta NE. del Naranjo. A esta 
desgracia acompañó la arribada del navio Rey CárloSy 
de la propiedad de la Compañía filipina, y el senti- 
miento del Sr. Aguilar solo pudo mitigarse al saber 
que D. Ventura de Barcaíztegui se hallaba en el puer- 
to de San Jacinto con sus fragatas y habia podido sal- 
var toda la gente del San Andrés. 

El comandante de la nao perdida, D . Manuel Le- 
caroz, individuo de este comercio, que se titulaba ge- 
neral de Galeón como los que le habian antecedido 
en el cargo, fué sometido á un expediente, yendo allá 
el auditor de guerra para la averiguación del hecho; 
pero como suele suceder, escritos muchísimos pliegos 
se cohonestaron como se pudo el descuido y la igno- 
rancia. 

Por este tiempo la escuadra no recibía aún de Mé- 
jico la asignación directa de seiscientos mil pesos que 
después se le señaló. En el mes de Julio, el Sr. Alaba 
hizo presente al Gobierno su escasez y preguntaba 
con qué cantidad de la que habia conducido la Fama 
podía contar, en inteligencia de que el alcance total 
de sueldos ascendía á 453.815 pesos próximamente. 

Notable apuro el de los oficiales reales. El caudal 



Capítulo XXVI. 1 99 

conducido por la Fama no alcanzaba, con mucho, á 
cubrir los empeños de la Hacienda con obras pias, 
comunidades y particulares, cuyos contratos se habían 
hecho á pagar de los primeros situados. La deuda to- 
tal ascendía á 1.322.260 pesos y pico, sin incluir la 
contraída con la renta del tabaco, que ascendía á 
1.229.893 pesos, ni 42.000 que habla adelantado el 
convento de San Agustín, ni los sueldos y gratiñcacio- 
nes de mesa que se hablan ofrecido á la escuadra, ni 
los sueldos por entero de muchos militares y emplea- 
dos que voluntariamente hablan convenido en esperar 
á recibirlos cuando llegara la nao, ni los medios suel- 
dos y tercios de los que pasaban de quinientos y de 
mil pesos anuales, ni un descuento hecho á la tropa 
desde i.*^ de Mayo del año anterior, ni, finalmente, 
los sueldos y prest del escuadrón de Dragones, que 
sa propio comandante habla pagado de su peculio 
desde Febrero á Junio inclusive. 

El Gobierno, en tal conflicto, contestó á la escuadra 
que la considerarla como una atención igual al ejér- 
cito y demás ramos de las islas, haciéndola partícipe de 
iguales beneficios y necesidades, y que áeste fin conve- 
nia tener á la vista un presupuesto circunstanciado 
de sus gastos para hacer con toda equidad el reparto 
de los recursos que pudieran arbitrarse. No sólo cum- 
plió el Gobierno su palabra remediando las necesida- 
des de la marina en lo posible, sino que por este tiem- 
po concibió un proyecto el Sr. Aguilar que quizás 
estaba relacionado con el asunto. Era sacar de la ca- 
pital el tesoro real y el público con todas las alhajas 



200 Guerras piráticas de Filipinas. 

de valor, así del Gobierno como de los particulares, 
para que no fueran presa de los enemigos en caso 
de una invasión inglesa, asegurando que tenia noti- 
cias reservadas, pero ciertas, de que iba á verificarse. 
La gente creyó que se trataba de saber con qué cau- 
dales podria contar el Gobierno si las necesidades lle- 
garan á apurarle mucho; y aunque salió, en efecto, el 
tesoro real á cargo del tesorero D. Juan Bautista Re- 
villa, ni las obras pias, ni ningún particular movieron 
sus caudales, temerosos de que el general se echase 
sobre ellos por via de empréstito. Con tal fracaso, 
Revilia no pasó de Malolos, en la provincia de Bula- 
can, volviéndose poco después con no pocos gastos 
infructuosos y quebrantos. 



CAP. XXVII. — Continuación de las cuestiones 
administrativas . Nuevas hostilidades con los 
moros (1798). 



SI en el arsenal de Cavite se hacían gastos insopor- 
tables con motivo de las carenas y recorridas de 
los buques, no ocurrian menores en la Barraca, es- 
tablecimiento que estaba á cargo de D. Juan Nepo- 
muceno Acuña, siendo instructor director de obras 
D. Juan del Villar, hombre en quien el Gobierno 



Capítulo XXVII. 201 

tenia puesta toda su confianza por sus grandes co- 
nocimientos. Sin embargo, en las nuevas lanchas ca- 
ñoneras se advertia el defecto de no poderse usar 
fácilmente del cañón. En cambio, el oersonal de obre- 
ros era tanto que no podía sufragarlo la Hacienda. 
Yendo y viniendo consultas, se autorizó al fin á los 
jefes de ambos arsenales para que admitiesen ó des- 
pidiesen operarios, en razón del aumento ó dismi- 
nución de las atenciones de los establecimientos, lo 
que en vez de evitar desórdenes, trajo después otros 
mayores, abriendo la puerta á mil abusos. 

Otros análogos ocurrían en la vigilancia. Desde 
que comenzó la monzón de vendábales en este año, 
no se habia verificado .que ninguna de cuantas em- 
barcaciones entraban en bahía hubiese sido recono- 
cida por la división de lanchas del Corregidor, y hubo 
que disponer inmediatamente el relevo de los oficia- 
les que mandaban aquellas fuerzas, conminando á 
sus sucesores, particularmente el comandante, con gra- 
ve responsabilidad. Los oficiales se disculpaban con 
aquel defecto de que hemos hablado, pues si una de 
las falúas no arroja á la mar un obús desproporcio- 
nado que llevaba á proa, cuando quiso hacer frente á 
una mar gruesa, perece sin remedio. 

Entretanto, las complicaciones de Manila dejaban 
campo abierto á los moros para sus piraterías. Los 
desdichados pueblos de Baler, Casiguran y Palauan, 
entonces de la jurisdicción de Tayabas, fueron inva- 
didos. Iglesias, casas, arbolados, todo fué reducido á 
cenizas, llevándose los moros cuatrocientas cincuenta 



202 Guerras piráticas de Filipinas. 

personas cautivas, entre ellas los tres párrocos; pre- 
sa que siempre han codiciado los moros, por lo mu- 
cho que sacan de su rescate. La armadilla invasora 
consistia en veinticuatro pancos, procedentes la ma- 
yor parte de Mindanao, con quinientos moros y ocho- 
cientos cautivos. Hacia cuatro años que estaba es- 
tablecida en Burlas y desde aquí vinieron cautivando 
y hostilizando por los pueblos de Bondo, Abac, Ta- 
ragua, Calolbong, Catanduanes, Capalonga, Mambu- 
lao, Capiz, Sibuyan, Baler, Casiguran, Palauan y 
Santor. 

A consecuencia de este funesto aviso, el Gobierno 
autorizó al comandante Gómez para por sí mismo 
nombrar los oficiales que habían de salir con cuatro 
lanchas cañoneras de su elección, reunirse con las de 
Camarines y perseguir á los piratas. En lugar de ca- 
ñones de á 24, habían de llevar las lanchas de á 12. 
Los moros aún estaban en Palauan y sus inmedia- 
ciones cometiendo toda suerte de iniquidades, refor- 
zados por otros piratas, llegando ya los pancos á cua- 
renta. También se envió por tierra la compañía vo- 
luntarios á caballo de San Miguel de Mayumo. 

Aunque continuaban establecidas las seis divisiones 
de corso, éste no podía hacerse con regularidad por las 
circunstancias. Había estaciones del año en que la 
guerra con los ingleses exigía que el grueso de lanchas 
cañoneras, obuseras y bombarderas se retirase á sus 
respectivos apostaderos de Manila y Cavíte, no sólo 
para defender el puerto, sino también la escuadra que 
se refugiaba en él. Lo único que hubiera podido ha- 



Capítulo XXVII. 20 3 

cer el Gobierno era atacar con la formidable armada 
sutil y con una ó dos fragatas de guerra á los moros 
en sus mismas posesiones, lo que hubiera producido 
un fruto admirable, destruyendo sus pueblos, que- 
mando sus embarcaciones, tomándoles su artillería, que 
solian tener abandonada á las orillas del mar, y por 
último, causándoles estragos irreparables para mucho 
tiempo; pero la capitanía general no creía hallarse 
autorizada para utilizar la marina de guerra en expe- 
diciones contra régulos ó soberanos, con quienes se 
estaba en paz, y que al hacerles cargo de las pirate- 
rías de sus vasallos, contestaban ser ellos muy débiles 
para mantener el orden, sus datos más poderosos que 
los mismos reyes, y el pueblo decidido en favor de 
las piraterías. 

A fin de estudiar este asunto se pasaron al ase- 
sor general cuantas órdenes de S. M. existían en los 
archivos del Gobierno, referentes á corso, contesta- 
ciones á las consultas hechas por la capitanía general, 
paces celebradas con ellos, y por último, cuanto se 
encontrase en orden á autorizar ó prohibir á los go- 
bernadores de Filipinas expediciones contra la pirate- 
ría, en mayor ó menor escala. 

Entretanto, los moros se habían retirado queman- 
do la iglesia de Casiguran, y llevándose cautivo al 
padre Fr. Bartolomé Pichardo, desgracia que se acha- 
có al abandono del gobernadorcillo y á la lentitud del 
alcalde de Tayabas, no faltando quien la achacase á 
causas peores, pues ya las autoridades y los pueblos 
estaban sobre aviso. 



204 Guerras piráticas de Filipinas. 

También, entretanto, continuaban hostigados por 
los moros la tropa y gente del presidio de Zamboan- 
ga, sin bastar precaución alguna contra los ataques 
reiterados de los de Sibuco, Mindanao, y mayor- 
mente los basilanos, que ocultándose en los rios y 
manglares inmediatos, sorprendían á los que pasaban, 
saliéndose después en son de burlas á tiro de los ba- 
luartes. Al mando del capitán de fragata don Salvador 
Melendez salió el 25 de Julio de 1798 la armadilla y 
barotos del pueblo por cinco dias á bojear la isla de 
Basilan, donde se les hizo no poco daño, cogiéndose 
á los piratas, entre muchas cosas, la correspondencia en 
árabe que seguian con los de Joló. Al recibir esta no- 
ticia mandó el sultán de Joló á aquel presidio un con- 
fidente suyo con cartas , ofreciendo por su parte que 
en lo sucesivo guardarla buena paz y armonía con los 
españoles; pero de Manila se contestó al gobernador 
que no admitiera paces, si no era con la base fundamen- 
tal de restitución de cautivos, pues tenian en su poder 
los de seis años lo menos, aprehendidos en medio de 
la paz y con violación de todo derecho. Las condi- 
ciones y las ilusiones de siempre. Sin hacer, como 
queria el gobernador, un corso constante que les 
imposibilitara el tráfico que entre sí tenian para 
proveerse de los renglones de más necesidad, y sin 
evitar el comercio de los champanes de China, que les 
llevan anualmente todos los artículos que necesitan 
mayormente el compao, que es la moneda que co- 
munmente corre en sus cambios, no puede esperarse 
buen resultado; pero haciendo esto Joló seria abando- 



Capitulo XX VIL 2o5 

nado de la multitud de chinos que se hallaban allí ra- 
dicados, y sin la estraccion de concha, balate, nido, 
etcétera, los cautivos en poco ó en nada podrian em- 
plearse, y llegarian á serles hasta costosos. Desde muy 
atrás, y aun en el dia, se permite tácitamente en Zam- 
boanga la extracción de palay para Joló, y en la costa 
de Iligan y Misamis entonces y ahora se consentía á 
los moros celebrar todos los sábados sus mercados, 
ferias ó tianguis, como dicen los filipinos, donde cam- 
bian sus productos por los nuestros, sobre todo palay, 
que además nuestras mismas embarcaciones les llevan 
á Joló. De aquí que fuese este nido de piratas como 
una lonja de cambios, donde no escaseaba nada. Vi- 
gilar y tener limpios los rios Quipit y Laraga, que 
eran entonces las madrigueras, de donde atravesaban 
unos por tierra á Mindanao y otros á Joló á efectuar 
sus cambios; tener en continuo movimiento la arma- 
dilla de Zamboanga, que por su situación topográfica 
podia y debia estorbar á los moros sus pirateos y con- 
tinuas expediciones de Punta de Flechas á Basilan, y 
desde Punta Gorda á Orejas de Liebre; he aquí los 
únicos medios para que los moros se vieran obligados 
á dejar en paz á los pueblos playeros, dándose á parti- 
do los mindanaos é llanos . Tras éstos vendrían indu- 
dablemente los joloanos. 

Mindanao presenta mayores flancos aún, y una ar- 
madilla constante dentro de sus lagunas y esteros 
protegida por embarcaciones que le trasportasen los 
víveres necesarios, produciría análogos frutos. Por 
entonces sólo se consiguió hacer una capitulación con 



2o6 Guerras piráticas de Filipinas. 

el príncipe Pauton, y los urancayas de Basilan, cuyo 
artículo primero ofrecía la pronta entrega de los 
cautivos, capitulación que fué aprobada por el Gobier- 
no de Manila, á reserva de la tramitación del expe- 
diente sobre hacer una expedición formal contra Joló 
y demás islas piráticas. 

iVsí finalizaba el año de 1798, año fatal, como con- 
fesó el mismo Sr. Aguilar el día 12 de Diciembre, en 
una carta escrita al Reverendo obispo' de Camarines, 
que estaba lleno del mayor cuidado por la suerte de 
las dos fragatas de guerra, la Cabeza y la Lucía. La 
primera se presentó en este puerto desarbolada de to- 
dos sus palos y noticiando su comandante don Ventu- 
ra de Barcaíztegui el riesgo en que había estado de 
perderse; la Lucía había arribado á Sorsogon, como 
Barcaíztegui esperaba que lo ejecutase también el 
Rey Cárlos\ pero no sucedió, por desgracia, así. Tam- 
bién se supo la pérdida de la embarcación del alcalde 
de Camarines con un rico cargamento de frutos para 
el Real Haber. En aquel año fueron repetidos y fu- 
riosos los temporales. 

Aprovechándose la estancia en Manila del Sr. Bar- 
caíztegui, se le consultó el expediente general de pira- 
tería, y en efecto, el día i.*' de Enero de 1799 produ- 
jo su informe á bordo de su fragata, reducido á que la 
persecución debia hacerse por fuerzas locales de las 
mismas provincias, dirigidas y auxiliadas por el Go- 
bierno. 

Pasado su informe al asesor general, lo evacuó 
dividido en diferentes artículos ó párrafos, con los 



Capitulo XXVII. 207 



cuales, y principalmente con el quinto, sexto y sépti- 
mo, el Gobierno formó una instrucción inmediatamente 
y la hizo circular á todas las provincias del Archipié- 
lago, previniendo estrechamente a los alcaldes mayores 
dirigiesen un ejemplar á cada pueblo de su mando. 
Por ella los gobernadorcillos quedaban con sus perso- 
nas y bienes responsables de los cañones, fusiles y 
efectos de la guarnición del pueblo, que se debian en- 
tregar unos á otros con inventario autorizado por el 
párroco. Cada cuatro meses se habia de hacer un 
reconocimiento firmado del gobernadorcillo y tes- 
tigos acompañados, así del estado de los efectos y mu- 
niciones como de lo que se hubiese consumido en 
cualquier función de guerra, todo certificado por el 
fraile , á quien se rogaba y encargaba tuviese a 
bien remitirlo directamente al Gobierno, pues como 
única persona de celo y carácter, se le fiaba esta dili- 
gencia tan interesante al bien común de las islas. ¡Oué 
ofensa para los alcaldes! pero castigo digno de su 
mala conducta, que el Sr. Barcaíztegui en su informe 
habiá pintado tal como era. 

Con menos prudencia se advertía asimismo que si 
algún arma, cañón ó municiones se extraía de su depó- 
sito, aunque fuese por el alcalde mayor ó por su or- 
den, seria despojado el gobernadorcillo de su vara, 
privado por cuatro años de tener ninguna de justicia 
y multado en cincuenta pesos, ó en caso de insolven- 
cia, remitido á la capital á los trabajos de las calles por 
seis meses; si bien se preveía la debilidad ingénita de 
estos pobres funcionarios y el abuso de aquéllos, dis- 



2o8 Guerras piráticas de Filipinas. 

poniendo que si á pesar de su resistencia lo extrajese 
el alcalde mayor, diera cuenta al Gobierno inmediata- 
mente, único modo de libertarse. - 

A cada alcalde mayor que extrajese del pueblo ca- 
ñones ó armas de su dotación bajo cualquier pretesto, 
se le multaba por cada cañón en trescientos pesos, por 
cada fusil en ciento y por cada bala y libra de pólvora 
en cincuenta, y si fuese para servicio propio ó de su 
comercio, doble. Y como también solian, y aún suelen, 
á pesar de todo, echar los alcaldes mano de los solda- 
dos de su provincia para guarnecer sus embarcaciones 
ó labrar sus campos, se les imponía otra multa de cin- 
cuenta pesos por cada soldado. 

Los pueblos , entretanto , habian celebrado sus 
juntas para tratar sobre esta eterna materia del 
corso en cumplimiento de orden superior, y acor- 
daron los de la cabecera de Albay construir á su 
costa una lancha tripulada con treinta hombres, los 
cuales sirviesen en la guerra libres de tributo y de po- 
los y racionados mientras estuviesen á bordo. Los de 
Palanas acordaron construir un panco tripulado por 
veintinueve hombres; los de Biras, otro con 25; los de 
Bato, en la isla de Catanduanes, un parao con 25 hom- 
bres; los de Caracndran, otro parao con 20; los de Pa- 
yo, otro parao con 24 hombres; los de Tambogon, 
otro parao con 20 hombres; los de Biga, otro parao 
con 30; los de Pandan, un^parao con 20; los de Baga- 
manoc, otro con otros 20; los de Tabgon, por su suma 
pobreza y cortedad de vecindario, no pudieron ofre- 
cer ninguna embarcación; los de Caramoan, tampoco; 



Capitulo XXVII. 2o9 



los de Lagonoy, ofrecieron una vinta con cuarenta bo- 
gas fuera de los oficiales; los de Tavi, otra vinta con 
quince hombres; los de Malanao, á pesar de su situa- 
ción local distante de li mar como 150 brazas defen- 
didos por varios fuertecillos, ofrecieron tripular una 
vinta con cuarenta hombres; los de Bagacay, una vin- 
ta con treinta y un panquillo de convoy tripulado con 
veinte; los de Libog, un parao con veinte hombres; 
los de Bulusan, dos lanchas tripuladas por treinta 
hombres cada una, sin contar los oficiales; los de Gu- 
bat, ofrecieron también dos lanchas de media cubierta 
tripulada cada una por treinta hombres; los de Casi- 
guran ofrecieron dos pancos, y don Agustin Campu- 
zano, vecino del mismo pueblo, una lancha, todos tres 
buques tripulados por noventa hombres; los de Juban 
acordaron construir un panco y una vinta, con cua- 
renta hombres de tripulación el primero y la segunda 
con veinticinco; los de Bacon, una vinta con treinta y 
, cinco hombres; los de Sorsogon, que tenian una vin- 
tilla y falúa bien armadas y tripuladas, las tuvieron 
por bastantes para defenderse; los de Guipia, otorga- 
ron construir un panco y tripularlo con veinticinco 
hombres; los de Donzol, una vinta con treinta; los de 
San Jacinto, una vinta con treinta y cinco hombres; los 
de Molo, en la isla de Masbate, una vinta tripulada 
con veinte hombres; y los de Buseno otorgaron tri- 
pular un casco con veinticuatro. 

Para armar estas embarcaciones y guarnecer algu- 
nos castillejos solicitaban cinco cañones de bronce de 
á 8, dos de á 6, cuarenta y seis de á 4, sesenta v ocho 



2IO Guerras piráticas de Filipinas. 

de á 2, cincuenta de á i, diez y nueve de medio y 
trescientos cincuenta y siete fusiles. La regulación que 
hicieron los oficiales reales de lo que podria costar 
todo este armamento, ascendió á 20.699 pesos, y di- 
jeron en su informe que las armas blancas y de fuego, 
especialmente los fusiles, se inutilizaban en provincias 
por falta de un armero que las compusiese con facili- 
dad, y así en el caso de que aquellos pueblos fuesen 
socorridos con el todo ó parte de las que pedian, era 
indispensable la creación de un maestro armero, que 
seria mayor el ahorro que de eso resultarla que el suel- 
do con que pudiera dotársele. Con la contribución de 
vintas establecida en 1782, aunque solo la pagaban las 
provincias de Bulacan y la Pampanga, se creyó poder 
hacer frente á las circunstancias. 

Entre los diferentes expedientes y otros datos que 
se hallaban por este tiempo en el estudio del asesor, 
se hace mucha recomendación y encarecimiento de los 
últimos y más principales párrafos de una carta del 
padre Juan Anglés, de la Compañía de Jesús, superior 
de la misión que fué á Joló, escrita el 24 de Setiembre 
de 1748, y del voto de don Mariano Tobías en la jun- 
ta de guerra que se verificó en palacio el 1 8 de Agos- 
to de 177B para la erección de la armada de vintas. 
En efecto, son curiosos é importantes ambos docu- 
mentos (i). 



(i) párrafos de la carta del padre JUAN ANGLES. 
" si no quieren (los moros) abandonar las pro- 
vincias, y aun la ensenada de Manila, adonde han llegado los tirones, 



Capítulo XXVIII. 21 L 



CAP. XXVIII. — Tregua general. 



Los moros, como se ha visto en el curso de esta 
obra, son incapaces de observar ninguna máxima 
moral, y si fuera dable que se aliaran las naciones cuyos 
intereses están en oposición con sus fatales ideas j 
hechos, seria sumamente fácil exterminarlos. Pero 
en vez de esto, lo que sucede es que las naciones, 



¿qué harán los joloanos con malanaos y mindanaos, que todos van ya 
á una: Si volvemos los ojos á lo pasado, no hallaremos más que traicio- 
nes j y paces quebrantadas (de) todos los tratados de paz antl- 

e;uos y modernos, que se han hecho de cien años (á esta parte) no 

han guardado un sólo artículo que sea oneroso para ellos, como restituir 

cautivos, pagar algún reconocimiento al rey nuestro señor ni uno 

sólo; pues ¿por qué queremos meternos más, sin bastar la esperiencia de 
cien años, en tratados con gentes, que ni á Dios, ni al rey, ni entre sí, ni 
con otras naciones guardan fidelidad? Después que les conquistó el go- 
bernador Corcuera y que ya pagaban tributo los joloes, y los abandona- 
mos por la guerra con los holandeses, apenas se podría sumar lo que ha 
gastado el Gobierno de Manila en armadas, las más de ellas inútiles; pe- 
ro si bien se mira, se hallará, que es porque las cosas no se han tomado 
jamás de veras, sino á poquitos y á remiendos, ni se ha persistido en la 
guerra, sino ahora guerra, ahora paz, quenunca ellos han guardado, ni 
guardarán, porque su hacienda consiste en esclavos, y comerciar con 
esclavos, como las demás naciones con dinero, y primero dejará el gavi- 
lán sus uñas y pico, que ellos sus piraterías. A Corcuera costó tanto el 
conquistarlos, porque ya entonces les ayudaban de oculto los holandeses 
y tenían un gran liarrio de macazares, que ahora no tienen, que hicieron 



2 1 2 Guerras piráticas de Filipinas . 



celosas unas de otras, como lo son los hombres, in- 
teriormente se alegran del mal de sus rivales. Por el 
temor á los ingleses no hicimos nosotros entonces una 
que fuera sonada con los piratas. 

Don José Calvez habia regresado á esta bahía, con 
su escuadra sutil destinada á limpiar las costas orien- 
tales de Luzon, sin haber cumplido con su deber ni 
decir las razones que le impidieron desembocar el 
estrecho de San Bernardino. El comandante Gómez 
le exigió el diario de navegación para elevarlo á la 
superioridad, y aunque no pudo justificarse su con- 
ducta, nada se decidió, porque su castigo ''no ha- 
bia de remediar lo pasado ni lo futuro," según se 



la mayor resistencia; y porque él tuvo la culpa, pues con bizarría poco 
prudente al acabar la conquista de los mindanaos, les envió á decir que se 
previniesen, que al año siguiente iria á visitarles, y ellos lo hicieron tan 
bien que por poco le pesa el aviso. Ahora no hay que temer de holande- 
ses, ni es creíble que estos quieran reñir con nuestro rey y perder el co- 
mercio de España y América por una cortedad que pueden esperar de 

Joló, fuera de estar picados con el sultán Las tuerzas de Joló son 

ningunas, ni se pueden mantener un dia (las murallas.^) La principal es de 
piedras pequeñas stcas, con tierra, de menos de tres varas de alto, y mal 
compuesta, de suerte que con cualquier aguacero se derrumba, y yo vi 
caerse un buen pedazo de baluarte por una lluvia mediana. Las demás de 
palos y tablas, con un buen cañón de á diez y ochóse pueden batir en bre- 
ve. La artillería que tienen es bastante, pero parte de los cañones dtsfo- 
gonados y parte sin cureñas, y los que las tienen, tan flacas, que á pocos 
tiros han de caerse. En la gente no he visto yo, ni ejercicio, ni la destrtza 
en las armas que dicen: lo que sí he visto, mucha poltronería y fli jedad, 
y á todo Joló dado al ocio y los deleites , como nuestros visayas, 
y pereza, menos en hurtar y engañar, que en esto pueden, sin contro- 
versia, esceder á los más diestros. 

"Dicen que son buenos piratas, y lo creo, ilonde no ven resistencia, por 



Capítulo XXVHL 21 3 



decía. ¡Vaya un principio de gobierno! Esto fué en 
Febrero, y se esperaba que el inglés no se dejase ver 
hasta Agosto ó Setiembre, por cuya razón se consi- 
deró prudente disminuir gastos, cesando el servicio 
de campaña y disminuyendo el número de lanchas 
auxiliares de la escuadra. 



lo demás, traidores, y cara á cara cobardes, quitando el primer ímpetu, 
¿qué muchas veces es del... (anfión?) 

"Es, pues, fácil la conquista de Joló, como se tome de veras; cual- 
quiera conocerá que vale más gastar diez con provecho, y tomándolo con 
empeño hasta llevarlo á cabo, que gastar veinte á poquitos y sin fruto, 
máxime que siempre será necesario, pues ellos no han de dejar de inquie- 
tarnos. 

"Los joloes no cojen arroz para la cuarta parte del año, y lo han de ir 
á buscar á otra parte, pues al tiempo de sembrarlo, que es á principio de 
Abril, es cuando padecen más carestía, y cuando están más esparcidos, 
pues este es el tiempo hasta último de Junio, en que los datos con su gen- 
te se esparcen por las islitas á la pesquería de perlas, y recojer carey, ba- 
late, ámbar, nido, madre perla, etc., y esta diligencia no la fian de otros, 
y entonces Joló está falto de gente. Con una armada de quinientos espa- 
ñoles con un buen general y dos ó tres mil indios y mestizos escogidos, 
previniendo y convocando con tiempo las caracoas visayas, habrá gente 
para embestirlo por todas partes, y dividiendo las tropas con proporción 
y al mismo tiempo enviando de cinco en cinco panquillos, de veinte hom- 
bres armados (pues para los bajos que hay en algunas partes no son 
á propósito otras embarcaciones), con algunos pedreros y buenos prácti- 
cos, que no faltan en Zamboanga, se les cogerían muchos esclavos en las 
islitas que están indefensas y viven con el mismo descuido que nuestres 

visayas Entre tanto, para que no &e les junten los malanaos, ni estos 

ni los joloes hagan mal á las islas, es menester echar dos galeras con un 
par de panquillos ligeros sobre las costas de Joló y otras dos sobre las 
de Mindanao. El sultán de Joló confiesa, que habiendo estado sobre las 
costas de su isla nueve meses el gobernador de Zamboanga, que entonces 
era capitán de ima galera en tiempo del gobierno de D. Francisco Cárde- 
nas, llegaron á tal miseria, que él mismo comió rajas de plátano por no 



214 Guerras piráticas de Filipinas. 

Diez cañoneras fueron las desarmadas en el mo- 
mento. De las divisiones de lanchas, la del m.ando de 
Torres andaba por el Estrecho, sabiéndose positi- 
vamente que las 24Joangas de moros que habian in- 
festado la costa Oriental se hallaban en Binangonan 
Malayo, donde habian vendido al padre ministro 



tener arroz Ojalá que todos los gobernadores de Zamboanga lo hi- 
cieran así, pues lo mismo gastan las embarcaciones en las costas enemi- 
gas que en el puerto, y no que emplean las fuerzas que da el rey para la 
defensa de las islas, en sus granjerias " 



VOTO DE D. MARIANO TOBÍAS. 

" que le parecen muy útiles para contener las piraterías los de- 
partamentos ó divisiones, á saber : la de Cavite, costeada por la Real 
Hacienda y con la obligación de cruzar y hacer su corso desde dicho 
punto hasta la punta de Tinanguiasan de la costa Sur de Luzon, recor- 
riendo las costas y puertos de Mindoro, Marinduque, Tablas, Romblon 
y Sibuyan y las intermedias. Segunda división de Iloylo, costeada por los 
armadores, como también las otras dos que siguen, teniendo á su cargo 
las islas de Panay, Negros, Masbate, Burlas, Ticao y costa de Luzon, 
desde la punta de Tinanguiasan hasta el puerto de Sorsogon, con las pe- 
queñas islas intermedias, y cuando lo permitan las monzones, dejándose 
ver en la Paragua y Calamianes. Tercera división, la de Zebú, siendo su 
objeto la defensa de esta isla y las de Bohol, Samar y Leyte, así como las 
pequeñas situadas á la parte Oeste hasta el estrecho de San Bernardino: 
Cuarta división, la de Iligan, siendo su destino cruzar y hacer el corso 
en toda la costa Norte y Oeste.de la isla de Mindanao, doblando la Pun- 
ta gorda hasta el presidio de Zamboanga, para poner en conocimiento 
de aquel gobernador lo que pueda convenir, y atendiendo también al 
resguardo de la costa Oeste de Mindanao, tocando en sus barras y puer- 
tos con el mismo objeto de adquirir noticias de moros, y respecto á ser 
esta isla en la que más establecimientos tienen, no separarse de ella, 
cuyo principal abrigo y resguardo de los piratas está en la ensenada y 



Capitulo XXVIII. 21 5 

de Casiguran en 2.500 pesos, y no habiendo po- 
dido hacer lo mismo con los de Panaman y Baler, 
intentaban pasar á Mauban para conseguirlo, desde 
donde era preciso ó que regresasen á sus estableci- 
mientos pasando por delante de Camarines, ó volvie- 
sen hacia el Norte, hasta que la monzón cediese y 
con víveres de refresco convalecieran de la peste que 
les deboraba. Para ambas eventualidades tomó el Go- 
bierno providencias , siendo de notar la constitu- 



pequeño golfo de Panqué, y en el rio Linamon, donde conviene perse- 
guirlos: no metiéndose á discurrir sobre las dificultades de este estable- 
cimiento, que quedan á la prudencia del señor gobernador (Basco). 

"Como esta espedicion se ha de hacer con los 50.000 pesos, que según 
el espediente ha concedido S. M., se va por una vez sola, y por falta de 
dinero en lo sucesivo ó por otras razones, no se continuará la persecución 
quedando en el mÍ3mo estado en que hoy nos hallamos, y los moros más 
orgullosos, en cuya virtud le parece débia pensarse en otro medio más 
eficaz y perpetuo, cual seria llevar la guerra á sus mismas islas en la forma 
siguiente: Siendo la principal residencia de los moros la de Mindanao, de 
cuyas costas poseemos todo lo que corre desde el cabo de San Agustín 
por Este Noroeste hasta Zamboanga, que es tener de cuatro partes de la 
circun 'herencia, las tres, poco masó menos, y en atención á que por estas 
playas nuestras no salen los moros excepto por el rio Linamon, que es por 
donde desagua la laguna de Malanao, deberla acabarse de tomar la otra 
parte que resta, fortificando con pequeños presidios el rio de Mindanao y 
las demás entradas principales, puertos y surgideros de dicha isla y la de 
Basilan y Joló (que creo no son muchos), poniendo además de esto, como 
dotación de los mismos presi iios, algunas vintas que recorran la caleta 
y pequeños ríos, que no merezcan el que se ponga en ellos un castillo, 
con lo cual quedarían cerrados los moros en el corazón de las islas. Pare- 
cerá difícil el pensamiento, pero bien se deja ver cuánto más difícil es cu- 
brir y defender dos ó tres mil leguas de costa que compondrán nuestras 
playas, en cuya defensa se ocupan todas las noches infructuosamente sobre 
quince mil hombres, que guarnecer una costa de cien leguas, poco raásj 



2i6 Guerras piráticas de Filipinas. 

cion en la costa de Baler hasta Palanan de un pi- 
quete ó división , bastante á destruirlos si ponian 
el pié en tierra. Esta fuerza habia ido por Gapan, 
Santor, y Pantabangan, donde los moros se hallaban 
atrincherados, mandada por don Matías Casal, capi- 
tán español del regimiento de milicias provinciales 
de Camarines y Tayabas, con otro capitán natural, 
un teniente, un subteniente, cuatro sargentos, diez 
cabos, un tambor y cien soldados, con orden de que 



que será la circunferencia que falta cubrir para cercar enteramente dichas 
islas enemigas. Fuera de que la dificultad no es tanta como parece, por- 
que trasladando á las principales madrigueras de los piratas en las costas 
que tienen hoy por suyas, así en Mindanao como en Basilan y Joló, mu- 
chos de los presidios que tenemos en nuestras costas de Luzon y otras 
partes se podria hacer, no sólo sin aumento de gasto á la Real Hacienda, 
sino tal vez con ahorro, porque creo (no estoy bien impuesto en esto), se- 
rán más los presidios que se quitarían por no necesarios, que los que se 
deberían poner en titrra de moros, y dado caso que fuese menester algún 
mayor gasto, no por esto seria necesario que el rej lo soportase, pues se 
puede asegurar que los pueblos fronterizos, que serán quinientos ó seis- 
cientos, los cuales están gastando mucho dinero en armas, pasando las 
noches en vela sin remediar nada, pues la mujer se vé privada del ma- 
rido, el marido de la mujer, el padre de los hijos y los hijos de sus padres, 
saqueadas las casas y quemadas, las iglesias destruidas y los ministros del 
Evangelio cautivosj estos pueblos, repito, contribuirían gustosos hasta 
desprenderse las mujeres de sus pobres alhajas, por ver en ejecución una 

obra que los redimiera de una vez de tantas vejaciones pero para 

esto era necesario que la viesen emprendida de veras, y en cuanto á la 
facilidad de establecer los presidios insinuados en las costas de los moros, 
no hay nada que decir, porque bien sabido es, que su resistencia consiste, 
por lo común, en la fuga, además de que en el dia, el príncipe Juibao que 
tiene su residencia en la boca de la laguna de Mindanao, nos está ofre- 
ciendo sus tierras y amistad para que nos fortifiquemos en ellas, de cuyo 
particular ha de haber más noticias en la secretaría del Gobierno " 



Capítulo XXVIIL 217 

se incorporasen los lanceros y otras gentes armadas 
de los pancos de aquella división marítima. Con esto 
y con una brillante expedición de Gómez á la contra- 
costa fueron espelidos los moros de los puntos que se 
ha dicho; escarmentados hasta cierto punto en Burias, 
desalojados los basilanos por el Gobernador de Zam- 
boanga de la isla de Pilas, desde cuyo abrigadero ha- 
cian bastantes daños, y tenidos á raya en Misamis, 
Iloylo y Negros, y llega el mes de Octubre con la 
noticia de que tres navios y tres fragatas de guerra 
inglesas, después de dejar al convoy de la Compañía 
de la India en Cantón, se preparaban á hostilizar esta 
bahía, lo que por entonces no tuvo efecto afortuna- 
damente. Doble fortuna, en verdad, pues así pudie- 
ron las autoridades consagrar toda su atención á las 
cuestiones interiores, que habia alguna inmensamente 
grave, como las rivalidades entre la marina corsaria y 
la de guerra, y entre el arsenal de la Barraca y el de 
Cavite, que tantos disgustos le proporcionaron al señor 
Aguilar, al Sr. Álava y al Sr, Barcaíztegui, apresu- 
rando quizás la muerte del primero, como causaron 
la de otros marinos. También este respiro de guerra 
permitió continuar el expediente de corso, como ve- 
remos en el capítulo siguiente. 



2i8 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XXIX. — Dictamen del asesor de Gobier- 
no en el expediente de piratería. 



ÉRALO el año de 1800, D. Rufino Suarez, y aun- 
que las diligencias pasaron a su estudio el i.° de 
Diciembre de 1798, hasta cerca de dos años después, 
ó sea el 26 de Abril de 1800, no produjo el siguiente 
dictamen, que insertamos casi íntegro por las cu- 
riosas noticias que contiene: 

"Reconociendo V. S. la necesidad de atacar á los 
moros en sus posesiones para con menos expendio 
de la real Hacienda contener de una vez sus pirate- 
rías, duda que el Gobierno tenga facultades para 
quebrantar las paces que existen con los sultanes de 
Joló y Mindanao; y deseando V. S. realizar este pen- 
samiento, si es compatible con las reales disposicio- 
nes, ha mandado se me pasen todos los expedientes 
antiguos sobre moros y los libros de las reales cé- 
dulas y órdenes, para que en vista de lo que de ello 
resulte le dé en el particular un fundado dictamen. 

"Dos son las dudas, y ambas parece están ya re- 
sueltas en la historia de Manila. En ella se lee que 
una de las singularidades del mando y capitanía ge- 
neral de las Filipinas, es el poder enviar embajado- 
res á los reyes inmediatos y declararles la guerra. 



Capitulo XXIX. 2i9 

Esta autoridad seria sin efecto si no le fuese anexa la 
de violar con justa causa los tratados de paces, de que 
se ven repetidos ejemplos en las expediciones costo- 
sas que aquellos excelentes gobernadores que ha te- 
nido Manila desde el año de 1635, formaron y en- 
viaron directamente contra las posesiones de estos 
enemigos, sin detenerse en las paces, que ellos nun- 
ca respetaron, ni en consultar á la corte, conside- 
rando peligrosísima esta irresolución, que á más de 
demorar el pronto escarmiento de su insolencia, au- 
mentaria su orgullo, y expondría más los pueblos á 
ser víctimas de su furor. 

''Estas militares empresas fueron aplaudidas, me- 
recieron la real aceptación y surtieron tan buen efec- 
to, que quedaron los moros aterrados por algún tiem- 
po, hasta que se les olvidó, y prevalecidos de las apu- 
radas circunstancias de los ulteriores Gobiernos, 
volvieron libremente á infestar con sus pancos el Ar- 
chipiélago Filipino; pero no faltó gobernador que si- 
guiendo las huellas de sus antecesores, volviera á 
castigarlos de tal suerte, que le pidieron la paz y la 
recibieron con las condiciones que quiso. 

"Un tratado entre soberanos es un sagrado, que 
no le es lícito al vasallo profanar; pero si el moro lo 
quebranta, no hay religiosidad de pacto que obligue 
al Gobierno de Manila á ser mero espectador de las 
asolaciones de sus pueblos; es preciso que para pre- 
servarlos rechace la fuerza con la fuerza, y si la viola- 
ción del territorio da derecho á los gobernadores á 
ponerse al instante en la defensiva, lo mismo le auto- 



220 Guerras piráticas de Filipinas. 

nzzY^ para hacerles guerra ofensiva. Y en fin, si ellos 
traen la guerra á nuestras posesiones, con tanto daño 
nuestro como provecho suyo, ¿por qué los españoles 
no han de imitarlos y no mantenerse en solo la de- 
fensiva por pura escrupulosidad, sin llevar á las su- 
yas el fuego y el hierro que los atemorice, cuando la 
experiencia tiene acreditado que éste ha sido el más 
eficaz remedio contra el moro, al paso que se ha bur- 
lado de la defensa por la velocidad de sus embarca- 
ciones? 

"En esta especie de guerra hasta ahora han gana- 
do siempre, y nosotros no hemos hecho más que con- 
sumir dinero y perder poblaciones y millares de hom- 
bres, y así en la clase de hostilidades que es permiti- 
da á un gobernador hacer al que le acomete é in- 
sulta en medio de la paz, no le está negado, antes 
sí comprendido el atacar en el mismo acto, si halla 
ocasión, el país del agresor con el armamento que 
permitan las atenciones ordinarias de la plaza, sa- 
biendo lo indefenso que está aquél, y que no es ar- 
riesgada la acción, pues no se va á conquistar á Joló 
y Mindanao, sino á destruir y quemar sus habitacio- 
nes y embarcaciones, y apoderarse de la artillería, si 
es posible, para que clamen por la paz, devuelvan los 
cautivos, se abstengan de sus piraterías y dejen quie- 
to y pacífico por algún tiempo el territorio español, 
porque entre ellos nada hay duradero y estable, sino 
mientras les conviene ser fieles al tratado. 

"Para mayor apoyo de esto extractaré á V. S. lo 
más sucintamente que pueda los hechos que he reco- 



Capitulo XXIX. 221 

pilado de los expedientes antiguos, para que tome ' 
idea de cuál ha sido la perfidia de estos mahometa- 
nos y cuántas veces nos han provocado. Incomodado 
aquel famoso gobernador, que tanto alaba la historia 
por su actividad y valor, D. Sebastian Hurtado de 
Corcuera, de sus continuas invasiones, premeditó, lle- 
vado de aquella máxima militar de que la guerra 
debe hacerse en el país enemigo, atacar los reinos de 
Mindanao y Joló, y salió el año de 1636 con un ar- 
mamento mandado por él contra el primero, y entrán- 
dose por ei rio de Mindanao con solo cuatro embar- 
caciones y sin esperar las demás gentes, rindió la cor- 
te de Carralat, su rey, llamado el Barba roja de estas 
islas, por lo mucho que las fatigó con sus ataques, 
robos, correrías y saqueos. 

^'Vuelto á Manila, envió á decir al de Joló que se 
preparase, que el año siguiente iba á visitarle, y 
con efecto salió en persona en Abril de 1638; con- 
quistó todo Joló, sin embargo de que los moros, no 
despreciando el aviso, estaban prevenidos y aun au- 
xiliados por los holandeses; pero no les valió ni el fa- 
moso cerro que tienen inmediato y ha sido y es su 
asilo en todos sus apuros, porque el general D. Pedro 
Almonte entró en él y acabó de sujetar la isla; se puso 
un gobernador y tres presidios, á cuyo abrigo ilore- 
ció una gran cristiandad. 

"Los joloanos son los más belicosos de los moros 
y los más diestros en la piratería. Según algunos, des- 
cienden de la gente de Bohol, isla nuestra. La guer- 
ra con los holandeses nos obligó á abandonar en 1 646 



222 Guerras piráticas de Filipinas. 

dichos presidios, entregando el poder á Rutxia Bong- 
so, rey de Joló, bajo ciertas condiciones que no cum- 
plió, antes bien, á poco tiempo, vinieron sesenta em- 
barcaciones joloanas, y nos quemaron ocho pueblos, 
sin perdonar la vida á ningún habitante, é intentaron 
apoderarse de Zamboanga con bárbara osadía. Sus 
cinco mil piratas pusieron en el mayor conllicto al 
presidio, pero a los cuatro meses de sitio abandona- 
ron la empresa. De esta suerte prosiguieron los jo- 
loanos, ya en paz, ya en guerra con los españoles, se- 
gún les dictaba su interés, hasta que en 19 de Di- 
ciembre de 1726 hicieron un tratado formal de paz 
con el marqués de Torre Campo, por medio del co- 
mandante de ios bajeles del rey, D. Miguel de 
Aragón. 

"En el art. 5.'^ se estipula que si algún vasallo de 
Joló viniese fugitivo á estas islas, se devolvería, á 
menos que quisiera cristianizarse; pues queriendo, se 
quedaría en la tierra á condición de pagar si era escla- 
vo de los buenos cuarenta pesos, fuese hombre ó niujer, 
los no tan buenos treinta, los muchachos veinte, y los 
niños diez; y si alguno de los españoles huyese á Joló, 
por ningún pretesto podría mantenerse allá, aunque 
fuera reo de delito grave, antes bien serian entrega- 
dos éstos con preferencia, aunque fuese con alguna 
recomendación, que seria atendida, y remitido por lo 
tanto el castigo. En el 8.*^ se convino que durante 
dos años después de la fecha del tratado, el sultán 
restituiría al dominio español las islas de Basilan, 
pues aunque antiguamente solo pertenecía la mitad de 



Capítulo XXIX. 223 

ellas al presidio de Zamboanga, ahora nos adjudicaba 
las dos partes enteramente, haciendo retirar de ellas 
á sus vasallos, para manifestar así los deseos que tenia 
de conservar la amistad con el monarca español. 

"Poco fruto se sacó de este convenio, así como de 
otro celebrado con el gobernador D. Fernando Val- 
des Tamon en i 8 de Enero de 1737, que en su ar- 
tículo 5.*^ establecía que cuantos cautivos se hubiesen 
cogido durante la guerra se devolverían mutuamente 
sin ningún dolo ni malicia, cosa que nunca se verificó 
y como tenian de costumbre se derramaron de impro- 
viso sus corsarios por este archipiélago. Para repri- 
mirlos mandó el año de 41 el gobernador D. Gaspar 
de la Torre á los alcaldes mayores de Zebú, Leyte, 
Panay, Uoylo é isla de Negros, construir treinta y 
seis embarcaciones al uso del país, cuya gente se ra- 
cionaría por cuenta de la real Hacienda, y para más 
estimularlos declaró que cuanto cogiesen seria de 
ellos, y los moros, sus esclavos; que el principal que 
se distinguiese en alguna acción seria relevado él y 
su primogénito de tributos, polos y servicios perso- 
nales, amen de otras mercedes especiales que les ha- 
ría en cada caso. Por último, a los alcaldes mayores 
se les mandó tuviesen en las playas y otros parajes a 
propósito, vigías y atalayas. 

"En 29 de Octubre de 1746 se ordenó al gober- 
nador de Zamboanga que con la armada que se le 
enviaría procurase despachar anualmente en las mon- 
zones favorables una expedición á las islas de los ti- 
rones, que son subditos del Dato Curan, de la isla de 



224 Guerras piráticas de Filipinas. 

Borney, vasallo y sujeto al rey de Joló, á quien cada 
individuo contribuye anualmente con un tael de oro, 
en este metal, ó en lan tacas y nido. Tenian los tirones 
el año de 5 1 más de cuarenta pueblos, y bajo el nom- 
bre de éstos y de los camucones han pirateado los sul- 
t mes de Joló y Mindanao en nuestras islas, que para 
no hacerse responsables de sus devastaciones los sue- 
len llamar rebelados y alzados. 

"En 1 6 de Febrero de 1747 se concedió al pueblo 
de Guivan hacer armada con quinientos hombres de 
guerra y boga contra los tirones, hacer esclavos á 
cuantos cogiesen y entrar en sus territorios . a hosti- 
lizarlos y perseguirlos, ni más ni menos que como 
ellos lo practicaban con nosotros. 

''En real cédula de 27 de Julio de 1744 manifestó 
S. M. el agrado con que vcria cuanto se practicase 
para la conservación y defensa de estos naturales 
contra los moros, lo que obligó al Gobierno á apres- 
tar una escuadra para que entrando por los dominios 
de los tirones hostilizase á estos bárbaros y les hi- 
ciese restituir los cautivos, expedición que no hizo 
todos los progresos que se esperaban por los ardides 
de Mahamud Alimudin, rey de Joló, que con el velo 
de aliado nos vendió y fué preciso que la escuadra 
volviese á Zamboanga. Hé aquí el suceso: 

"En virtud del tratado de paz de 1637 habia es- 
crito el rey don Felipe V en 1 744 dos cartas al sultán 
de Joló y al de Tamontaca, para que admitiesen en sus 
reinos á los padres de la Compañía de Jesús á pre- 
dicar el Evangelio. El de Joló se manifestó muy 



Capítulo XXIX. 22 5 

agradecido á la estimación que de él hacia el rey de 
España y se allanó al instante á recibir los misione- 
ros, que fueron los padres Juan Anglés y Patricio del 
Barrio; pero llegados á Joló, fueron tales las astucias 
y manejos de este fino mahometano, que ni pudieron 
establecer iglesia, ni ver ningún cautivo, ni salir de 
la fuerza que estaba en su palacio, y así los entretuvo 
hasta que una noche les hizo creer que Joló se ha- 
bla levantado contra él, y herídolo por admitir á los 
misioneros. La farsa llegó hasta pasarse fugitivo á 
Zamboanga con algunos parciales suyos, y de allí 
vino á Manila, donde fué obsequiado como rey des- 
poseído de sus dominios por la religión católica, que- 
dando en Joló, en calidad de rey, su hermano Ban- 
tilan. Estando aquí se hizo cristiano, y tomó en el 
bautismo el nombre de Fernando I; pero en obse- 
quio de la verdad y del celo y previsión del arzobis- 
po de Manila, debe confesarse que á pesar de las ins- 
tancias del sultán y de los repetidos oficios del go- 
bernador, nunca consintió en darle el bautismo en su 
diócesis, y fué necesario que pasase á la jurisdicción 
de Zebú á recibir este sacramento (i). 

"En los casos referidos se manifiesta que este Go- 
bierno ha procedido de hecho á atacar a los moros 
en sus establecimientos y posesiones, sin más orden 
superior que haberlo tenido por conveniente; y no 



(i) No fué en Zebú donde se bautizó, sino en el pueblo de Paniquj 
de Pangasinan. 

i6 



226 Guerras piráticas de Filipinas. 

consta en todo lo registrado desde antes del año de 
21 hasta el presente, que se le hubiese desaprobado 
ni los gastos, ni el modo de hostilizar á estos bárba- 
ros. Por el contrario, no se leen sino reales disposi- 
ciones dando las gracias a los gobernadores y exhor- 
tándolos á su total esterminio , para lo cual se les 
franquea dinero y otros auxilios aun de la misma Es- 
paña. Son muchas las reales cédulas y órdenes que 
tratan de los moros, pero solo me haré cargo de las 
que hacen más al caso. 

"En 1 6 de Setiembre de 1751 se aprobó al reve- 
rendo obispo de Zebú, gobernador interino, el arma- 
mento que habia despachado á los establecimientos de 
los moros tirones, auxiliares del rey de Joló, al man- 
do de D. Andrés Arribillaga, en cuya función se con- 
siguió escarmentarlos, saqueándoles y quemándoles 
algunas poblaciones y recuperar diferentes esclavos. 
Otra expedición que para el siguiente año estaba pre- 
parada, se suspendió por intercesión del rey de Joló 
y por la entrega de cincuenta esclavos. 

"En real orden de i .^ de Setiembre de 1756 apro- 
bó S. M. el armamento que se habia despachado á 
cargo de D. Tomás de Iturralde, segundo comandan- 
te del batallón de estas islas, para hacer levantar a 
los moros el sitio que habian puesto á la isla de Ma- 
rinduque, como se logró. También aprobó por otra 
de 2 de Setiembre de 1756 lo operado en las costas 
de Misamis y el que se construyese á la parte de Po- 
niente de la ensenada de Pañgil un fuerte con el 
nombre del Triunfo. En otra de 12 de Agosto de 



Capitulo XXIX. 227 

1758 se aprobó el armamento que salió de Zamboan- 
ga para desalojar á los moros de la ensenada de Ba- 
silan de que se habían apoderado. 

''El gran interés que han tomado nuestros sobe- 
ranos en la defensa de este país, lo explican supera- 
bundantemente sus reales determinaciones. En la de 
18 de Octubre de 1757, después de encargar al Go- 
bierno procure la desunión de estos que llaman re- 
yes moros, para disminuir así nuestros enemigos, y 
se vayan recobrando estas islas de lo mucho que han 
padecido, se dice: "Y manda S. M. encargar a V. S. 
"ponga todo su conato en defenderlas y no en ade- 
"lantar conquistas que no se puedan mantener." 

La real orden de 26 de Octubre de 1753 y rea! 
cédula de i.° de Noviembre del mismo año, refieren 
la sensible impresión que hizo á S. M. lo represen- 
tado por este Gobierno y el procurador general de 
los Recoletos, del crecido número de indios esclavos 
y muertos, robos de iglesias y saqueos de pueblos 
que habían ejecutado los moros en estas islas desde 
1606, y encarece la aniquilación de los joloanos y de- 
más moros confinantes en las frases siguientes, que 
copio á la letra, por lo interesantes que son: 

«Me ha mandado S. M. recomendar a V, S. con el 
1) mayor esfuerzo la importancia de escarmentar la osa- 
ttdía de los citados bárbaros infieles, y decir á V. S. 
«que el real ánimo de S. M., es que al efecto no se 
«ahorre diligencia ni gasto. Y fiando S. M. del acre- 
editado celo y militar esperiencía de V. S., interesa su 
«real conciencia y la descarga en la de V. S., come- 



228 Guerras piráticas de Filipinas. 

Mtiéndole la ejecución de lo que humaaamente pueda 
«operarse, con las facultades necesarias para empren- 
wderlo; y le advierte que tomando luces de los mismos 
¡misioneros de esas esparcidas islas y de los sugetos 
t)más prácticos de ellas y su capital, providencie V. S. 
))su resguardo, separándose de varias empresas, de 
«nuevas conquistas, y para este logro vea V. S. y dis- 
«ponga los armamentos que convenga hacer y aun 
«mantener siempre y las fortificaciones que sea útil 
» construir para que sirvan como de antemural á los 
«pueblos del interior, vigilando V. S. con la mayor 
«atención que tenga efecto su acertada providencia de 
))que se pueblen los puertos, caletas y demás parajes 
))que convengan, y de que V. S. dá cuenta en su ci- 
«tada representación de 24 de Julio, pues para el cos- 
»to de tan urgentes medidas, se advierte y encarga 
«con esta fecha al virey de Nueva España, no solo el 
«puntual envió del situado anuo de esas cajas, pero 
«que aumente 60.000 pesos en el primero, y que así 
«continúe hasta llenar el descubierto en que estén por 
«los antecedentes gastos y ponerlas en estado de que 
«el situado que se reciba ahí, sea para el año sucesivo 
))al que llegare á ellas. De todo lo que V. S. ejecute 
»en este importante asunto, me dará puntual aviso en 
«las primeras ocasiones que se ofrezcan, para pasarlo á 
«S. M., que lo espera con impaciencia, por lo mucha 
))que le interesa y desea el bien y quietud de sus vasa- 
tillos filipinos.» 

"No debió ejecutarse esta real disposición con el 
empeño y prontitud que se encargaba, pues obligó á 



Capítulo XXIX. 229 



S. M. á repetirla en otra de 31 de Julio de 1766, es- 
trechando á su puntual cumplimiento en vista de que 
continuaban las piraterías, previniendo á mayor abun- 
damiento al gobernador dispusiese con brevedad los 
armamentos y construyese las fortificaciones que insi- 
nuaba el procurador general de Recoletos, ó en los 
puntos que considerase más á propósito; y que se pro- 
metía de su acreditado celo y amor á su real servicio 
«se dedicarla al logro del importante objeto de que 
«estos sus vasallos se vean y mantengan libres de las 
westorsiones, perjuicios y cautiverios que ha causado la 
» osadía de los bárbaros infieles, sobre que le carga es- 
))trechamente la conciencia.» 

"No pueden explicarse más tiernamente los señores 
reyes D. Fernando VI y D. Carlos III en estas rea- 
les disposiciones, compadecidos de la desgraciada suer- 
te de estos infelices filipinos, y no pudiendo remediarla 
por sí, descargan todo el peso de su conciencia y obli- 
gación en la de los gobernadores de Manila, hacién- 
doles responsables de todas las consecuencias de su 
omisión, y para que no les quede disculpa, ni refugio 
el más mínimo, les cometen la ejecución con todas las 
facultades necesarias, y con la singularidad de que 
para este fin, ni se ahorre diligencra, ni gasto. Que es 
decir, que á excepción de conquistarles sus tierras por 
ser de difícil y costosa conservación, se emprenda con- 
tra ellos todo género de hostilidad, en que está com- 
prendida, por TÍO estar exceptuada, la de atacar sus 
posesiones, siempre que la pericia militar y el cono- 
cimiento práctico aconseje que no hay otro medio 



23o Guerras piráticas de Filipinas. 

más fácil y mejor de reprimir su audacia que el de ha- 
cerles á menudo estas visitas hostiles, para que tenien- 
do que acudir á la defensa de su casa no salgan en 
armadillas considerables á saquear nuestros pueblos 
ó pidan la paz de veras por no verse aíligidos conti- 
nuamente con la privación de su comercio. 

^'A vista de tan amplias facultades y franquezas 
para gastar, ¿quién no creerla llegada la era de estin- 
guir el corso mahometano, y poner para siempre á 
cubierto las islas de sus correrías? A la verdad, si la 
actividad y esmero de los gobernadores hubieran cor- 
respondido á los estrechos encargos del soberano, sin 
duda estarían ya los moros encerrados en lo interior 
de sus bosques sin atreverse á asomar la cabeza por 
nuestras islas; pero muy al contrario ha sido, porque ó 
se miró con poco celo el asunto ó se equivocó el medio 
de ponerlo en ejecución. De cualquier manera que fue- 
se, es constante que las Filipinas no han mejorado de 
aspecto al cabo de cuarenta y un años que desde en- 
tonces acá van corridos, gimen como antes bajo este 
bárbaro azote, porque todavía no se ha dado en el 
punto esencial de sacudir de una vez este infame yugo, 
á pesar de que S. M. recomienda que para esto no se 
perdone diligencia ni se excuse gasto. 

"Habiéndose quejado el reverendo obispo de Zebú 
de las repetidas incursiones de los moros y de las in- 
numerables familias que cautivaban, se previno en 
real orden de 14 de Agosto de 1770 al Sr. D. Simón 
de Anda quería S. M. cooperase por todos los medios 
posibles al remedio de semejantes daños con las más 



Capitulo XXIX. 23 1 

activas providencias, é informase de sus resultas pi- 
diendo los auxilios que así de España como de Méjico 
pudiera necesitar. 

"Nadie que lea aquellas palabras por iodos los medios 
posibles dirá estarle inhibido á este Gobierno el invadir 
á los moros en su territorio^ siempre que un prudente 
examen conceptúe que es el único modo de destruir 
su corso y reducirlos á sus playas. Véase cómo no se 
le determinan las providencias, sino se le ordena to me 
las más activas sin excepción ninguna, y pida al 
efecto todo lo que necesite, tanto de España como de 
Méjico. ¿Qué mayor prueba puede apetecerse de lo 
propenso y decidido que ha estado y está siempre el 
real ánimo á favorecer á los filipinos y procurarles á 
cualquier costa la seguridad de sus vidas y haciendas, 
cuando ni restringe facultades ni limita gasto§? El no 
lograrse, ha consistido solo en los gobernadores á quie- 
nes no ha hecho efecto ni siquiera el descargar en 
ellos su conciencia los soberanos. 

"La real orden de i6 de Octubre de 1771 aprobó 
al mismo Sr. Anda las providencias que habia dado 
para desalojar á los moros de los varios establecimien- 
tos que tenían en estas islas, manifestándole al propio 
tiempo que bien seguro del celo, honor y actividad 
con que tomaba á su cargo los asuntos del real ser- 
vicio, le complacía tuviese tan buen principio su go- 
bierno. 

"Si en lugar de irlos á desalojar de donde incomo- 
daban, se hubiera ido á arruinarles y quemarles sus 
territorios, la misma aprobación hubiera recaído, pues 



232 Guerras piráticas de Filipinas. 



de cuanto se ha hecho contra los moros nada se ha 
desaprobado, porque como S. M. no se halla presente 
le parece que cuanto le proponen y ejecutan sus go- 
bernadores, es lo mejor que se ha podido proyectar. 
Solo desaprobó á este Gobierno que hubiese admitido 
el año de 1757 un embajador del rey de Joló, espe- 
cialmente por no haber dado cumplimiento á la remi- 
sión de cautivos que retenia en su poder; y á la verdad 
que á estos bárbaros no debia dárseles oidos mientras 
no restituyan, como tienen ofrecido tantas veces, todos 
los cautivos que nos han cogido y siguen cogiendo 
con tan mala fé. 

"Tal ha sido la conducta de los moros desde el prin- 
cipio de este siglo y parte del pasado, en el cual real- 
mente cometieron las mayores atrocidades hasta que 
los castigó el gobernador Corcuera. No ha sido mejor 
en estos últimos tiempos; tan infieles han sido á sus 
palabras como á la amistad que sus sultanes han mani- 
festado profesar á los españoles en frecuentes cartas, 
llenas de humillación, bajeza y ofrecimientos, escritas á 
este Gobierno; por sabidas no se detallan las persecu- 
ciones que han padecido de ellos todas las islas en los 
gobiernos de los Sres. Basco, Sarrio y Marquina; sólo 
me contraeré á las más recientes, acaecidas en el pre- 
sente Gobierno. 

(Aquí dá ligera noticia de algunos casos referidos 
ya en esta obra desde 1793 hasta 1799 inclusive, y 
prosigue:) 

"Es incalculable el vacío de población que nos ha 
causado la piratería. Por los años de 1634 á 2S repre- 



Capítulo XXIX. 233 



sentó á S. M. el arzobispo de Manila, que en el térmi- 
no de treinta años se contaban cautivos 20.000 cristia- 
nos. En una respuesta fiscal de 6 de Octubre de 1751 
se expuso á este Gobierno, que eran tantas los corre- 
rías que habian hecho los moros de algunos años acá, 
que llevaban cautivados 9.000 cristianos. El provin- 
cial de Recoletos, informando al Gobierno en 6 de No- 
viembre de 1 75 1, dice que desde el año 719 hasta el 
de 51, faltaban, sólo en la Paragua, más de 10.000 al- 
mas, entre cautivos y muertos. Si esto era en una sola 
provincia, ¿qué no sucederia en las demás administra- 
das por las otras religiones? Pues agregúese á este des- 
membramiento la pérdida que ha habido por esta mis- 
ma causa desde el año de 51 al presente, que son 49 
años, y se advertirá desde luego la inmensidad de 
brazos que han perdido las islas para su cultivo, de 
tributos el Erario para su incremento y de habitantes 
para su aumento la población. 

^'En cuanto á los indios, quiebra el corazón ver y 
oir sus lástimas. No pueden con seguridad contar ni 
con sus haberes y siembras, ni con sus mujeres, hijos, 
libertad ni vida, pues cuando menos se piensan, ven 
todas estas cosas sacrificadas á la insolencia y latroci- 
nio del moro. Ningún gasto, diligencia, ni respeto, 
es por consiguiente preferible á su conservación: el 
tierno corazón de nuestros soberanos así lo siente, y 
lo ha dado bien á entender á sus gobernadores, para 
que no sean remisos en defender tan justa causa. 
¿Cómo, pues, ha de anteponerse, y á tanta costa, la 
conservación de un tratado de paz con un sultán 



234 Guerras piráticas de Filipinas. 

siempre infiel en todas sus promesas, y que suele dis- 
culpar estos saqueos y piraterías con fingir que son 
hechas por datos que no le quieren obedecer? 

"Aun mirada la cosa con tanto escrúpulo, diríjase, 
á lo menos, la hostilidad contra estos datos y sus pue- 
blos, supuesto que debe tratárseles como piratas y le- 
vantados, que sin sujeción á vasallaje navegan sin pa- 
tente alguna: ellos no conocen para nada al que se 
dice rey; cada población tiene su dato; éste la go- 
bierna, consiente sus corsos contra los españoles y 
tolera la esclavitud y aun la venta de los apresados, 
como resulta de las declaraciones que se han tomado 
á los que se han hecho últimamente prisioneros. Pues 
experimenten el rigor, aunque sean vasallos aparentes 
de los sultanes de Joló y Mindanao, que ya hemos 
visto á la España dirigir una expedición formal y cos- 
tosa contra los individuos de una nación europea, con 
quien estaba en paz, para castigar los insultos que re- 
cibieron de ellos sus armas en el vireinato de Buenos 
Aires. 

"Sólo la desconfianza de frustrarse el castigo y de- 
jarlos más soberbios y atrevidos, pudiera retraer al 
Gobierno de estas empresas; pero si volvemos la vista 
á lo antiguo, hallaremos que siempre que se han he- 
cho con prudencia y discreción, tuvieron buen resul- 
tado. Por los años de 1634 fué una armada á Joló, 
entró silenciosamente á las nueve de la mañana por 
el rio, hizo una cruel matanza en los joloanos, se 
aprisionó á su rey y se tomaron varios barcos maca- 
sares. Las dos expediciones de Corcuera, en 1636 



Capitulo XXIX. 235 

contra Mindanao, y en 1638 contra Joló, ya estái re- 
feridas. En 1 731 salió de Manila para Joló una armada 
de muchas embarcaciones, se hizo el desembarco, se 
tomaron los fuertes, se quemaron sus embarcaciones, 
se les destruyeron sus salinas, que les fué muy sensible; 
de allí se pasó á la fortaleza de Bual, y tomándola, se 
destruyeron las casas y sementeras: en dicho año fué 
otra á la isla de Capual distante media legua de Joló, 
con 600 hombres de desembarco, y se hizo en ellos 
igual estrago. En 1734 se despachó otra contra los 
moros de Basilan, y se les talaron sus sementeras, se 
les cogieron trescientas embarcaciones, y se hizo un 
saco tan grande, que no cabiendo lo cogido en nues- 
tros buques, ni en los apresados, se quemaron muchas 
cosas. 

^'En apoyo de esta opinión viene la del padre Juan 
Angles, superior de la misión joloana cuando los jesuí- 
tas fueron llamados y pedidos para el efecto por el 
falso y astuto sultán Fernando I, ¿Qué dice á este Go- 
bierno en su carta de 24 de Setiembre de 1748? Los 
sacrificios, estratagemas y política increíble en un bár- 
baro con que le entretuvo á él y su compañero duran- 
te su mansión en aquel reino para que no hiciesen 
nada, y concluye exclamando: ((¿Cuándo hemos de es- 
■ carmentar de tratados con los moros, teniendo la ex- 
operiencia de que en el espacio de cien años no han 
■guardado ni un solo artículo que les haya sido 
woneroso; que la paz nunca la guardarán, porque su 
'hacienda consiste en esclavos, y comercian con ellos, 
ncomo las demás naciones con dinero? Primero deja- 



236 Guerras piráticas de Filipinas. 

wrá el gavilán sus uñas y pico, que ellos sus pirate- 
wrías, etc., etc.» 

"En la junta de guerra que en i8 de Agosto de 
1778 se tuvo sobre esta materia inagotable de los 
moros, fué de dictamen el teniente coronel D. Ma- 
riano Tobías se llevase la guerra á sus tierras, esto 
es, á Mindanao, que es su principal residencia, fun- 
dado en que poseyendo nosotros de las cuatro par- 
tes de costa ó playa de esta isla, las tres, poco más ó 
menos, con tomar la otra fortificando con pequeños 
presidios el rio de Mindanao, y las demás principales 
entradas, puertos y surgideros de la citada isla, que- 
darán encerrados los moros en aquellos bosques, cosa 
más fácil que cubrir y vigilar dos ó tres mil leguas 
de costa, en cuya defensa se ocupan todas las noches 
infructuosamente más de quince mil hombres que 
guarnecen las cien leguas poco más ó menos de cir- 
cunferencia que falta que cubrir para cerrar entera- 
mente dichas islas enemigas. 

"El coronel D. Raimundo Español, gobernador 
que acaba de ser de Zamboanga, escribiendo á V. S. 
en carta de 26 de Noviembre de 1795, sobre el tra- 
tado de paces, que queria hacer el sultán de Minda- 
nao, manifiesta lo imposible que es el darle crédito, 
porque más fácil será que dicho sultán entregue á su 
mujer é hijos que á los cautivos, no de su reino, 
sino los que él solo tiene, porque en los demás no 
tiene mando; y que el mismo sultán le dijo al co- 
misionado que con este motivo le despachó dicho 
gobernador, que los cautivos que tenian él, sus hijos 



Capitulo XXIX. 23 j 

Y parientes, les habían costado el dinero; que sin 
ellos, ni tendrian que comer, ni seria él sultán, por 
ser en lo que estriban sus fuerzas; y en fin, cierra 
su carta diciendo que le remitan una armadilla para 
que unida á las fuerzas de mar de aquel presidio, 
por el conocimiento que tienen de las entradas, sali- 
das, rios y ensenadas, se invadan sus poblaciones y se 
les saqueen y quemen, especialmente las de los refe- 
ridos ilanos, que se hallan en la misma costa. 

"En otra, fecha del mismo dia, mes y año, hablan- 
do de las paces con el sultán de Joló, dice el expre- 
sado coronel que es tiempo perdido cuanto se trate 
amistosamente con esta chusma; que ellos siguen ro- 
bando y pirateando, unas veces á las claras y otras 
habilitando de embarcaciones y armas á los ilanos, á 
quienes tienen refugiados en su propia isla, comprán- 
doles los cautivos y cuanto roban; y así que lo mejor 
es que se pongan en ejecución las amenazas que se 
han hecho tantas veces al sultán y que llegue el eco 
de nuestros cañones por allí; que este es el modo de 
reducirlos á la paz, añadiendo que para más estrechar- 
les á ella, se les corte el comercio de China, no per- 
mitiendo pasar á Calavite los champanes que anual- 
mente vienen de Joló, y de que cobra el sultán el lo 
por loo en efectos. Y en fin, el señor comandante de 
la marina corsaria, que tiene dilatada experiencia de 
este negocio, expone á V, S. en informe de i.° de 
Marzo de 99, que ningún golpe aterraría y contendría 
á los moros, como el de una expedición con tropas su- 
ficientes á atacar á un tiempo á Joló, Laguna de Min- 



238 Guerras piráticas de Filipinas. 

danao y Malanao, y ésta por dos partes, á saber, por 
el rio de Larapan y por la ensenada de Tubug. 

"He citado estos dictámenes para concluir que ahora 
hay quien opine, como en los tiempos pasados, que se 
castiguen las piraterías de los moros llevando la guerra 
á su propio país. Con ser ahora tan continuadas, que 
tienen en un incesante sobresalto y peligro nuestras 
posesiones, se reduce todo nuestro esfuerzo á una dé- 
bil defensiva, de la que se burlan por la velocidad de 
sus pancos, y con lo que están más intrépidos y con- 
fiados, siendo así que hoy son menos temibles que an- 
tes, porque carecen de la disciplina militar de enton- 
ces, como que estaban auxiliados y adiestrados por los 
holandeses que los proveían de buena pólvora, artille- 
ría y soldados, y aun de ingenieros que les hicieran las 
fortificaciones, y nosotros antiguamente no teníamos 
los buenos armamentos y embarcaciones que en el día, 
de suerte, que para una expedición estamos ahora me- 
jor que entonces, y mucho peor ellos. Es notorio que 
el cañonazo de veinticuatro de una lancha les aterra 
tanto en el mar, que pone en precipitada fuga sus em- 
barcaciones, sea su número el que sea, y en tierra las 
abandonan por refugiarse en el monte. 

"Para ofrecer mejor ejemplo á estos bárbaros, pue- 
de atacarse primero los pueblos ó naciones, que dicen 
los sultanes les son contrarios ó rebeldes, y aun pedirles 
á éstos que nos auxilien con su gente á pretesto de cas- 
tigarlas y someterlas á la obediencia, y si despuesde su- 
jetadas no se allanan los sultanes de Joló y Mindanao á 
entregar los esclavos que tengan ellos y los de su reino, 



Capítulo XXIX. 239 

se les invadirá separadamente, cortándoles todo comer- 
cio, que por conservarle y librar sus haciendas, casas y 
embarcaciones, se reducirán á su devolución, prohibi- 
rán el corso en nuestras islas é impedirán en adelante 
la esclavitud de los indios y españoles; y si no lo cum- 
plieren, se les hará otra visita igual al año siguiente. 
Es seguro que admirados de la constancia española en 
incomodarlos con tan repetidos extragos y saqueos en 
su propio suelo, se verán precisados á darse á buen 
partido y sufrir la paz con las condiciones que se les 
impongan. 

^'Aunque la real hacienda sufra por espacio de cua- 
tro años algún gasto más en estas expediciones, lo re- 
sarcirá después con lo que ahorre en mantener cons- 
tantemente tres ó cuatro armadillas en las monzones 
para ahuyentar á los moros de las costas, y también con 
el aumento de tributos, cesando la esclavitud y mor- 
tandad de los indios, así como con la disminución de la 
marina y los presidios, que tanto expendio como poco 
escarmiento producen. Si parte de la gente de la expe- 
dición fuera de las Visayas, no sólo seria menos costosa, 
sino más útil, que es una gente belicosa, hecha al cam- 
pilan, lanza y coraza, experta 'en ofender y perseguir 
al moro por los bosques donde se refugia, y donde la 
milicia arreglada y el fusil del soldado es casi inútil. En 
las armadas antiguas se llevaban estos lanceros del 
país, señal de que se conocia su utilidad para esta clase 
de guerra, con un enemigo que usa con la mayor des- 
treza y valor el arma blanca . 

"Si al fin se conceptúa que estas invasiones anuales 



240 Guerras piráticas de Filipinas. 

ID 

no son practicables por dificultades ú obstáculos que 
yo no alcanzo, es preciso meditar la defensa de los in- 
dios y la exterminación de su cautiverio, sustituyendo, 
en lugar de aquel único remedio, un corso activo é 
incesante, dirigido por jefes de graduación, esperien- 
cia y acreditado celo, que en las estaciones oportunas 
corran infatigablemente las playas de este Archipiéla- 
go, registren las islas, rios y caletas donde van a de- 
positar y a repartir sus presas, pues consta de las de- 
claraciones de los moros que tres años han vivido en 
las islas de Burlas y en el rio de Talisain, desde donde 
sallan á piratear, como efectivamente piratearon el año 
pasado, quemando tres pueblos y matando y cautivan- 
do tantos indios. Para esto lleven embarcaciones de 
poco calado, como falúas bien veleras, á fin de inter- 
narse en los rios por donde suben sus pancos, y los 
ocultan con ramaje para que no se vean desde las bocas, 
donde ponen sus rancherías, y ojalá se pudiera desalo- 
jarlos de allí, por medio de prácticos, que dificultándo- 
les estas madrigueras, tal vez se les imposibilitarla 
mucho el corso. 

"Si no se prohibe bajo rigorosas penas que estas 
armadillas entren en puerto, ni aun con pretexto 
de hacer víveres, consumirán en ellos la mayor y me- 
jor parte del tiempo de la monzón. Háganse los ví- 
veres por el alcalde mayor de la provincia á donde 
han de recalar á proveerse, que estando de antemano 
prevenido lo necesario para el número de buques de 
que esté dotada aquella división, no se detendrán 
nada, y al instante podrán volver á salir. Estórbese- 



Capítulo XXIX. 241 

les, con penas, llevar efectos, ni géneros para tratar 
y contratar, y no irán empachados los buques, ni ten- 
drán el afán de arribar á población para hacer com- 
pras y ventas. Este es un vicio muy viejo en las 
armadillas de que se quejó á S. M el reverendo obis- 
po de Zebú, el año de 45 . 

"Es verdad que el miserable sueldo que tiene esta 
oficialidad, como ya expuse á V. S. en otro espe- 
diente, es y será origen de que se dediquen á estas 
granjerias. Dóteseles competentemente, según la gra- 
duación, y cuando estén embarcados, asígneseles un 
tanto para comer, que es muy justo, y entonces si 
hay abusos, castigúense con rigor, y en fin, impónga- 
seles un código penal. El corso, en el reducido estre- 
cho espacio de una lancha, es penoso y duro, y por eso 
la fatiga de esta oficialidad ha de ser remunerada pro- 
porcionalmente, y aun servirle de mérito para otros 
destinos. 

"Bien manifiesta el rey nuestro señor la necesi- 
dad de este aumento de gajes en la real cédula de 9 de 
Junio de 1742, donde previene que al que sirve de 
cabo superior, ó comandante de estas armadillas por 
espacio de dos años, se le atienda con la plaza de 
maestre del galeón, ó á lo menos con la de sargento 
mayor del primer galeón; al contramaestre con la pla- 
za de guardián, y así va distribuyendo las demás pla- 
zas en la marinería de las galeras que entonces ser- 
vían de guarda-costas. También dispone que el pi- 
llaje de cualquiera género que se hiciere, se entregue 
y distribuya libremente entre ellos; que al comandan- 

17 



242 Guerras piráticas de Filipinas. 

te y oficialidad se les repartan otras tantas boletas 
cuantas les correspondían en el repartimiento por su 
calidad, pero por sólo el tiempo que estuvieren sir- 
viendo su empleo en la armadilla. 

"No sólo ha de existir el corso en nuestras costas, 
sino que debe irse á esperar a los moros con divisio- 
nes de lanchas á la salida de sus puertos, ó cuando se 
retiran de ellas con las presas y cautivos á los parajes 
de donde son los corsarios. Estos puntos es menester 
tenerlos resguardados, como las islas de Barias, Mas- 
bate, las de Mindoro y Negros, en cuyos desiertos se 
abrigan con todo lo robado, mientras no se retiran á 
Joló y Mindanao ricos de presas, ó cansados ya de 
hacer daño á las Filipinas, De el sitio de Larapan, 
en la isla de Mindanao, salen á piratear todos los 
años más de doscientos pancos. Esta salida debe cer- 
rárseles con las fuerzas marítimas de Misamis, que de- 
ben estar incesantemente en la mar, ó con algunas 
que se destinen de aquí á dicho objeto. En informe 
de 18 de Noviembre de 95, dice el señor comandan- 
te de la marina corsaria, que en el tiempo de venda- 
bales, pasando la armadilla provincial que está en Na- 
ga, á la ensenada de Bacon, cerca del bajo de Monta- 
far, se cierra este paso preciso de los moros para ir á 
Camarines y Albay, y quitada la entrada quedarán li- 
bres las dos provincias. Esto se lograría arreglando 
militarmente dicha armadilla con comandante español 
y oficial de la marina corsaria, nombrado por el Go- 
bierno y dotado por la real hacienda, que con la tri- 
pulación de ambas provincias en los términos que 



Capitulo XXIX. 243 



ahora sirve, ó mejorándola, si es posible, costará muy 
poco tener reservadas de correrías estas dos provin- 
cias, con sus catorce lanchas, que ahora le son tan in- 
útiles por mal tripuladas y peor gobernadas. 

"En la citada carta de 26 de Noviembre de 1795 
expresa el gobernador de Zamboanga, ser posible 
atajar el paso, por el Sur, á los llanos y mindanaos, por- 
que para atravesar á las Visayas tienen que reconocer 
una isla llamada Sibago, y que los llanos de Bual, jo- 
loanos y basilanos por el Norte, han de reconocer toda 
la costa hasta Punta Gorda; conque si fuera posible cu- 
brir estos dos puntos con lanchas y falúas bien arma- 
das, se les cerrarla otra puerta á su corso. Esta obliga- 
ción deberla desempeñarla el gobierno de Zamboanga, 
haciendo que sus buques menores de guerra se em- 
pleasen anualmente en ello, y como quiera que para 
acudir á las demás atenciones necesita de aumento de 
fuerzas marítimas, se le podían remitir algunas con ofi- 
ciales europeos inteligentes, que sepan dirigir á su 
gente y animarla en las funciones de guerra, á cuyo 
ejemplo la milicia y marinería del presidio se alentarla, 
y la emulación obligarla á todos á portarse de otra ma- 
nera, pues por falta de oficialidad europea he leido 
haberse acobardado en muchos lances. Hay allí de do- 
tación 6^ marineros con t 2 reales al mes y 78 grumetes 
con un peso. Aumentándose esta marinería podría, con 
menos gasto del Erario, tripularse más número de 
embarcaciones, que se enviasen ó provisionalmente, 
se acrecentasen á la dotación fija del presidio, para de 
allí hacer un corso activo todos los años, y aun pasar 



244 Guerras piráticas de Filipinas. 

á hostilizar á todos aquellos datos ó naciones, que los 
sultanes de Joló y Mindanao aseguran ser rebeldes, 
y que hacen el corso contra nosotros, sin poderlo ellos 
estorbar. 

''El presidio de Zamboanga ha sido el freno de la 
morisma. He notado que todas las armadas contra 
los moros iban á reunirse con las fuerzas de dicho 
presidio, que eran más respetables que ahora, y de 
allí partían a hostilizar á los basilanos, tirones, joloa- 
nos, ilanos y mindanaos. Si se diera á su población 
otro ensanche, en términos de dilatarse más por la 
costa de Mindanao, seriamos señores de más espacio 
de playa, y careciendo de ella el moro, se dificultarla 
más su corso. Si á esto se agregase que las embarca- 
ciones del presidio no estuvieran, como están ahora, 
sobre la defensiva, sino que atacasen cada año una 
población enemiga, de las muchas que hay en toda 
aquella costa, seria otro medio de tenerlos continua- 
mente fatigados y en mayor necesidad de defenderse 
que piratear. 

"En las Visayas deberla haber un comandante mi- 
litar establecido en el parage más á propósito, tenien- 
do á sus órdenes una armadilla, que habria de care- 
narse allí, tripularse y habilitarse de víveres; siendo la 
oficialidad de la marina corsaria, y los contramaes- 
tres y guardianes de la gente de mar de Cavite, para 
que en las monzones saliesen á limpiar las costas y 
mares por donde pasa esta canalla á todo el visais- 
mo, y cada dos años podría mudarse y reemplazarse 
por otra de las que en este puerto deben existir para 



Capitulo XXIX. 245 



hacer el corso general. De esta suerte estarían más 
prontamente socorridos aquellos indios en sus apuros 
y aflicciones, y no que cuando llegan los avisos ya es 
inútil el remedio, pues desde Manila es imposible 
preverlo todo, y están muy separadas las Visayas 
para dar ejecutivas disposiciones, ni auxilios en casos 
tan urgentes. 

"Antes habia en Cebú, con este objeto, una arma- 
da perenne, mandada por uno que se denominaba 
cabo superior de la provincia de Pintados, de que ha- 
blan las leyes de Indias. No es menos importante se 
establezca ahora una autoridad estable y permanente 
en el punto más á propósito para acudir al socorro de 
todos los pueblos. Algunos bajeles de guerra, en con- 
tinuo movimiento por aquellos mares y costas, al 
mando de un jefe activo, pondrían respeto y freno á 
los moros; mas sabiendo ellos que no hay armadilla, se 
atreven á saltar en tierra, saquear y quemar los pue- 
blos, porque no se les esconde, que ínterin va el aviso 
a Manila, llegan fuerzas y los persiguen, tienen tiem- 
po ellos de huir con el saco y esclavos, é ínterin los 
buscan en aquella parte, están ya asolando otra. 

'^Nuestro corso no basta á contener los progresos de 
los moros; es preciso también cerrarles los pasos por 
donde salen y entran, erigiendo fuertes guarniciones 
de mediana artillería y con tropa de destacamento. En 
las dos citadas reales disposiciones encarga esto mismo 
Su Magestad, cuando dice disponga el Gobierno las 
fortificaciones que sea útil construir en los -parajes más ex- 
puestos que sirvan como de antemural á los más interiores^ y 



246 Guerras piráticas de Filipinas. 

que se pueblen los puertos, caletas y demás parajes que con- 
vengan. En una junta á que asistieron oficiales que ha- 
bian estado en la guerra de Flandes, se trató del modo 
de contener al moro, y opinaron que el mejor era le- 
vantar presidios en su misma tierra, y por esto se res- 
tableció la última vez el de Zamboanga. Sin embargo, 
no faltó quien opinase seria mejor ponerlos en el rio 
de Mindanao para cerrar la puerta á esos corsarios. 

''Atájeseles el paso en los rios de la isla de Mindo- 
ro, por donde entran á guarecerse en sus rancherías; 
tómeseles la desembocadura del rio Larapan á los de 
la laguna de Malanao, levantando en la mejor situa- 
ción un fuerte, y averigüese de los prácticos cuáles 
son sus demás salidas y entradas para el corso, y erí- 
janse allí presidios, suprimiendo los gastos de alguno 
de los que en el dia son ya escusados, que viéndose 
por todas partes y de todos modos perseguidos, sitia- 
dos y acosados, entonces se conocerá si hemos resuel- 
to la dificultad, y si las estorsiones, vejaciones y cauti- 
verios van á menos; pero mientras la cosa se tome co- 
mo ahora, no se adelantará más que consumir inútil- 
mente el Erario por no gastar bien y de una vez. 

"El indio paga ocho reales de tributo, y á más real 
y medio que se le aumentó para satisfacer el sueldo 
de la milicia, creada en esta plaza el año de 1590, co- 
mo lo dice la ley 6^, tít. 5.** lib. VI de Indias, que 
con el medio real de diezmos, hacen justamente los 
diez reales que se cobran á cada tributo entero. Ade- 
más de esto, se les exige con el nombre de donativo de 
Zamboanga dos gantas de palay en la mayor parte de 



Capitulo XXIX. 247 



las provincias, que ascenderá su producto á unos 
S. 400 pesos anuales. Tiene otras pensiones personales 
en sus pueblos por causa de los moros, donde por la 
noche hacen un servicio rigoroso de campaña, que ad- 
miró á la oficialidad de las fragatas de guerra Cahexa 
y Lucía^ cuando estuvieron en Sorsogon. A vista de 
estas contribuciones, ¿qué mucho clame incesante- 
mente este vasallo por que se le defienda de un enemi- 
go tan cruel que no hay instante del dia que no ten- 
ga amenazada su vida, su libertad, y muchos, aun en 
su propio lecho encuentran la muerte ó la esclavitud? 

''Bien persuadidos nuestros amados soberanos de 
esta obligación, no pudieron hacer más que sustituirla 
toda ella en sus gobernadores, descargando en sus 
conciencias toda la quietud y responsabilidades de la 
suya, y para que no les quedase refugio alguno, les au- 
torizaron para todo, sin escasear gastos, pues no quie- 
ren se omita ni perdone alguno para qus los indios se 
vean y mantengan libres y felices Si estudiamos los 
gobiernos pasados, se notará que no se ha procedido 
con la actividad y esfuerzo que previene la real dis- 
posición. 

''No sé como la tierna impresión que hizo en el 
ánimo del rey el oír las lástimas y estragos de estas 
islas, no causó la misma en los gobernadores, que 
no las oian sólo, sino que las veian y tocaban de cerca; 
que entonces puede ser que escrupulizando en este 
grave cargo de su obligación, se hubieran dedicado á 
poner todo su conato en tan importante asunto, y mi- 
rándolo como el objeto principal de sus desvelos, hu- 



248 Guerras piráticas de Filipinas. 

hieran discurrido el modo de contener al moro y en- 
cerrarlo en sus guaridas, pues todas las piraterías que 
no se remedien con los esfuerzos posibles, van sobre 
su responsabilidad y conciencia y no la del soberano, 
que ha hecho bastante por su parte. Ya es tiempo de 
que se llenen estos reales deseos; que las islas dejen de 
ser infames tributarias de un mahometano vil y des- 
preciable; que sienta este bárbaro los funestos efectos 
de una nación tantas veces ofendida y ultrajada, que 
ha tolerado y disimulado su agravio por asegurar me- 
jor su venganza; y en fin, que la corona cobre su es- 
plendor mancillado por esta canalla á vista de tantas 
naciones europeas como frecuentan este puerto, y que 
el vasallo filipino logre vivir con desahogo, y sin la 
opresión y zozobra que hasta ahora, pues no hay es- 
pañol que al ver tanta desolación no se contriste y se 
sienta humillado. 

''A la verdad, si á cada uno de nosotros nos ma- 
tasen ó cautivasen nuestras mujeres, hijos, padres ó 
hermanos, estaríamos inconsolables, y agotaríamos las 
espresiones de dolor y aun de sentimiento si nuestros 
superiores no se movian al castigo. A nosotros pare- 
ce que estos desastres de los indios, por muy fre- 
cuentes, se nos hacen insensibles sin acordarnos del 
desconsuelo y abandono en que quedan tantos infeli- 
ces, y de que están revestidos de nuestra misma na- 
turaleza y sensibilidad. 

"A esto le estimulan á V. S.: primero, lo justo y 
piadoso de la causa, pues no cabe ser mayor; segundo, 
la obligación de su empleo, y de su propia conciencia, 



Capitulo XXX. 249 

como que en ella descansa la real, según lo tiene de- 
clarado S. M., y lo tercero, el crédito de una nación 
respetable, que siendo tan celosa de su honor, está su- 
friendo abatimientos y deshonras. La ocasión no pue- 
de ser más oportuna y favorable, porque se halla 
V. S. con tropas, una escuadra dotada de marinería 
europea y oficialidad instruida, que puede contribuir 
muchísimo al buen éxito, y un buen número de lan- 
chas cañoneras; con que será muy justo que cuando lo 
permitan las circunstancias, con la seriedad y deten- 
ción que exige lo grave de la empresa, se ponga en 
ejecución, que si V. S. lo hace así, dejará por muchos 
títulos eternizada su memoria, y estas islas le serán 
deudoras de haber sacudido el yugo infame que por 
tantos siglos las oprimía." 



CAP. XXX. — Reforma del arsenal de Cavile. 



YA hemos dicho que se había mandado suprimir el 
arsenal de la Barraca, y que sus empleados se tras- 
ladasen todos á Cavite, lo que produjo grandes^ dis- 
cordias y disgustos en la marina. Los que sostenían á 
la Barraca contra todo lo dispuesto, pudieron tanto, 
que el Sr. Aguilar revocó la orden de traslación, fun- 
dándose en ser necesaria la subsistencia de este arse- 
nalíllo, mientras hubiese algunas obras pendientes. 



25o Guerras piráticas de Filipinas. 

Los oficiales reales no llevaban con gusto que pre- 
valeciese Cavite, bajo el pretexto de que la Barraca 
estaba más al alcance de su vigilancia, mientras á los 
marinos de la escuadra les sucedía lo contrario; pero 
el Sr. Aguilar se atuvo, al fin, a lo dispuesto por S. M. 
en diferentes reales órdenes, y principalmente en la 
de 24 de Setiembre de 96, y declaró que el astillero 
debia establecerse y perfeccionarse en Cavite. A este 
fin habian ido viniendo del departamento de la Ha- 
bana delineadores y capataces, carpinteros de ribera 
y calafates. Los que antes habia eran hombres rudos, 
indios por lo general, maestrillos indígenas que fueron 
los principales causantes de las contradicciones, por la 
posesión en que estaban de dirigir la construcción an- 
tes de que S. M. la entregara á los europeos, que por 
otra parte tenian menos sueldo que ellos. 

Para llenar las intenciones de S. M. restaba, pues, 
fomentar el arsenal de Cavite y disponerlo con todas 
las oficinas, obradores, almacenes y tinglados conve- 
nientes, para que dejase de ser un establecimiento des- 
ordenado y sin método ni arte, eligiendo además pa- 
raje adecuado en sus inmediaciones para tener abun- 
dantes acopios de maderas curadas, etc., etc. También 
debian establecerse en el arsenal las oficinas de depó- 
sitos escluidos, y demás precisas é indispensables para 
la cuenta y razón. 

Este servicio, que debia ser de la única inspección 
de la Intendencia, según el art. 5.", tít. o.,^ de la nue- 
va ordenanza de real hacienda de marina, se halla- 
ba en Cavite en el estado más lastimoso, de tal ma- 



Capítulo XXX. 25 1 



ñera, que para la observancia de esta soberana dispo- 
sición, era indispensable crear un ministro que en 
calidad de sustituto del intendente en el arsenal, ó 
bajo otro nombre cualquiera, lo fuese de hacienda y 
marina, con los oficiales necesarios. 

Usando, pues, el Sr. Aguilar de las facultades que 
el rey le concedía, comisionó al oficial real más an- 
tiguo, p. Joaquin Cirilo de las Cajigas, para dispo- 
ner un nuevo método de cuenta y razón que abraza- 
se todas las dependencias é intervenciones de arse- 
nal y almacenes de Cavite. En el ínterin, no siendo 
posible ampliar el arsenal sin destruir una parte de 
las fortificaciones de la plaza, y hacer otras, cuyo cos- 
to no estaba la real hacienda en estado de soportar, 
se desaguó el navio viejo San José, que estaba á pique 
ocupando una gran parte de lo mejor de la dársena, 
y se deshizo y limpió el malecón de los cabrestantes 
para dar de quilla á los navios. 

Desde el tiempo del Sr. Marquina estaba en grada 
la corbeta Príncipe de Asturias., sin que constase el 
objeto de su fábrica y se tenia por verosímil que la 
inclemencia del tiempo la hubiese reducido á escoria 
en tantos años. Mandóse, pues, igualmente hacer un 
reconocimiento prolijo de ella, para resolver si debia 
acabarse ó deshacerse. Aunque las casas y edificios de 
los arsenales correspondiesen á los ministros de ellos 
como efectos de la real hacienda, mientras sus obras 
corrían á cargo de los ingenieros hidráulicos, como 
todavía no estaban en práctica las ordenanzas y por 
un superior decreto se había conferido la construcción 



252 Guerras piráticas de Filipinas. 



de los edificios que ocurriesen al comandante del ar- 
senal, se dispuso verificar inmediatamente el repa- 
ro y composición de las cinco naves de cantería que 
existian deterioradas, y que iban á destinarse para 
fabricar á cubierto las arboladuras, embarcaciones me- 
nores, obradores de cureñaje y depósito de utensilios. 

Respecto á los instrumentos y las herramientas, 
eran chinescas las que usaba la maestranza de estas 
islas, por lo cual se encargaron los oficiales reales de 
comprar las que habia traido últimamente un buque 
americano, y las que trajeran otros de Europa, ha- 
ciendo fabricar en las herrerías del rey ó particulares 
las que faltaran para el completo del almacén de Ca- 
vite. A los aprendices y demás operarios que deseasen 
adquirirlas propias se les descontarla su valor del jor- 
nal por décimas partes, sobre lo cual se dieron dispo- 
siciones muy oportunas y cristianas, que escitasen y 
estimulasen a los jornaleros á progresar en sus res- 
pectivos oficios. 

Apesar de las medidas para acopio y curación de 
maderas por cuenta de la Hacienda, los oficiales rea- 
les publicaron por carteles los precios á que se abona- 
rían las que trajesen los particulares, especificando las 
condiciones que habían de tener -y proponiendo me- 
dios para que se pagasen en Cavíte, á fin de ahorrar á 
sus dueños viajes á Manila y nuevos gastos. Además, 
quedaron autorizados para ajustar asientos y contra- 
tas con los alcaldes mayores ú otras personas que bajo 
la asistencia y dirección de capataces ó maestros del 
arsenal se obligasen á introducir cierto número de 



Capítulo XXXI. 253 

maderas en determinado tiempo, haciendo el corte con 
oportunidad y en los terrenos más apropósito. A con- 
secuencia de esta disposición, se restableció desde 
luego el corte de Batangas, y empezaron las conduc- 
ciones de la madera que existia cortada en las playas 
de Matoco y Santiago, y análogas se tomaron para 
el surtido de la clavazón, cobre, etc., así como las lo- 
nas, jarcias y cables de Europa, que se dispuso adqui- 
rir en el país mientras durasen las calamitosas circuns- 
tancias de la guerra. 

Finalmente, como para cubrir tan extraordinarios 
desembolsos se necesitase un socorro de caudales 
igualmente extraordinario, se le pidió al virey de 
N. España un auxilio anual de los dos tercios, al me- 
nos, de la asignación que tenia el establecimiento de 
San Blas, de Méjico, respecto de que allí no habia de 
hacerse ya construcción alguna, habiéndose conser- 
vado únicamente los muy precisos operarios para las 
carenas, recorridas y composiciones de sus buques, á 
consecuencia de real disposición que sobre la materia 
habia trasladado á este gobierno en 1 9 de Marzo de 
1797, el entonces virey de N. España marqués de 
Branciforte. Al actual se le pedia al mismo tiempo que 
el socorro de plata, razón del número y porte de los 
buques que necesitase para las atenciones de aquel 
reino, á fin de empezar á construirlos en Cavite in- 
mediatamente. No llegó nunca este caso: la construc- 
ción de la Luzonia^ y su enorme costo, escandalizó á 
todo el mundo, y con este pié entramos en el siglo 
XIX, tan fértil en todo género de ocurrencias políticas. 



2^4 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XXXI. — Creación del corre gimiejito de 
Nueva Ecija. Nuevas disposiciones para el 
corso. Creación definitiva del apostadero. Dis- 
cusiones entre las autoridades (1800). 



EL Sr. Aguilar, sobre quien habían de recaer los 
resultados de cualquier desacierto en la empresa 
contra los moros, no quiso seguir el dictamen del 
asesor, aunque se habia recibido una real cédula fe- 
chada en San Lorenzo á 22 de Octubre de 1799, ex- 
pedida á virtud del informe dirigido á S. M. por el re- 
verendo obispo de Nueva Cáceres sobre los gravísi- 
mos daños que padecían los naturales de su obispado; 
con cuya ocasión mandaba el Rey que se formase nue- 
vo expediente, en que se demostraran dichos males, 
para ponerles remedio, especificando gastos y arbi- 
trios... Otro expediente que se empezó, en efecto, y 
tampoco produjo resultado, hasta que al cabo de más 
de tres años vino otra cédula repitiendo aquélla. 

Entre tanto continuaban los destrozos en los pue- 
blos de Baler, Palanan y Casiguran á causa de hallarse 
sin defensa por mar y por tierra, por no poder aten- 
derlos los alcaldes de Tayabas; llevaba gastados la real 
Hacienda desde 171 9, que se establecieron estas mi- 
siones, 190.000 pesos, sin que el Estado ni la religión 



Capítulo XXXI . 255 



hubiesen aprovechado cosa alguna. Solo la creación de 
una alcaldía ó corregimiento en toda aquella comarca 
podía remediar semejante mal. Hubo, pues, que refor- 
marlas. Veinte mil pesos habían de distribuirse por una 
vez entre 2.000 tributos, que quisieran irá poblar aque- 
llos sitios desiertos, y 3.073 deberían aumentarse á los 
gastos anuales con la creación del corregimiento, que 
al fin se acordó en junta superior, que ahora llaman de 
autoridades, poniéndole el nombre de Nueva Ecíja, en 
honor á la patria del Sr. Aguilar, el día 25 de Abril. 
Estaba compuesto de los pueblos y misiones de Caba- 
natuan, Santor, Palanam, Dibutarío, Irayas, Casíguran, 
Baler, Binangonan de Lampón y Polillo; se decidió 
también poblar á toda costa el sitio llamado Vinírey, 
entre Baler y Binangonan de Lampón, por el alivio 
que iba á resultar á los pasajeros, que aun hoy en la 
distancia de treinta leguas carecen de abrigo; siendo, 
como es, un terreno fértil y á propósito para el cultivo, 
con un rio caudaloso y con un puerto seguro y capaz. 
Las cuarenta leguas que medían entre Casíguran y 
Palanam, tierra igualmente buena, es también un pá- 
ramo, a merced de los infieles de los montes, sin que 
se haya aún logrado congregarlos para que vivan en 
sociedad y religión, por más que se ha hecho. La 
isla de Polillo está reducida á la misma miseria y á ser 
el abrigo de los moros en la monzón de vendábales. 
Fueron los privilegios y mercedes concedidas á los que 
voluntariamente poblasen estos terrenos, desde luego 
la exención de tributar por diez años, una parte de 
tierras cultivables á cada colono y solar para edificar 



256 Guerras piráticas de Filipinas. 

su casa, á más de diez pesos en carabaos y útiles de 
labranza á cada tributo ó familia, siendo del cargo de 
la justicia del distrito remitirlos, con la obligación úni- 
camente de subsistir en el pueblo que se les asignase 
bajo la pena de cuatro años de presidio en la fundición 
si lo abandonasen. Todo fue inútil, así como los hala- 
gos y hasta la predicación de los misioneros. Nadie 
quiso poblar allí, á excepción de algunos pocos aven- 
tureros ó malvados que no hallaban cabida en ningún 
pueblo, y fué necesario declarar que no podía mante- 
nerse ni formarse la población de Nueva Ecija sin es- 
colta permanente para defender las costas y contener á 
los infieles. 

En efecto, cien hombres de tropa se establecieron 
allí, sesenta en Baler, cabecera del corregimiento, y no 
en Santor, donde los corregidores residen sólo por su 
comodidad, y cuarenta en Pantabangan, donde reside 
el teniente de corregidor. 

En los pueblos playeros se puso una cota ó baluarte 
para defenderse de los moros, y en Baler un castillejo 
en medio de dos ríos que desembocan en la mar for- 
mando dos puntas, con dos cañones. En fin, á Panta- 
bangan, á más de los fusiles de dotación se destinaron 
cuatro cañones de á dos para una cota, á la isla de Poli- 
llo, Binangonan de Lampón, Casiguran y Palanan, se 
destinaron también armas y municiones, y al corregi- 
dor con el título de comandante militar de toda la pro- 
vincia, se asignó el sueldo anual de 1.200 pesos, como 
lo goza hoy dia, y el 3 por 100 de la cobranza, con 
prohibición absoluta de comerciar directa ni indirecta- 



Capitulo XXXI. 25 j 



mente. El teniente tuvo 1 8o pesos al año y varios 
gajes. 

Arreglada Nueva Ecija, se pensó en Misamis, donde 
estaba de corregidor D. Juan Manuel de Arrieta, que 
había hallado la armadilla en el estado más miserable. 
Se reducia toda ella á cuatro vintas para hacer frente á 
los corsarios de Laparan y la ensenada de Pan gil, que 
entonces eran los que hacian más daño á nuestras pro- 
vincias, unidos con los de la laguna de Mindanao. 

Arrieta, como toda autoridad nueva, hizo nuevos 
planes, pues decia que la persecución tal como la te- 
níamos establecida era ir á arar á la mar en barco., y 
que las entradas por los rios y escondrijos de los ene- 
migos en las estaciones oportunas para destruir sus 
embarcaciones é impedirles fabricar otras, era el mayor 
servicio que podia hacerse. En efecto, consiguió algu- 
nas ventajas. 

Entretanto, el Sr. Aguilar escribía al sultán Tangi- 
rán Bandajar, de Borneo, brindándole con paz y co- 
mercio, como siempre. No fué inútil del todo, pues 
Degadong, primer consejero de aquel reino, el sul- 
tán y su hijo, se mostraron agradecidos á las espre- 
siones del Sr. Aguilar, y dieron palabra de publicar 
por toda la morisma sus buenas intenciones, mandan- 
do el sultán, en prueba de ello, á su escribano Aliac- 
ban y su capitán Pangilinan Aer, con dos pancos 
cargados de efectos, para que "enlazada Manila con 
"Borney, eran sus espresiones', y Borney con Ma- 
"nila, quedaran como una sortija enlazada con una 
"piedra.^' 

i8 



2D8 Guei'ras piráticas de Filipinas. 

También se nombró para Mindoro un corregidor, 
y se mandaron formar nuevos pueblos. 

Respecto al pago de las tripulaciones de la gente 
del corso, ocurrian entonces mil abusos. Los pobres 
marineros, en vez de percibir el salario íntegro, lo re- 
cibían en efectos, de menos valor y mermados, por lo 
regular, y los vendían a los mismos pagadores á un 
precio ínfimo , á trueque de no carecer de dinero 
para sus necesidades. El Gobierno, que no ignoraba 
esto, aunque habia dado inútiles providencias para 
remediarlo, dispuso que en adelante, en los parajes 
distantes de Manila, los pagamentos se hicieran men- 
sualmente, á menos que los interesados se hallasen 
con los buques en alguna expedición ó reconocimien- 
to, pues entonces se ejecutarían al regreso, en presen- 
cia del párroco del pueblo y del comandante de cada 
buque. Se daban reglas para que estos no suplantasen 
los nombres de los desertores, cobrando los devengos 
en su lugar, lo que prueba el estado de la moralidad. 
Análogas medidas se dictaron para el abastecimiento 
de las armadillas, carenas y recorrido de las lanchas 
ó falúas. El personal de la marina corsaria tuvo tam- 
bién grandes reformas. 

Cincuenta y seis eran las lanchas que existían en- 
tonces en el rio, veinticinco cañoneras, dos obuseras 
y tres bombarderas. A más de éstas existían en el 
Corregidor dos cañoneras, seis á las órdenes de la es- 
cuadra, dos obuseras al servicio del tabaco, dos caño- 
neras en Mindoro, cinco obuseras en la inundación de 
Carlos IV, y carenándose en Cavite una bombardera. 



Capítulo XXXI . 259 

dos obuseras y seis cañoneras, que rebajadas de este 
número las dos de Mindoro, las dos vendidas á la ren- 
ta de tabaco, y las cinco que existian en la inundación, 
resultaba haber sólo cuarenta y siete disponibles, 
que se distribuyeron de nuevo en esta forma. En el 
rio. Vistas y Polvorista, treinta, divididas por terceras 
partes, y las diez y siete restantes en Cavite y puntos 
de que se habia encargado la escuadra, contándose las 
seis que tenia á su disposición, las nueve que estaban 
carenándose allí mismo, y las dos del Corregidor. La 
muerte de D. José Gómez ocurrida en esta oportunidad 
(15 de Julio) fué bien sensible. Los moros la celebra- 
ron como una victoria, manifestando el mismo júbilo, 
aunque de diverso modo, que los turcos en Constan- 
tinopla cuando la muerte del papa San Pió V, 

En la isla del Corregidor ocurrian desórdenes muy 
graves, por ser abrigo de gente malhechora, y pa- 
trimonio de los comandantes de la división, á pesar 
de hallarse tan próxima á Manila, residencia de las 
autoridades. Allí tenían ganado; allí cortaban maderas 
para su tráfico, y allí se aprovechaban de otros renglo- 
nes, empleando á la marinería por fuerza en todas estas 
faenas, con abandono de su obligación principal. Giró- 
se una comisión requisitoria, y bien por favorecer al 
alcalde mayor de Bataan, bien por convenir al servi- 
cio, se declaró la isla comprendida y dependiente de la 
misma alcaldía, mandando limpiarla de viciosos y mal 
entretenidos; concluir la obra de la torre del vigía para 
no hacer infructuosos los gastos ya erogados; formar 
padrón de la gente útil á quien se repartiesen tierras 



26o Guerras piráticas de Filipinas. 

de labor, que se dijo haber veinte quiñones, lo cual 
parece escesivo; y en fin, que se formase pueblo, con 
ministros de justicia y párroco. Con este suceso coinci- 
dió la llegada de una real orden para la erección del 
apostadero ó comandancia de la marina real, indepen- 
diente del Gobierno, nombrando comandante en jefe 
con el grado de capitán de navio á D. Ventura Bar- 
caíztegui, que á la sazón se hallaba en Macao con la 
fragata Fama^ evacuando una comisión importante del 
general Álava. Desde luego se suscitó entre los dos ge- 
nerales una de las más vivas competencias que se han 
conocido en estas islas, donde tanto abundan, haciendo 
alarde el Sr. Aguilar de su celo á favor de la real 
hacienda, cuando la verdadera causa era que se sacaba 
de su jurisdicción el establecimiento de Cavite y la au- 
toridad de marina. Sobre si estaba autorizado el señor 
Álava para tomar posesión de la comandancia de ma- 
rina, como un preliminar para hacer el arreglo que dis- 
ponía la real orden, formar el plan de trabajos, y poner 
el apostadero en el pié de los demás de América para 
entregárselo después al Sr. Barcaíztegui, batallaron, 
después de otros muchos puntos, de la manera más 
acalorada. El Sr. Álava, más conciliador, quiso tomar 
por arbitro a la Audiencia, sin duda en forma de real 
acuerdo, diciendo que se sometía á la interpretación 
que este tribunal diese á la orden de S. M. por no per- 
der el tiempo; pero el Sr. Aguilar de ningún modo ac- 
cedió á este temperamento, diciendo que la Audiencia 
no tenia que ver en un asunto puramente autoritario» 
y sí la junta superior de hacienda, á quien por ley com- 



Capitulo XXXI. 261 

petia, por estar la materia enlazada con otros puntos 
económicos. 

Otro de los motivos de la disidencia fué la matrícula 
que se hallaba ya establecida; pero exceptuando la pes- 
ca, por los inconvenientes y perjuicios que podrían re- 
sultar á los indios no matriculados, privándoles de esta 
libertad y penándolos con la pérdida del pescado y re- 
des, como queria el Sr. Álava. No estaba bien im- 
puesto de la verdad el que informó á éste que los indios 
sólo se servian del pescado llamado dalag para su ali- 
mento, pues todas las clases se sustentaban entonces, 
ahora y siempre, según su dinero ó habilidad. Pescan 
en los rios, en sus bocanas ó en la bahía á las horas 
que les acomoda, entrándose en sus banquillas con su 
cordel ó red; una vez pescado lo que les parece bas- 
tante para su gasto ó venta, se retiran á sus casas y se 
ejercitan, los menos, pues los más son holgazanes, en 
sus oficios de cocinero, sastre, etc., porque todo indio 
con la misma facilidad que es cochero ó cocinero, con la 
misma se hace pescador ó marinero, ó artesano. La ma- 
trícula se hallaba establecida, pues, en las cinco pro- 
vincias inmediatas á esta capital; pero la misma expe- 
riencia habia convencido de su inutilidad, porque á la 
primera necesidad que hubo de valerse de ella, apenas 
pudo conseguirse de tantos matriculados alguno que 
otro, y ese por fuerza, pues á pesar de las penas estable- 
cidas, todos se ocultaron ó emigraron, de modo que 
fué preciso tripular los buques con gente de los pueblos 
sacada del mismo modo que se hacia para las obras 
del rey y para las milicias, después de haber cogido á 



202 Guerras piráticas de Filipinas. 

granel todos los de profesión marítima residentes en el 
partido de Cavite y en los extramuros de Manila, fue- 
sen ó no matriculados. 

Llegó á punto la cuestión, que el Sr. Álava, perdien- 
do los estribos, pasó al general una comunicación fortí- 
sima, enumerando multitud de hechos que indicaban 
haber sufrido durante su gobierno grandes perjuicios 
el Erario, desórdenes la administración pública y el 
país violencias y usurpaciones; y entre otras cosas le 
insinuaba ser palmario que los obstáculos y los deseos 
de ahorro que al nuevo establecimiento se presentaban 
por parte del Gobierno eran una novedad, pues no 
se hablan ofrecido en ningún otro caso, no obstante 
las estafas y los escándalos ocurridos antes en varios 
asuntos, por ejemplo, en la Barraca, donde se hablan 
enriquecido tantos aventureros sin que al Sr. Aguilar 
le diese un solo grito la conciencia; pero que para el 
apostadero que iba á montarse bajo el pié de ordenan- 
za, conforme ala voluntad de S. M., todo eran difi- 
cultades, todo deseos de' ahorro, escaseces y escrúpu- 
los. Que las cajas reales hablan estado siempre abiertas 
para acudir á gastos y novedades caprichosas en los 
demás ramos dependientes del gobierno, etc., etc. 

Herido en su dignidad el Sr. Aguilar, recogió el 
guante y desafió al Sr. Álava á entrar en la lid de lleno 
con el carácter de denunciador, máxime creyéndole 
animado de un celo puro y de un amor verdadero al 
rey y al buen servicio. Oue en el de la marina se come- 
tían en efecto abusos y desórdenes, según voz pública, 
que de quedar impunes prestarían abundante campo á 



Capítulo XXXTI. 263 

la murmuración, por lo cual debía ayudarle á un severo 
castigo. Que se sirviese espresarle quiénes eran los en- 
riquecidos en la Barraca y se lo impondría sin conside- 
ración alguna. Tiraba, en fin, á convertir al general de 
marina en denunciador de sus mismos subordinados, y 
denunciador de hechos injustificables, aunque eran pú- 
blicos en todo el país, por lo cual el Sr. Álava se hizo 
generalmente impopular. La verdad es que la marina 
de guerra no podía tirar la primera piedra en este 
asunto. 

En tal estado la competencia, llegó de Macao el 
Sr. Barcaíztegui, el 9 de Junio; y después de algunos 
días, no sin nuevas dificultades y disgustos, tomó 
posesión de la comandancia de marina, suprimiéndose 
definitivamente, al parecer, el astillero de la Barraca 
y pasando toda la maestranza al arsenal de Cavite. 



CAP. XXXII. — La diputación de abastos. Nue- 
va táctica de los piratas. Cansancio del señor 
Aguilar. Sorpresa desagradable que nos dan 
los ingleses. El telégrafo. 



EXENTOS de servicio por su mal estado dos navios 
de línea, el San Pedro y el Europa.^ así como la fra- 
gata Cabeza., con el dolor, además, de la sensible pér- 
dida de la fragata María, por las circunstancias tristes 



264 Guerras piráticas de Filipinas. 

que la acompañaron, y dejando en las costas de China 
de resultas de un temporal una de las dos urcas, La 
Ferroleña, el Sr. Álava se dio á la vela con el resto 
de los buques de su escuadra para la Península en la 
tarde del 6 de Enero de 1803. 

Al tener el rey noticia de la muerte del comandan- 
te Gómez, habia nombrado para sucederle, por real 
orden de 5 de Junio del año anterior, al capitán de 
fragata D. Ramón Ortiz y Otañez, con todos los go- 
ces de mando de buque en estos mares. 

Con motivo de la paz con los ingleses, la mayor 
parte de las lanchas, como si no existiesen otros ene- 
migos, estaban desarmadas por este tiempo, y las que 
hablan estado en Cavite, á las órdenes de la escuadra, 
las habia devuelto á esta plaza el Sr. Barcaíztegui, pro- 
cediendo inmediatamente el Gobierno á desarmarlas y 
bararlas y despidiendo á toda la tripulación. No existían 
en pié de guerra otras fuerzas sutiles que dos lanchas 
y dos falúas, que el año anterior hablan salido al es- 
trecho de San Bernardino á una comisión, y entretanto 
las Visayas se estaban defendiendo por sí mismas de 
nuevos ataques de los moros como mejor podían, sin 
perjuicio de su aflictiva situación interior, pues el co- 
mercio con Manila sufría mil estorsiones, por haberse 
establecido un impuesto sobre los frutos, que se recau- 
daba tiránicamente por una llamada diputación de 
abastos. Esta imponía el precio que se le antojaba 
á la cera, el cacao, el aceite de coco, etc., que condu- 
cían los pobres visayas, después de una navegación 
tan penosa y arriesgada, y el arráez ó dueño que los 



Capitulo XXXIL 265 

vendía sin conocimiento de la diputación, era encar- 
celado y multado. Muchas veces, sin contar con el 
propietario ó su personero, se ponia precio á los artícu- 
los, y se repartían papeletas por las casas que quisiesen 
surtirse de ellos, siendo ordinariamente más atendidos 
los menos necesitados. Naturalmente se hacían viles 
tráficos á la sombra de esta contribución, que duró 
hasta bien entrado este siglo. 

Caraga y Mísamís también se veían reducidos á la 
situación más lastimosa, por los continuos asaltos de 
los moros. Estos, algo escarmentados por las recien- 
tes persecuciones, habían modificado su sistema de 
corso. Unos iban y venían (principalmente de Joló) 
con ropa y armas, granos y otros objetos de venta, 
llevando ocultos sus cautivos, y sin perder la ocasión 
de ejecutar nuevas presas, eran comerciantes donde 
veían un pueblo capaz de resistirles. Otros, que eran 
los más perjudiciales, por estar de asiento en las islas 
desiertas, ó en algunas de las Visayas, eran tan mise- 
rables, que se embarcaban para el corso sin tener ali- 
mentos con que mantenerse, ni armas con que ofen- 
der y ejecutar las presas, de todo lo cual los proveían 
los piratas ricos á condición de pagarles en cautivos 
que precisamente tuviesen tantos años; y esto lo ha- 
bían de ejecutar dentro de término fijo, paga doble 
por supuesto, pues la usura es cosa corriente. Si pasa- 
do el plazo no cumplían, estaban obligados á hacer la 
paga doblada, y de este modo iban doblando la deuda 
en términos que se hacían los deudores insolventes, y 
por lo tanto, crimínales rematados. Por ejemplo , to- 



266 Guerras piráticas de Filipinas. 

maba un moro prestado un campilan, lanza ó cris con 
la condición de dar dentro de un año un cautivo de 
veinticinco á treinta años de edad. Si no podia cum- 
plirlo dentro del año, quedaba obligado á dar dos 
cautivos de la misma edad en todo el segundo año, 
y así en progresión aritmética, habiendo corsario que 
en toda su vida, y aun en la de sus hijos y nietos, no 
podia satisfacer la deuda de un simple campilan. No 
siempre en sus barcos vienen subordinados al dueño ó 
arráez de la embarcación, pues cada uno lleva por su 
cuenta el avío que ha menester, las armas, etc., y 
aunque todos al parecer tengan un grandísimo respe- 
to al principal ó dato que los manda, en realidad, sólo 
existe tal sujeción cuando el arráez es rico ó principal 
y los tripulantes vasallos suyos, cosa que sucede rara 
vez. Lo más general entre esta gente es, que para los 
combates, abordos, avances y golpes de mano eligen 
el más valiente por capitán y se sujetan todos á sus 
órdenes; pero fuera de las acciones de guerra no ha- 
cen el mayor caso de él. Entre esta chusma suele ve- 
nir multitud de renegados, mil veces peores que los 
propios moros, porque conocen mejor los pueblos, y 
tienen en ellos enemigos y venganzas que ejecutar. 
Entre unos y otros reina, con frecuencia, la envidia y 
emulación, y no sólo entre los de una misma tribu ú 
horda, sino también entre los de un mismo barco, 

A esta miserable chusma, le ofrece la fertilidad de 
tantas islas despobladas como cuenta el visaismo gran 
aliciente, y los innumerables rios, esteros y ensenadas 
que tanto abundan de burí, cabo negro, palavan, 



Capitulo XXXII. 267 

baylacoc, barote, coróte ó casave y otras raíces, comi- 
da sabrosa y fácil, que también aprovechan los visa- 
yas en sus apuros. Gracias á su miseria, y á estar casi 
siempre hambrientos, huyen con facilidad ó desampa- 
ran las acciones ó se les cae el campilan de las manos 
de puro débiles. Gracias á esto, repetimos, pues de 
lo contrario no existiria pueblo alguno en todo el vi- 
saismo, ni podrían las embarcaciones transitar de una 
provincia á otra, pues en un abrir y cerrar de ojos se 
reúne una verdadera escuadra, que no parece sino 
que de cada ola sale un barquichuelo con cuatro ó seis 
tripulantes. 

Tal suele ser su falta de previsión, que se embarcan 
sin arroz ni comestible alguno, después de haberse 
dado un atracón ó una borrachera. Y aun de agua 
se proveen con tanta escasez, que el más cuidadoso 
y avisado sólo lleva un canuto de caña lleno, fiados 
siempre en que en la prim^era isla podrán repostarse; 
de suerte, que cuando una avería ó una persecución 
retarda este momento, se convierten en verdaderas 
momias. 

Al principio de toda acción, su modo de pelear es 
impetuoso, y procuran cuanto antes llegar á las armas 
blancas, en cuyo manejo son muy diestros. En los 
combates navales dan siempre la proa al enemigo, sin 
jamás presentar ellos el costado, y después de haber 
hecho algunos tiros para descubrir por el sonido la ca- 
lidad de la artillería contraria, si se consideran iguales 
ó superiores, tiran á abordar echando mano de los 
sumbilanes ó dardos, abandonando los remos, y des- 



268 Guerras piráticas de Filipinas. 

piden una espesa lluvia de ellos. Cuando son vencidos 
ó sorprendidos, aunque se les considere sin salida, la 
encuentran siempre, pues embican en cualquier parte, 
y se acogen á los bosques más espesos, donde fabrican 
de nuevo en once ó quince dias sus barcos para vol- 
ver á empezar. 

Enemigos de tal clase, por fuerza han de cansar á 
los que les hacen la guerra, y esto sucedió al Sr. Agui- 
lar, que no logrando acabar con ellos, achacoso y can- 
sado también de su gobierno, ya no era lo que en un 
principio. Los tinglados de Santa Mesa y del Fortin 
estaban llenos de lanchas y falúas deteriorándose, y en- 
tretanto los moros campaban por su respeto en todas 
las islas, y en vano la opinión clamaba. 

Otra preocupación más grave tenia también el go- 
bernador. Los ingleses, persuadidos de que la paz no 
habia de ser duradera, daban claros indicios de ello en 
este puerto, pues en el mes de Noviembre, sin moti- 
vo ni pretexto alguno, se fugaron del fondeadero en 
que se hallaban dos fragatas y un paquebot, la noche 
del 12 al 13, llevándose los individuos del resguardo 
de rentas que estaban á bordo sin esperar al registro 
de sus papeles ni á la visita de su carga. Este suceso 
fué anuncio del nuevo establecimiento de los ingleses 
en Balambangan, donde con gran sorpresa los vio y 
denunció al gobernador de Zamboanga, el capitán del 
paquebot Bonaparte^ que venia de Joló. Un buque in- 
glés acababa de llegar á este último puerto con el go- 
bernador y varias familias de empleados. Poco después 
de esto unos moros joloanos que llegaron á aquel 



Capítulo XXXIL 269 



presidio á comerciar, ratificaron la noticia, que al mis- 
mo tiempo era sabida en Manila con toda certeza. A 
las primeras cartas del gobernador de Zamboanga na- 
da contestó el sultán; pero habiéndole mandado al fin 
un mensajero llamado Atilano , contestó secamente 
que según noticias trataban los ingleses de formar 
nuevo establecimiento en Balambangan; pero que no 
sabia el número de embarcaciones que hubiesen traido 
ni tampoco qué clase de familias. Al mensajero le re- 
cibió con algún desabrimiento, una sola vez, en pre- 
sencia de tres oficiales de palacio, y entre evasivas y 
vulgaridades, el sultán, dirigiéndose á los suyos, les 
dijo de modo que lo oyese bien Atilano: me parece que 
este viene á observar lo que aquí pasa; y seguidamente 
dio orden de que no saltase nadie del panco en tierra. 
Atilano, en fin, regresó á Zamboanga sin sacar otra 
cosa en limpio más que los ingleses invocaban la ce- 
sión que les hizo el difunto Alimudin (Fernando I), y 
que estaban levantando una batería nueva, y refor- 
zando otras. 

Al mismo tiempo llegaron á Zamboanga dos pancos 
del mismo Joló con una carta en árabe para el gober- 
nador del dato Majaradia, amigo de los españoles. Hé 
aquí este curioso documento: 

"El dato Majaradialayla Mufabat Tibie, caballero 
"del orden del reino de Joló: logré la ocasión presen- 
cie para insinuar á vuesa merced mis cordiales ex- 
''presiones, deseando que a su recibo le halle sin no- 
"vedad, y en señal de mi afecto le remito cinco ll- 
amones para con ellos lavarse las manos, y por no 



270 Guerras piráticas de Filipinas. 

"molestar su atención omito otras cosas, las cuales 
"especificará Juan Mujamad, portador de la carta, de 
"quien tengo confianza para que se las comunique á 
"vuesa merced verbalmente como mi intento lo re- 
"quiere." 

Entonces se supo por este conducto, que el dato 
Mujaradia habia tratado de pasar personalmente á 
Zamboanga, pero que ciertos negocios se lo impidie- 
ron, y deseoso de que los españoles supieran cuanto en 
Joló ocurria, avisaba, que no obstante la repugnancia 
del sultán y los datos, los ingleses hablan renovado su 
establecimiento en Balambangan; que trajeron casas 
de madera, tropa, armamento y todo lo demás necesa- 
rio; pero no pudieron conseguir levantar en el mismo 
Joló una fortaleza, por más ofertas que hicieron á los 
moros, teniendo que recurrir al artificio de decirles 
que la guerra entre Inglaterra y España iba á decla- 
rarse infaliblemente, si ya no estaba declarada, y que 
entonces los joloanos, con su apoyo, se harian ricos, 
saquearían las Visayas y aun se apoderarían de todas 
las islas, porque los ingleses no necesitaban otra cosa 
que la nao de Acapulco y la plaza de Manila. Estas 
proposiciones pusieron de su parte á algunos datos; 
pero el sultán y otros siguieron negándose, persuadi- 
dos que una vez construida la fortaleza en Joló, que- 
darían reducidos á la clase de esclavos todos sus mo- 
radores. Esta última opinión prevaleció y activamente 
se dedicaron á los trabajos de guerra. La de España 
con los ingleses, allí como en Balambangan, corria por 
segura. 



Capitulo XXXII. 271 

Los buques de estos en dicho punto 'eran tres de 
la Compañía de la India, uno del gobernador, con ba- 
tería corrida y artillería de doce hasta diez y ocho, y 
otros cinco particulares, entre estos los tres que tan 
graciosamente se despidieron de Manila. El estable- 
cimiento se componía de trescientos blancos, entre 
soldados, artilleros y demás gente, unos setecientos 
cipayos, con coronel y oficiales blancos, doscientos 
chinos, y varias familias de malabares y malayos de 
Malaca. En tierra tenían seis obuses de treinta y seis, 
diez y seis cañones de campaña de á seis y cuatro, 
doce á catorce cañones de distintos calibres chicos, to- 
dos montados y cargados, inmediatos a la playa, sin 
forma alguna de fortaleza, con muchas balas y sacos 
de metralla, y trescientos barriles de pólvora á bordo 
de un buque fondeado y desaparejado. 

La casa del gobernador, la del coronel, la del ca- 
pitán de puerto, la del sobrecargo de la Compañía, al- 
macenes y arsenal eran de tabla y ñipa, y lo mismo al- 
gunas de los oficiales; mas los artilleros y soldados 
estaban alojados en tiendas de campaña y todas las 
fahiilias de malabares y de malayos en pequeños tapan- 
cos. En I ,° de Noviembre habían perdido dos buques 
grandes con gente y víveres, salvándose noventa per- 
sonas de trescientas diez, habiéndose incendiado en el 
mismo día otro con víveres y cañones, sin salvarse 
más que estos últimos. Entraban con tan mal pié 
en Joló que , además de estas pérdidas , el día 28 
del mismo tuvieron otras más sensibles, por ser una 
fragata de guerra que salía de Balambangan para 



272 Guerras piráticas de Filipinas. 

Madras con cañones y fusiles. No pudo salvarse 
nada. 

En Abril de 1804, el bergantín Príncipe de Astu- 
rias^ procedente de Nueva España, trajo a Manila al 
capitán de fragata D. Ramón Ortiz y Otañez, encar- 
dándose al momento de la comandancia de la marina 
corsaria, lo que permitió desplegar actividad en los 
preparativos contra el corso y los ingleses. Los ar- 
ráeces de las varias embarcaciones de Visayas recien 
entradas en la bahía, así como los alcaldes mayores 
avisaban haber cruzado por Isla verde, Pan de azú- 
car. Gigantes, Tablazo de Marinduque y ensenadas 
de Burlas y Masbate multitud de pancos de moros, y 
el Gobierno, en el instante, juzgó de toda necesidad 
despachar una división de tres lanchas y una falúa, 
que se habilitó en la Barraca; y he aquí otra vez á este 
arsenalillo con multitud de operarios, rivalizando 
con el apostadero de la marina real y volviendo á en- 
cender las mal apagadas pasiones. Otra división desti- 
nada al estrecho de San Bernardino se componía de 
cuatro lanchas, una de ellas de dos cañones, y dos 
falúas. Con la primera hubo graves ocurrencias, pues 
á los pocos dias el alcalde mayor de Zebú mandó á 
esta capital, bajo partida de registro, á los oficiales Bel- 
tran y Tobías. 

Por esta época se habia dado principio á los telégra- 
fos para sustituir á las señales de banderas, que rara 
vez daban una explicación completa. Este estableci- 
miento se debió al alférez graduado de la marina cor- 
saria D. Miguel Lozano, que habia hecho estudio 



Capítulo XXXIII. 273 



particular de esta invención en Brest, cuando se ha- 
llaba en aquel puerto embarcado de marinero en la 
escuadra del general Mazarredo. 



CAP. XXXIII. — Prepárase otra vei Alanila 
contra los ingleses. Crucero de éstos. Comba- 
te de la fragata francesa <La Simillajit» en 
San Jacinto, contra una fragata y bergantín 
ingleses que huyen maltratados. Apuros del 
Gobierno y auxilio que le envia la Provi- 
dencia . 



UN famoso basilano, Tibies, cruelísimo pirata y ca- 
beza de ellos, andaba haciendo de las suyas por 
la costa de Mindanao, y habiéndole cogido algunos 
prisioneros una armadilla de Zamboanga, los reclamó 
el sultán de Joló, aunque le constaba perfectamente 
que navegaban sin patente suya; pero como tenia 
siempre deseos el Sr. Aguilar de complacerle, le con- 
testó que estaba pronto á devolvérselos si eran pa- 
rientes suyos ó de su familia, á pesar de ser basila- 
nos, y por consiguiente, los mayores enemigos de Es- 
paña. En negociaciones y sucesos de esta clase pasa- 
ban los primeros meses de i 805, logrando las arma- 
dillas que hablan salido algunas ventajas contra los 

19 



274 Guerras piráticas de Filipinas. 

moros, cuando Manila se vio otra vez entregada á 
los preparativos de defensa, á causa de la conducta 
del gabinete británico. Para mayor complicación, llegó 
de Acapulco la nao Magallanes sin los situados de es- 
tas islas ni caudal alguno del comercio, poniendo al 
Gobierno en la absoluta precisión de demandar prés- 
tamos á todas las corporaciones que contasen con fon- 
dos, y pudo recoger en el acto de la casa de Miseri- 
cordia 30.000 pesos, de la Mitra 20.000, de la Obra 
pía de Sampaloc 8.000, de la de Recoletos 5.000, de 
la Consolación de San Agustín 4.000, viéndose al mis- 
mo tiempo forzado á prevenir á las armadillas que se 
restituyesen inmediatamente á este puerto. 

Fué por entonces una alarma falsa, pues despachos 
de Zamboanga anunciaron que Balambangan no tenia 
ya comercio alguno con Joló ni con Mindanao, por- 
que un buque llegado últimamente de Inglaterra habia 
traido órdenes para hacer abandono del establecimien- 
to. En Balambangan no quedaban sino dos paquebo- 
tes de siete cañones por banda, y cien hombres de tri- 
pulación europea. Las fuerzas navales de la India, com- 
puestas de cuatro navios de sesenta y cuatro, uno de 
cincuenta, una fragata de cuarenta y cuatro, dos de 
treinta y ocho, tres de treinta y seis, dos de treinta y 
dos, y otros buques menores, se decia que se apresta- 
ban contra Batabia; por consiguiente no tenia que 
temer Manila por entonces ninguna invasión, (i) 



(i) Así sucedió en efecto. A Batabia se dirigieron estas fuerzas, y 
no fue esta vez el pensamiento de los ingleses invadir á Manila, aunque 



Capítulo XXXIII . 275 



Sin embargo, la escuadrilla de Torres encontró en 
alta mar un bergantín de guerra inglés, que empren- 
dió la fuga al querer reconocerle. Por las inmediacio- 
nes de nuestro mismo puerto andaba una fragata que 
fué avistada por la vigía del corregidor. Juntos poco 
después el bergantín y la fragata, tomaron el estrecho 
para hacer allí su crucero, é impedir la salida de la 
fragata francesa La Simulante que era la esperanza de 
nuestro Gobierno para traer los fondos del situado. 

Los apuros habían llegado al mayor extremo, pues 
el Sr. Aguilar no pudo recoger más subsidios que los 
que quedan referidos, á pesar de esfuerzos increíbles, 
y estaba discurriendo establecer papel moneda, que hu- 
biera sido la última ruina de estas islas. Las cajas rea- 
les de México nos debían millón y medio de pesos; 
pero no podían traerse por la interceptación de los in- 
gleses. Entonces el Sr. Aguilar pensó que La Simillant 
podría encargarse de este negocio y ser su salvación 
en tan críticas circunstancias, pudiendo lograr de su ca- 
pitán Mr. Motard que se diera á la vela para Acapulco. 
Disimulóse esta negociación bajo el pretesto de reco- 
nocer el establecimiento de los ingleses en Balamban- 
gan; pero inmediatamente fué descubierta por los dos 
barcos que la dieron caza, y La Simillant tuvo la dicha 
de coger el puerto de San Jacinto y acoderarse al 



dijeran otra cosa a los joloanos, porque los caudales de N. España que 
venían en la nao, iban aparar á la India á cambio de los géneros que de 
allí sacaba este comercio, de modo que sin peligro se hacían dueños de 
nuestras riquezas. 



276 Guerras piráticas de Filipinas. 

abrigo de sus baterías, donde tuvo un reñido y largo 
combate del que se vieran los ingleses obligados á re- 
tirarse sumamente maltratados. Entonces la fragata 
imperial francesa, en vez de dirigirse á Acapulco, se 
dirigió á Isla de Francia, dejando al gobierno de iVla- 
nila burlado y en mayor miseria que nunca. Aquel dia 
el párroco de San Jacinto D. José Narvaez se cubrió 
de gloria, auxiliando a los franceses y dirigiendo al 
pueblo, que tuvo la desgracia de haberse incendiado 
la iglesia, la Casa Parroquial y la Casamata. 

Desvanecidas de este modo las esperanzas que el 
Sr. Aguilar habia fundado en los subsidios que pudiera 
traerle de Méjico la fragata, se dedicó á arbitrar re- 
cursos y expedientes discurriendo, calculando y re- 
volviendo en aquella imaginación á Necker, á Colbert 
y á D. Zenon. Era éste uno de los muchos aventure- 
ros y fachendas que suelen venir por estas islas con 
humos de saberlo todo, y despreciando a los demás; 
uno de estos botarates presuntuosos que se hacen 
insoportables en la sociedad; mas como era español, 
se hacia caso de él, aunque tampoco supo hallar la pie- 
dra filoso*'al. Formaba pareja con otro botarate, á 
quien trataba con mucha deferencia el Sr. Aguilar, 
porque era francés y se jactaba de gran perito en el 
arma de caballería. Llamábase Mr. Sainte Croix, y 
después de haber gastado un dineral en el estableci- 
miento de los Usares de Aguilar^ de que fué uno de los 
capitanes, donde traficó con el vestuario, y echó á 
perder un armamento hermoso, se retiró á Francia con 
más de 12.000 pesos, siendo así que cuando vino no 



Capítulo XXXIII. 277 

tenia bocado que llevar á la boca y otro francés lo 
mantenía. Pero fué agradecido, eso sí, pues publicó en 
París una obra dedicada á Napoleón, refiriendo mil 
portentos de Filipinas, y tratando de ignorante á su 
Gobierno y de estúpidos, ridículos, fanáticos, etc., etc., 
a sus moradores. 

La Providencia entretanto preparaba al Sr. Aguilar 
un auxilio con que no había contado. Cierto champan 
de chinos que había salido de este puerto conduciendo 
caudales de los comerciantes sangleyes, naufragó en 
las costas de Bagac y hubo que enviar allá una división 
de lanchas para proteger el buceo, con orden de enviar 
á la tesorería, á calidad de depósito, lo que se sacase. 
Aunque se habló mucho de los comisionados, á las ca- 
jas reales vinieron más de 200.000 pesos, y puede ase- 
gurarse que sin poner en cuenta lo robado, ni lo que 
no pudo absolutamente extraerse del mar, ascendió el 
conjunto á mayor cantidad de la que había registrado 
la aduana. Así descubre Dios las maldades mejor 
ocultas. 



278 Guerras piráticas de Filipinas. 



CAP. XXXIV. — Pa^ con el sultán de Minda- 
nao (i8o5). Últimos sucesos de Balambangan 
y su abandono definitivo por los ingleses. 
Muerte del Sr. Aguilar. 



EL gobernador de Zamboanga, D. Francisco Bayot, 
siguiendo las negociaciones y buena política de que 
estaba encargado, nunca más convenientes que cuando 
nos amenazaba la invasión inglesa, envió á Mindanao 
á un D. José Ponciano Enriquez, para hacer tratados 
y restablecer las paces con el sultán, bajo el pié en que 
hablan estado en los siglos XVII y XVIIl. 

Salió de Zamboanga nuestro D. Ponciano el 25 de 
Setiembre, acompañado de D. Juan Saavedra, gober- 
nadorcillo que habia sido del gremio de lutaos, quien al 
mes estaba ya de vuelta con cartas para Bayot del sul- 
tán y el embajador. El primero le comunicaba haber 
convocado á todos los datos del reino para tratar de 
las paces, y al mismo tiempo noticias que decia positi- 
vas de los ingleses. Estos hablan regalado al dato Ma- 
rayarida 36 cañones de varios calibres que tenian en la 
isla de Bangui, á condición de que en nada auxiliase al 
presidio de Zamboanga cuando lo atacasen ellos, pues 
se hablan propuesto trasladar allí el establecimiento de 
Balambangan. El embajador confirmaba esta noticia, 



Capitulo XXXIV. 279 



añadiendo habia sido recibido por el sultán y los prín- 
cipes en el real sitio de Sibugay, donde á la sazón esta- 
ba la corte, con toda explendidez, opulencia y decoro, 
cual convenia al carácter de Embajador que llevaba. 
Poco después, entrado el mes de Noviembre, estaba de 
vuelta en Zamboanga D. Ponciano con la ratificación 
de las paces, una carta del sultán de Mindanao, otra 
de un dato nombrado Nasin, y una certificación de 
los motivos que le hablan demorado allí más tiempo 
del necesario. Este documento estaba autorizado por el 
secretario de Estado de S, A., que era un desertor me- 
xicano, llamado Gaspar María, que habia sido cabo de 
escuadra del regimiento del Rey. En cuanto al emba- 
jador Enriquez, era también mexicano, presidiario en 
Manila y algo pariente de Bayot. Tales personajes 
manejaron la negociación diplomática, y claro está 
que habían de hacer bien su papel de farsantes en esta 
comedia de príncipes quiméricos. Enriquez, desde 
antes, estaba condecorado por el sultán con la dignidad 
de dato de primera gerarquía de aquel reino, y tenia 
el privilegio de presentarse en su real presencia con 
el sombrero puesto, como los grandes ante el rey 
de España; y en tanto que S. A. y toda su corte 
le hacían aquellos honores, en Manila se le seguía 
un espediente por haber resultado inútil para los 
trabajos de la barraca una máquina que hizo para 
aserrar maderas, por la cual habia tomado á cuenta 
bastante dinero; máquina que no sirvió para nada. 
Con una sentencia de cuatro años habia ido al pre- 
sidio de Zamboanga, donde le encontramos hecho 



28o Guerras piráticas de Filipinas. 

dato y embajador. Sin embargo, despreciando infor- 
mes de Bayot, para que se le levantara el destierro, el 
gobierno de Manila en 1 806 declaró que debia cum- 
plir su condena, y entonces el hombre, empeñado en 
que el favor del sultán de Mindanao le valiese para 
algo, logró por medio de las maquinaciones del secre- 
tario de Estado que S. A. le librase un diploma nom- 
brándole su enviado extraordinario cerca de este Go- 
bierno. El sultán mismo escribió al Sr. Aguilar una 
carta á favor de Enriquez. 

Lo ocurrido en Zamboanga entre estos señores fué 
lo siguiente: En obsequio al cumpleaños de su aman- 
tísimo hermano el Sr. D. Carlos IV, rey de España, 
dispuso el sultán que se realizase la ratificación de las 
paces en la mañana del 4 de Noviembre, cuyo augus- 
to acto se inauguró con un saludo de toda la artille- 
ría del palacio del sultán y de la falúa y panco que ha- 
bían conducido al embajador. S. A. indultó y puso 
en libertad á todos los presos que se hallaban en sus 
reales cárceles (i). 

Congregados, pues, el M. P. S. sultán de Minda- 
nao Muhamad Aunanodin, el príncipe Ladiatuca y 
otros magnates de primero y segundo orden, mandó 
S. A. á su secretario de Estado que interpretase y ex- 
plicase las capitulaciones hechas por sus amados pre- 
decesores que iban á ratificarse, añadiendo por su 



(1) La verdad en su lugar. Los dos guachinangos son los autores de 
todo este relato, que copiamos del expediente, y los lectores le darán el 
valor que quieran. 



Capitulo XXXIV. 281 



cuenta que los vasos sagrados y otras alhajas de igle- 
sia que le dejó de herencia su muy cara madre, estaba 
pronto á devolverlos siempre que se le diesen 15.000 
pesos, por ser esta la cantidad en que su augusta ma- 
dre los había comprado á los ilanos; protestando que 
todas estas alhajas, lejos de haberlas profanado, las 
conservaba en su poder con tanto aprecio como los 
españoles mismos; y esto lo podria atestiguar todo el 
reino, incluso el presente embajador. 

Hay que advertir que para estas capitulaciones sir- 
vieron de base las del año de 1794, basadas á su vez 
en las de 1 645, y como el primer artículo de ellas esti- 
pulaba la restitución de todo vaso sagrado y alhajas de 
iglesia, el sultán empezaba por el principio, como 
hombre cuerdo. Vayan las alhajas, pero vengan 1 5.000 
pesos. En el segundo capítulo se estipulaba que no se 
hostilizase más el territorio español, y cuantos minda- 
naos en lo sucesivo navegasen, lo hablan de hacer con 
pasaporte en toda regla. El tercero comprometía al 
sultán á entregar á nuestro Gobierno todos los piratas 
de Mindanao, conforme á la relación que se le pasase. 
El cuarto, restitución de los pueblos Siocon, Sibuco y 
Coroan, A esto dio el sultán la contestación que había 
dado su padre, á saber, que confirmaba los términos 
del territorio de Zamboanga señalados en la paz de 
171 9. Quinto, sobre una embajada que todos los años 
había de mandar al presidio de Zamboanga, como se 
obligó su abuelo Yafar Sadiasa, con un presente de 
doce niños hijos de cautivos ó de moros. Accedía á 
la primera parte de este artículo, mas guardó silencio 



282 Guerras piráticas de Filipinas. 

sobre la segunda. Sexto, que libremente fuesen bauti- 
zados cuantos quisieran, y no poner estorbo en la fá- 
brica de los templos con admisión de misioneros. El 
sultán accedió gustoso á este artículo. Sétimo, que de 
ningún modo habia de permitir establecerse en sus 
dominios ninguna nación sin consentimiento de la es- 
pañola. Lo prometió así, como lo habia prometido al 
actual gobernador de Zamboanga y al ínclito señor 
Aguilar. Que además se obligaba á no admitir en su 
reino á ningún inglés, ni aun para comercio, sin el 
consentimiento del español, y al efecto suplicaba se le 
participase siempre que hubiese declaración de guer- 
ra entre España y la Inglaterra, para que en caso de 
que se apoderase la segunda de algún punto de sus 
dominios, le ayudase la primera á tomar satisfacción. 

Tales fueron las paces. Aprobadas por Bayot, al ins- 
tante mandó otra vez á Mindanao á D. Ponciano con 
quince picos de fierro y diez de clavazón, de regalo 
para S. A. en nombre del rey de España, y de su parte 
varias piezas de tela de distintos géneros, por todo 
lo cual, agradecido el sultán, le contestó que los min- 
danaos estaban llenos de contento, como el labrador á 
la vista de un campo abundante de mieses, y que pasa- 
ria á Zamboanga á darle un abrazo tan pronto como 
acabase de construir una galera que estaba trabajando. 

No obstante estos prósperos sucesos, receloso siem- 
pre el Gobierno de que los ingleses pudieran atacar á 
Zamboanga, habia dispuesto que el alférez de la do- 
tación de aquel presidio D. Martin Guevara, fuera á 
Balambangan á adquirir noticias, para donde salió el 



Capitulo XXXIV. 283 

25 de Noviembre disfrazado de moro, así como su tri- 
pulación. En Mayo de i 806 aún no habia vuelto á 
Zamboanga, ni se tenia noticia alguna de su paradero, 
Bayot preparaba otro comisionado, D. Teodoro Sebas- 
tian, alférez guardacosta, para que pasase á Joló á 
adquirir noticias, cuando supo que Guevara y los su- 
yos hablan caído en poder de los moros de Tampoco. 
Algo peor fué lo sucedido. Supo Guevara en Joló que 
los ingleses hablan abandonado á Balambangan el 
15 de Diciembre, después de haber puesto fuego y 
reducido á cenizas el pueblo y la fortaleza. Cuatro 
dias después de este abandono llegó Guevara á Ba- 
lambangan para cerciorarse más, y de allí pasó á 
Bangui, donde solo se detuvo veinticuatro horas á 
ruegos del Sarip. En su regreso á Joló le sobrecogió 
tal temporal, que naufragó en las islas de Tirón con 
otra multitud de pancos visayas, habiendo caido en 
poder de los tirones todos los tripulantes que escapa- 
ron de la furia de las olas. Guevara, por librarse de 
morir á manos de aquellos bárbaros, se defendió cuan- 
to pudo; pero la multitud pudo más, y al fin Guevara 
y parte de los suyos hallaron la muerte en vez de la 
hospitalidad que hubieran hallado en otro país más 
humano. 

La situación y plan de defensa de estas islas, que 
hablan variado por virtud de los nuevos aconteci- 
mientos ocurridos en Europa, llamaron la atención 
del Gobierno hacia la fuerza armada que era preciso 
reorganizar, y á fines de 1 805 y principios de i 806 se 
verificó el arreglo de algunos cuerpos de milicias que 



284 Guerras piráticas de Filipinas. 

tenían tropa sobrante, completándose los de línea 
y veteranos, y con el remanente ó las levas se formó 
un cuerpo nuevo, que debía titularse Granaderos de 
Marina^ con destino á la armada sutil. Habían de te- 
ner tres secciones ó compañías de á 150 plazas cada 
una, al mando de un capitán, un teniente, un subte- 
niente y los sargentos y cabos necesarios; pero las sec- 
ciones jamás pasaron de dos, y esas incompletas, ma- 
lísimamente disciplinadas, peor instruidas, y siempre 
retrasadas en su paga. Estos Granaderos de Marina 
no habían de hacer en tierra otro servicio que el de 
las precisas guardias y el que correspondiese al titula- 
do Carenero de la Barraca, sin perjuicio de dar el co- 
mandante, sin detención ni réplica, cuantos auxilios le 
pidiera el de la marina corsaria; dependía, en fin, este 
cuerpo de la sub-ínspeccion de estas islas como todos 
los demás, y la tropa estaba igualada en haberes y de- 
rechos á los Granaderos de Luzon^ muchos de los cua- 
les entraron en este cuerpo. Semejante arreglo aumen- 
tó los disgustos con la marina real y con Barcaíztegui, 
que eran mirados con antipatía, siendo así que si no pres- 
taban buenos servicios era por falta de medios y por 
el abandono en que se los tenia. Baste decir que Bar- 
caíztegui se vio en el caso de solicitar del Gobierno 
ocho lanchas para que las mandasen oficiales del apos- 
tadero á fin de proteger el comercio de cabotaje. Y lo 
peor es que había lanchas, pero no marineros para tri- 
pularlas, pues se esperaba sacarlos de la leva que pre- 
cipitadamente se. iba á hacer de cocheros, cocineros, 
etcétera. También esta leva fué ocasión de nuevos 



Capitulo XXXIV. 285 

disgustos, pues la hicieron á porfía la marina de guer- 
ra y la corsaria, cada una por su lado y en ruidosa 
competencia. 

Verdaderamente la primera estaba en desgracia, y 
su jefe mucho más. La nao que salió para Méjico á 
principios de Junio no llegó á pasar los estrechos, por 
haber arribado á Palapag haciendo agua, desde donde 
tuvo que retirarse á San Jacinto, como lugar más se- 
guro. Entonces, el anhelo de algunos comerciantes 
por despachar á Acapulco siquiera parte del carga- 
mento que tenian habilitado, Jiizo salir á toda prisa la 
fragata Esperanza-, pero ésta se perdió también á los 
siete ú ocho dias de su salida de este puerto, enca- 
llando y destrozándose en los arrecifes que están si- 
tuados al SE. de las islas de Mindoro y Panay. Si 
la arribada de la nao fué causa de hablillas contra los 
marinos, la pérdida de la Esperanza dio lugar á ca- 
lumnias atroces, siendo así que ellos no intervinieron 
en su habilitación ni en su dirección. Sus principales 
autores fueron el maestre y el compromisario de la 
fragata, en la cual, cuando ocurrió su pérdida, estaba 
de guardia el piloto de la armada D. Fernando Me- 
dialdea, á quien aquellos achacaron la desgracia, su- 
poniéndole execrable maldad y miras secretas. Formóse 
un proceso del que resultó culpado y castigado, no 
Medialdea, sino el capitán del buque, antiquísimo pi- 
loto de naos, y ni aun así calló la calumnia. 

Tantas desgracias, tantos trabajos, tantas contrarie- 
dades, tenian abrumado al Sr. Aguilir, que sobrecar- 
gado además de malos humores, en vano buscaba ali- 



286 Guerras piráticas de Filipinas. 

vio á sus padecimientos. Su novelería se demostró 
hasta en esta última hora, pues se puso en manos de 
un charlatán, que le soplaba aire vital en los pulmones 
por medio de misteriosos procedimientos. Era un in- 
geniero francés, que habia venido de Batavia sin otro 
objeto que curar á la humanidad doliente. No alcanzó 
su ciencia para el capitán general, pues el dia 7 de 
Agosto, impidiéndole ya su fatal estado entender en 
los asuntos de gobierno, lo declinó en el Teniente 
de Rey, segundo cabo de las armas, D. Mariano Fer- 
nandez de Folguera; y el. dia siguiente, los cañonazos 
disparados á las seis y media de la tarde, anuncia- 
ron al pueblo de Manila que el Sr. D. Rafael María 
de Aguilar habia pasado de esta vida á la otra, de- 
jando las cosas públicas en el estado que hemos des- 
crito. 



FIN. 



APÉNDICES. 



APÉNDICE í. 



CARTA DEL PADRE FR_ANCISCO I,OPE7, 

RECTOR DEL COLEGIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS DE CAVITE PARA 
LOS PADRES DIEGO DE EOBADILLA Y SIMÓN COSTA, PROCURADORES 
DE LA PROVINCIA DE FILIPINAS, QUE ESTABAN EN CAMINO PARA ROMA. 

1 636 y 37. 



Noticias varias de la Compañía, — Llegada á Manila del famoso padre 
Mastrilli. — Desmoralization de la marinería española. — Sucesos de Isla 
Hermosa. — ídem del Maluco. — Camucones: estragos que hacen en estas 
islas. — Combate de joloanos y camucones. — Mindanao: Tagal, pirata, 
teniente de Cachil Corralat. — Cautivos españoles que hace y precio 
que les pone.— Origen del nombre Punta de flechas. — Terremoto en 
el mar. — Jornada del Sr. D. Sebastian Húrtalo de Corciiera contra 
Mindanao. —Estandarte del padre Mastrilii. — Derrota de los españoles 
en el iiihan. — Despéñase la mujer de Cachil con un niño en brazos. — 
Pazcón los mindanaos. — Joló: ayudan los joloanos á los mindanaos en 
su guerra con España. — Se prepara Corcuera para atacarlos. — Japón. 
— Sucesos varios. 



En ésta daré cuenta á V. R., aunque en breve, de lo 
sucedido en estas islas después que V. R. se partió; que 
de cosas particulares muchos escriben largas relaciones. 

El padre rector del colegio de Manila, Francisco Colín, 
llegó al fin de Julio á Manila y fué recibido con grande 
gusto de todos en general, así de los de casa como los de 

20 



29o Guerras piráticas de Filipinas. 

fuera y religiones, y todo el año ha proseguido con la 
misma acepción. Háse ayudado de su consejo el señor 
gobernador; pero el que más gusto y contento ha mostra- 
do, es el señor arzobispo que se ha ayudado mucho de 
él. Está su ilustrísima notablemente ganado, haciéndo- 
nos singulares favores. Diónos la doctrina de Quiapo, 
que tanto hablamos deseado por las cercanías de Santa 
Cruz; continuó los sermones de los martes de cuaresma 
en nuestra casa; honró nuestra iglesia el dia de la publi- 
cación de la indulgencia de los siete altares y comió aquel 
dia en nuestro refectorio, y en todas ocasiones se nos ha 
mostrado muy padre. 

Con ocasión de la dicha indulgencia, se ha aumentado 
mucho la frecuencia de gentes en nuestra iglesia. £1 pa- 
dre Marcelo Mastril, el del milagro de nuestro padre San 
Francisco Javier, con cuatro compañeros italianos llegó 
aquí dia de nuestro padre San Ignacio de i636, en una 
galeota en que venia un caballero del abito de Cristo por 
capitán general de Macan. El caso sucedió de esta mane- 
ra. Salieron de Goa dos galeotas para Macan; en la otra 
venia aquel padre polaco pariente del rey de Polonia. 
En pasando el estrecho de Sincapura toparon con tres 
navios holandeses. El del capitán general de Macan se 
hizo á la mar, y cogiendo mejor rumbo, se les escapó y la 
primera tierra con que vino á topar fué con la boca de 
esta bahía; el otro quedó preso del holandés. Dos dias 
después llegó otra galeota de Cochin, en que vino un pa- 
dre portugués llamado Figueredo para pasar á Maluco; 
y cuando pasó este navio ya se habia ido el holandés. 

Es increíble el gusto con que fué recibido el padre 
Marcelo, porque como se habia ya estendido el milagro, 
por haber leido muchos de los impresos en Madrid, lo 
miraban todos como á hombre resucitado. Todos querían 
oír de su boca el caso milagroso, y para satisfacer á toda 
la ciudad predicó el dia de nuestro padre San Francisco 
Javier en nuestra iglesia de Manila. Fué grande el con- 
curso: predicó muy bien y con grandes lágrimas del audi- 
torio al contar el milagro. Ha crecido mucho la devoción 
de la gente con el Santo. Tienen todos retratos suyos 



Apéndice I. 29 1 

copiados de un cuadro que el padre hizo pintar en Por- 
tugal y que afirma se parece mucho á la figura del pere- 
grino en que lo vido. 

Hallaron aquí los portugueses un patache de Ma- 
can, y así, por fin de Octubre se partió la gente en el pa- 
tache y en su galeota el capitán general, [que] trató de 
hacer su viaje á Macan. Al embarcar hizo grande ins- 
tancia el Sr. D. Sebastian que se quedase este año el 
padre Marcelo para fines que decia tenia de mucha im- 
portancia al servicio de Dios y del rey, y así se hizo. 
En el patache se embarcaron los cuatro padres italianos 
compañeros del padre Marcelo y con ellos el padre Juan 
de Barrios y por su compañero el hermano Alonso Ber- 
nal. El padre Barrios iba á tratar, de parte del señor go- 
bernador, negocios de importancia con aquella ciudad. 
Partieron de este puerto, y apenas hablan costeado cua- 
renta leguas de isla, cuando les cargó tan furioso tempo- 
ral del Norte, á donde llevaban la proa, que les fué fuer- 
za arribar. La galeota se salvó; el patache dio á la costa 
doce leguas de aquí, dia de Todos Santos. Ahogáronse 
hasta veinticinco hombres, entre ellos dos sacerdotes, un 
clérigo y un fraile agustino. -Los demás escaparon, aun- 
que con trabajo. No se perdió nada del dinero que lleva- 
ban á Macan. Después en su galeota se fué el capitán ge- 
neral, llevó consigo otros padres, porque el padre Mar- 
celo estaba entonces en Mindanao y otro en Marinduque, 
y así se quedaron. Sábese por navios de China que llegó 
con bien. El padre Marcelo este mes de Julio se embarca 
en un navio de China cuyo dueño dio fianzas lo pondría 
en parte que pudiese pasar á Macan. Dios le dé buen via- 
je. Ha dejado muy edificadas estas islas con grandes ejem- 
plos de virtudes admirables, y generalmente han sentido 
su partida.' 

De este puerto huyeron un piloto y otros tres marine- 
ros, todos holandeses. A los tres mataron los indios de 
Indan, y prenJieroa al piloto. Confesóse esperando la 
horca; pero e! Sr. D. Sebastian le perdonó y prometió de 
enviarlo á Terrenate ó á Isla Hermosa si quería, y si gus- 
taba de volver á servir al rey, darle plaza; escogió servir 



292 Guerras piráticas de Filipinas. 

á S. M., quedando muy agradecido. Huyéronse en un 
champan dos pilotos y diez y seis marineros españoles; 
despachóse otro champan tras de ellos con veinte solda- 
dos; éste encontró con un champan grande en la Playa 
Honda; quísolo reconocer, creyendo era el de los huidos; 
púsose el otro en defensa; pelearon siendo todos sangle- 
yes, y con palos, piedras y cascos de tinajas hirieron al 
cabo y á otros soldados. De los sangleyes murieron seis 
y fueron otros heridos, con que se rindió. Trujéronlo á 
este puerto, donde á los más dieron por libres. Del otro 
champan no trujeron noticia; pero ya se sabe por vía de 
China que llegó á Macan. Después se descubrió otra ca- 
rnada grande de marineros, que tenían champan hecho 
de cañas para huirse; fueron cogidos y algunos castiga- 
dos, aunque piadosamente, con que han cesado estas 
fugas. 

Un fraile que vino en hábito de clérigo castigado por 
la Inquisición de Goa y desterrado, trató aquí de hacer 
fuga para la Conchinchina con muchos negros; uno de 
ellos era el que dejó V. R. en la procuraduría de provin- 
cia bien ladino; cogiéronlos acaso aún dentro del rio y 
quedan presos. 

Isla Hermosa. 

El año pasado salió de allí para Manila un champan 
con diez y siete españoles. Venia también un fraile fran- 
cisco, que estuvo dos ó tres años en China, todavía con 
su cabello crecido; llámase fray Antonio. Padecieron 
grandes tormentos y trabajos, y al cabo de veinte dias se 
hallaron sobre la fuerza que en aquella isla tiene el ho- 
landés, que los cogió y envió á Jacatra; de allí los envia- 
ron á Maluco, con orden que les diesen libertad solo 
con una Hrma del gobernador de aquellas fuerzas, de que 
en ocasión les volverían otros tantos holandeses; así se 
hizo; vinieron con los galeones del socorro. Aquí vide á 
fray Antonio, que es natural de Valladolid; traia todavía 
su cabello crecido; ahora he oido decir que con otros 
frailes ha vuelto á China. Arirma ser muy fácil la entra- 



Apéndice I. 293, 

da por Ucheo, y que se hace provecho en la gente y que 
conocidamente saben que son europeos y sacerdotes, sin 
que nadie les dé molestia. De Jacatra contaba que el 
holandés tiene muy ofendido al emperador de la Jaba, 
y que fuera de su fuerza no sale ninguno que no le cor- 
ten la cabeza, y que ha pedido socorro aquel príncipe al 
virrey de la India para ecjiar de allí al holandés. Tam- 
bién nos dijo que estando él allí salió armada para Am- 
buena, donde se le hablan rebelado los naturales, con 
intento de reducirlos por fuerza. 

El navio del socorro del año pasado, que fué á Isla 
Hermosa, se perdió de vuelta en llocos, con fuerza de 
corrientes. Nadie se ahogó; no ha habido allí otra cosa 
que de contar sea. 

Maluco. 

Salió por Enero de este ano el socorro de Terrenate. 

Iba por general Hierónimo Enriquez Sotelo, en el ga- 
león San Luis: por almirante D. Pedro Almonte, en San 
Ambrosio, el que vino de Acapulco por capitán el año 
pasado; D. Alonso de Alcocer por cabo del patache que 
fuélaalmiranta de Acapulco, y Rafael Orne, [por] cabo 
de una galera que se acaba de hacer con nombre de San 
Francisco Javier. Dijo en ella la misa y bendíjola el pa- 
dre Marcelo Mastril el dia que se echó al agua. Iban 
también cantidad de champanes grandes; estaba el holan- 
dés aguardándolos con dos galeones; pero viendo nues- 
tra armada, se retiró debajo de su fuerza de Malaya. Des- 
embarcado el socorro, se hizo una facción, que nunca se 
habia hecho, y fué ir los galeones y galeras á batir sus 
naos donde estaban; hicieron los nuestros daño en ellas 
v en su fuerza de Malaya. También nuestra almiranta 
recibió alguno, pero con muerte de solo un marinero. 
Ganóse mucha reputación con este acontecimiento; que- 
daron muy ufanos y alegres los tidores nuestros amigos, 
y su rey con la norabuena envió presentes al general 
y almirante. Volviéronse los galeones y el patache; no 
han traído clavo ninguno, porque no había habido co- 



294 Guerras piráticas de Filipinas. 

secha. La galera se quedó allá con otra que habia en 
aquellas fuerzas. 

Después de salidos los galeones, salieron las naos ho- 
landesas, y estando en calma las acomeiieron á las dos 
galeras; tenían la una ya casi rendida, mas entrándole 
viento al mejor tiempo se escapó. Iba por cabo en esta 
ocasión en la ^olersilAntigua D» Agustín de Cepeda, que 
tiene dos hermanos en Méjico, y otro hermano hallará 
V. R. suyo en nuestra casa profesa de Madrid. Esto se 
supo por un champan que vino después de los socorros. 

En otro, que fué el último que de allá salió, vinieron 
nuevas que el rey de Manado, cuarenta leguas de Ter- 
renáte, que es una punta de Macazar, habia enviado á 
pedir socorro contra unos rebeldes suyos al gobernador 
D. Pedro de Mendiola, y envió también á su hijo here- 
dero de i6 á 17 años para que se criase con los españo- 
les, y pidió padres que bautizasen sus vasallos. El mozo 
se cria en nuestra casa, junto con el príncipe de Siao, 
que es de su edad. Fué el socorro y el padre PantaJeon, 
de nuestra compañía. Huyéronse á nosotros cantidad 
de holandeses de Malaya; trajéronlos los galeones del 
socorro. 

Camucones. 

Salieron este año muchas caracoas de este enemigo; 
entraron haciendo daño tan adentro de las islas, que 
llegaron y robaron fuera del embocadero á Palapag y 
pasaron al Cabo del Espíritu Santo; y en Ibabao cauti- 
varon más de cien cristianos. De allí se dividieron en 
dos escuadras; la una atravesó á Albay. De la isla de 
Manila (sic) salió contra ellos el Corregidor, que era el 
capitán Mena, del hábito de San Jorge, con algunos espa- 
ñoles y seis frailes franciscos; apretáronlos de modo que 
en Capul vararon siete caracoas, donde se libraron mu- 
chos cristianos cautivos y fueron muertos de los naturales 
algunos camucones. Otras tres dejaron en altamar sin 
gente, pasándose á otras para huir mejor. De los nues- 
tros sólo quedó herido de un mosquetazo un fraile, de 



Apéndice I. 295 

que después murió. El padre provincial salió á visitar á 
Pintados y pasó á vista de los camucones, como se supo 
después por un cautivo que se huyó; pero no salieron á 
él, creyendo ser caracoa de armada de españoles. 

La otra escuadra tornó á embocar costeando la isla de 
Ibabao; entró en Bagahun, donde cautivó más de cien 
cristianos, cosas las dos que nos han dejado con gran 
sentimiento, así por los cautivos como por ver que ya no 
hay lugar, por retirado que sea, que esté seguro. Con esta 
escuadra peleó una caracoa de soldados de Cebú; hízoles 
algún daño matando y cautivando algunos. Al volverse 
á su tierra el camucon tuvo grandes golpes. Al costear 
á Panay con un recio temporal, dieron á la costa tres 
caracoas, y de los que escaparon con la vida hay en este 
puerto muchos en galeras. Habiendo atravesado á Cala- 
mianes, como iban ya á la desliada, les cogieron allí 
algunos españoles dos caracoas y libraron veinte cautivos 
de nuestra doctrina de Mindoro. 

Pasaban juntas quince caracoas, y habiendo costeado 
la Paragua, dos dias antes de llegar á Burney encon- 
traron con treinta caracoas de joloes, que están de 
poco tiempo á esta parte desavenidos con los burneyes; 
acometieron las treinta de Joló á las quince y cogiéron- 
las todas, llevando en ellas más de ciento cincuenta ca- 
mucones vivos cautivos y más de cien cristianos; los cua- 
les se rescataron por moderado precio en Samboangan, 
y yo he visto ya algunos de nuestras [doctrinas?] que 
me han contado todo el suceso. Con todo, se temen que 
han de salir también este año, y así envia el Sr. D. Se- 
bastian á nuestras doctrinas de Catbalongan... vein- 
ticinco soldados, para que, ayudados de otros españo- 
les que allí andan , en unas caracoas que han hecho 
grandes y buenas los indios á su costa, puedan hacerles 
rostro y aun castigarlos. 

Mindanao. 

Salió de Mindanao con ocho buenas caracoas el ca- 
pitán general de Cachil Corralat, llamado Tagal, á robar 



296 Guerras piráticas de Filipinas. 



estas islas; y se estuvo en ellas cosa de siete meses con 
grande desahogo haciendo muchos daños. En Cuyo 
cautivó á D. Diego de Alabes, que era allí corregidor, y 
cogió también al padre prior de Cuyo, agustino recoleto, 
con otros dos frailes; y aunque estarían escondidos con 
todos los ornamentos y cálices, no les valió, porque supo 
buscar espías. Pasó á Mindoro, y en todas partes robó 
gran cantidad de hacienda y cargó de gran número de 
cautivos. A D. Diego Alabes dejó en Mindoro para que 
viniese á buscar su rescate y el de los tres padres reco- 
letos, y por cada persona querían 2.000 pesos y 3o taes 
de oro, que hacen más de otros 3oo pesos. Venia con los 
trabajos consumido el D. Diego, de que poco después de 
llegado á Manila murió. Contó grandes arrogancias de 
Tagal, que blasonaba mucho y amenazaba que habia de 
entrar en esta bahía y robarla y abrasarla. 

El Sr. D, Sebastian ya traía en su pecho resolución 
de ir á Mindanao, y con esto creció más el deseo de hu- 
millar á este enemigo. Respondió cuando le trataron de 
los rescates tan crecidos que hasta que él fuese no se tra- 
tase de este punto. Aun antes de saberse nada, envió por 
gobernador de Samboangan á Bartolomé Díaz de la Bar- 
rera, y por capitán y sargento mayor á Nicolás González. 
Partieron á principio de Noviembre, y poco después que 
llegaron tuvieron aviso que Tagal había pasado por de 
dentro de la isla de Taguima con sus caracoas cargadas de 
cautivos y despojos, y aunque llevaba un día de delantera, 
se dieron priesa, y dentro de dos horas, armaron seis ca- 
racoas y salió Nicolás González tras del enemigo, pare- 
cíéndole que por ir muy cargado con la presa lo alcanza- 
ría. Así le sucedió; porque lo topó en Punta de Flechas, 
llamada así por creer ellos hay allí una gran Deidad déla 
guerra que tiene por grato sacrificio que le ofrezcan fle- 
chas, y esta es Ja causa que al salir armada y al volver 
reconocen esta punta disparando muchas flechas en hon- 
ra del Divata ó ídolo que allí adoran. Peleó valientemen- 
te Nicolás González con su gente; mató á Tagal; rindió 
la capitana y otras tres caracoas; las otras escaparon hu- 
yendo; murieron muchos mindanaos; solos veinte se co- 



Apéndice I. -jQy 

gieron vivos. Iba en la capitana el padre prior de Cuyo, 
que quedó tan mal herido de nuestras balas, que dos ho- 
ras después de rendida murió. Quedó también mortal- 
mente herido un hermano de Tagal, que pidió con gran- 
de ansia al padre el bautismo, y acabándolo de bautizar 
murieron entrambos. En las caracoas que se escaparon 
iban los otros dos padres. Libráronse aquí ciento treinta 
y dos cautivos cristianos, y otros también murieron de 
nuestras balas, y ninguno de nuestra parte. 

Pasó un caso notable al tiempo de la pelea; y fué que 
hubo entonces un terremoto de que se causaron unos 
bramidos estupendos en el mogote que atemorizaron á los 
nuestros y á los enemigos; y los españoles sacaron sus ro- 
sarios y relicarios y con ellos en las manos pidieron á Dios 
misericordia. Cayóse el mogote en la mar, anuncio del 
feliz suceso que después habia de tener el Sr. D. Sebas- 
tian, el cual puso á esta punta nombre de San Sebastian, 
así por ser su santo como por las flechas con que fué 
martirizado. 

Hallaron entre los despojos un lienzo grande, en que 
estaba pintado un Cristo, y delante del, de rodillas San 
Agustín; habíanle los mindanaos cortado un brazo al 
Cristo y á San Agustín quitádole la cabeza para podérsela 
poner á modo de capotillo, haciendo mofa y diciendo que 
llevaban cautivo al Dios de los cristianos. Escupían en los 
cálices y hacian otros ultrajes y dijeron otras grandes 
blasfemias. 

Antes de tener noticia [de esto] el Sr. D. Sebastian, se 
partió de Manila con once champanes, y en ellos su com- 
pañía, la de los marineros del puerto de Cavite y otra 
compañía de pampangos. Tomó por patrón de su jornada 
á San Francisco Javier. Llevó consigo al padre Marcelo 
Mastril, que fué la razón de detenerlo, y también llevó á 
su confesor el padre Juan de Barrios. Partió á 2 de Febre- 
ro; pasó por Otón, viendo la villa y la fuerza, donde supo 
la victoria de Nicolás González, y vido el Cristo despeda- 
zado, creciendo con esto más el deseo de tomar satisfacción 
délas injurias de Dios; y prosiguiendo su viaje llegó á 
Samboangan á 22 de Febrero, en donde bien en breve dis- 



298 Guerras piráticas de Filipinas. 

puso su viaje para Lamitan, que así se llama el principal 
pueblo de Cachil Corralat, y aunque es verdad que habia 
avisado á Pintados que los capitanes Juan Nicolás y Juan 
de León fuesen con ochenta españoles y mil indios aven- 
tureros para hallarse en esta guerra, los cuales no hablan 
llegado, con todo, con sus champanes y otros navios de 
remo de Samboangan, en que iba por cabo Nicolás Gon- 
zález, que estaba enfermo, se partió luego dejando orden 
le siguiesen los aventureros cuando llegasen, Y porque 
los tiempos terciaron mal no pudieron ir todos juntos, y 
así llegó el Sr. D. Sebastian de Corquera con setenta es- 
pañoles no más en unos cuantos champanes. 

Estaba avisado el moro Corralat de la llegada del se- 
ñor gobernador; trató de rendirse. Pero seis navios de 
[Java?] que allí estaban de trato se lo disuadieron; y es- 
tando ya cargados y despachados se ofrecieron de aguar- 
dar para ayudar á la defensa. Con esto se puso todo á 
punto para recibir [á] los españoles y pelear con ellos. Te- 
nían en el pueblo un fuerte con buenas piezas de artille- 
ría y cosa de diez versos y muchos mosquetes y arcabu- 
ces. El Sr. D. Sebastian, pareciéndole tardaba el resto de 
la armada, hizo desembarcar dos piezas de campaña, y 
con cincuenta españoles (que los demás dejó en el navio) 
les dio el ¡Santiago! y fué cosa que se tuvo por milagro, 
que con tan poco número venciese á tanta morisma, ga- 
nando el fuerte y el pueblo, y poniéndolos en huida al 
cerro que tenían fortificado, con muerte de muchos min- 
danaos, sin que muriese ningún español en esta refriega. 
Llevaba el padre Marcelo el estandarte, que era en una 
hasta puesto el Cristo despedazado de un lado y San 
Francisco Javier de otro, haciéndose espaldas. Hallaron 
aquí cosa de trescientos navios grandes y pequeños, gran- 
de suma de hacienda; púsolo en defensa el señor gober- 
nador, y huidos los moros al cerro, se fueron viniendo 
cautivos cristianos, y fué llegando el resto de la armada. 
Purificóse la mezquita, y con grande aparato se hizo una 
procesión solemne [por] el pueblo en acción de gracias, y 
se dijo misa en ella. Tiene este pueblo en un cerro una 
retirada que llaman los indios Ilihan, esto es,, fuerte por 



Apéndice 1. 299 

naturale:{a, y tenían en ella algunas piezas de cuchara y 
diez y seis ó diez y siete versos, y otras armas de fuego. 
Es muy estrecha la subida, de modo que apenas se puede 
ir uno á uno por ella, y á los lados grandes barrancos y 
derrumbaderos. Aquí se recogió Corralat con toda la 
gente, y confiado en las armas y aspereza, aguardaba 
con orgullo [á] los españoles. Tenia por las espaldas una 
subida áspera y muy secreta de que no se recelaba. Al 
cabo, pues, de seis dias de haber rendido el pueblo, el 
Sr. D. Sebastian con espías que tenia, despachó á Nico- 
lás González con buenos soldados por las espaldas, con 
determinación de acometer su señoría por la frente, 
que está legua y media del pueblo Partió Nicolás Gon- 
zález, y el Sr. D. Sebastian marchó con su gente, dejando 
custodia en el pueblo. La traza [era] dar á un mismo tiem- 
po por entrambas partes el Santiago al descubrir el cerro. 
Con sobrado aliento acometió de hecho la vanguardia, 
y como estaba tan defendido y con los moros tras los re- 
paros y los españoles descubiertos y sin camino para su- 
bir, comenzaron á caer muertos y heridos los españoles 
sin daño de los moros, hasta que llegó el Sr. ü. Sebas- 
tian y los hizo retirar. Quedaron allí muertos como 
veinte españoles valientes y esforzados. Los moros con 
esto se descuidaron más con el otro camino por donde 
subió el dia siguiente Nicolás González, y estuvo antes 
en la eminencia que fuesen sentidos ni descubiertos. 
Acudió Corralat á la defensa; pero presto volvió las es- 
paldas y huyó herido en un brazo y los demás con él. Su 
mujer con un niño en los brazos se despeñó, y mucho 
número de gente, y quedó el cerro por el rey nuestro se- 
ñor. Hallaron al uno de los padres recoletos hecho una 
criba de heridas que se las acababan de dar: vivió dos dias: 
el otro había sido muerto abajo el dia del asalto. Avisóse 
luego al Sr. D. Sebastian que subió arriba. Fué grande 
la presa que se halló allí: quemáronse las casas, bajóse 
la artillería y versería. Eran las piezas de cuchara junto 
con las de abajo doce, y veintisiete versos y falcones, y 
ciento veinte mosquetes y arcabuces. Cautiváronse mu- 
chos moros y fueron libres muchos cristianos; quemóse 



3oo Guerras piráticas de Filipinas. 



Lamitan y otros tres pueblos cercanos; quemáronse las 
embarcaciones, menos algunas que se llevaron á Sam- 
boangan; y concluido esto se volvió con toda el armada, 
habiendo primero enviado al sargento mayor Palomino 
á Cachil Moncay, primo hermano de Gorralat y grande 
opuesto suyo, hijo del gran corsario Selongan, ofrecién- 
dole amistad y que procurase haber á las manos á Gor- 
ralat. En la mar encontraron [á] los aventureros con Juan. 
Nicolás, á quien se les mandó siguiesen á Palomino para 
dar mayor calor al tratado, y poco después de haber lle- 
gado el Sr, D, Sebastian á Samboangan, volvieron ellos 
con un hermano de Moncay por embajador, el cual ha 
ofrecido pagar tributo y dar libertad á todos los cristia- 
nos cautivos que están en sus tierras. Concluidas estas 
cosas se volvió el Sr. D. Sebastian á Manila, de cuya en- 
trada en ella con triunfo, de la acción de gracias á Dios 
por la victoria y honras por los difuntos, porque hice 
particular relación que envió con ésta, no diré nada aquí. 
Dejó orden el Sr. D. Sebastian que Juan Nicolás con 
los ochenta españoles y mil indios aventureros, volviese 
á Lamitan, bogease la isla hasta Caragan, haciendo toda 
hostilidad en los tributos de Corralat. Hízolo admira- 
blemente; robó y quemó muchos pueblos, quitando á 
muchos las cabezas porque se pusieron en defensa, y cau- 
tivando otros; quemando gran número de navios; con 
que ha quedado bien humillado Corralat y temblando 
todos aquellos moros. Después han venido nuevas que 
Moncay va enviando cantidad de cautivos, y otros de los 
de Corralat se vienen también. 

Joló. 

Lo que ha turbado algo el buen suceso, es el Joló, isla 
que está aún más cerca de Samboangan que Lamitan de 
Gorralat. Este moro ha tenido por tributos suyos á los 
de la isla de Taguima y Basilan, que está cuatro leguas 
de nuestra fuerza de Samboangan. Después de muchos 
robos que ha hecho en nuestras islas estaba con deseo de 
paz; escribiósele que se les concederla, y entre otras con- 



Apéndice 1. 3o I 

diciones que se le pusieron fué una que habia de dejar á 
Taguima que habia de ser tributaria al rey, y que en 
ella hablan de ponerse ministros evangélicos para que 
bautizasen á los naturales; y de hecho habia ya sido 
enviado el padre Francisco Ángel, para que les adminis- 
trase los Santos Sacramentos. A esto respondió que esto 
era no querer paces, y diciendo y haciendo se han forti- 
ficado; y el dato Aché, que es el mayor cosario de aquella 
isla, escitó á Cachil Corralat para unirse con él contra los 
españoles, con lo cual los principales de Taguima y Ba- 
silan, que se mostraban muy contentos y estaban muy 
caseros, se han retirado, y el padre Francisco Ángel es- 
cribe no ha podido ir allá, y los principales de la tierra 
firme de Mindanao, que bailaban el agua delante á los 
españoles de Samboangan, se han desazonado algo. Pero 
el Sr. D. Sebastian se está previniendo para el castigo de 
Joló, que quiere ir por Diciembre en persona á conquis- 
tarlo como lo de Corralat. Dios le dé buen viaje y prós- 
pero suceso; que si este moro queda humillado, estará 
muy pacífica toda la isla de Mindanao. 

Japón . 

Como ni de aquel Reino ni de Macan han venido na- 
vios, no habemos tenido cartas que den larga relación de 
los sucesos. Pero por navios de China se ha sabido como 
los portugueses de Macan fueron á sus ferias y tuvieron 
grandes ganancias. Dícese también que el Emperador ha 
mandado á Josholandeses que en ningún tiempo ni lugar 
puedan hacer daño á los navios de Macan que van á 
Japón. Un sacerdote mestizo de portugués y japona, re- 
negado, dio por arbitrio para más estinguir la cristiandad 
de aquel reino, que desterrasen á todos los que tuvie- 
sen sangre de portugués ó castellano, y así se hizo, en- 
tregándolos á los de Macan para que los llevasen á su 
ciudad y allí los guardasen hasta que otra cosa se les 
mandase. Mandaron á este renegado que se fuese tam- 
bién á Macan, pues le tocaban las generales (de la nueva 



3o2 Guerras piráticas de Filipinas. 



ley) y él pidió le enviasen á Jacatra con los holandeses, 
que se le concedió. 

También se ha dicho que un primo del rey, señor de 
cinco reinos, le hace guerra y que le siguen muchos ja- 
pones. 

Varios [asuntos]. 

Del padre de la Compañía de Jesús que está en Gam- 
boja, há poco vino carta en que dice que han puesto fac- 
toría los holandeses en aquel reino, que cierto nos ha 
dado mucha pena. La isla de Tabuca, que está en medio 
del camino de Mindanao y Maluco, me ha dicho el pa- 
dre guardián de San Francisco que vino de Terrenate, 
que llegando á . ella cuando venia á hacer aguada, los 
principales le dijeron como acababan de llegar tres cara- 
coas llenas de gente tributantes de Corralat, que se iban 
de miedo de lo sucedido con su señor y querían despa- 
char á Tórnate para hacer amistades y pedir sacerdotes 
que los bautizasen. Murió en este puerto el general de 
las galeras Antonio Carreño de Valdés; básele dado este 
oficio de general á Nicolás González y juntamente está 
gobernando el puerto. 

D. Francisco de Valderrama, aunque tan muchacho, 
fué á Mindanao con el Sr. D. Sebastian, y estando junto 
con su señoría sucedió que al pagc de rodela que tenia á 
su lado le dio una bala de mosquete en la faldilla del 
morrión, entróle por un carrillo y salió por la boca y dio 
en el pecho á D. Francisco, que le derribó luego, aunque 
sin daño, porque mirándolo hallaron que habla pasado 
la bala el vestido y camisa y se habia quedado en unos 
corporales que traia por devoción á raíz del pecho, sin 
haber hecho en ellos señal, cosa que atribuyo á milagro. 
Esto se me ha ofrecido escribir á V. R., y tendré cuidado 
con el favor del Señor todos los años de hacer lo mismo, 
con tal que V. R. me envíe los sucesos de por allá. Nues- 
tro Señor guarde á V. R. y dé buen viaje, etc. Gavite 23 
de Julio 1637, 

Los sangleyes, de su voluntad, ofrecieron al señor go- 



Apéndice II. 3o3 

bernador un donativo de 6.000 pesos, dando por razón 
de hacerlo: i.\ el haberles librado del cautiverio de Cor- 
ralat treinta y uno de su nación; lo 2.", porque les había 
dejado desembarazados y seguros los mares para sus or- 
dinarias contrataciones, y lo 3.°, porque los manienia en 
paz y justicia: de modo que el gasto de la guerra de Min- 
danao, con el artillería y pillaje que tocó á Su Magestad 
y estos 6.000 pesos, no solo queda empatado, sino que 
sobran i.ooo pesos. Así me lo ha dicho el contador de 
Su Magestad. Nuestro Señor, etc. De Cavite i5 de Se- 
tiembre de 1637. 



APÉNDICE II. 



RELACIÓN DEL RECIBIMIENTO HECHO EN MANIV.A AL SEÑOR HURTADO 
DE CORCUERA, CUANDO VOLVÍA TRIUNFADOR DE MINDANAO. 

(Es copia de una carta que escribió á Cavite el padre Juan López.) 

Alegres demostraciones de los chinos — Descripción de las tropas.— Tro- 
feos de la victoria. —Tablado de la Compañía de Jesús.— Fiestas reli- 
giosas.— Procesión.— Los muchachos de Cavite.— Poesías. 

Ayer salimos de Cavite con el Sr. D. Sebastian bien 
cerca de las once; llegamos á Santiago á la una, al remo. 
Un rato antes de llegar salieron á recibirlo dos champa- 
nes de japones cristianos, [que] traían en forma de pabeses 
cercados todos los bordes de telas blancas de lienzo, con 
cruces verdes y muchas banderas blancas con flores ver- 
des. Llevaban un clarín con que le dieron la bien venida. 
Hízoles grandes comedimientos el señor gobernador, y 
quedándose atrás lo volvieron acompañando; desembar- 



3o4 Guerras piráticas de Filipinas. 



cose en casa de Amaro Díaz, donde estaba hecho cuerpo 
de guardia, y de allí nos vinimos el padre Juan de Bar- 
rios y yo á casa, donde hallamos al padre Provincial, al 
padre Juan de Bueras, al padre Roa y al padre Marcelo, 
que habian venido al recibimiento. (Mas antes de con- 
tarlo, es de saber, que un cuarto de hora después de lle- 
gar el Sr. D. Sebastian, llegó el champan de D. Graviel 
Niño, que sólo faltaba.) Marchó en primer lugar Nicolás 
González con su compañía, que es la famosa y victoriosa 
de los coletillos; cercaban á su paje de rodela otros mu- 
chos con las armas que quitó al Mindanao en la batalla 
naval; dímosle mil para bienes de sus buenos sucesos. 
Después de su compañía, se siguió la de los marineros, 
que gobernaba el alférez A. Mezquita. Iban en dos ileras, 
porque cogían en medio al principio los indios y sangle- 
yes amigos, que se sacaron del cautiverio de Gorralat, y 
cierto, algunos indios é indias nos enternecían con sus 
rosarios en las manos. Después de un rato, iban en me- 
dio de la misma compañía los cautivos y cautivas min- 
danaos; las mujeres y niños sin prisión, los hombres en 
cadenas y grillos marchando. Acabado esto, se siguió 
una gran tropa de gente que llevaban las armas del ene- 
migo; rodelas, corazas, campilanes, lanzas y dos trompe- 
tas bcllicas que parecían clarines de holandeses. Tras de 
esta compañía iba la de los pampangos, que fué también 
á la jornada. Siguióse después el capitán Garranza á 
caballo, guiando los carros de las armas de fuego que se 
quitaron al mindanao, como capitán que es de la artille- 
ría. Iban en tres carros los mosquetes y arcabuces; en 
otro, las cámaras de los versos y tres campanas pequeñas 
de Iglesia; seguíanse en otro doce ó catorce versos pe- 
queños, luego un falcon grande que puede pasar por cu- 
lebrina, después otros cinco ó seis carretones con cada 
dos piezas pequeñas y falcones; seguíanse después las 
piezas de artillería grandes, cada una de por sí; [de] todos 
tiraban indios con maromas, y la última y mejor pieza, 
la llevaron cuatro caballos. Todas estas armas acompa- 
ñaban los artilleros. Iban inmediatos á ellas seis mucha- 
chos arrastrando seis banderas de Gorralat. 



Apéndice 11. 3o 5 

Tras de ellas marchó la compañía del señor goberna- 
dor con mucho lucimiento; pero antes de ella iba el señor 
D. Sebastian á caballo, con un vestido llano, casi pisando 
las banderas enemigas; detras del su paje de rodela con 
su morrión y en él un monte de plumas blanco. Iban 
también á caballo su capellán y un secretario. Al descu- 
brir al señor gobernador antes de entrar en la ciudad le 
hizo salva la artillería de los fuertes que están en la 
puerta de Bagunbaya, y viéndole dentro se repicó en 
nuestra casa, tocáronse las chirimías, y cantó la capilla 
un villancico. Todos los de casa estábamos con nuestros 
manteos esperándolo en un arco triunfal cierto bien he- 
cho y aderezado de seda y de tarjas de poesías. Allí se le 
dio la bien venida y parabién de la victoria, á que cor- 
respondió con mucha cortesía. Al entrar en el arco, salió 
de entre unos biombos que estaban en un tablado, D. Jo- 
sepito de Salazar, muy bien aderezado, y con una poesía 
que hizo el hermano Liorri engrandeció la victoria, dióle 
las gracias y parabienes y lo mismo hizo á los soldados, 
y acabó que, según el nombre de Corquera — id est corda 
qucerens; busca pechos y corazones — los habia hallado en 
todos los que allí estábamos, que le tenían muy entraña- 
do y le deseaban todo bien y felicidad. Estuvo atento al 
razonamiento, y acabado, se volvió á los padres y les dio 
las gracias. 

Prosiguió marchando á la plaza, donde estaba armado 
un escuadrón de seis compañías, que le esperaban. Nos- 
otros todos fuimos á verlo á los balcones del maese de 
campo Pedro de Heredia, y llegamos cuando el señor go- 
bernador se apeaba en la Iglesia mayor, donde le aguar- 
dab la Real audiencia y los cabildos eclesiástico y se- 
glar. Entró dentro y estuvo haciendo oración buen espa- 
cio, postrado humildemente en el suelo, refiriendo á Dios 
todo el buen suceso. Tornóse á poner á caballo, llegó al 
escuadrón, y hablando con el sombrero en la mano á los 
capitanes y soldados con grandes muestras de benevolen- 
cia, le respondió el campo con una salva general y los al- 
féreces abatiéndole las banderas. Prosiguió á su casa, y al 
descubrirlo de la fueiza de Santiago, su castellano, el 

21 



3o6 Guerras piráticas da Filipinas. 

general D, Fernando de Ayala, le hizo salva con toda 
la artillería, y tras de su compañía fueron marchando las 
del campo, con que se acabó este lucido triunfo que ha 
causado gran gusto á todos de todas naciones. A nos- 
otros, el maesc de campo, Pedro de Heredia, nos regaló 
con mucha y muy buena colación y otros géneros de 
conservas, lo cual acabado nos volvimos á casa, dando 
gracias á Dios de haber visto lo que tantos años habla- 
mos deseado. La multitud de gente que había en las ca- 
lles, ventanas y balcones fué sin número; la ternura que 
hubo en los corazones, causada de la alegría y vista de 
cosa tan nueva y grande, fué indecible, y raro fué el que 
no tuvo las lágrimas en los ojos causada del gozo tierno 
del corazón. A la noche hubo muchas luminarias en to- 
das las murallas en contorno y en otras muchas partes 
dentro y fuera de la ciudad; voláronse gran número de 
cohetes y á las diez ó las once de la noche salió una más- 
cara de los soldados de á caballo con muchas hachas 
en muestra de alegría y las personas y caballos con gran- 
de adorno y lucimiento. Dios nos deje ver muchos dias 
á éste semejantes, en que triunfe Cristo Jesús de sus ene- 
migos, y á vuestra reverencia me guarde, etc. Manila 
25 de Mayo 1637. 

Anoche, 26 de Mayo, salió la máscara de la ciudad, que 
estuvo tan buena y tan lucida, que donde quiera pareciera 
muy bien; fué grande el número de luminarias por todos 
los balcones y ventanas. A la puerta de nuestra iglesia se 
hicieron grandes hogueras, y nosotros bajamos abajo para 
gozar de más cerca del paseo, que fué á las nueve de la 
noche. 

Por los difuntos de la guerra, hizo el señor goberna- 
dor en la iglesia nueva de los soldados unas honras muy 
solemnes á 5 de Junio. Pusiéronse en ella ocho altares, 
y desde antes de amanecer se comenzaron en todos ellos 
á decir misas, convidando para esto á todos los clérigos 
y religiones, y así duraron toda la mañana. A todos los 
que querian recibirla, se daba por la misa un peso de 
limosna, pero muchos no lo recibían; á su tiempo se ce- 
lebró misa y sermón con asistencia de toda la ciudad, 



Apéndice 11. 3o j 

- 

clerecía y religiones. Salió el sermón muy a propósito y 
bien predica. lo; predicóle el padre Francisco Pinelo, de 
Santo Domingo. 

Hizo muy al punto el lugar de Job, i 2, v. 6. Abundant 
tabernacula proe.ioniim, et a dacter provocant Deiun cum 
ipsa dederiíit omnia. — «Están llenas de riquezas las casas 
»de los piratas, ellos se hacen soberbios y atrevidos con sus 
«fuerzas, desprecian á Dios y lo provocan, siendo él el 
oque les da los buenos sucesos para castigo y enmienda de 
»los cristianos,» que todo pasó en el caso presente, que 
los moros insolentes maltrataban á Dios y á sus santos en 
sus santas imágenes, cortando á Cristo cruciíicado los 
brazos y diciendo que hablan cautivado al Dios de los 
cristianos; y añadió lo del vers. i3, Apud ipsiiin est sapien- 
tia et fortiíiido, ipse habet consiliiim ct intelligentiam^ etc. 
— "Ignoran los miserables que tiene Dios en sí un consejo 
»de estado y otro de guerra, y que decreta su ruina en el 
^consejo de estado, y la ejccuia su consejo de guerra,» 
como se ha visto todo al ojo en esta jornada. 

La fiesta de la acción de gracias, á 7 de Junio, se hizo 
en la Iglesia mayor, por razón del grande concurso, y 
aun no cupo la gente en ella. Salió la procesión de la ca- 
tedral y anduvo por las calles que suele el dia del Cor- 
pus, todas ellas con sus arcos y enramadas muy bien 
compuestas, pobladas de altares llenos de adorno y ri- 
queza. Echaron los vecinos el resto en colgarlas, y ge- 
neralmente afirman que jamás se han visto en Manila 
colgaduras tantas y tan preciosas, de modo que aun vién- 
dolas apenas creían hubiese en ella tanto y tan vistoso, 
y de tanto valor, fuera de lo que caia de los balcones aba- 
jo, que es lo que de ordinario se ha colgado. De los bal- 
cones para arriba se hizo una contra pared de cañas, 
y toda se llenó de colgaduras y de lazos de piezas de 
seda. 

En la procesión fueron los soldados piqueros en dos 
hileras marchando con sus picas levantadas; al principio 
fueron entre ellos los cautivos que salieron del poder de 
Gorralat, muy bien vestidos, de esta manera: iban prime- 
ro tres soldados y después seis cautivos, guardando siem- 



3o8 Guerras piráticas de Filipinas. 

pre este orden. Siguiéronse después los vecinos y tras de 
ellos todas las religiones. Alegraban la procesión mucha 
variedad de danzas y otras invenciones con varios ins- 
trumentos músicos y dos órganos portátiles. Cerca del 
fin iban cuatro andas hechas de manera que formaban 
un modo de tejado á dos aguas; en ellas por cada haz se 
pusieron la casulla, capas de coro, frontales y otros or- 
namentos sagrados; en el caballete en pié los cálices, 
custodias y patenas; á los remates colgadas las crismeras, 
vinajeras y campanillas, que hablan robado los minda- 
naos; vista que enterneció mucho y sacó abundancia dé 
lágrimas. Llevaban las tres destas andas sobre sus hom- 
bros los colegiales de nuestro colegio de San José y las 
últimas nuestros hermanos estudiantes con sobrepellices. 
Iba inmediato á las andas el padre Marcelo Mastril, con el 
estandarte que llevó cuando se conquistó el pueblo de Ca- 
chil Corralat, y también lo sacó en otra procesión que allí 
mismo se hizo en acción de gracias después de rendido. 
Estaban en este estandarte haciéndose espaldas el Cris- 
to acuchillado y ultrajado del enemigo y nuestro padre 
San Francisco Javier, patrón de toda la jornada, que mi- 
raba al Santísimo Sacramento. Seguíanse el guión, que 
sacó al principio el señor gobernador, y después llevaron 
remudándose los señores de la Real audiencia y alcaldes 
ordinarios; los regidores con las varas del palio y debajo 
de él un carro de mucha magestad guiado de sacerdotes 
revestidos en que iba el Santísimo Sacramento. En la 
plaza de armas habia nueve piezas de cuchara y veintisiete 
versos y falcones, que todos (sin otras tres piezas grandes 
que quedaron en el fuerte de Samboangan) se quitaron á 
Corralat, ycon ellas se hizo una alegre salva al Santísimo 
Sacramento cuando se descubrió en la boca de la calle, 
y otra no menos grande y solemne hizo el campo que es- 
taba formado de ocho compañías de arcabuceros en la 
plaza de la ciudad. Dijo la misa el cabildo eclesiástico, 
que se cantócon mucha solemnidad; predicó el padre Juan 
de Bueras un sermón muy á propósito cumpliendo mara- 
villosamente en tres cuartos de hora. El lugar que más 
campeó fué el del Gen. 14, v. 14, cuando Abraham con 



Apéndice II. 3o9 

3i8 de sus criados venció á los reyes enemigos que lleva- 
ban cautivo á su sobrino Lot, quitándoles toda la presa y 
cautivos y robando todo lo que ellos tenian de precio y 
valor, por cuya victoria, en acción de gracias, Melchise- 
dec, sacerdote del Dios altísimo, ofreció sacrificio de pan 
y vino; y se nota que de todo el robo no quiso nada Abra- 
ham, contento con dar á Dioslas gracias de tan insigne 
victoria. 

Y porque á comedia tan grave no faltase un gracioso 
entremés, contaré lo que pasó en este puerto de Cavite el 
mismo dia 7 de Junio; el sábado en la tarde 6 de Junio, 
habiendo salido temprano de las dos escuelas los mucha- 
chos, se fueron á jugar al fuerte que está comenzado al 
fin de este pueblo. Allí comenzaron á entretenerse ha-^, 
ciéndose unos moros y otros cristianos, defendiendo unos 
el fuerte y otros acometiendo á tomarlo, quedaron pica- 
dos y concertados para el dia siguiente para hacerlo más 
á propósito; previnieron banderas, espadas de palos y de 
cañas; el que se hizo Cachil Corralat enarboló la suya en 
el fuerte, animó á sus soldados á la defensa y aun afrentó 
álos cristianos llamándolos vinagres españoles y gallinas. 
Estos se animaron al asalto y arremetieron con denuedo. 
Pero fueron rebatidos con coraje de los moros, y tanto 
que quedaron heridos y maltratados algunos, con que 
entrando en cólera arremetieron al fuerte á manera de 
furiosos sin desistir hasta entrarlo, y echando mano de 
Cachil Corralat, lo precipitaron de la muralla abajo, de 
que quedó mal herido en la cabeza, y tanto que le dieron 
para curarle cinco puntos, pero ya anda por las calles y 
vo lo he visto, pero entrapajada la cabeza. 

Tuvo por fin y remate la conquista de Mindanao una 
célebre comedia, que se representó á 5 de Julio en la tar- 
de en nuestra iglesia; compúsola el padre Hieronimo Pé- 
rez; fué la historia como pasó, no sin algunas tramoyas 
en que tuvieron su lugar el Zelo santo, la Fé y la Reli- 
gión de la Compañía de Jesús, que encendieron el ánimo 
del Sr. D. Sebastian á vengar las injurias de Dios y atajar 
los daños que los cristianos de estas islas, y particular- 
mente nuestras doctrinas de Pintados, padecían. Remato- 



3 1 o Guerras piráticas de Filipinas. 



se con un torneo con sus premios; todo estuvo tan bien 
representado y tan lucido cuanto se podia desear. 

Dio el complemento de gusto la nueva que estando 
echando la loa, se dio al señor gobernador de la venida 
de las naos de Castilla. 

Laus Deo Virginis Múrice (sic) (i). 



(i) a continuación de esta carta vienen copiadas déla misma letra 
las siguientes Poesías al triurfo del señcr gobernador; advirtiendo que son 
las del recibimiento que se le hizo en el "arco", con que no es dudoso que 
pertenecen á este lugar y que adornaron las pinturas y tarjas alegóricas. 

$ Suspende, príncipe ¡lustre, 

de tus armas el estruendo, 
mientras tu fama suspende 
al uno y otro hemisferio. 

Que no parará, aunque pares, 
de tantas glorias el vuelo, 
con que venciendo en la tierra 
ofreces triunfos al cielo. 

Mírate en esos retratos 
de tus hazañas espejos, 
qce en fuego de honor labrara 
de tu espada los aceros. 

Mira esos humildes valles 
poco antes montes soberbios, 
que derribastes cual rayo 
que más hiere en lo más fiero. 

Mira lo que siglos tantos 
nunca contrastar pudieron, 
y ahora á tus pies apenas 
es de tu valor liesprecio. 

Mira esos bárbaros montes 
tan formidables un tiempo 
ya de temores poblados, 
ya de amenazas desiertos. 

Mira el mar, mira la tierra, 
mira el aire, mira el fuego 
ó á tu obediencia rendidos 
ó admirados de tu esfuerzo. 

Gózate ya en tus victorias, 
entra triunfando en el puerto, 
pues has vencido en la tierra 
mares de balas y fuego. 



Apéndice III. 3 1 1 



APÉNDIGü HI. 



CAPÍTUI.OS DE CARTA ESCRITA POK EL PROVINCIAL UE LA COMPAÑÍA 
DE JESÚS DE FILIPINAS AL COMíSARfO DE SU ORDEN EN MADRID. 

,748? 

Resumen historial de la Compañía en las misiones de Marianas y Caro- 
linas, — Martirios y sufrimientos. — Mindanao. — Joló. — Sucesos y alter- 
nativas de estas misiones. — Carta de Felipe V á los reyes de Joló y 
Tamontaca. — Cédula para el provincial de la Compañía en Filipinas. 
—Preparativos para la cristianización de Jo'.ó. — Ataque de los basila- 
nos á los holandeses.— Respuestas de los reyes de Joló y Tamontaca 
á Felipe V. — El gran diablo Az Mindanao. — Carta del sultán de Ta- 
montaca al padre Juan Moreno. — Otra del príncipe Limcon y la 
princesa Sadan. — Artificios de los infieles para hurlar á los misioneros. 
— Otra carta del rey de Joló al provincial de los jesuítas. 



Mi padre Pedro de San Cristóbal. 
P. C. 

Notorio es á V. R. cómo desde el año i58i en que lo- 
graron los infieles de estas islas la llegada de nuestros 
primeros jesuítas, ha sido insaciable el celo de los indi- 



Bien se ve que eres Hurtado, 
pues hurtaste á un mismo tiempo 
tantas glorias á la fama 
y al bárbaro tantos reinos. 

Pues Corquera es tu renombre, 
que dice que busca pechos 



3 I 2 Guerras piráticas de Filipinas 



viduos de esta provincia por la extensión de nuestra San- 
ta Fé, sin poderlo entibiar los imponderables trabajos, 
unos referidos, otros callados en las historias de nuestra 
Compañía. No se contentó con sostener en este archipié- 
lago los trabajos ágenos, sino que entrando también en 
nuevas y propias mieses, antes bosque inculto, en todo 
el distrito de estas islas hizo adorar el nombre de Jesús 
donde no era antes conocido; y sin poderse contener el 
fuego en ella, no sosegó hasta que revolvió su llama el 
año i6ó8 á las islas Marianas, donde logró su celo con- 
tar á la Iglesia innumerables hijos, y á la Compañía sin- 
gulares mártires, en los padres Luis de San Vítores, Luis 
de Medina, Francisco Ezquerra, Antonio María de San 
Basilio, Sebastian de Monrroy, Pedro Comano, Agustín 
Strobac, Teófilo de Angelis, Carlos Boranga, Manuel 
Solorzano, y los hermanos Pedro Díaz y Baltasar Du- 
bois, además de otros ejemplarísimos sujetos, á quien 
por sepultados de la distancia olvidó la memoria. 



ó que corazones busca, 
recibe ahora los nuestros. 

Que aunque cortos en las obras 
son largos en el afecto, 
y si tus hechos no igualan 
la culpa tienen tus hechos. 

Y vosotros, pechos nobles, 
que seguisteis el esfuerzo 
de vuestro adalid famoso, 
seguid también el trofeo. 

Que ya de vuestras hazañas 
se corresponden los ecos, 
dando envidia á los amigos 
y á los enemigos miedo. 

Pero valor tan ilustre 
reveréncielo el silencio, 
que la lengua es pluma corta 
para tan sublime vuelo. 



Brama el bárbaro mar, brama la tierr.i, 
entrambos contra el aire conjurados; 



Apéndice III. 3 Ti 

Ya que en aquellas Marianas islas hallaba descanso el 
fervor de los nuestros, intentó con apostólica intrepidez á 
principios de este siglo la conversión de otro nuevo archi- 
piélago, nombrado de las islas Carolinas, donde lo infre- 
nable de las corrientes y abundancia de escollos sólo per- 
mitieron á aquellos infelices naturales el que les rayase el 
alba del sol de justicia, sin poder sino algunos pocos re- 
cibir la total luz; bien que esta provincia sacrificó á la 
crueldad de aquellos naturales las apreciables vidas de 
los padres José Cortil, Jacobo Duberon y Juan Antonio 
Cantoba, y á la violencia de los mares la de los padres 
Ignacio Crespo, Andrés Serrano y hermano Esteban 
Baudin, que perecieron ahogados en demanda de tan 
apostólica empresa, omitiendo los trabajos, sudores y 
peligros de otros sujetos, á quien la vista de tan frustra- 
das fatigas sirvió de espuela para avivar los deseos de ex- 
perimentar las mismas penalidades. Noiraigo á V. R. á la 
memoria los socorros de insignes jesuítas, con que esta- 



los barcos forman en el mar nublados, 
y en las nubes los montes fiera guerra. 

Mas luego de Manila se destierra, 
trocando en crespas ondas verdes prados, 
un rayo con centellas por soldados 
que vivas llamas en su pecho encierra. 

Del mar y el monte la altivez humilla, 
y tanto se adelanta en sus victorias 
que parece que vence por costumbre; 

Mas no os parezca aquesto maravilla, 
pues es rayo, y del rayo son las glorias 
mostrar su estrago en la soberbia cumbre. 



En vano, Corralat, al sacro cielo 
opones resistencias atrevido 
entre las nubes fabricando nidos, 
y apartando del suelo el mismo suelo; 

Y en vano intentas remontar el vuelo 
del águila de España perseguido, 



3 14 Guerras piráticas de Filipinas. 



santa provincia ayudó á las islas del Japón y reino de la 
China en los más lastimosos tiempos, á cuyos ejemplares 
pareciera menos decente el agregar por mérito de esta 
provincia los excesivos gastos alegremente expendidos en 
estas empresas, tanto más gloriosas, cuanto el éxito las 
demuestra difíciles. 

Ha sido, pues, el campo que esta provincia ha culti- 
vado todas estas islas Filipinas, pues apenas se contará 
alguna donde no hayan trabajado gloriosamente nuestros 
antecesores; las islas de Terrenate, las Marianas y las 
Carolinas 

Bien sabe V. R. que no es esto más que una somera 
y breve descripción del sufrimiento de nuestros jesuítas, 
que quiso el Señor poner por ejemplar para alentar 
nuestra tibieza, y se le hará fácilmente creíble á cual- 
quiera que con mediana reflexión considere ser estas mi- 
siones continuamente batidas de improvisos asaltos de 
los moros mindanaos y malanaos, joloes, burneyes, ma- 



que por más remontado y defendido 
serás tu estrago en el primer duelo (sic). 

Tiende con tus banderas tus intentos 
y espera en los Elisios blanda cuna 
dando estandartes moros á los vientos, 

Que no estará segura tu fortuna, 
á pesar de tus locos pensamientos 
aun en los mismos cuernos de la luna. 



DECIMA A LO GRAVE. 

Ya tu nombre belicoso, 
Corquera, á rey se levanta, 
y aun á reyes se adelanta 
en tus glorias animoso. 
Que pues tu valor dichoso 
rindió tan soberbias greyes 
y á su pesar les dio leyes, 
rey eres, pues que rey llama 
con voz de clarin la tama 
al que rinde y vence reyes. 



Apéndice IIL 3i5 

cazares, tirones y camocones, y en los tiempos pasados 
de los hereges holandeses, viéndose nuestras iglesias y 
pueblos varias veces entregadas á las llamas, y acosa- 
dos por los montes nuestros misioneros, unos cautivos 
y esclavituados, otros sin menos trabajo en la fuga, de 
que se infiere haber sido muchas las necesarias armadas, 
ya por mar, ya en difícil terreno, para contener á los 
enemigos, á las cuales casi siempre han servido de cape- 
llanes nuestros jesuitas, á cuyos gloriosos trabajos ha 
dado no poco esmalte la sangre derramada por Jesucristo 
de los padres Miguel Ronce, Vicente Damián, Juan de 
las Misas, Alonso Arroyo, Diego de Morales, Juan del 
Carpió, Juan Bautista Larrauri, Domingo Areso y Este- 
ban Jaime, y las penosas muertes de varios de esta pro- 
vincia ahogados en la furia de estos mares, de cuya fata- 
lidad no han quedado reservados los provinciales, de que 
es buen testigo el insignísimo padre provincial Juan de 
Roa con su secretario, ahogados en su visita á Terrenate. 



De celo y hunor movido 
arma Corquera la tierra 
para dar sangrienta guerra 
á un bárbaro presumido; 
y aunque él está defendido 
de la aspereza del suelo, 
á los combates del cielo 
se mostró tan inconstante 
que el que pensó ser diamante 
se halló convertido en hielo. 



No sé á dónde ha de parar, 
gran príncipe, tu valor, 
pues las a'as de tu honor 
nunca cesan de volar. 
Bien puedes ya descansar 
seguro de tu fortuna, 
que ya el cielo teda cuna 



3 ló Guerras piráticas de Filipinas. 



Pero, ó sea que lá mayor dificultad aliente con más 
actividad los ánimos jesuítas, ó que las miserias puestas 
á los ojos atraigan con más viveza los corazones, ó sea 
que el ejemplar de los primeros padres mueva, si con 
más suavidad con tanta más eficacia el afecto de los ver- 
daderos hijos, la grande isla de Mindanao, Joló y sus 
dependientes, han sido por las tres razones un imán 
atractivo de las ansias y empeños de los más alentados 
jesuitas de esta santa provincia, y al mismo paso de los 
desconsuelos por ver empleado un inmenso caudal de 
trabajos, correspondido con igual obstinación de los 
moros sus habitantes. 

Por los últimos años de su vida puso el primer apóstol 
de Mindanao, San Francisco Javier, los cimientos de 
nuestra Santa Fé en aquella isla, que hay quien juzgue 
ser una de las celebradas islas del Moro: esta muestra de 
posesión ha procurado la Compañía mantener á expensas 
de la sangre de los padres Francisco Palióla, y Alejandro 



y tu casa el cielo es, 
pues que rendida á tus piéi 
miras ufano la luna. 



OTRA Á LO FACETO (*). 

Estudiantes y sangleyes, 
candelas, sudor y vista, 
gastó anoche la conquista 
de aquestos bárbaros reyes. 
El sueño recibió leyes 
á pesar de su porfía, 
por servir á useñoría, 
pero velará aunque muera 
por servir á don Corquera 
nuestra santa Compañía. 



(*) En burlas, de chiste, á lo gracioso. Por lo general, llamábanse 
así los versos cuando no tenían gracia, que es lo que en este caso acon- 
tet:e. 



Apéndice 111. 317 

López, Juan del Campo, Juan de Montiel, Francisco 
Mendoza, Bartolomé Sánchez y Pedro de Zamora, y de 
los imponderables trabajos de cuantos jesuítas han en- 
trado á la conquista de aquellas almas, ya con los me- 
dios pacíficos de suavidad y tolerancia, ya con los de las 
armas, siendo esta isla taller no menos de militares, que 
de apostólicos operarios, y por uno y otro de consuma- 
dos jesuítas. Es la isla de Mindanao de las mayores que 
ocupan este archipiélago; su situación se halla de 6 á 9 
grados de latitud boreal, y desde 160 hasta 65 de longitud; 
bojea 3oo leguas en una figura triangular, que forman 
los tres promontorios de Suligao Norte Sur con el del 
cabo de San Agusiin, y el tercero de Samboangan. En- 
tre Ibs dos primeros se halla la provincia de los Caragas, 
y corriendo de Suligao por el Nordeste á Samboangan, 
se halla la nueva provincia de Yligan y Dapitan, con las 
naciones de los cubanos y muchas es mezcla de moros; 
y tirando la línea Leste Oeste desde el cabo de San Agus- 
tín para Samboangan, se hallan los reinos de Buayen y 
Mindanao, que son todos mahometanos, como también 
los habitadores de las dos grandes lagunas de Malanao, 



OIRÁ A LO FACETO. 

Esta noche vi, señor, 
con singular alegría, 
que venció en una portía 
al interés el amor; 
velaban por tu valor 
nuestros sangleyes y hermanos; 
mas dormido, de las manos 
dejó el sangley el dinero, 
maltratando al sueño fiero 
nuestros ojos inhumanos. 

Aquí añade la carta por vía de epílogo: 

«Para entender estas décimas á lo faceto es de saber que todas las poe- 
ísías se compusieron desde las siete de la noche, y se pintaron las tarjas y 
9se tomó de memoria el razonamiento hasta las siete del d¡a siguiente, por 
íhaberse la entrada trazado á priesa.» 



3i8 Guerras piráticas de Filipinas. 

y Mindanao, que se hallan en lo interior, cuyas playas 
ocupan grandes poblaciones de moros; lo grueso de la 
isla lo pueblan varias naciones, diform^s en los idiomas, 
pero conformes en el gentilismo. 

Desde el año 1596 emprendió el celo de los jesuítas de 
esta provincia la difícil conversión de esta grande isla, 
logrando alumbrar con el Evangelio toda la costa del 
Norte, bien que el no poder subsistir á pié firme ocasionó 
ser mayor el trabajo que el fruto en las conversiones, 
hasta que el año 1624 determinó la compañía sentar fir- 
mes los reales en Dapitan con intento de nunca desam- 
pararlos. Las continuas y crueles incursiones de los mo- 
ros malanaos, mindanaos, joloes, macazares, tirones y 
camocones, sostenidos de los hereges holandeses, llegaron 
casi á arruinar aquellas nuevas cristiandades, manifestan- 
do tan deplorables desgracias la necesidad de arrestar los 
últimos esfuerzos en una vigorosa guerra por mar y tier- 
ra contra ios infieles, y de poner fortaleza en Samboan- 
gan que sirviese de ciudadela á la religión contra el 
mahometismo, como de hecho se ejecutó el año i635, 
sirviendo de freno á todos los enemigos, de ciudad de 
refugio á los nuevos cristianos, y de escala á nuestras ar- 
mas para castigar y conquistar las islas de Basilan y Joló, 
capital del error y audacia de los tirones, camocones, 
macazares y borneyes. 

Cuan grave sea el daño que ha recibido el reino de las 
tinieblas de esta ciudadela de las armas y religión, se 
puede inferir de los frecuentes asaltos que ha recibido 
para su total ruina, de los que arrojó á estas islas sólo el 
propio interés, pues apenas ha habido gobernador en 
ellas á quien no se le haya susurrado por conveniente la 
demolición de ella. 

Logró el común enemigo desalojar á los españoles de 
aquella fuerza el año i663, desamparando en sólo su 
contorno al arbitrio de los moros más de seis mil cristia- 
nos, sin contar los muchos que, siguiendo á los padres y 
españoles, se repartieron en otras misiones más abrigadas 
al desembarco y asaltos de los enemigos, á causa de juz- 
garse necesario unir todas las fuer/as españolas en la ca- 



Apéndice JII. 3i9 

pital de estas islas para defenderla del celebrado Gran 
Tamorlan de estas regiones, el famosísimo Cotsen, que 
después de lisongear su furor con más de tres millones de 
muertes sangrientas, después de haber sitiado la gran 
corte de Nanquín, saqueado todas las costas de China, 
conquistado nueve ciudades de á ciento á doscientos mil 
vecinos, después de haber precisado á la fuga de su corte 
de Pcquin al tártaro emperador de China, y tomado por 
asalto sobre cuatro mil holandeses de la isla Hermosa y 
su fortaleza, amenazaba con una armada insuperable 
nuestra capital Manila, requiriendo á su gobernador con 
una carta, que ella sola podía horrorizar á corazones que 
no fuesen del temple de D. Sabiníano Manrique de Lara. 
La divina piedad evitó la venida de esta hcra, pero no la 
total ruina de las cristiandades de Terrenate, Joló, Basi- 
lan, Mindanao, Samboangan y la Sabanilla, desgracia 
que, vista por el rey nuestro señor y su Supremo Con- 
sejo, se pretendió remediar con cédula expedida el año 
1666, y repelida el de 72, mandando que por todos los po- 
sibles medios se recuperase tan importante puesto; órde- 
nes del todo infelices por no obedecidas, hasta que el 
año de 1712, á costa de cuarenta y seis años de vivísimas 
y rendidísimas súplicasde la Compañía, últimamente fué 
decretada y mandada con cualidad de sin embargo por el 
rey nuestro señor D. Felipe V (que [de] Dios goce) la re- 
cuperación de Samboangan, que se ejecutó el año 1718 
con el gozo y alegría que se puede colegir de aquellos po- 
bres cristianos, que solamente podían ser administrados 
con lasclandestinasó furtivasescursíonesde nuestros jesuí- 
tas, á causa de las sangrientas piraterías de los moros cir- 
cunvecinos, bien que hacia eco á sus corazones el antiguo 
desamparo para zozobrar en los temores de experimentar 
lo mismo en lo venidero. Halló esta santa provincia en 
su antigua tan fljrida cristiandad: Campiis ubi Troya 
fuit, pero bendito Dios ha logrado la cristiandad con esta 
nueva entrada la protección de las armas y permanencia 
de nuestros jesuítas, que al abrigo déla Fuerza y tropas 
españolas han erigido muchas iglesias, y reducido al gre- 
mio de la romana millares de moros y gentiles. 



320 Guerras piráticas de Filipinas. 



Menos dicha goza la isla de Joló; que conquistada por 
el Sr. D. Sebastian Hurtado de Gorcuera, gobernador y 
capitán general de estas islas, con cinco mil hombres de 
tropas el año i638, sacudió el año de 46 del mismo siglo 
el yugo de tres fortalezas españolas, obligando también á 
nuestros jesuitas á desamparar el puesto, permitiéndoles 
sólo con simulada capitulación la licencia de visitar los 
cristianos que en aquella isla quedaban, obligando á este 
desamparo lo feroz de los ánimos joloes, que incesante- 
mente batian nuestras estancias confederados con los ho- 
landeses, que con una escuadra sitiaron nuestra principal 
fortaleza. 

Dista dicha isla de Samboangan como treinta leguas al 
Sudeste; sirve de emporio para el comercio de los reinos 
mahometanos circunvecinos con los chinos; su Hgura es 
esférica, y aunque de bogeo sólo tendrá como treinta le- 
guas, está tan poblada, que pone su rey hasta 4.000 
hombres de ejército totalmente diestros (como los demás 
moros ya nombrados) en el manejo de armas de fuego, 
las que logran con facilidad y abundancia por el comercio 
continuo con los holandeses, sin faltarles surtimiento de 
preciosos géneros con que comprarlas, por la multitud 
de elefantes que hay en la isla, abundancia de ricas per- 
las, que se hallan en sus playas, además del ámbar y con- 
cha finísima; y en muchas ocasiones ha infestado las 
cristiandades de estas islas, despachando á un mismo 
tiempo hasta ochenta joangas, armada de que no quieren 
formar concepto las naciones europeas, porque no las 
llam mos galeras, bien que se pueden univocar en el 
equipaje de gente, porte de buque, y tren de escogida ar- 
tillería, con ellas. Con la pérdida de esta isla perdimos 
también la de Basilan, que dista como tres leguas al Sur 
de Samboangan, donde por ser más feroces los ánimos, se 
lograron mientras estuvo á nuestro cargo pocas conver- 
siones, pero copiosa cosecha de méritos y trabajos. 

Desde que se retiraron las armas españolas de estas 
islas, y en consecuencia nuestros misioneros, han sido sus 
naturales un continuo azote de nuestras misiones y del 
resto de estas islas; raro ha sido el año en que no haya- 



Apéndice III. 321 

mos llorado execrables estragos de su barbarie, cautiverios 
de ministros eclesiásticos puestos al remo, muertes y es- 
clavitudes de españoles, incendios de iglesias y pueblos 
ultrajes al Sacramento de la Eucaristía y sagradas imá- 
genes, una multitud deplorable de cristianos esclavitua- 
dos, una incesante perturbación, continuos sobresaltos y 
temores de nuestros queridos indios, sin haber dejado for- 
taleza en todo el distrito de estas islas sobre que no hayan 
ó formado sitio muy regular ó intentado la escala, llegando 
á tanto su atrevimiento, que en estos últimos años entra- 
ron repetidas veces en esta bahía de Manila, esclavituan- 
do en ella varios pescadores, asaltando algunos de los 
pueblos playeros, y apresando á la vista de la fortaleza 
de Cavite una embarcación que contra ellos despachó el 
castellano de aquel puerto. 

Tal era el estado de Joló y Mindanao el año próximo 
pasado de 42, desde el que parece quiso la Divina Provi- 
dencia promover los más eficaces medios á solis ortu us- 
que adoccasum por la conversión de estas islas. El di- 
cho año 42 formó la congregación de esta provincia un 
postulado á nuestro padre general, para que en fuerza de 
las capitulaciones, bajo las cuales se habían concluido las 
paces con los reyes de Joló, Tamontaca, Tavi Tavi, y 
otros príncipes de aquellas islas el año próximo de 3/, 
se pusiesen todos los humanos medios para que dichos 
reyes cumpliesen la de admitir misioneros en sus domi- 
nios, permitir la predicación de la Santa Fé, y la conver- 
sión á ella de sus respectivos vasallos, dejando libertad 
á los jesuítas para la creación de iglesias y administración 
de los Santos Sacramentos. La arribada del galeón Nues- 
tra Señora del Rosario, en que iban los padres procura- 
dores de esta provincia á Roma, el tener los ingleses in- 
festados los mares circunvecinos, bloqueadas estas islas 
y amenazada de una poderosa armada la capital de ella, 
Manila, ocasionó no haber podido remitir de estas islas 
dicho postulado hasta el año 45, en que se hizo V. R. á 
la vela por procurador de esta su provincia; pero la Divi- 
na Piedad, más pronta en satisfacer nuestros buenos de- 
seos, que nuestros corazones en formarlos, movió el 

22 



322 Guerras piráticas de Filipinas. 

católico y religioso corazón del rey nuestro señor D. Fe- 
lipe V (que [de] Dios goce) á escribir á los reyes de Joló y 
Tamontaca dos cartas, que solas ellas pueden ser el más 
vivo retrato de su católico celo y del empeño que debe- 
mos poner en cumplimiento de nuestra obligación: y 
porque me persuado que cualquiera expresión mia será 
insuficiente á dibujar aquel real y piadosísimo pecho me 
ha parecido ingerirlas en esta mi carta. 

CARTA DE SU MAGESTAD AL REY DE JOLÓ. 

iiDon Felipe, por la gracia de Dios, Rey de las Espa- 
ñas y de las Indias, archiduque de Austria, duque de 
Borgoña, de Brabante y de Milán, conde de Abspurg, de 
Flandes y de Tirol, etc. A vos, el honrado y alabado en- 
tre los reyes y príncipes de la Asia, Mahamat Amirudin, 
rey de JolÓ, á quien todo bien y honra deseamos, salud 
y acrecentamiento de buenos deseos. Por mi gobernador 
y capitán general de las islas Filipinas y presidente de 
mi real Audiencia de ella, que reside en la ciudad de Ma- 
nila, fui á su tiempo informado con instrumentos autén- 
ticos de que en el año de mil setecientos treinta y siete, á 
instancia y solicitud vuestra se ajustó, concluyó y juró 
solemnemente en la referida ciudad de Manila por medio 
de los embajadores y principales de ese reino, un tratado 
de paz, amistad y buena correspondencia, con varios 
capítulos y condiciones conducentes á la quietud, con- 
servación y libre comercio de unos y otros dominios y 
señoríos, y con la expresa calidad de que esta paz la ha- 
bla de establecer vuestra grandeza con el rey de Tamon- 
taca, nuestro amigo; el cual tratado me digné aprobar y 
confirmar por mi real cédula de nueve de Junio del año 
de mil setecientos cuarenta y dos, esperando le guarda- 
ríais y observaríais inviolablemente como buen príncipe. 
Y después por los P. P. de la Compañía de Jesús, mi- 
sioneros apostólicos destinados (entre otros religiosos) 
para predicar el Santo Evangelio en esas regiones orien- 
tales, he sabido con muy especial gusto y consuelo mió, 
que de muchos años á esta parte han sido y son los men- 



Apéndice III. 323 

Clonados padres misioneros, favorablemente admitidos y 
benignamente tratados en ese reino, por vuestra grande- 
za y por sus predecesores; todo lo cual me ha hecho 
concebir fundadas esperanzas de que con la asistencia, 
inspiraciones y auxilios de Dios omnipotente, llegará 
vuestra grandeza y los principales vasallos de su reino, 
á conocer y abrazar la religión cristiana, católica, apos- 
tólica y romana, que es la única verdadera ilustrada por 
la fé, por la revelación y por la tradición, y confirmada 
por tantos y tan irrefragables testimonios, y la sola que 
nos puede conducir á la mayor felicidad, que es la gloria 
y la salvación eterna de nuestras almas. Por todos estos 
tan grandes y poderosos motivos, y porque el más prin- 
cipal que he tenido para admitir, aprobar y confirmar el 
tratado de paz hecho con vuestra grandeza, es el ardiente 
y piadoso deseo que me asiste, de que así vuestra gran- 
deza, como los principales y vasallos de su reino conoz- 
can la verdadera ley, y admitan la religión cristiana, que 
yo profeso, como también todos los vasallos y subditos 
de mis extendidos dominios en las cuatro partes del mun- 
do, por cuyo medio y vínculo espiritual y sagrado se ase- 
gurará al mismo tiempo la solidez y perpetuidad de la 
paz concluida, y las ventajas recíprocas que de ello se 
pueden seguir á ese reino y á mis provincias de las islas 
Filipinas, os ruego y exhorto, que vuestra grandeza, y 
los principales de su reino admitan, reciban y acojan en 
esa capital, y en todos los demás pueblos, benigna y cari- 
tativa y fraternalmente á los referidos padres de la Com- 
pañía de Jesús, cuyos virtuosos y buenos procedimientos 
son bi^n notorios á vuestra grandeza, señalándoles si- 
tios para edificar iglesias en que puedan predicar y ense- 
ñar la santa fé católica, y permitiendo á sus vasallos que 
vayan á oir la doctrina cristiana y puedan seguirla, aque- 
llos que quisieren ejecutarlo por su propia y libre volun- 
tad y sin violencia alguna. 

»Y también recomiendo y pido encarecidamente á 
vuestra grandeza, que trate y haga tratar con benignidad 
y agrado por los principales de su reino á los referidos 
P. P. de la Compañía de Jesús, favoreciéndolos, ampa- 



324 Guerras piráticas de Filipinas. 

rándolos y defendiéndolos de cualesquiera molestia y ve- 
jaciones que se pueda intentar hacerles; lo cual espero, 
y será muy de mi real gratitud, como lo contrario será 
muy de mi desagrade, y motivo justo de graves inconve- 
nientes, perjudiciales á vuestra grandeza y á sus vasallos. 
Y porque seria posible que el enemigo común del género 
humano, ó algunas personas mal intencionadas y per- 
versas, procurasen introducir desconfianzas en los ánimos 
de vuestra grandeza y de sus principales, atribuyendo 
mis piadosos deseos á otros fines menos desinteresados, 
prometo á vuestra grandeza en prueba de mi sinceridad, 
y con el seguro de mi real palabra, que de ninguna 
suerte, ni con pretexto alguno serán vuestra grandeza ni 
los principales de su reino inquietados, ni perturbados 
por mis armas ó por mis vasallos en su dominio y go- 
bierno, sino que en todo y por todo gozarán de su plena 
y absoluta autoridad en la misma forma en que ahora la 
gozan, sin que mi gobernador de las islas Filipinas, ú 
otro general, ministro ó vasallo mió sea osado ó se atre- 
va á molestar á vuestra grandeza ó á sus principales y 
vasallos, ni á introducirse en ese reino sin su expresa li- 
cencia, porque si alguno á tal se atreviese, incurrirá en 
mi real indignación, y podrá ser castigado de vuestra 
grandeza, aprendiéndole en su reino según correspon- 
diere á la calidad y gravedad de su delito. Y cumpliendo 
por parte de vuestra grandeza y de sus principales (como 
no lo dudo) todo lo que va aquí propuesto y expresado, 
le ofrezco igualmente atender á la conservación y defensa 
de su reino, auxiliándole con mis armas contra cuales- 
quiera enemigos que intentasen hacer guerra á .vuestra 
grandeza, sobre lo cual hago especial encargo á mi go- 
bernador y capitán general de esas islas, para que ente- 
rado de mi real voluntad la ponga á ejecución cuando 
lo pida la urgencia. Dios guarde á vuestra grandeza y le 
conceda las prosperidades espirituales y temporales que 
le deseo y más convengan. Del Buen Retiro á doce de 
Julio de 1744. 

Yo EL Rey.» 



• Apéndice III. 325 

Bajo las mismas espresiones, con solo la precisa alte- 
ración que se deja colegir, estaba formada la carta cédula 
para Ameril Mahomenim Camsa, rey de Tamontaca. No 
satisfecho el católico celo del rey nuestro señor con tan 
apostólicas demostraciones, juzgó conveniente vigorizar 
estos medios y alentarme al total empeño para esta em- 
presa, insinuándome otros en una real cédula con que 
me honró de este tenor. 

El Rey. 

«Venerable y devoto padre provincial de la religión de 
la Compañía de Jesús en las islas Filipinas. 

«Con mi real cédula de 3i de Julio del año próxinio 
pasado remití al gobernador y capitán general de esas is- 
las dos cartas firmadas de mi propia real mano para los 
reyes de Joló y de Tamontaca, en las que les exhorto á 
abrazar nuestra santa fé, y á admitir en sus reinos á los 
religiosos misioneros de la Compañía, ordenándoley man- 
dándole que se las haga entregar en la forma que se acos- 
tumbrare ó conviniere, ó que las retenga en su poder am- 
bas, ó la una de ellas, según se lo aconsejaren las ocasiones 
y las circunstancias que concurran al tiempo en que las re- 
ciba; respecto de que nunca se puede tener una entera se- 
guridad y confianza de los ánimos y genios inquietos y vo- 
lubles de los expresados príncipes infieles; y que si después 
de habérselas entregado dieran pruebas de corresponder 
á mi real intención, les guarde y haga guardar (como^ se 
lo mandé) todo lo que les ofrezco acerca de mi protección 
y auxilio en mis enunciadas cartas, cuando lo pida la ur- 
gencia. Y ahora por el padre Ignacio Altamirano, de la 
misma Compañía de Jesús, y procurador general de las 
provincias de su religión de los reinos de las Indias, se 
me ha representado que aunque se debe esperar pruden- 
temente que los enunciados reyes de Joló y de Tamon-' 
taca, vecinos y comarcanos de las mencionadas islas, se 
inclinarán á admitir nuestra fé católica y á recibir con 
gusto á los padres misioneros de la propia Compañía, 
luego que se vean favorecidos con mis citadas reales car- 



326 Guerras piráticas de Filipinas. 

tas, como también los magnates y principales de aquellos 
reinos; sin embargo, no se puede prometer que lo ejecu- 
tarán todos, ni que serán constantes en su primera vo- 
luntad, pudiendo también no querer asentir á ello, por 
ser en cierto modo como señores absolutos en sus térmi- 
nos, pues solo reconocen á sus reyes cuando la causa es 
del bien común; me suplicaba fuese servido de encarga- 
ros que sin falta y en tiempo oportuno enviaseis misio- 
neros, no solo á las cortes de los dos mencionados reyes, 
precediendo para ello las precauciones y providencias 
dispuestas por mi citada real cédula, sino también á los 
pueblos de todos aquellos principales ó magnates que 
mostraran deseo de recibirlos, porque importarla mucho 
el lograr la ocasión del primer fervor, en corresponden- 
cia de la honra que les tengo hecha, así para asegurar su 
'amistad y adelantar la propagación de la fé como para 
facilitar el que otros la reciban, y precaver el que ningu- 
no pueda perturbar la cristiandad que ya está admitida 
por los demás. 

»Y habiéndose visto la referida instancia y sus antece- 
dentes en mi Consejo de las Indias, con lo expuesto por 
el fiscal, he venido en condescender á ella, en cuya con- 
secuencia os ruego y encargo que dispongáis el enviar 
religiosos misioneros á las cortes de los reyes de Joló y 
de Tamontaca y á los pueblos de todos los príncipes ó 
magnates de aquellos dos reinos que mostraren deseo de 
recibirlos, poniéndoos antes de ejecutarlo de acuerdo con 
el referido gobernador de esas mismas islas, á quien par- 
ticipo ahora el encargo que por la presente mi real cédu- 
la os hago, á fin de que por su parte disponga Jo que res- 
pectivamente le toca y conduzca al importante intento 
de que se estienda nuestra santa fé en esas remotas regio- 
nes, por ser así mi voluntad. Fecha en San Ildefonso á 
19 de Agosto de 1745. 

Yo EL Rey.» 

Bien ve vuestra reverencia el empeño con que debe to- 
mar esta empresa cualquiera que tema hacerse del todo 



Apéndice 111. 827 

indigno del glorioso renombre de jesuíta, hijo de San 
Ignacio de Loyola, y sucesor de tantos apostólicos jesuí- 
tas que se han sacrificado al cultivo de la viña del gran 
Padre de familias en este nuevo mundo, para que en la 
ocasión en que todos los humanos medios se proporcio- 
nan al logro del gloriosísimo fin, no se pierda éste por 
nuestra tibieza coloreada con perspectivas de prudencia, 
hallándose también precavida ésta, antes que temida 
con una carta de nuestro padre General, en que casi con 
los mismos términos de nuestro postulado (que no habia 
visto) me ordena cumplir el encargo de S. M. Católica, 
enviando misioneros escogidos á dichos reinos. 

Apenas recibí las sobredichas instrucciones, ocurrí al 
ilustrísimo y reverendísimo señor D. Fray Juan de Are- 
chederra, del sagrado orden de predicadores, electo obispo 
de la Nueva-Segovia, gobernador y capitán general de estas 
islas, y presidente de la real Audiencia que en ellas resi- 
de, cuyo grande ánimo aun para más vastos asuntos ha- 
llé prevenido con una real cédula perteneciente al mismo 
asunto, por la cual se le alentaba á esta empresa, bien que 
con la misma prudentísima cautela respecto (son reales 
palabras de su Magestad) de que nunca se puede tener una 
entera seguridad y confianza de los ánimos inquietos y 
volubles de los expresados principes infieles. No discrepó 
en nada el dicho ilustrísimo señor del empeño con que 
le hablé, para que se llevasen adelante los medios que 
disponía Dios para fin tan característico del real ánimo, 
y del instituto de nuestra Compañía. Con total desemba- 
razo determinó nombrar (y de hecho nombró) por emba- 
jador de este superior gobierno, en nombre del Rey 
nuestro señor á los reinos de JoIó y Tamontaca, al padre 
Francisco Sasi, que á la ocasión se hallaba rector del 
colegio de Samboangan, con orden estrecha de entregar 
en mano propia las cartas del Rey nuestro señor á sus 
respectivos destinos. Remitió el ilustrísimo señor las cé- 
dulas en la capitana de una armadilla, que expidió al 
castigo de los tirones; pero ésta con una furiosa tempes- 
tad zozobró en el camino, por lo cual su ilustrísima con 
toda brevedad equipó otra embarcación, remitiendo en 



328 Guerras piráticas de Filipinas. 

ella el testimonio de las sobredichas cartas. Ni con menos 
presteza cumplió el padre Francisco Sasi el encargo que 
se le hacia, pues con la mayor brevedad pasó al reino de 
Tamontaca y tornando á Samboangan extremamente en- 
fermo, destinó al punto en su lugar al padre Sebastian 
Arcada para la corte de Joló. En una y otra añadió la 
energía de la voz, eficacia á la pretensión. Ambos reyes 
recibieron con multiplicadas salvas de su artillería á 
nuestros embajadores, y con singulares demostraciones 
de aprecio las reales cédulas, congratulándose con los 
padres de su felicidad por hallarse honrados con tan 
singulares muestras de afecto del Rey nuestro señor, de- 
jando para otro dia la formal respuesta. 

Un inopinado accidente me obliga á divertir la pluma 
de esta materia, así como interrumpió el viaje de los 
padres, y suspendió entre temores nuestras esperanzas, 
pues sospechamos daban al traste de un golpe todos 
nuestros deseos. En el ínterin que con tanta viveza cor- 
riamos estas diligencias, apareció una escuadra holandesa 
barloventando desde el cabo de San Agustín hasta la 
punta de Flechas. Sobresaltó tan inopinada venida á este 
superior gobierno y no menos á la fortaleza de Sam- 
boangan, y un arresto intrépido del bajá de Basilan, 
hizo juzgar fuesen más temibles las resultas. El dicho 
bajá, tomando solo como cuarenta soldados en pequeñas 
embarcaciones, se determinó con audacia á abordar con 
armas blancas uno de los navios holandeses, que borde- 
jeando se acercó á la playa; logró la entrada, mientras 
suspendían los del navio formar juicio de la determina- 
ción que se debía tomar, y cerrando en el alcázar con el 
capitán del navio, le quitó la vida é hirió á varios oficiales. 
Al mismo tiempo sus soldados, que tenían ocupado el 
bordo, ejecutaron lo mismo con muchos de los holande- 
ses, que se mantenían en el combez; pero como no esta 
ban desprevenidos lograron, ya con la fusilería, ya con los 
sables, matar algunos moros, y desalojar á los restantes 
hasta arrojarlos en sus pequeñas embarcaciones, que sa- 
cudidas de la artillería á metralla, reconocieron su im- 
prudencia, bien que sin arrepentimiento. Reqliirió el 



Apéndice 1 11. 329 

gobernador de Samboangan á esta escuadra del motivo de 
su venida, á cuyo requerimiento respondieron ser la 
causa el haber los años pasados suplicado Malinog, rey 
de Malanao, á la compañía de Holanda por socorros y 
por confederación, y hallarse ésta estipulada; pero que 
hallando ya por su muerte mudado el gobierno, dispo- 
nía su tornaviaje. Tan bien dibujada respuesta pudiera 
aquietarnos, á no ser patente su falsedad, pues se hizo 
notorio que su único intento era poner en la isla de Sa- 
ranga factoría para la mayor extensión de su comercio con 
la ruina total de estas islas, pues en dicha isla se halló 
en una piedra bien gravada una T numerando dicha isla 
como estilicidio del gobierno de Terrenate, y aun hay 
rumor de estar formados y levantados de tierra cimien- 
tos para habitación. Nos deja este accidente en total sus- 
pensión entre esperanzas y temores, á que solo podrá 
poner fin la que esperamos próxima resulta. 

Con la noticia de la retirada de esta escuadra llega- 
ron también las respuestas de Joló y Tamontaca, muy 
conformes á la idea que hablamos formado de los áni- 
mos de aquellos señores. La del rey de Joló toda rebosaba 
floridas esperanzas, como podrá V. R. ver de esta copia. 

RESPUESTA DEL REY DE JÓLO AL REY NUESTRO SEÑOR. 

«Católica sacra y real Magestad: el sultán Muhamat 
Alimudin, rey de Joló y de todas sus islas adyacentes, 
vuestro fiel hermano y fino amigo: Habernos recibido el 
dia primero de Setiembre de este presente año el trasunto 
de la muy expresiva y afectuosa, con que vuestra católica, 
sacra y real Magestad se dignó honrarme por mano del 
MR. P. Sebastian Ignacio de Arcada, y de su segundo el 
sargento mayor D. Tomás de Arrivillaga, cabo actual de la 
gente de guerra y mar del presidio de Samboangan, su 
fecha en Buen Retiro de doce de Julio de mil setecientos 
cuarenta y cuatro, la que me sirvió de mucha alegría, por 
venir de un monarca tan celoso y soberano, y vei* en su 
contenido los vivos y católicos deseos con que se digna 



33o Guerras piráticas de Filipinas. 

vuestra católica Magestad favorecerme; los que iré res- 
pondiendo punto por punto. 

»Por lo que mira al tratado de paz que vuestra cató- 
lica Magestad se dignó aprobar, perteneciente á la quie- 
tud, conservación y buena correspondencia, así de los 
dominios y señoríos nuestros, como de los de nuestro 
hermano el sultán de Tamontaca, doy á vuestra católica 
Magestad las gracias por este beneficio, afianzando mi 
real palabra en la firmeza de su observancia, sin que 
por mí ó algunos de mis vasallos se hayan de atrever á 
quebrantarla si no se ofreciese muy justa causa para ello. 

))En atención á lo bien informado que vuestra católica 
Magestad fué de los muy reverendos padres de la Compañía 
de Jesús, de cómo han sido y son por mí y mis principa- 
les estimados; no podia ser menos, cuando sus procederes 
y virtuosos ejemplos son notorios en este mi reino, y 
aun mayormente experimentados por los que han pa- 
sado á vuestras provincias á sus fines particulares, en 
donde han sido agasajados por dichos muy reverendos 
padres, por cuyo motivo viven siempre reconocidos y 
obligados á venerarlos. 

«Exhórtame vuestra católica y real Magestad á que 
abrácela religión católica, que siendo, como dice, la ver- 
dadera, si con el tiempo Dios me inclinare á ella, con la 
luz de Dios procuraré seguirla. Pídeme vuestra Mages- 
tad le señale sitio á dichos muy reverendos padres en 
este mi reino, y que les dé licencia para edificar iglesia y 
casa, y que permita á los mios libertad para oir la doc- 
trina y para el que quisiera seguirla, la siga; á lo que 
respondo, que luego que fui enterado de vuestro pedi- 
mento les señale sitio, el que me pareció más cómodo y 
fértil para la morada é iglesia de dichos muy reverendos 
padres, con la plena licencia para que todos los de este 
mi reino, que quisieren abrazarla, la sigan, aunque sea 
mi hijo el príncipe Israel, pues para ello no se ofrecerá 
el más mínimo inconveniente, como en atender y vene- 
rar á dichos muy reverendos padres, así por la recomen- 
dación de vuestra católica Magestad, como por lo que se 
merecen por sus procederes. 



Apéndice III. 33 1 

»No dudo que habréis sido noticioso por vuestro ca- 
pitán general de los servicios que os tengo hechos, y que 
podéis estar cierto los proseguiré en adelante sin muta- 
ción alguna. No hallo palabras con que explicar á vues- 
tra católica Magestad lo muy agradecido y obligado que 
quedo á vuestra magnificencia, por las espresivas preemi- 
nencias y facultades que me permitís en vuestra real cé- 
dula, como también por la defensa de mi reino, y encar- 
go que hacéis á la capitanía general para auxiliarme en 
cualquiera invasión que mis enemigos intentaren, aten- 
diéndome, en cuanto se me ofreciere, que no dudo así 
será ejecutado por vuestros ministros; pues considera- 
mos que como brazo de rio debemos reconocer por madre 
á vuestra suma magnificencia, por cuyo motivo le vene- 
ramos como á verdadero centro, y especial soberanía, 
ó como árbol frondoso en donde concurren los pajari- 
llos, aprovechándose de su fruta, sin menoscabo de ella; 
asimismo deseamos lograr todas las felicidades, estando 
bajo de vuestra sombra, por cuyo motivo, ni podemos 
quedar avergonzados, aunque lleguemos á pedir á vues- 
tra Magestad lo que se nos ofreciere, estando ciertos to- 
dos los príncipes de este archipiélago de vuestra suma 
grandeza y amplitud en concederlas que fuera mucha 
presunción y muy mal fundada la de el que no se aco- 
giese á vuestra sombra, y querer igualarse al tanto de 
vuestro gran poder. Luego que llegó á más manos vues- 
tra Real cédula, fué para mí de mucha complacencia y 
alegría por haber logrado dicha tan singular, la que des- 
de que tengo uso de razón no he tenido noticia de haber 
merecido en este mi reino favor tan grande, y así en cor- 
respondencia de él, en todo tiempo que vuestra Mages- 
tad se le ofreciese mandarme lo ejecutaré, pues sólo sir- 
viéndole de cabeza podré satisfacer á tan máximo benefi- 
cio; procurando en esta ocasión manifestar mi cariño, y 
en recompensa de vuestra buena volunt^.d, remito una 
perla de peso de cinco tomines y medio; y aunque no es 
correspondiente á vuestra grandeza, la recibiréis en señal 
de mi fino afecto, por el cual, y yo haber recibido de 
vuestra Magestad tan líquidamente la carta, con la sobre- 



332 Guerras piráticas de Filipinas. 



dicha donación, podréis venir en conocimiento que mi 
afecto es verdadero. 

»Es cuanto tengo que responder á vuestra Magestad, 
por la que pido á Dios dé mucha salud, vida y gracia 
con aumento de otros muchos reinos y señoríos. — Joló 
y Setiembre doce de mil setecientos cuarenta y siete 
años.» 

A ésta acompañaba otra para el limo, señor goberna- 
dor de estas islas, que en poco diferentes términos enun- 
ciaba lo que la precedente. 

No era tan franca en promesas, aunque tan poco cos- 
tosas, la del rey de Tamontaca, bien que como en su 
reino logra mayor lugar la aristocracia, en semejantes 
dominios, aun cuando son conformes las firmas, no 
siempre los ánimos, antes bien la precisión á lo primero 
suele decidir más los pareceres y ensangrentar más los 
ánimos para permanecer y llevar adelante el opuesto dic- 
tamen. Venia ésta dictada con bastante cavilación para 
persuadirnos, que aunque concedía el pretendido pase, 
queria tener allanado el camino para una decorosa reti- 
rada. Su contexto más era de testimonio de agena deter- 
minación, que espresion de propia voluntad. Tal creo 
será el juicio de vuestra reverencia al leerla. Dice, pues, 
así: 

RESPUESTA DEL REY DE TAMONTACA AL REY NUESTRO SEÑOR. 



«Dé Dios á tu Magestad mucha felicidad. Respondo con 
ésta al traslado de la carta de tu Magestad, que remitió el 
señor capitán general de Manila por mandado tuyo, y que 
recibí con sumo agradecimiento, por venir de un monar- 
ca tan grande y poderoso en las cuatro partes del mundo, 
adonde se estienden tus dilatados dominios; y la he esti- 
mado con muy fino reconocimiento por la benignidad 
con que me has mirado, y porque tú eres el que me 
puedes dar favor en todas mis aflicciones. Me he hecho 
cargo del contenido de la carta, que llegó á este mi reino 
en la isla de Mindanao y me trajo el padre Francisco 



Apéndice III. 333 

Sasi, de la Compañía de Jesús, rector del colegio de Sam- • 
boangan, y el sargento mayor de dicho presidio D. To- 
más de ArriviUaga. Yo, mis principales y toda la demás 
gente de este reino nos hemos hecho capaces de sus cláu- 
sulas. El dia de su llegada, según la cuenta de los ára- 
bes, fué el dia martes once de Junio de mil ciento y se- 
senta años. 

«Con todo rendimiento pido perdón ú tu Magestad, que 
eres señor soberano de todos tus dominios, y te hago 
saber el acuerdo, y resolución, que han tomado mis 
principales y demás vasallos de este mi reino de Min- 
danao. Sobre las paces, que ha pedido á tu Magestad el 
rey de Jólo y que tu has tenido por bien admitir y apro- 
bar, y es que yo también las admita y apruebe, porque 
cualquiera que fuere amigo tuyo, lo ha de ser también 
mió, y el que fuere enemigo tuyo asi mismo habrá de 
serlo mió, y estoy cierto, que lo mismo guardarás tú 
para conmigo. Este es el dictamen de los principales y 
demás vasallos mios sobre el contenido de tu carta, que 
llegó á este mi reino de la isla de Mindanao, y esta es la 
conformidad de la paz y buena correspondencia que 
tengo con tu Magestad, y de la que guardó mi padre con 
tu c^orona; y yo estimo sobre manera, y pretendo y deseo 
con todas veras servir á tu magestad en todo tiempo, y 
guardar tu amistad y quedo siempre aguardando tus 
mandatos para cumplirlos con la posibilidad de mis fuer- 
zas. En esta conformidad digo: Que aunque todos mis 
vecinos y confinantes se coligasen contra mí, guardare 
siempre tu amistad hasta morir, y ésta dejaré por heren- 
cia como mi última voluntad á mi hijo, y al príncipe mi 
hermano, que me sucediere en el reino. 

«También expresa tu carta una petición, que me haces, 
sobre que yo señale á los padres de la Compañía de Jesús 
lugar en mi reino, en que levanten iglesias, para que 
prediquen la fé cristiana á mis vasallos, que quisieren ad- 
mitirla de su libre voluntad, sin que se les pueda hacer 
fuerza alguna á los que no quisieren ser cristianos, de la 
forma que ya quedó asentada en las capitulaciones, que 
se hicieron en Manila. Y sobre lo mismo me encargas, 



334 Guerras piráticas de Filipinas. 

que se les haga iglesia en mis dominios; á lo que digo 
que todo ha parecido muy bien á los de la Junta, así 
principales como á los demás vasallos mios de esta isla 
de Mindanao, y todos quedan muy agradecidos á tu so- 
berana y recta Magestad, que es tan grande en el domi- 
nio que ejerce en todas las cuatro partes del mundo, y 
piden con todas veras y con el mayor rendimiento que 
se perpetúen las paces que tienen hechas con tu Mages- 
tad, y que no les prives de esta herencia, porque esta es 
la confianza, que todos hacemos de tu Magestad, grande- 
za y rectitud para siempre. También encargas que en lle- 
gando los padres á éste mi reino los ampare y defienda para 
que ninguno intente agraviarlos; á lo cual digo: que no 
era necesario que así me lo encargases por haberlo yo 
siempre practicado así; y en caso que lleguen á este mi 
reino algunos de los vasallos de tu Magestad, les daré 
siempre mi ayuda y favor con todo mi empeño contra 
los que presumieren hacerles algún daño. 

«Sobre lo que me escribes que si alguno de tus vasa- 
llos quisieran venir á este mi reino no intenten hacerlo 
sin mi beneplácito, y si alguno se propasase á hacer al- 
gún daño á los mios será por tí castigado con todo rigor, 
y que tendrás por bien el que yo proceda contra él apren- 
diéndole en mis tierras, te damos los debidos agradeci- 
mientos y admitimos con gusto esta tu disposición, que 
es muestra evidente de tu soberana benignidad para con 
nosotros. También estimo mucho, y te agradezco lo que 
me dices en tu carta, que tienes mandado al señor capi- 
tán general de Manila y á los demás gobernadores tuyos, 
el que en todo tiempo me den favor y ayuda contra cua- 
lesquiera enemigos que quisieran hacerme guerra, y en 
la misma conformidad te agradezco y te doy infinitas gra- 
cias por lo que te has mostrado fino para conmigo en 
haber de antemano dado esta orden al señor gobernador 
y capitán general de Manila, para que lo sepa y cumpla 
y me dé la ayuda y favor que yo necesitare, en que bien 
manifiestas tu grandeza, alteza y entereza en favorecer- 
me. De mi parte quedo siempre aguardando lo que tú me 
mandares, que sea conforme á mis fuerzas, y siempre 



Apéndice III . 335 

serviré á tu poderosa Magestad y te pido me perdones 
muy mucho porque no acierte á escribir carta que ha 
de llegar á la presencia de un Rey tan alto y poderoso. 
Dios te guarde con muchos aumentos y felicidades^ para 
muchos años. Esta carta se escribió en esta casa alta de 
este reino, que está en la isla de Mindanao, el año de mil 
ciento y sesenta, el dia martes veinte y tres del mes de 
sama» — » 

Con la misma alquimia y bajo la misma turquesa, 
formó la respuesta al ilustrísimo señor gobernador de 
estas islas. 

Nuestros buenos deseos, y el ver las respuestas, no 
contrarias á ellos, nos hizo entenderlas del todo favo- 
rables, y así comunicados con dicho limo, señor los me- 
dios determiné enviar algunos de los sugetos que me 
hablan suplicado los emplease en esta santa empresa. 
Señalé por superior de la misión de Tamontaca al padre 
Juan Moreno, que después de haberse empleado en ense- 
ñar filosofía y teología, y sido rector de la residencia 
de Antípolo,V secretario de esta provincia, se hallaba 
de rector del colegio del puerto de Cavite, dándole por 
compañero al padre Sebastian de Arcada, cuyo celo y 
práctica en las misiones de Mindanao le habia hecho 
muy conocido, é igualmente amable á los moros de 
aquellas cercanías. Para Joló destiné al padre Juan An- 
gles, que acababa de ser rector de Antípolo, después de 
haber enseñado filosofía y teología, y juntamente^ le 
señalé por compañero al padre José Villelmí,^ práctico 
en las misiones de Mindanao, y sumamente estimado del 
rey de Joló, porque además de sus virtudes, tenia inteli- 
gencia de la lengua arábiga, de cuyo perfecto conoci- 
miento se gloria el dicho príncipe. Y para que no faltase 
quien sostuviese esta determinación en cualquiera acci- 
dente improviso, envié con dichos padres á Samboangan 
los padres Patricio del Barrio, é Ignacio Málaga; el pri- 
mero para que pasase á Joló á la llamada del padre supe- 
rior Juan Angles, y el segundo para que ejecutase lo 
mismo, cuando desde Tamontaca lo juzgase conveniente 
el padre superior Juan Moreno. 



336 Guerras piráticas de filipinas. 



A proporción de mis diligencias corria la actividad 
del limo, señor gobernador de estas islas, en las preven- 
ciones más convenientes para el feliz éxito. Aprontó su 
ilustrísima una embarcación suficiente al trasporte de 
cuanto se juzgó necesario para el planteo de estas nuevas 
misiones. Señaló para cada una un cuerpo de guardia, 
que con pretexto de criados y trabajadores de la casa é 
iglesias, sirviesen de algún abrigo á la vida de los padres; 
protegiólos además con el derecho de las gentes, dando á 
cada uno el título de embajador de este superior gobierno 
ante aquellos reyes, remitió variedad de regalos para 
aquellos príncipes, y con religiosa pero generosa libe- 
ralidad, añadió una limosna al abundante avío, que esta 
provincia costeó para la misión y los misioneros. 

Con estas prevenciones salieron de Manila los cuatro 
padres á los últimos de Octubre el año pasado de 47, 
experimentando á cada paso desde el punto que se hicie- 
ron á la vela contrastes á sus ansias, en los mares, en los 
vientos, y aun en las mismas embarcaciones, que aunque 
experimentadas en otras ocasiones por buenas, en esta 
fué preciso mudarlas varias veces. Con este noviciado de 
trabajos y sufrimientos llegaron á Samboangan á 21 de 
Enero, y si hasta entonces no, allí conocieron el empeño 
contrario del común enemigo, á quien, ó por de supe- 
rior gerarquía en lo respectivo á aquellas islas llamaba el 
venerable padre Marcelo Mastrilli, mientras trabajó en 
esta provincia y sirvió de capellán de armadas en la con- 
quista de Mindanao, el gran diablo de Mindanao, ó por 
ver los inopinados y poderosos embarazos con que á ca- 
da paso enflaquecían las esperanzas de la conquista, pues 
apenas llegaron á Samboangan, una enfermedad conta- 
giosa quitó la vida al padre Sebastian de Arcada, y con 
poca mediación de tiempo, al padre José Villelmi, en los 
cuales estribaban en gran parle las esperanzas y el con- 
suelo de sus inmediatos superiores. 

Estos desde luego escribieron á los reyes de JoIó y 
Tamontaca su llegada á aquel presidio, destinados á lo 
que ya sabían sus altezas, pidiendo al mismo tiempo li- 
cencia para pasar á sus dominios. El de Joló no respon- 



Apéndice III. 33 j 

dio por escrito; sólo de palabra dijo que queria pasar en 
persona á Samboangan para de vuelta llevar en su com- 
pañía á los padres misioneros de su reino; y por haber 
tardado tres meses en cumplir la palabra, nos da lugar á 
referir entre tanto la respuesta del sultán de Tamontaca 
al padre superior Juan Moreno, y también la del prínci- 
pe Linicom, y princesa Sadan. Decia , pues, la del 
Sultán: 

«Muy reverendo padre Juan Moreno: Recibí por ma- 
no del capitán Medina la que V. R. me remitió, y con 
ella mucho gusto por las noticias que me participa de ha- 
ber llegado con salud, y quedo muy agradecido del regalo 
de los polvos, que adjuntos vinieron. Quedo enterado del 
contesto de la carta del rey España y de lo que V. R. me 
dice en la suya, y estoy con gran gusto por saber 
que V. R. es á quien manda el rey de España, porque 
aún no he respondido á la de su Magestad católica; no 
digo en ésta más á V. R., pues por la que escribo á mi 
hermano el señor gobernador de Samboanga, se entera- 
rá V. R. de su contenido y de los muchos atrasos que 
ahora me cercan; y así suplico á V. R. rae haga también 
todo empeño por allá para que el señor gobernador con 
la mayor brevedad posible me remita las dos galeras, 
para que así se acaben estas revoluciones y pueda yo dar 
cumplimiento á lo que el rey me encarga sin ese embera- 
zo, que concluido este negocio en la tornavuelta de las di- 
chas galeras para ese presidio, verá V. R. en lo que que- 
damos, supuesto que de esa suerte se conocerá la buena 
amistad que profeso á la nación española. Se ha de ser- 
vir de perdonarme la sequedad de ésta, que por cuidados 
que ahora tengo no puedo demostrar mi buen afecto, y 
en tanto ruego á Dios guarde á V. R. muchos años. Ma- 
tilin y Marzo 3 de 1748. B. L. M. de V. R. su muy 
afecto hermano, amigo y servidor. 

Sultán Muhamad Amirudin.n 
Y la del príncipe Linicom de esta suerte: 

23 



338 Guerras piráticas de Filipinas. 

«M. R. P. Juan Moreno: Recibí la de V. R. alegrán- 
dome mucho de que haya llegado con salud; yo y mi es- 
posa quedamos buenos y muy agradecidos de las mues- 
tras de cariño con que nos favorece, quedando con la 
obligación de corresponder con una buena y hrme vo- 
luntad. 

»Por el encargo que hace V. R. de que coadyuve de mi 
parte para que á vuestras reverencias se les aprontase 
casa, en ese particular vuestras reverencias han de per- 
donar el que no se haga así, por el motivo de hallarse 
toda la mayor parte de gente de este reino con sus prin- 
cipales mal contentos, y estar puesto sitio en este de Ma- 
tilin, que tengo por cierto que por ahora no se puede ha- 
cer más que lo que por la del señor Sultán verá V. R. Yo 
ofrezco' de mi parte mi persona para todo lo que fuere 
servido vuestra reverencia, quien se servirá de dispensar- 
nos el que en mancomún demos respuesta, que es el mo- 
tivo el poco espacio que nos dan las revoluciones de por 
acá, y así recibirá esta por respuesta también de mi espo- 
sa, la que con especial cariño recibió el regalo que para 
ambos hizo V. R., y en tanto ruego á Dios guarde á V. R. 
muchos años. Matilin y Marzo i."de 1748. 

El Príncipe Linicom. — Princesa Sadan.-» 

No dejaron los padres de temer ser la respuesta sus- 
pensiva una negativa política; no obstante, por hacer 
manifiesto que eran los moros los primeros á faltar en lo 
capitulado, el gobernador de Samboangan remitió pron- 
tamente el socorro de galeras y tropas, en defensa de 
aquel sultán, á cargo del segundo comandante, D. José 
Goicochea, por enfermedad del primero, y por capellán 
de este destacamento fué el padre Ignacio Málaga, ya 
sustituto del difunto padre Arcada, para que con esta 
ocasión, centinela avanzada, espiase el estado de aquella 
corte, y formase práctico concepto de las ideas de aque- 
llos volubles ánimos. El suceso fué, que apenas desem- 
barcó el socorro de nuestras tropas/ se retiraron los ene- 
migos de Muhamad Amirudin, el cual se espera acabe de 



Apéndice III . 339 

conciliar los ánimos de algunos príncipes opuestos á la 
entrada de nuestros misioneros, ó disipe en su corazón 
la mal formada figura que ha levantado de esta empresa. 
Yo, con gravísimos fundamentos, me persuado están di- 
chos príncipes á la vista de lo que practique el rey de 
Joló. 

Este, á primeros de Mayo llegó á Samboangan, para 
conducir en persona á los padres Juan Anglés y Patricio 
del Barrio; pretestó por razones de su tardanza varias 
deducidas de particulares intereses en el comercio, oposi- 
ción de vientos y corrientes de la mar; pero uno de los 
principales moros manifestó en secreto la verdadera cau- 
sa, que fué una voz esparcida de malignas intenciones, 
que decia querían los españoles simular la religión para 
hacerse dueños de aquel reino, que ya la milicia se ser- 
via también de la religión para estratagemas de guerra. 
Costó al sultán no pequeña dificultad el apagar esta aérea 
noticia, á quien por no hallársele la raíz, era difícil im- 
pedirle el fruto; bien que estinguido este rumor, me es- 
cribió el rev de Joló esta carta: 



CARTA DEL REY DE JÓLO AL PADRE PROVINCIAL. 

«Muy reverendo padre provincial Pedro de Estrada: 
Recibí la de vuestra reverencia, su fecha 7 de Octubre 
de 747, á la cual respondo hallarme en resolución de no 
faltar en un punto á lo que tengo respondido en la que 
dirigí al católico rey de España, mi hermano, como la 
misma esperiencia lo acreditará con el tiempo. 

«Habiendo tenido noticia de que se hallaba en ésta de 
Samboanga el padre Juan Anglés, quien vino destinado 
para que pase á mi reino con su compañero el padre 
José Villelmi, intenté dejar por la mano varios negocios 
que me ocurrían, por pasar á este referido de Samboanga 
á conducirles á sus reverencias, para que viendo mis 
principales y demás vasallos de dicho mi reino lo mu- 
cho que aprecio y venero á dichos padres, pues además 
de ser especial encargo de mi hermano el rey católico que 



340 Guerras piráticas de Filipinas. 

así lo haga, no pudiera menos cuando sus singulares vir- 
tudes y buenos ejemplos tengo ya reconocidos en el cor- 
to tiempo que les he comunicado, por lo que se traen 
consigo esta especial recomendación, que de por sí son 
muy dignos de ser venerados y atendidos, lo que procu- 
raré hacer con todo esmero, para que á este ejemplar así 
sea ejecutado por los mios. Dejando que sus reverencias 
le den aviso por las suyas de lo que pertenece á este 
punto, omito por ahora el alargarme en otros, por 
hallarme en ánimo de pasar á esa capital, en cuya oca- 
sión haré patentes á vuestra reverencia los vivos deseos 
que me asisten de obsequiarle y servirle. Me alegraré se 
mantenga vuestra reverencia con muy cabal salud, la 
que pido á Dios le aumente por muchos años. Samboan- 
ga y Mayo ii de 1748. 

Alimudin, rey de Joló.» 

Escrita ésta, habiendo asistido con singulares muestras 
de sentimiento á la muerte y entierro del padre José Vi- 
Ilelmi, dio la vuelta para su reino, dando orden le si- 
guiesen los padres Juan Anglés y Patricio del Barrio, 
que lo ejecutaron con toda brevedad el dia 6 de Junio de 
este año 48. 

Ea, pues, mi padre San Cristóbal, grite vuestra reve- 
rencia á todos nuestros jesuitas en Europa de parte de 
estos sus hermanos desterrados por amor de Jesucristo, á 
los últimos y más trabajosos fines, del mundo, (i.' ad 
Corinth. 16, vers. 9.) Ostium enim mihi apertum est 
magnum, et evidens et adversarii multi; el campo que se 
nos ofrece á la vista no es menos que la grande Isla de 
Mindanao, la de Basilan, Joló y en su consecuencia to- 
das las que se hallan habitadas de los camocones y tiro- 
nes hasta la mayor del mundo, Borney con sus adyacen- 
tes, campo suficiente á formar muchas y numerosas pro- 
vincias. Las esperanzas no estriban en menos que en el 
empeño singular con que ha tomado el Rey nuestro se- 
ñor á su cargo la conversión de estas gentes, á cuyo ad- 
mirable celo va Dios, por su infinita misericordia, corres- 



Apéndice III . 341 

pendiendo con abundante fruto; pues nos avisan que 
muchos de aquellos naturales, con solo la noticia de que 
iban nuestros misioneros y la esperanza de su pronta lle- 
gada, aprendían por sí mismos el catecismo y oraciones, 
unos en lengua española, y los más en lengua joloana, 
contándose entre éstos varios panditas, antes predicado- 
res y mantenedores del mahometismo . Es notable el 
afecto á nuestra santa ley de una hermana del rey, sin- 
gulares las muestras de sus deseos de abrazarla. Un moro 
al ver en Samboangan cualquiera imagen de Jesús cruci- 
ficado, ni podia contener las lágrimas de compasión y 
ternura y al mismo tiempo de lástima por verse fuera del 
redil de tan amoroso pastor. Se han bautizado en Sam- 
boangan muchos joloanos, y además de éstos, así en los 
reinos de Joló como en Tamontaca y Malanao, se hallan 
muchos centenares de cristianos esclavituados en las pa- 
sadas piraterías. El ilustrísimo señor gobernador de estas 
islas ofrece (y siempre cumple más de lo que promete) 
todo su empeño para que se lleve adelante lo comenza- 
do. Parece que no puede el Señor decirnos á voz más en 
grito (Joan, IV. vers. 35): Lévate oculos vestros, et videte 
regiones^ quia albce siint iam ad messem. 

Las dificultades, al paso que grandes, son las que más 
deben alentar y enardecer los ánimos jesuítas. Las na- 
ciones que se intentan conquistar no son de aquellas que 
miró distantes el profeta y llamó gentem convulsam et 
dilaceratam; son bárbaros, son crueles, genios y corazo- 
nes acostumbrados á la guerra, á la sangre y fuego, del 
temple de aquellos de quien decia aquel gran corazón 
modelo del de nuestro padre San Ignacio: quos leopardos 
dixeris, quibus ciim benefeceris^ peioris fiunt. Solo corazo- 
nes alentados á la paciencia, ál sufrimiento y á un cons- 
tante tesón, los ha de domar; pero nadie ignora que el 
grano del Evangelio dá tanto mayor fruto, cuanto más 
ahogado y sofocado en sudor y sangre del que lo siem- 
bra. ¿A qué verdadero jesuíta no ha sido el mayor atrac- 
tivo la dificultad en la empresa, cuando es del agrado de 
aquel Señor que vino de tan lejos para morir por nos- 
otros? ¿Será por ventura razón que en manos de jesuítas 



342 Guerras piréticas de Filipinas. 

haya perdido el estandarte de Jesucrito tanto terreno? 
Siempre despreciando nuestras vidas y nuestra sangre, 
pongamos un total empeño en que segunda vez lo avan- 
ce. Volvamos, volvamos, que ya es tiempo, á desalojar 
al demonio de los campos de que ha desterrado á Jesu- 
cristo; no hay en esta santa provincia sugeto que no se 
sacrifique voluntario á la empresa; pero somos pocos 
para mantener las muchas almas tiernas aún en la fé 
que están á nuestro cargo. Yo confio en la piedad de 
aquel Señor, cuyo amor nos trujo, que moverá los áni- 
mos de nuestros hermanos, al ver que nuestras lastime- 
ras voces hacen insubsistente la escusa: tierno nos con- 
duxit, y al ver que nos hallamos con más trabajos de 
los que nuestras flacas fuerzas pueden soportar, yo re- 
quiero á vuestra reverencia en el nombre de nuestro 
amantísimo padre San Ignacio, para que ojportiiné, im- 
portuné ponga á la vista de nuestros carísimos padres y 
hermanos la grave necesidad en que se halla esta nueva 
viña del Señor de operarios jesuítas. No dudo que 
vuestra reverencia cumplirá con el empeño, á vista del 
abundantísimo premio que le dará el Señor, como após- 
tol de estas nuevas misiones. En los santos sacrificios de 
vuestra reverencia me encomiendo, y ruego al Señor le 
guarde muchos años como deseo. Manila y Julio 8, 
de 1748. 

Siervo en Jesucristo de vuestra reverencia, 

Pedro de Estrada. 



Apéndice IV. 34'3 



APÉNDICE IV. 



Instrucciones que tendrán presentes para su observancia los RR. PP. mi- 
sioneros de los reinos de joló y Mindanao. (Formadas por el secretario 
del Gobierno superior de Manila, Dr. D. Domingo Neira, é insertas 
en el papel volante titulado Continuación de los progresos Je las expe- 
diciones contra moros, tirones y ca7nucones en este año de 174S,) 



Primeramente: insinuará cada uno de los PP. misio- 
neros á los Reyes de ambos reinos, sus datos y principa- 
les, el deseo que tiene este superior Gobierno de que 
remitan á aquesta capital á alguno de sus hijos, á fin de 
que aprendan las políticas españolas, la lengua castella- 
na y otras habilidades correspondientes á su edad, cali- 
dad y condiciones, para que por este medio se consolide 
mejor nuestra confederación y experimenten los buenos 
efectos de una verdadera correspondencia, asegurándoles 
que por este superior Gobierno se les franqueará todo lo 
necesario á su decente trato y manutención. 

2.** Que se les dé á entender á ambos Reyes y demás 
principales la especial complacencia que tuviera esta 
capitanía general y superior Gobierno y toda esta ciu- 
dad, si dicho Rey ó príncipes vinieren para su recreación 
á verla, asegurándoles el buen pasaje y honorífico reci- 
bimiento y hospedaje que desde luego se les ministrarla 
con todo lo que se les ofreciese hasta restituirse á su 
reino. 

3.° Se les explicará y dará á entender á dichos Reyes 
y sus datos con toda especialidad, que el fin primario 
de nuestro Monarcha en remitir á esos reinos la predica- 



Í44 Guerras piráticas de Filipinas, 

cion del Evangelio, solo es el mucho celo y deseo que 
tiene de que oigan su predicación y se instruyan vo- 
luntariamente en los misterios de la religión cristiana, y 
de ninguna suerte intereses algunos temporales; pues por 
este glorioso fin en todas las partes del mundo consume 
inmensos socorros en construcción de Iglesias, ministros 
evangélicos, jueces y armadas, que defiendan á sus vasa- 
llos en paz y Justicia. 

4.° Les manifestarán á dichos Reyes los referidos 
PP. ministros cómo nuestro Rey y señor no omitirá 
cuantos costos y gastos se ofreciesen para conservar á 
ambos reinos libres, seguros é indemnes de cualesquier 
enemigos, ó bien sea de los inmediatos y adyacentes, ó de 
otra nación europea que los perturbe, y para que prue- 
ben la pureza de estos designios, con gran estudio y sua- 
vidad introduzcan la enseñanza de la lengua castellana 
en ambos reinos, ordenándoles á todos los sirvientes y 
compañeros lo ejecuten y practiquen para la mejor co- 
municación de ambas naciones. 

5.® Y porque los sirvientes y com.pañeros seculares de 
los RR. PP. misioneros pueden desmandarse en algunos 
excesos, procurarán contenerlos así en la codicia, no per- 
mitiéndoles pidan, ni toquen con ningún pretexto cosa al- 
guna, como también el que se escusen riñas é inquietudes 
entre joloes y mindanaos, y en el caso que hubiese algu- 
no ó algunos que se adulterasen en las costumbres y tra- 
tamientos en alguna ocasión, los remitan á Samboanga 
para que se reemplace el número de los sirvientes y asis- 
tentes que fuesen nocivos; como al contrario, portán- 
dose cada uno de los expresados con el buen ejemplo, 
vida y costumbres que pide esta nueva conversión, se les 
remunerará competentemente, aplicándoseles el título y 
graduación que hubiere lugar luego que el padre ministro 
les diese la licencia de su retirada y se certificase de su 
buen porte. Y en lo que más se deben esmerar es en el 
acatamiento, reverencia y sujeción que deben practicar 
con los RR. PP. ministros en todos los actos públicos y 
privados, en cuyos puntos los instruirán en todas ocasio- 
nes atendiendo que en este buen ejemplo consiste en gran- 



Apéndice IV. 345 

de parte el más ó menos concepto de la veneración, que 
concilla en sus sagrados ministros nuestra verdadera re- 
ligión, como también que en manera alguna toquen di- 
chos sirvientes en las temporalidades de los Reyes, ni 
perturben sus fueros, derechos y debidos obsequios, para 
indemnizar en toda oportunidad con la práctica las ver- 
daderas espresiones de la real cédula, sobre no pretender 
nuestro Rey y señor intereses en temporalidad alguna 
de esos reinos. 

6." Que el superior Gobierno, satisfecho de la palabra 
real con que se aseguran las vidas de los PP. misioneros, 
ha omitido escoltarlos con una ó dos compañías de sol- 
dados españoles para su custodia, ni menos el construir 
algún fuerte, preririendo el salvo conducto de los Reyes á 
los recelos que motivan los mal contentos que puede 
haber en ambos reinos. 

7.° Que con anticipación pidan lo que se ofreciere al 
gobernador de Samboangan, á quien se le remite orden 
para esto y á las provincias inmediatas, que estarán su- 
bordinadas á dicho gobernador en todo lo que concer- 
niese á el mayor logro de este nuevo plantel y pidiese; 
de que tendrá cuenta separada, y sobre lo que no perde- 
rá ocasión de avisar á este superior Gobierno. 

8.° Que no omitan por todas vías siempre que se 
ofreciese el participar con toda individualidad el comu- 
nicar á este superior Gobierno los progresos, estado y 
demás circunstancias en que se hallase y estuviese este 
nuevo planteo. 

9." En las copias testimoniadas de las reales cédulas y 
cartas responsivas de los Reyes, que se les entregarán á 
dichos padres, tendrán presente su contesto, para nive- 
lar sus operaciones á proporción de los casos que les 
ocurriesen, para ejecutar con buen modo las reconven- 
ciones que justificase la urgencia de algún emergente ó 
valiéndose de las facultades y carácter de embajadores, 
para mayor autorización de lo que se propusiese. 

10. Los RR. PP. solicitarán los cautivos que hubiese 
en ambos reinos, procurando ablandar y suavizar los 
ánimos de los Reyes y príncipes para su restitución, pul- 



346 Guerras piráticas de Filipinas. 



sando los precios más moderados de su rescate, y dando 
aviso á este superior Gobierno para la deliberación más 
conforme sobre el particular, insinuándoles á sus dueños 
el que no se pretende desquiciarlos de la posesión y 
buena fé en que se hallan del servicio de dichos esclavos; 
pero deberán zanjar de dichos Reyes, que supuesta la li- 
cencia que les diesen para recibir el bautismo, no los 
puedan vender á otras personas que no sean de los vasa- 
llos del Rey de Espaiía, ni que pasen á tierras extrañas 
de otros príncipes. 

11. Y por cuanto el M. R. P. provincial de la Com- 
pañía de Jesús me ha comunicado no necesitar por 
ahora los PP. misioneros ni de estipendios y escoltas, ar- 
roz ni otras ayudas de costa conducentes á este nuevo plan- 
tel, deberán los dichos PP. ministros luego que lleguen á 
ambos reinos, tantear y ver de qué materiales se pueda 
formar iglesia y casa, remitiendo á este superior Go- 
bierno un diseño y puntual razón de lo que fuese nece- 
sario para esta construcción, para que en su vista se 
promuevan las providencias más eficaces á este fin, con 
todo lo demás que necesitasen, como se ha expresado en 
estas instrucciones. 

12. Que por la mucha autoridad y gran mano que los 
príncipes, datos y caciques tienen en los inferiores que 
demasiadamente se les sujetan, residen y siguen, teniendo 
por indispensable pundonor y razón de estado la imita- 
ción de sus mayores, procuren ganar primeramente las 
voluntades de dichos principales, para que, vencidos és- 
tos, avancen todo el resto de los joloes y mindanaos; 
pues la conquista de las voluntades es la victoria en el 
acatamiento de Dios y la más acepta al bien público y 
real servicio. 

1 3. Se les dará á entender, que por este superior Go- 
bierno se han expedido órdenes á todas las provincias 
inmediatas á esos reinos, haciéndoles saber el contesto 
de las reales cédulas, despachadas á estos reinos por su 
Magestad; para que las guarden puntualmente, y les 
hagan buen pasaje á los joloes y mindanaos en todas las 
ocasiones que arribasen á sus puertos; para que por los 



Apéndice V. 347 

efectos perciban la sinceridad, verdad é ingenuidad de 
los procedimientos de nuestra nación. 

14. Y atendiendo á la conocida experiencia, litera- 
tura y madurez de dichos RR. PP. ministros, todo lo re- 
ferido en el contesto de las expresadas instrucciones, y de- 
más puntos que ocurriesen para su decisión, obrarán 
como quien tiene la cosa presente, y como mejor les 
pareciese convenir al servicio de Dios y gloria de nuestro 
Monarca el señor don Fernando el Sexto. 



APÉNDICE V. 



Testimonio de un expediente segiádo en Zamboanga para justincar los' 
peligios que corrian los misioneros en Joló. (Academia de la Historia. 
— Papeles de jesuítas.) 



<i Sello sobrepuesto. Habilitado por sello i." para este 
año de 1749. — Escudo real. — Valga para el reinado del 
Sr. Don Fernando sexto. — El padre Francisco Sacsi, de la 
Compañía de Jesús, rector del colegio de este presidio de 
Zamboanga, ante vuestra ilustrísima me presento y digo: 
que me es conveniente y necesario testimonio literal de 
las voces que han corrido y siguen corriéndose en este 
presidio por varios de los reinos de Joló, de que en dicho 
reino en una junta ó cabildo celebrada entre los prín- 
cipes de él y con la asistencia del sultán Alimudin se 
determinó quitarles las vidas á los padres misioneros que 
se hallaban en aquel reino, hiriendo antes levemente al 
dicho sultán, que convino y fué de común acuerdo á lo 
determinado; y que la deposición del citado sultán de su 
trono por el dato Bantilan, según voces de muchos joloes, 



348 Guerras piráticas de Filipinas. 

y aun de la misma hermana Panguiana Baquilin es 
fingida y supuesta, pues dicho dato Bantilan no es más 
que un ganti [sic] del referido sultán, pues lo comprueban 
las mismas voces de varios joloes, que dicen que al tiempo 
de su embarque lo condujeron cargándolo [sic] entre el 
dato Asen y otros príncipes, habiéndole puesto sus ban- 
deras el dicho dato Bantilan y hecho salva al levar anclas, 
como también que dicho sultán, es señor de muchos 
pueblos de la isla de Tirón, y que impidió el que saliese 
la armada que se tenia determinada contra ellos, aseguran- 
do que restituirían cuantos cautivos tuviesen, y á esto en 
manera alguna se ha dado cumplimiento, antes con la 
suspensión de la armada se dejaron de recobrar muchos 
que se_ pudieron haber traido. Y finalmente, como tam- 
bién se ha sabido que con el pretesto de su herida pedia 
le dejasen vivir en este presidio, y conseguido, fuesen vi- 
niendo los suyos, con el motivo de visitarle, para que de 
esta suerte, estando juntos todos sus sácopes se pudiera 
levantar y tomar esta fortaleza, y por las dilaciones de su 
viaje dejó ordenado á sus sácopes que pasadas tres lunas 
fuesen viniendo á esperarle, pues discurría estar ya de 
vuelta después de ellas para ver si se conseguía su pre- 
tensión. 

«Por todos los motivos expresados, á vuestra señoría 
pido y suplico que habiéndome por presentado, se sirva 
de proveer y mandar se me dé el testimonio literal según 
que pedido llevo y dos copias jurídicas de él, y que se me 
devuelva el original por serme así conveniente y nece- 
sario. 

Jhs. 

Francisco Sassi.y 

Auto. Por presentado, y dése á esta parte el testimonio 
según y de la forma que expresa, y que se le saquen tres co- 
pias jurídicas del petitorio y su providencia; la una quede 
archivada en este juzgado para la constancia, y devuélvase 
su original con dos tantos testimoniados á la misma parte 
por serle así necesario. Y por este auto así lo proveí, 



Apéndice V. 849 

mandé y firmé, yo el sargento Juan González del Pulgar, 
gobernador y justicia mayor por el rey nuestro señor 
de este presidio de Zamboanga, su término y jurisdicción; 
que actúo como juez receptor por inopia de escribano 
público ó real, con asistencia de los testigos jurados 
acompañados. En este dicho presidio, en veintiocho de 
Marzo de 1749 años, de que doy fé. — Compañeros, P. 
Gon\ale\ Verdejo. — Ambrosio de León. 

«Yo el sargento mayor D. Juan González del Pulgar, 
gobernador y justicia mayor por el Rey nuestro señor de 
este presidio de Zamboanga, su término y jurisdicción, 
que actúo como juez receptor por inopia de escribano 
público ó real con asistencia de los testigos jurados mis 
compañeros. En virtud de lo prevenido y mandado en 
el extremo de la plana antes de esta, doy fé y verdadero 
testimonio á los señores que el presente vieren, como he 
tenido noticias, así por un cautivo cristiano que vino del 
reino de Joló como por voces de varios jolocs, que resi- 
den en la isla de Basilan, de cómo en dicho reino se hizo 
una junta con asistencia del sultán Alimudin y otros 
príncipes, en la que confiaron quitarles la vida á los pa- 
dres misioneros que se hallaban en dicho reino, quedan- 
do el referido sultán en industriarse y tomar medidas 
para quedar bien con los españoles. Y también se ha 
sabido por las mismas voces, que el citado reino de Joló 
se hallaba siempre por dicho sultán Alimudin, que sola- 
mente dejó de gobernador al príncipe Bantilan, y lo afir- 
man diciendo que al tiempo de embarcarse el susodicho 
sultán Alimudin para este presidio, le pusieron sus ban- 
deras en todos los fuertes de dicho reino, haciéndole sal- 
va, y que le condujeron hasta la embarcación entre el 
príncipe Ases, su hermano, y otros varios príncipes de su 
séquito, con mucho acompañamiento, y que dejó orde- 
nado que pasadas tres lunas viniesen á este presidio can- 
tidad de embarcaciones y gente á esperarlo, pues dis- 
curría que pasadas otras tres lunas ya estarla de vuelta 
de la ciudad de Manila, y que teniendo aquí ya junta la 
gente, se procurarla levantar y tomar esta plaza. Así mis- 



35o Guerras piráticas de Filipinas. 

mo habiéndose suspendido por pedimento de dicho sul- 
tán la expedición contra los de la isla de Tirón, por ha- 
ber tratado de parte de sus principales que devolvieran 
los cautivos cristianos que tuviesen, señalado plazo para 
este fin, y en caso de no dar ellos entera satisfacción á 
lo propuesto, quedaba dicho sultán obligado á tomar las 
armas contra ellos, hasta aniquilarlos y destruirlos sin 
que fuese necesario que los españoles interviniesen en 
la demanda; y de todo lo tratado no se ha experimentado 
su cumplimiento en manera alguna, siendo así que en 
las dichas islas de Tirón, en muchos de sus pueblos le 
reconocen por señor natural. 

Y para que todo lo que llevo expresado conste cuando 
convenga, lo pongo por testimonio, el que es hecho en 
este dicho presidio de Zamboanga en veinte y nueve de 
Marzo de mil setecientos cuarenta y nueve años; y lo 
firmé coa los testigos de mi asistencia, siendo los instru- 
mentales el sargento Juan de Dios Barrena, Ignacio de la 
Cruz y Nicolás Navarro, presentes, de que doy fé. En 
testimonio de verdad lo firmé, Juan Goti:{ale^ del Pul- 
gar , jue^ receptor . — Ambrosio de León. — P. Gorr{aleide 
Verdejo . » 



Apéndice VI. 35 1 



APÉNDICE VI. 



APUNTE BIBLIOGRÁFICO 

DE ALGUNOS LIBROS Y PAPELES VOLANTES RELACIONADOS CON LAS 
GUERRAS PIRÁTICAS. 



Vá por orden de fechan. 



^^ Apuntamiento sobre la demarcación del Maluco y sus 
islas, por D. Fernando Colon, con las capitulaciones fir- 
madas por seis jueces, que se hicieron para empeñar estas 
islas á Portugal en 1529. 

(Manuscrito en el archivo de 
Simancas, salada Indias, arca 4.*, 
donde hay por cierto muchas rela- 
ciones importantes de Filipinas.) 



— Carta de los sucesos de las Molucas, escrita de Terre- 
nate en iSóg, por el P. Pedro Mascarenhas. 

(Impresa en latin é italiano, según 
Pinelo, en su Biblioteca oriental y oc- 
cidental, que probablemente se equi- 
voca en la fecha.) 



Itinerario del Nuevo mundo, por fray Martin Igna- 
cio de L oyóla 

(Madrid , por Querino Guardo, 
flamenco, 1586, en 8.°) 



352 Guerras piráticas de Filipinas. 

Va al final de la Historia de las cosas más notables del 
reino de la China, por Juan González de Mendoza, libro 
importantísimo, impreso la primera vez en Roma en i585, 
la segunda en Valencia por la viuda de Pedro de Huete 
en el mismo año, la tercera en Madrid, que es la que he- 
mos descrito, la cuarta en Madrid también, por Pedro 
Madrigal en i586, la quinta en Barcelona en el mismo 
año, por Pablo Mareschal, la sesta en Medina del Cam- 
po, por Santiago del Canto, en i5g5, y en iSqó la últi- 
ma de las ediciones hasta ahora conocidas, en Amberes, 
por Pedro Bellero. El Itinerario del franciscano Loyola, 
que algunos confunden con la Relación del viaje que 
desde Manila á la China hizo Agustin de Tordesillas, es 
la primera descripción circunstanciada que existe impre- 
sa de las islas Filipinas, Mindanao, etc. El autor murió 
en 1612, siendo arzobispo del Rio de la Plata. 



— - Actos de la obediencia que dio D. Gerónimo, rey de 
las islas Siao (Siam), Tugolada (Tagolanda) y Sanguil 
Basan á la raagestad del rey de España en manos del 
gobernador de Filipinas D. Gómez Pérez de las Marinas 
con las condiciones que se estipularon. Manila i.^de 
Agosto de 1 593. 

(Los cita y extracta el P. Colín, 
en el libro II, cap. XXVII de su 
Labor e'uangélica de la Co7npafna de 
Jesús en Filipinas.) 



Historia de las islas del Archipiélago Filipino y reinos 
de la gran China, Tartaria, Cochinchina, Malaca, Siam, 
Gamboxa y Japón, y de lo sucedido en ellos á los reli- 
giosos descalzos de la provincia de San Gregorio de Fi- 
lipinas. Compuesta por fray Marcello de Rivadcneyra. 

(En Barcelona, por Gabriel Graeis 
y Giraldo Dotiz, MDcr, en 4.", y 
otra edición en 1643.) 



Apéndice VI. 353 

Sospéchase que se imprimió este libro antes en Roma, 
en 1599. 



Relación del alzamiento que los chinos sanglcyes 
hicieron en Manila el año i6o3, por D. Pedro de Acuña. 

(Manuscrito que según Pinelo po- 
seía Luis Coco, secretario del nuncio 
monseñor Campegio.) 

Esta debe ser la relación oficial que de aquel suceso 
enviara al Rey el gobernador de Filipinas D. Pedro Bra- 
vo de Acuña. 



Relación de las islas Filipinas y de lo que en ellas 

han trabajado los PP. de la Compañía de Jesús. Del 
P. Pedro Cliirino, de la misma Compañía, procurador de 
aquellas islas. 

(En Roma, por Esteban Paulino, 
1604. Un tomo en 4.", de 196 pá- 
ginas.) 

Aquí se contienen muchas noticias de los primeros 
actos evangélicos en las expediciones contra los piratas. 

Es libro raro y curioso, según un bibliógrafo nada 
amigo de esta literatura. En los capítulos i5 y 17 trata 
de las lenguas de las Filipinas y de sus letras: en ellos 
se encuentra el Ave María en tagalo, haraya y bisaya, y 
muestras de escritura figurada, con la explicación en 
nuestros caracteres. 

El P. Chirino fué cincuenta y cinco años jesuíta, de 
los cuales pasó más de veinte en Filipinas, ejerciendo 
cargos importantes de la orden.- Terminó su obra en 
Marzo de 1604, hallándose de procurador en Roma, y 
no fué publicada hasta mucho después, según los padres 
Backer; pero Nicolás Antonio y Stowel dan á la impre- 
sión esa misma fecha de 1604, que es también la del 
ejemplar que tenemos á la vista. 

24 



354 Guerras piráticas de Filipinas. 

Murió en Manila en 1634, á los sesenta y ocho años de 
edad. 



Reucion de la toma de las islas de Ambueno y Tido- 
re, que consiguieron los holandeses en este año de i6o5, 
por los PP. Loren'{o Masonio y Gabriel de la Cru\. 

(Manuscrito extractado por Colín 
en el libro IV, cap. II, de su Labor 
e'u angélica.) 



Relación verdadera del levantamiento de los sangleyes 
en las Filipinas, y el milagroso castigo de su rebelión, 
con otros sucesos de aquellas islas. Escrita á estos reinos 
por un soldado que se halló en ellas. Recapitulado por 
Miguel Rodrigue^ Maldonado. 

(Sevilla, por Clemente Hidalgo, 
1606, en f.") 



-^ Estado de la isla de Borneo y sucesos del año 1609. 

(Impreso en francés en el tomo IV 
de los Fiajes de los holandeses.) 



CoNQuisT4 de las islas Malucas, escrita por el licen- 
ciado Bartolomé Leonardo de Argensola. 

(Madrid , por Alonso Martin, 
MDCIX, 4.07 pág. en f.°) 

Dice con mucha razón Sedaño en el tomo líl del Par- 
naso Español., que por su exactitud y elocuencia tiene 
esta obra muy pocos rivales en castellano. Obra al fin de 
tal maestro. 



Apéndice VI. 355 

Estado de las Molucas, con la ratificación de las paces 
hechas por los holandeses con el rey de Terrenate en 
1609, por Gil Seist, 

(Impreso en el tomo IV de lot ci- 
tados Viajes.) 



Viaje del maese de campo Cristóbal Ezquerra á las 
Molucas, el año de 16 10, por orden de D. Juan de Silva, 
gobernador de Filipinas. Relación que hace fray Pedro 
Matías^ obispo de Cebú, este año de 1612. 

(Manuscrito.) 



Historia de las islas Molucas y sus guerras, por fray 
Gregorio de San Esteban. 

(Manuscrito en el archivo de San 
Francisco de Manila.) 

Se escribió hacia 16 12, según fray Antonio de Huerta 
en su notabilísimo Estado de la provincia de San Grego- 
rio^ impreso en Manila en i865. 



Relaciok auténtica del martirio de fray Sebastian de 
San José y fray Antonio de Santa Ana en las islas de 
Macasar y Tagolanda, escrita por fray Pedro Matías de 
Andrada, en 161 2. 

(Manuscrito en San Francisco de 
Manila.) 

El autor fué obispo de Cebú y de Nueva-Cáceres. 
Murió en i6i5. 

Sobre los trabajos apostólicos de estos mártires de Ma- 
casar hay mucho escrito, porque fueron en verdad nota- 
bles. El martirio del P. Santa Ana, que era un lego 



356 Guerras piráticas de Filipiíias. 

extremeño, lo realizaron las mujeres de Tagolanda en 
medio de un baile diabólico, en 28 de Junio de 1610, á 
causa de resistirse el fraile alas deshonestas provocaciones 
de su reina. 



Historia auténtica y actos del martirio de fray Sebas- 
tian de San José y fray Antonio de Santa Ana, por fray 
Gabriel Bautista de San Gerónimo. Escrita en Terrenate 
en 16 1 2. 

(Manuscrito en dicho archivo.) 



Martirio de fray Sebastian de San José y fray Antonio 
de Santa Ana en las islas Molucas, por fray Gregorio de 
San Esteban. 

(ídem.) 

Kscrito entre i6i2y 1614. 



Relación de la armada que llevó á Malaca D. Juan de 
Silva, gobernador de Filipinas, y del intento inútil de 
los holandeses contra Manila, por el P. Valerio de Le 
desma, de la Compañía de Jesús. 

(Impresa en Miilrid: en 1618?) 

Así parece deducirse de lo que dice el P. Colín en 
el libro 4." de su Labor evangélica, refiriéndose á la 
carta anual de los jesuítas de Filipinas de 1617; pero los 
sucesos á que la Relación se refiere, por lo que respecta 
á la empresa de D. Juan de Silva, fueron anteriores, y se 
celebraron en Madrid á mediados de 161 1, pues leemos 
en las Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de 
España desde i5gg a 16 14 por Luis Cabrera de Cór- 
doba, lo siguiente: 

«Hase tenido aviso con una caravela de Nueva-España, 
que la flota y galeones venían para Setiembre, muy ricos 



Apéndice VI. 357 

porque han tenido buen despacho las mercaderías, que 
según las que habia allá antes que llegase la última flota, 
se creyó no pudiera haber buena venta de ellas; pero con 
la contratación de la China y Japón se ha vendido todo. 
Y avisan que á los 24 de Abril del año pasado (1610), el 
gobernador de las Filipinas, D. Juan de Silva, habia 
tenido un encuentro con cierta armada de holandeses de 
cuatro naos y dos patajes, y algunas lanchas bien arma- 
das, que se han puesto en un puerto de aquellas islas 
para robar los navios que fueren á la Nueva-España y 
los que vinieren de la China y Japón, con lo cual hacian 
muy grande daño, y hablan allegado mucha cantidad de 
mercaderías y plata. Salió á ellos con dos naos y dos 
galeras y otras dos galeotas y cuatro fragatas y algunos 
navios pequeños con i .000 hombres, los 800 españoles; 
duró la pelea seis horas, en que murieron la mayor parte 
de los enemigos, y hasta 5o españoles y muchos heridos. 
La victoria quedó por nuestra y las naos también, ha- 
biéndose huido una y quemado parte de otra, y tomado 
hasta 25o presos y mucha artillería, y en mercaderías y 
plata estimación de 200.000 ducados, sin la que los sol- 
dados se aprovecharon, que fué mucho; con lo cual se 
reparó el daño grande que los holandeses hacian, y se 
restauró la reputación que se iba perdiendo con aquellos 
reyes bárbaros, como veían lo que prevalecía la armada 
del enemigo; y halláronse presentes muchos navios de 
chinos y japones, esperando el suceso y diciendo, que 
entonces verían cuál era el mejor Dios, el de los españo- 
les ó el de los holandeses; y así se ha tenido esta por 
empresa de grande importancia para lo de adelante, y 
que se pudiera temer tomaran las islas Molucas, que es 
lo que han pretendido.» 

En efecto, D. Juan de Silva habia llegado á Manila en 
1609, y á principios de 1610 apareció en Iloilo una 
armada holandesa, corriéndose luego á Mariveles para 
bloquear el puerto de Manila. D. Juan salió contra ella, 
y el día de San Marcos la derrotó, rindiendo dos navios 
con muerte de su general, y haciendo volar otro barco. 
Con tal escarmiento no volvieron los holandeses á acer- 



358 Guerras piráticas de Filipinas. 



carse á Manila hasta fines de 1618 en el gobierno de 
D. Alonso Fajardo, y aun entonces tuvo mucho el su- 
ceso de alarma falsa. Esta última fecha concuerda con la 
que dá el P. Colin , de lo que inferimos que puede 
haber dos relaciones del P. Ledesma, impresas quizás 
en el mismo volumen, una referente al gobierno de don 
Juan de Silva y otra al de D. Alonso Fajardo. 



Viaje á las Molucas de Jorge Spillbergen por el estre- 
cho de Magallanes, con la batalla naval que tuvo el autor 
con un capitán español sobrino del marqués de Montes- 
claros. 

(Impreso en 1619, en latín, con 
estampas, bajo el título de Espejo de 
las Navegaciones de la India oriental, 
por Spilbergen y Jacobo Le Maire.) 



Hechos y trabajos de los VV. fray Sebastian de San 
José y fray Antonio de Santa Ana, por fray /mít^ Man- 
silla. 

(ídem.) 

El autor murió náufrago en 1627, en el mar de Siam. 



Historia del martirio de fray Sebastian de San José y 
fray Antonio de Santa Ana y milagros que han hecho 
hasta el dia, por fray Pascual Torrellas, procurador de 
la provincia de San Gregorio de Filipinas, en la corte de 
Roma. 

(Roma, 1620.) 



Memorias y relaciones de lo que conviene remediar en 
las Filipinas y de la riqueza que hay en ellas y en las is- 



Apéndice VI. 359 

las del Maluco, por Lucas de Vergara Gaviria, maese de 
campo de Manila y procurador general de dichas islas en 
la corte de España. 

(Madrid, 1621, en 4.°) 

Es posible que en este mismo volumen esté impreso lo 
siguiente: 

liCaita. de Lúeas de Vergara Gaviria, maese de campo 
general, á D. Francisco de Arellano, deán de Manila, so- 
bre los sucesos de las Malucas.» 



Relación de los tormentos y aflicciones que pasó fray 
Pedro de Zúñiga, religioso agustino, desde que entregado 
por los ingleses á los holandeses, éstos le llevaron al Japón 
para ser martirizado, escrita por él mismo la víspera de 
su martirio. 

(Manuscrito en el archivo de San 
Agustín de Manila.) 

A la altura de Isla Hermosa fué cautivado el P. Zú- 
ñiga, que iba á evangelizar el Japón, por un buque in- 
glés que le entregó á los holandeses, denunciándole como 
misionero católico. La relación de sus padecimientos al- 
canza hasta el 18 de Agosto de 1622, víspera de su muerte, 
como hemos dicho. Era un gran caballero de Sevilla, hijo 
del marqués de Villamanrique. 



1n festi annui institutione, ob liberatem anno 1629 
classem hispanicam ab insidiis HoUandorum. Auctore 
Francisco Colin, societatis Jesu. 

(Impresa.) 

De esta obra del historiógrafo de los jesuítas filipinos, 
sólo da noticia el P. Stowel. 



36o Guerras piráticas de Filipinas. 

Memorial de lá ciudad de Manila. 

(Manila, 1637.) 

Citado por el P. Torrubia en su Disertación histórico' 
política^ quien dice que, al folio 3, se hace una relación 
de la conquista de Joló por D. Sebastian Hurtado de 
Corcuera. De Joló no puede ser, porque esta expedición 
se verificó en i638. Quiso decir, sin duda, de Mindanao. 



- Carta del padre Marcelo Francisco Mastrilli escrita 
de Tatay á 2 de Junio de 1637, en que da cuenta al pa- 
dre Salazar, provincial de su Compañía de Jesús en Fili- 
pinas, de su jornada á Mindanao y del desembarco y 
conquista que hizo en ella D. Sebastian Hurtado de 
Corcuera, capitán general de Filipinas. 

(Impresa en 1667, según Pinelo, 
con el nombre de Historia de la con- 
quista de Mindanao por los españoles, 
y también en la Relación del padre 
Bobadilla.) 



f Historia de Mindanao, por el P. Alejandro Lope:{, 
de la Compañía de Jesús. 

(Manusciito. ¿Entre 1637 y 38?) 

El P. López nació en Jaca en 1604, y llamado por 
un tio rico de Méjico pasó allá en 1623, en cuya univer- 
sidad estudió, enviándole su tio á Filipinas á establecer 
casa de comercio, desde donde le devolvió íntegro el ca- 
pital para dedicarse á Dios. En 1637 y 38 acompañó á 
Hurtado de Corcuera en sus expediciones de Mindanao, 
Joló y Basilan, extendiendo por aquellas comarcas la luz 
del Evangelio. Varias veces rector del colegio de Manila, 
en i653 fué nombrado secretario del Provincial, y ha- 
biéndole enviado D. Sabiniano Manrique de Lara con 
una misión para el sultán de Mindanao, éste, en odio al 



Apéndice VI. 36 1 



catolicismo, le hizo ahorcar con todos sus compañeros 
en Diciembre de i655. 

Escribió en lutayo, que es el dialecto más generaliza- 
do en Mindanao, Gramática, Diccionario y Catecismo. 



Relación de la gran isla del Mindanao, y de la con- 
quista de ella por los españoles. 

(Méjico, 1638, en 4.°) 

Mr. Thevenot la tradujo en francés, así como la carta 
de Tatay del P. Mastrilli, y la Relación de su martirio 
del P. Gerónimo Pérez. 



Relación de la refriega y victoria que tuvieron los ga- 
leones de la Plata sobre el cabo de San Antonio con ca- 
torce navios de Holanda en el año de i638. 

(Ms. que perteneció á la librería 
del marqués de Mondéjar.) 



— Relación de las gloriosas victorias en mar y tierra de 
D. Sebastian Hurtado de Gorcuera, gobernador de Fili- 
pinas, contra Gachil Gorralat este año de i638, por el 
P. Diego de Bobadilla, de la Gompañía de Jesús. 

(Méjico, 1638, en 4.°) 



Relación de lo que hasta ahora se ha sabido de la vida 
y martirio del milagroso P. Marcelo Francisco Mas- 
trilli, de la Gompañía de Jesús, martirizado en la ciudad 
de Nagasaqui del imperio del Japón á 17 de Octubre 
de 1637. Sacada de informaciones auténticas hechas á 
instancia del P. Bartholomé de Reboredo, de la Gom- 



302 Guerras p ir áticas de Filip i ñas. 

pañía de Jesús, procurador de los santos mártires del 
Japón en la ciudad de Manila y Macan, de los que le 
conocieron y trataron en vida y se hallaron presentes á 
su dichosa muerte. Por el P. Gerónimo Pere:^^ de la 
misma Compañía. 

(Con licencia del ordinario y su- 
perior Gobierno. En Manila en el 
Colegio de la Compañía de Jesús 
por Tomás Pimpin, impresor. Año 
1639.) 

Es un cuaderno de yS páginas en 4." y 2 hojas preli- 
minares. También hay mucho sobre la vida del padre 
Masirilli, cuyos trabajos en Mindanao hemos podido 
apreciar. 



Relación de los sucesos de las armas españolas por 
mar y tierra en las islas Filipinas y victorias contra 
Mindanao y los holandeses de Terrenate. 

(Madrid? 1639, ^^ folio.) 



Sucesos de las armas españolas en Filipinas contra 
Mindanao, Terrenate y los holandeses. 

(Impresa en 1639, ^" f'°» Madrid?) 



Continuación de los felices sucesos de las armas espa- 
ñolas contra Mindanao, Terrenate y los holandeses. 

(Impresa en 1639.) 



Relación del levantamiento de los sangleyes en las is- 
las Filipinas, su castigo y pacificación este año de 1640,. 



Apéndice VI. 363 



por D. Sebastian Hurtado de Corcuera su capitán ge- 
nera!. 

(Impreso en Méjico por Francisco 
Robledo, 1640, 32 f. en 4.°) 



Vida del diclioso y venerable P. Marcelo Francisco 
Mastrilli, que murió en el Japón por la fé de Cristo, 
sacada de los procesos auténticos de su vida y muerte. 

(Madrid, por María de Quiñones, 
MDCXXXX; en 4.°, 6 hojas de 
preliminares y tabla y 115 de texto.) 

El autor es el famoso jesuíta Eusebia Nieremberg^ 
según consta de la protestación que está al dorso de la 
portada. El conocido librero Salva, nada partidario de 
las órdenes religiosas ni de sus libros, sin perjuicio de 
deberles su fortuna, dice de éste en el notable Catálogo 
impreso de su biblioteca, hoy en manos bien distin- 
tas por cierto, cosas que se pueden aplicar á casi todas 
las obras de este linaje, que ya por fortuna ni se critican 
ni se venden al compás del himno de Riego: — «No es... 
una sencilla biografía del P. Mastrilli, sino que con 
motivo de los viajes que éste hizo á Goa, Macao, las Fi- 
lipinas, Mindanao y otras partes de la India, se descri- 
ben estos países y se dan noticias curiosas sobre las va- 
rias espcdiciones que se han hecho en diferentes épocas 
para dominarlos.» 

Y añade, para venderlo más caro, que no logró Nico- 
lás Antonio ver este libro. 



Historia de la milagrosa cura, vocación, misión apos- 
tólica y gloriosa muerte del P. Marcelo Francisco Mas- 
trilli, por el P. Loren:{0 Chiflet. 

(Madrid, 1640, en 8.°) 



304 Guerras piráticas de Filipinas. 

Historia de la celeste vocación á Jas misiones apostó- 
licas y de la gloriosa muerte del P. Marcelo Francis- 
co Mastrilli, hijo del marqués de San Marcavo, por el 
R. P, Ignacio Stafford. 

(Impresa (en Burgos?) en castella- 
no, y traducida en italiano en 1642J 
otra edición castellana en 1667.) 



Relación del levantamiento de los sangleyes de Mani- 
la, y de las victorias de D. Sebastian Hurtado de Gor- 
cuera en 1641 y 42. 

(Manila, 164.3, *^" ^•°) 



Vida y muerte del P. Francisco Mastrilli, de la Com- 
pañía de Jesús, por el P. Leonardo Cinamo. 

(Impresa en italiano en 1645, en 4.") 



ViE du pere Marcelle F. Mastrille, S. I. par le P. 
Louis Conart. 

(París? 1646, en 13.") 
Es traducion de la del P. Nieremberg. 



Noticia de los progresos de la cristiandad en el reino 
de Mindanao, en carta del P. Pedro Gutierreí^ de la 
Compañía de Jesús, al R. P. Luis de Bonifas, provincial 
de la Nueva España. 

(Manuscrito en la biblioteca de 
la Universidad de Méjico, firmado 
por el autor á 3 de Agosto de 1646.) 



Apéndice VI. 365 



Historia de los sucesos de Terrenaie, por fray Juan de 
Iranio. 

(Manuscrito en el archivo de San 
Francisco.) 

Debió escribirse esta obra hacia 1646, en Manila. 



Vida del P. Mastrilli, por Enrique Lampayen^ tradu- 
cida del castellano en latin. 

- (Impresa en 1647, en 8.°) 



Relación de los sucesos de mar y tierra de estas islas 
Filipinas en los últimos años hasta el temblor y ruina 
del dia de San Andrés de 1645 con las guerras y victorias 
navales contra holandeses del año 1646, por fray José 
Fayal, de la orden de la Merced. 

(Manila 1647, en f.°) 



Relación de los mártires que la sagrada orden de pre- 
dicadores ha tenido hasta este año de 1648, en la isla de 
Guadalupe, Camboja, Japón, Filipinas, Lima é Isla 
Hermosa, por fray Pedro de Vicuña^ de la misma orden. 

(Manuscrito original que poseía el 
Sr. Barcia.) 



Vida y trabajos apostólicos en Terrenate de fray Pablo 
de la Visitación, por fray José de Trujillo. Fecha en 
Terrenate á i5 de Junio de i656. 

( Archivo de San Francisco de 

Manila.) 

Este autor murió mártir en el Nuevo Méjico. 



Sóái Guerras piráticas de Filipinas, 

Historia de las guerras de los holandeses y portugue- 
ses en las Molucas hasta i656, por fray Rafael Carlos 
Domínguez ó de Jesús. Siao 2 de Julio de i656. 

(Manuscrito en el archivo de San 
Francisco.) 



Informe al superior Gobierno de Filipinas sobre los 
usos y costumbres de los indios de Camarines, método 
de convertirlos y proyecto de defensa contra las invasio- 
nes piráticas de los moros, por fray Antonio de San Gre- 
gorio. Fecha en Naga á 18 de Julio de i656. 

(Manuscrito en los archivos del 
Gobierno superior.) 

Los historiadores de Filipinas califican este escrito de 
luminoso. 



— Historia de las islas de Mindanao, Joló y sus adyacen- 
tes. Progresos de la Religión y armas católicas. Com- 
puesto (sic) por el P. Francisco Combes, de la Com- 
pañía de Jesús, catedrático de Prima de teología en su 
colegio y universidad de la ciudad de Manila. Dedicada 
al Sr. D. Agustín de Cepeda Carnacedo, maestre de 
campo general del ejército de estas islas Filipinas. 

(Con privilegio. En Madrid por 
los herederos de Pablo de Val. Año 
de MDCLXVII; 562 p%. en f.», 12 
de preliminares y 5 de índice.) 

Ese índice de cosas notables pudiera y debiera ser 
mucho mayor, porque con razón se considera á este li- 
bro como la historia príncipe de Mindanao. Sobre que 
los jcsuitas estudiaron en sus misiones aquellos nidos de 
piratas mejor que nadie, el P. Combes, buen escritor 
y de gran juicio, supo aprovechar los conocimientos 



Apéndice VI. 367 

de todos sus compañeros y reducirlos á un cuerpo de 
historia ordenado, castizo y en todas materias superior. 
En geografía y ciencias naturales no hay libro que le 
haga ventaja de cuantos en aquellas islas se ocupan. 
Yo recuerdo haber leido á un escritor extranjero, que le 
tilda de fabuloso y aun de mendaz por haber hablado de 
elefantes en la isla de Joló con la abundancia y encareci- 
miento que muestra la página i3, sosteniendo el crítico 
que siempre se desconocieron los elefantes en Manila, 
cosa imposible silos hubiera habido en Joló, y que sólo 
existían entonces en Siam. A cuya ligereza responde por 
nosotros un testigo de vista, el autor de los Viajes del 
general Pedro Fernandez de Quiros al descubrimiento de 
las regiones austriales, primer libro publicado en esta 
nuestra Biblioteca Histórica- Ultramarina; el cual, á la pá- 
gina T93, cuenta de unos elefantes que víó en Manila 
trabajaren las fiestas hechas en 1597 por la llegada del 
gobernador D. Francisco Tello, tales maravillas, que no 
se leerán más estupendas en los anuncios de los doma- 
dores que hoy los muestran por los circos de Europa; 
maravillas que parecerían inverosímiles al que no haya 
leido lo que del elefante refiere PHnio, y D. Luis Zapata 
en sus Misceláneas de uno muy hermoso que el rey de 
Portugal regaló á Felipe II. 

Estos de Manila habían sido regalados por el rey de 
Camboja al antecesor de Tello. 

La dedicatoria del libro del P. Combes es también 
importantísima, porque al compendiar larguísimamente 
los hechos de armas del maestre de campo Cepeda, re- 
sulta un compendio de las empresas piráticas de su 
tiempo. 

No siendo posible dar idea ni aproximada de todas las 
curiosidades científicas y naturales de la Historia de 
Mindanao, demás de las relacionadas con su principal 
objeto, llamaremos la atención del lector sobre la intere- 
santísima descripción que hace de la reina de todas las 
frutas del mundo, que es la llamada hoy en la India 
mangustan, más conocida y abundante en las posesio- 
nes inglesas que en ninguna otra. De este árbol sólo 



368 Guerras piráticas de Filipinas. 

existían entonces dos ejemplares en Joló, que se tenian 
por sagrados. Estaban reservadas sus frutas para los re- 
yes y la familia de un santón en cuyo sepulcro estaban 
sembradas, repartiéndose las cascaras entre el pueblo 
como reliquias; llamábanla fruta del paraíso. 



La conquista de Mindanao, ópera trágica, de D. Anto- 
nio Cotrona, presbítero. 

(Impresa y representada en Italia, 
en 1674.) 



Relación del descubrimiento de las islas de los Palaos 
ó Nuevas Filipinas, descubiertas por relación de los in- 
dios de Somal (Samal?) é Ibabao este año de 1710, con 
un mapa. 

(Inserta en el tomo II de las Car- 
tas edificantes, del P. Duhalde. El 
mapa debe ser obra del P. Andrés 
Navarro, jesuíta.) 



Relación de la tercera empresa que intentaron los es- 
pañoles en las islas de los Palaos ó Nueva Filipinas, por 
D. José de la Somera. 

(Impresa en el tomo XI de las 
Cartas edif'icantes, por el P. Duhal- 
de, 1715-) 



Relación de la empresa contra la Sabanilla de Tuboc, 
que Malinog, rey levantado de Mindanao, padre del 
rey de Joló, intentó con 26 embarcaciones de armada el 
año de 173.1 

(Impresa en Madrid en 17J4.) 



Apéndice VI. 369 

Habla de ella el P. Torrubia en su Disertación históri- 
co-política, y sospecho sea la misma que más adelante 
(pág. 28; dice haber sido impresa por orden del gober- 
nador de Filipinas, D. Fernando Valdés Tamon. 



— Disertación histórico-política, en que se trata de la 
extensión del mahometismo en las islas Filipinas: gran- 
des estragos que han hecho los Mindanaos, Joloes, Ca- 
mucones y Confederados de esta secta en nuestros pue- 
blos cristianos, medios con que se han contenido, y uno 
congruente para su perfecto establecimiento. — Escrita 
en forma de diálogo por el P. fray Joseph Torrubia^ 
Misionero Apostólico, Calificador del Santo Oficio, Exa- 
minador synodal y de lenguas de los obispados de Nueva 
Gáceres y Zebú, Custodio, Comisario y Procurador ge- 
neral para las Cortes por la provincia de San Gregorio en 
Filipinas, de Religiosos Descalzos de Nuestro Padre San 
F'rancisco.: — Dedicada á Nuestro Reverendísimo Padre 
fray Domingo Losada, Comisario general de Indias. 

(Sil fecha en San Gil de Madrid á 
3 de Mayo de 1736. Con licencia en 
Madrid en !a imprenta de Alonso 
Balvas. — 80 páginas en 4." de texto 
y 32 de portada y preliminares.) 

Este es un libro importantísimo, como ya se ha dicho 
en la dedicatoria, porque si bien á la ligera y con algún 
error de fechas y nombres, dá noticia de todas las agre- 
siones piráticas que hablan sufrido hasta su publicación 
las islas Filipinas y de nuestras empresas defensivas y 
ofensivas. El arbitrio que propone al final para continuar 
la lucha de un modo sólido y permanente, es el estableci- 
miento de una obra pia dependiente de la Casa de Mise- 
ricordia, con ciertos fondos que se destinarían á las ar- 
madas y presidios fronteros. 



25 



370 Cuencas piráticas de Filipinas. 

Continuación de los progresos y resultas de las ex- 
pediciones contra moros, tirones y camucones en este 
año de 1748. Con noticia de los principios de las nuevas 
misiones de los reinos de Joló y Mindanao en el gobierno 
del Illmo. Sr. Dr. D. Fray Juan de Arechederra, electo 
obispo de Nueva-Segovia, gobernador y capitán general 
de las islas Filipinas y presidente de su real Audiencia. 

(Sin lugar ni año , ni foliatura; 
pero evidentemente es de Manila; 28 
páginas, papel de arroz, en 4.°) 

Ya se ha encarecido en el prólogo la importancia de 
este escrito, que responde exactamente á todas las apre- 
ciaciones y noticias de la carta del P. Estrada, provin- 
cial de jesuítas, inserta en el apéndice III. Más aún se 
encarecerá en las Correcciones. Parece que se publicó una 
primera parte, que no nos es conocida. 



Relación de mi viaje á Cochinchina con la descripción 
de las islas de Puli Cóndor, Puli Zapata y ciudad de Ba- 
tavia, por fray Diego de San Benito de Palermo, 1760. 

(Manuscrito en el archivo de San 
Francisco de Manila.) 

Este misionero llegó á ser en Cochinchina médico del 
Emperador, maestro Campsay y primer mandarín del 
imperio, cuyo diploma en papel de arroz de dos varas 
en cuadro se conserva también en dicho archivo. Desti- 
tuido el Emperador por un rebelde, fray Diego le recon- 
quistó el trono. 



Relación en forma de diario de todos los hechos y ca- 
sos más principales que han acaecido desde que los ingle- 
ses fueron á la conquista de Manila hasta que se retira- 
ron, por Alonso de Opalle. 

(Manuscrito de 116 págs., en 4.") 



Apéndice VI. Syi 

Está firmado en Méjico por el autor, quien lo dedica 
al marqués de Cruillas, vircy del antiguo imperio de 
Motezuma, y comprende las interesantes ocurrencias de 
Manila, desde i3 de Setiembre de 1762 hasta 3i de Marzo 
de 1764. 

Lo anuncia así D. M. C. en £"/ Averiguador de 3i de 
Octubre de 1872, curioso periódico para los eruditos, que 
se publicaba en esta corte. El nombre del autor es cho- 
cante, porque ha habido en Indias dos escritores de él. 



— Estado de la isla de Joló en 181 5, por J. Hunt sq. con 
la descripción de sus fuertes de madera, situación y nú- 
mero de cañones que allí existen, tanto en los fuertes 
como en lascasas de los datos, etc. 

(Cita de D. Sinihaldo de Mas, en 
su Estado de Filipinas en 184.2, im- 
preso en Madrid, 1843, ^" ^•"'i pero 
este pié de imprenta no es exacto.) 

Omite el Sr. Mas la circunstancia de si el libro de 
Hunt estaba impreso ó manuscrito, cuando copia de él 
interesantes datos sobre las piraterías de aquellos insula- 
res, llamados con razón los argelinos modernos. «Cal- 
cula á la isla, dice el Sr. Mas, una población de 200.000 
moros. En el interior viven salvajes, como nuestros idó- 
latras. Dice que las depredaciones cometidas por aqu^ 
líos piratas durante los seis meses que él permaneció en 
la capital, fueron las siguientes: 

»Un bergantín español. 

«Veinte embarcaciones pequeñas, apresadas en el ar- 
chipiélago filipino. 

«Mil esclavos cautivados en las islas españolas, y ven- 
didos allí. 

«Un gran buque del comercio de Macasar. 

«Un capitán de buque holandés, rescatado por el ca- 
pitán Peters, del bergantín Thainstone, por 1.200 pesos 
fuertes. 



372 Guerras piráticas de Filipinas. 

«Cinco ó seis buques pequeños con bandera inglesa, 
apresados en la mar de las Molucas, y la tripulación de 
un bote inglés que estaba haciendo aguada á doce millas 
de Joló. Era de un bergantin inglés de Mr. Lacherstocn, 
de Bengala. 

»Este mismo agente recobró un botecillo y varios 
efectos, que conoció debieron pertenecer á la lancha ca- 
ñonera de la Compañía de la India, núm. 7. 

»Muchas otras rapiñas, añade, debió haber sin que 
llegasen á mi noticia, pues nunca se pasa un dia en Joló 
en que no lleguen ó salgan doce ó quince embarcaciones 
piratas.» 



Plan de conquista y completa adquisición de la isla 
de Mindanao, por D. Ildefonso de Aragón, comandante 
de ingenieros. 

(Impreso en Manila, hacia 1820. 

No conocemos este trabajo, del cual dicen los PP. Bu- 
ceta y Bravo, en su Diccionario geogrdjíco histórico de 
Filipinas, tomo II, pág. 332, que es «de mucho mérito, 
pero que difícilmente contestaría á todas las necesidades 
de la empresa, y mucho menos á las que surgirían luego 
de la costosa conservación desús resultados.» 

El Sr. Aragón trabajó mucho en Filipinas. Suya es 
• una obra impresa en Manila en 1819, por Manuel Memi- 
ge, en cuadernos tan desordenados é incoherentes como 
l:i del Sr. Díaz Arenas, que cito en la dedicatoria, el cual 
me parece se la propuso por modelo. Titúlase la de Ara- 
gón Descripción geográfica y topográfica de la provincia 
de Lu\on ó Nueva Castilla, con las particulares de las 
die:[y seis provincias ó partidos que comprende . Los cua- 
dernos llevan al final las iniciales I. A. 

De Memorias y proyectos militares sobre Mindanao 
debe existir un archivo entero en el ministerio de Ultra- 
mar, porque cada capitán general envía lo menos uno. 
Los mejores que yo conozco en los tiempos modernos 



Apéndice VI. 3y3 

son los de mis queridos amigos los actuales generales 
D. Luis Fernandez Golfín y D. Segando de la Portilla. 



— La muerte del padre íbañez y la conquista de Joló. 

(Manila, 1851.) 

De esta producción, que no conocemos, dice el padre 
Gainza en el prólogo de la siguiente: «La celebridad del 
personaje, cuyo heroísmo habia excitado un interés gene- 
ral, y cl grandioso pensamiento de describir la conquista 
de Joló, hicieron esperar con impaciencia la aparición del 
folleto; mas sin que sea esto rebajar su mérito literario, 
es preciso convenir en que su contenido no puede servir 
de texto para la historia. Es un parto de idealidad y fan- 
tasía.» 



— Memoria y antecedentes sobre las expediciones de Ba- 
languingui y Joló, por fray Francisco Gainza, catedrático 
de SS. cánones en Santo Tomás. 

(Manila, 185 1. Establecimiento 
tipográfico del colegio de Santo To- 
más, á cargo de D. M. Ramirez. 
150 páginas en 4.' y tres estados 
apaisados, uno de á cuartilla y dos 
de á pliego.) 

• A pesar de las repetidas lecciones de una dolorosa expe- 
riencia, el ilustrado autor de este libro creia eficaz el es- 
carmiento de los joloanos y definitiva su derrota por los 
generales Clavería y Urbiztondo, no obstante contradecir 
esta opinión todo el aparato histórico de su obra, que es 
muy notable, aunque un tanto confuso. Escrita, al pare- 
cer, con precipitación y no bien maduro el plan, abunda 
de incorrecciones é incongruencias. Aun así pasará á la 
posteridad, como todo lo que ha salido de la docta pluma 
del actual prelado de Nueva-Cáceres. 



374 Guerras piráticas de Filipinas. 

Contiene una interesante colección de documentos 
históricos, que aclaran extraordinariamente las compli- 
caciones que nuestras armas encuentran en este siglo en 
tales empresas, no menores que las de los siglos pasados, 
á saber: 

I.' El convenio hecho en 20 de Febrero de 1845, 
entre Mr. de La-Grené, ministro plenipotenciario del rey 
de los franceses, y el sultán Muhamad Pulalon, de Joló, 
para fundar en la isla de Basilan, principalmente en Ma- 
lamavi y Lapinigani, un establecimiento francés, bajo la 
absoluta soberanía de la Francia; convenio escrito en es- 
tilo oriental chabacano , donde no pudo Mr. de La- 
Grené obtener la firma del sultán ni otros requisitos in- 
dispensables para su validez; antes al contrario, al dia si- 
guiente le comunicaron el sultán y los datos que sólo 
cedian la isla como á prestado^ por término de cien años 
y á precio de cien mil pesos de plata. 

2." El tratado que sir James Brooke celebró en 27 
de Mayo de 1847 con Ornar Alí Saifadeen, sultán de 
Borneo, por el cual obtuvo Inglaterra, entre otras fran- 
quicias, la cesión de la isla de Labuan, con sus mares, 
estrechos é islotes adyacentes, ó mejor dicho, la ratifica- 
ción de lo ya hecho en 1845, cuando se creó para el fa- 
moso Brooke el rajakato de Saravak, ó sea una sultanía 
musulmana con el carácter de gobernador de Labuan y 
agente y cónsul 'general de Inglaterra cerca de los prín- 
cipes independientes de Borneo. 

3.* Acta solemne de incorporación y adhesión á la 
soberanía de S. M. C. doña Isabel II, reina constitu- 
cional de las Españas, y de sumisión al Gobierno supre- 
mo de la nación, que hacen el muy excelente sultán de 
.foló, Mahamad Pulalon y los datos Mahamad Bullo, 
Mulok, Daniel-Amil-Bajal, Ban-da-Jala, Mulok-Cajal, 
Amil-Baral, Tomaugon-YoHan, Sanna-Ya-Han, Naip, 
Mamancha, con el Serib Mahamad Binsarin, á nombre y 
representación de toda la isla de Joló; fecha en Zam- 



Apéndice VI. 3j5 

boanga á 19 de Abril de i85i; documento importantí- 
simo, que debe quedar íntegro en este libro por irse ha- 
ciendo raro el del padre Gainza, y ser una fuente de 
derecho que nuestra diplomacia no debe olvidar (i). 

El 4." de los documentos más interesantes á que nos 
referíamos, contenidos en esta apreciable Memoria, es 
el acta de haberse enarbolado la bandera española en 



(i) Acta solemne de incorporación y adhesión á la soberanía de S. M, C 
Doña Isabel II, Reina constitucional de las Espaflas, y de sumisión al Gobierno 
Supremo de la Sacian, que hacen el muy excelente Sultán de Joló Mahaniac^ 
Pulalón y los Datos Mahama(l-Bullo,Mulok, Daniel-Amil-Bajal, Ban-Da- 
Jala, Mulok-Cajal, Amil-Baral, Tamangon, Yo-Han, Sana-Ya-Han, Naip, 
Mamancha con el Serib Mahamad Binsarin, á nombre y representación de 
toda la isla de Joló al Señor Coronel graduado D. José María de Caries y 
0-Doile, gobernador militar y político de la provincia de Zamboanga, 
islas de Basilan, Pilas, Touquil y adyacentes, como Plenipotenciario y 
especialmente autorizado por el Excmo. Sr. D. Antonio de Urbiztondo, 
Marqués de la Solana, Gobernador Capitán General de las islas Filipinas. 

Artículo i,° El muy excelente Sultán de Joló, Mahamad Pulalón, por 
sí, sus herederos y descendientes, los Datos Mahamad Bullo, Mulok, Da- 
niel-Amil-Bajal, Ban-Da-Jala, Mulok-Cajal, Amil Baral , Tamangon, 
Yo-Han, Sana-Ya-Ham, Naip, Mamancha y el Serib Mahamad Binsarin, 
de su espontánea ) libre voluntad declaran: que á fin de reparar el ultraje 
hecho á la Nación Española el día primero de Enero del presente año, 
desean y suplican sea la isla de Joló con todas sus dependencias incorpo- 
radas á la Corona de España, que de algunos siglos á esta parte era ya su 
única Señora y Protectora, haciendo de nuevo en este dia acta solemne de 
adhesión y sumisión, reconociendo á S. M. C. Doña Isabel II, Reina cons- 
titucional de las Españas, y á los que sucedería puedan en esa suprema dig- 
nidad, por sus Soberanos Señores Protectores según de derecho les corres- 
ponde; tanto por los tratados celebrados en épocas remotas, por el de mil 
ochocientos treinta y seis y adiciones hechas por el actual gobernador de 
Zamboanga en Agosto último, como también muy particularmente por 
la reciente conquista de Joló, verificada en veintiocho de Febrero del pre- 
sente año por el Excmo. Sr. D, Antonio de Urbiztondo, Marqués de U 
Solana, Gobernador Capitán General de las islas Filipinas. 

Art. 2.° El Sultán y Datos prometen solemnemente mantener ínte- 
gro el territorio de Joló y sus dependencias, como una parte del archipié- 
lago perteneciente al Gobierno Español. 

Art. 3.° Se establecen las relaciones amistosas que existirán en lo su- 
cesivo. 

Art. 4." Renuevan la solemne promesa de no ejercer ni permitir que 
nadie ejerza la piratería en los dominios de Joló, de perseguir á los que 



376 Guerras piráticas de Filipinas. 

Joló por el gobernador P. M. de Zamboanga, D. José 
María Caries y O'Doyle. 

Y 5." La fórmula ó minuta, curiosísima por cierto, 
y muy arreglada á los precedentes históricos de nuestras 
conquistas de Sevilla y Granada, con que á nombre de 
doña Isabel II el general Urbiztondo hizo á los datos y 
naturales de Joló el repartimiento de sus tierras y póse- 



se dediquen á este infame tráfico; declarándose enemigos de todas aque- 
llas islas que lo fueren de la España y aliados de todos sus amigos. 

Art. 5." Desde este dia arbolará Joló la bandera nacional española 
en sus pueblos y embarcaciones, y el Sultán y demás autoridades consti- 
tuidas usarán la de guerra española, bajo los mismos principios que se 
hace en los denás dominios españoles, sin poder hacer uso de otra alguna 
ni en mar ni en tierra. 

Art. 6.° Declarada la isla de Joló y sus dependencias parte integrante 
del archipiélago filipino que pertenece á la España, se reconoce franco el 
tráfico en bandera española en todos los puertos dependientes de la Sulta- 
nía sin traba de ninguna especie, como se hace en los puertos de la 
Nación. 

Art. 7." Reconocida por el Sultán y Datos de Joló la soberanía de 
la España sobre su territorio, soberanía robustecida ahora, no sólo por el 
derecho de conquista, sino por la clemencia del vencedor, no podrá le- 
vantarse fortificación de ninguna especie en el de su mando sin un per- 
miso espreso del Excmo. Señor Gobernador Capitán General de esta 
isla; deberá prohibirse también la compra y uso de armas de fuego de 
toda especie sin una licencia de la misma autoridad superior, pues serán 
reputadas como enemigas las embarcaciones donde $e encuentren armas 
de otra especie que las blancas, que se usan en el país de tiempo innit- 
morial. 

Art. 8." Queriendo el Gobierno Español dar una prueba inequívoca 
de la protección que concede á los joloanos, se expedirán al Sultán y 
Datos los competentes Reales títulos que acrediten su autoridad y 
categoría. 

Alt. 9," El gobierno Español garantiza con toda solemnidad al Sul- 
tán y demás habitantes de Joló el uso y práctica de la religión que pro- 
fesan, á la que no se pondrá la menor traba, respetando igualment: sus 
costumbres. 

Art. 10. Garantiza también el Gobierno Español el derecho de su- 
cesión al actual Sultán y á su descendencia en el orden establecido, c 
ínterin no falte á estos convenios; otorgándose igual garantía en sus dig- 
nidades y categorías á las clases privilegiadas, á quienes se conservarán 
todos sus derechos. 

Art. T I . Los buques y efectos joloanos gozarán en los puertos espa- 



Apéndice VI. 377 

siones, constituyéndose así España propietaria eminente 
del territorio joloano, y los naturales en vasallos nues- 
tros y colonos. 



— ■ Spiegazone e traduzione dei XIV quadri relativi alie 
isole di Salibabao, Talaor, Sanguey, Nanuse, Mindanao, 
Célebes, Borneo, Bahalatolis, Tambisan, culu, Toolyan 
e Labuan, presentati alia Sacra Congregazione de Pro- 
paganda Fide nel mese di settembre i852 dal capitano 
D. Cario Cuarterón e dedicati a sua Eminenza Reve- 
rendíssima il signor cardinale Giacomo Filippo Transo- 
ni, Prefetto della medesima, collappendice di un Voca- 
bulario malese, suluano, tagalese, una Tapóla di longitu- 



ñoles sin diferencia alguna de los mismos privilegios que disfrutan los 
naturales de Filipinas. 

Art. 12- Excepto para los buques españoles se conservarán los dere- 
chos con que ahora sostienen el Sultán y Datos el rango de su clase, á fin 
de que sea siempre con el lustre y decoro que deben sustentarlo: á este 
objeto los satisfarán todos los que lleguen á sus puertos, estableciéndose 
después otros medios con que realcen su dignidad y aumenten su prestigio. 

Art. 13. A fin de asegurar y robustecer más y más la autoridad del 
Sultán, como también para promover el continuo tráfico que debe produ- 
cir la riqueza de Joló, luego que el Gobierno lo disponga y en armonía 
con el artículo tercero del tratado de mil ochocientos treinta y seis, se 
formará una factoría guarnecida con fuerzas españolas, para cuyo estable- 
cimiento deberán facilitar el Sultán y Datos cuantos auxilios estén á su 
alcance, como también los naturales, á quienes se satisfará su trabajo y los 
materiales que acopien, al justo precio que tengan en el país. 

Art. 14. Siendo el sitio más á propósito para la factoría la llamada 
cotta de Daniel, inmediata á la rada, se establecerá en dicho punto; pero 
cuidando de no ocupar en manera alguna el cementerio que tienen allí los 
naturales, que deberá respetarse religiosamente, prohibiendo se levante 
edificio alguno, á fin de evitar el perjuicio que se seguiría después á los que 
allí edificasen, 

Art. 15. El Sultán de Jólo podrá expedir pasaporte á todos los indi- 
viduos de sus dominios que lo soliciten, señalando los derechos que deben 
satisfacer al expedírselos; también queda autorizado á refrendar ó poner su 
sello á los pasaportes de los españoles que visiten su residencia. 

Art. 16. Tomando en consideración lo expuesto por el Sultán de 
Joló, y convencido de cuan ciertos son los perjuicios que le ha ocasionado 
la quema de sus fuertes y Palacio, el Gobierno Español le otorga un 
sueldo anual de mil quinientos pesos, para que pueda en cierto modo in- 



37 8 Guerras piráticas de Filipinas. 



diñe e latitudine, e di Due carte geograficke sojpra le 
missioni. 

(Roma. Tipografía della S. C. di 
Propaganda FiJe 1855. — Un tomo 
enfólio de VIII-228 páginas. — Ade- 
más un cuaderno impreso aparte con 
fecha de Roma, 15 de Febrero de 
1855, que lleva el título de Exposi- 
zione di una nuo'va misione apostólica 
nell'Gceania occidentale preséntala a 
la S. Congregazione di Propaganda 
Fide dal sacerdote Cario Cuarterón 
nell'anno 1855. — 16 páginas en fo- 
lio, y una magnífica Carta di una 
parte dell'Asia e deWOceania... per 
poter conoscere le colonie europee ed i 
punti ove si tro-va stabilita la Religión 
catholica, etc., etc.) 

demnizarse de las pérdidas sufridas, y le sirva al propio tiempo á sostener 
con el lustre que corresponde el decoro debido á su persona y dignidad. 
Las mismas consideraciones impelen al Gobierno Español á conceder álos 
Datos Mahamad, Mulok y Daniel-Amil-Bajal, seiscientos pesos anuales 
á cada uno, y trescientos sesenta pesos al Serib Mahamad Binsarin por 
sus buenos servicios prestados al Gobierno Español. 

Art. 17. Los artículos que contiene esta solemne acta tendrán desde 
este dia toda su fuerza y valor; debiendo, sin embargo, quedar sujetos á 
la superior aprobación del Excmo. Señor Gobernador Capitán general de 
estas islas Filipinas. — Toda duda que pueda sobrevenir sobre el texto de 
esta acta será zanjada ateniéndose literalmente al español. — Firmado en 
Joló á los diez y nueve días del mes de Abril de mil ochocientos cin- 
cuenta y uno, — Sigue el sello del Sultán. — Id. el del Dato Mahamad 
Bullo.— Id. el del Dato Daniel-Amil-Bajal.— Id. el del Dato Mulok- 
Cajal. — Id. el del Dato Tamangon. — Id. el del Dato Sana Ya-Han. 
— Id. el del Dato Mamancha. — Id. el del Dato Mulok. — Id. el del 

Dato Ban-Da-Jala. — Id, el del Dato Amil-Baral Id. el del Dato 

Yo-Han. — Id. el del Naip. — Y firma de Serib Mahamad Binsarin. — El 
Gobernador militar y político de la provincia de Zamboanga, etc. José 
María de Caries y O-Doile. 

D. Antonio Urbiztondo y Eguia, Marqués de la Solana, Caballero gran 
Cruz de la real orden Americana de Isabel h Católica, de la de San Fer- 
nando de primera y tercera clase, y de la de San Hermenegildo, Tenien- 
te general de los Ejércitos Nacionales, Gobernador y capitán general de 
las islas Filipinas, Presidente de su Real Audiencia, Juez Subdelegado de 
la renta de correos, Vicepatrono Real y Director general de las tropas, etc. 

En nombre de S. M, la Reina de España Doña Isabel II (Q, D. G.), 
apruebo, confirmo y ratifico esta capitulación, — Manila 30 de Abril 
de 1851. — Antonio de Urbiztondo. 



Apéndice VI. 3^9 

La historia del Sr. Cuarterón, marino catalán, si no 
estoy equivocado, en sus primeros años, y después sacer- 
dote y miembro de una extraña redención de cautivos 
por él mismo formada bajo los auspicios de Inglaterra, 
ha dado mucho que hablar en Filipinas, y aun que hacer 
á su policía. Confiesa él propio en su prefa:{ione que en 
1847, habiendo salido de Hong-Kong para Joló en la 
goleta de su propiedad Lince, sin cuidarse para nada del 
gobernador de Manila, con el objeto de redimir esclavos 
cristianos y estudiar el mejor medio para la estirpacion 
de la piratería, empezó á ser víctima de las persecuciones 
de dicha autoridad, tanto más fuertes cuanto que por ne- 
tónces ocurrió la expedición á Balanguingui del general 
Clavería. Poco después, el cónsul español en Singapoore, 
D. Antonio María de Segovia, le expidió pasaporte para 
que marchara á Manila á sincerarse de las imputaciones 
que se le hacían; pero él se lo guardó buenamente y se 
vino á Inglaterra á buscar elementos para su gran pro- 
yecto redentorista. Algunos otros detalles por el estilo 
aquí y allá salpicados, prueban que siempre rehuyó con- 
ferenciar con las autoridades españolas, á quien le hubie- 
ra sido tan fácil convencer. 

Su obra por otra parte es interesantísima y de impor- 
tancia geográfica única en su género. 

Parece que su primer viaje fué al puerto de Saliba- 
boo, que reconoció con la goleta española Mártires del 
Tunkin en Junio de 1844; volvió allá en 1847 desde Ba- 
languingui, por no creer prudente esperar la llegada del 
general Clavería, y entonces hizo uso de cierta concesión 
para establecer con bandera y recursos ingleses una fac- 
toría en los confines del país de Dalu y Salibaboo, po- 
niendo por emblema una cruz «como símbolo, son pala- 
bras textuales, de su instituto y de su objeto.» Parece que 
aquí siguieron abrumándole las persecuciones, no dice 
por qué ni por quién, y en 1848 tuvo que abandonar su 
factoría, pasando á la isla de Sanguey, en busca de la 
protección de los holandeses. Con tal motivo hace la des- 
cripción histórica, geográfica y estadística de la isla de Ta- 
laor, y de las posesiones holandesas de Sanguey, que es 



38o Guerras piráticas de Filipinas. 



la mayor y más considerable de cuantas islas se hallan 
en la costa entre Mindanao y Célebes. Al describir el vol- 
can de Bato Macaampo, refiere una tradición de un fraile 
español, que hace más honor á los indígenas que al ex- 
marino catalán. 

Sólo el cuadro tercero carece de importancia, porque 
las islas Nanusas forman un grupo casi despoblado y 
estéril á causa de los terremotos. En 1842 se sumergió la 
de Karkarottang. Quedan siete, y de ellas tres llevan 
nombres españoles: Garra., Plantación y Despoblada. 

Al revés el cuadro siguiente, relativo á la costa oriental 
de Borneo, que confiesa pertenecer á España por la con- 
quista de Joló. Aquí refiere hechos curiosísimos de pira- 
tería, ocurridos recientemente, é incurriendo en el contra- 
principio de creer estériles los esfuerzos hechos por los 
españoles para civilizar este territorio desde el tiempo de 
Legaspi, asienta que al catolicismo está reservada tan 
bella misión. En la pág. 43 hace una ligera historia de 
la dominación de los ingleses en Balambangan y del aten- 
tado del pirata Teteng, enlazando estos sucesos espontá- 
neamente, pero con una lógica por lo menos extraña, 
con las aventuras modernas de sir James Brooke, al 
cual pinta como un misántropo hastiado del mundo, y 
no como un diplomático inglés entre salvajes. ¿Es esto 
valor entendido ó no conocía el P. Cuarterón los ante- 
cedentes del raja de Saravak, tan públicos en Inglaterra? 
Dos curiosas estadísticas de los pueblos de esta región y 
de los infieles que bautizó en cada uno, completan este 
cuadro. 

El octavo está exclusivamente consagrado á Mahomed 
Pulaiu, sultán de Joló en 1847, el mismo que hizo el 
tratado con España cediéndole su soberanía. El señor 
Cuarterón le absuelve completamente, no solo de las 
causas de esta guerra, sino de la que le hicieron los ho- 
landeses en Mayo de 1848 por análogas piraterías á las 
que castigamos nosotros, ¿Qué mucho, si llega á decir en 
la pág. 87 estas palabras textuales: «Podrán ser estos 
mahometanos canalla maldita, como pretenden otros es- 
critores; pero yo en ley de verdad no puedo menos de 



Apéndice VI. 38 1 

referir cosas que los favorecen. El sultán Mahomcd Pu- 
lalu me dio muestras de la mayor amistad.» En otro 
lugar, tildando de exajerada cierta obra de sir James 
Hunt, de que hemos dado cuenta en otro lugar, dice: 
«Cuando yo estaba en Joló no había tanta concurrencia 
de barcos ni de piratas.» 

Podríamos extendernos más en el examen de este 
curiosísimo libro, el cual debe ser enteramente descono- 
cido en España; pero bastan esas muestras para que 
de él y de su autor se forme concepto. Otros cuadros 
hay que merecerían larga mención, como el que describe 
la capital del archipiélago joloano, donde hace un com- 
pendio histórico bastante fiel de todas nuestras guerras 
piráticas, desde que en i56g Legaspi atacó por primera 
vez á las escuadras de Joló y Borneo, hasta las expedicio- 
nes de nuestros días. 

Concluiré manifestando mi sospecha de que los cua- 
dros á que se refieren las partes de esta obra sean verda- 
deros lienzos y figuras pictóricas, acaso de gran tamaño, 
pues en varios lugares dice: «el navio que está á mano 
derecha» «el edificio que se vé en el centro,» etc., etc., y 
ni al texto acompañan dibujos semejantes, ni el excelen- 
te ejemplar que yo poseo, adquirido en Manila en 1867, 
tiene trazas de mutilación alguna. Al contrario, entre 
sus páginas 80 y 81 y en papel indo-inglés de gran tama- 
ño, que se dobla á modo de mapa, hallo impresa en 
grandes letras la siguiente dedicatoria: 

a s. m. el rey nuestro señor 

don francisco de asís marí.\ de borbon 

prese:-;ta y dedica el adjunto cuadro de la ciudad de joló 

su humilde y obediente subdito 

carlos cuarterón, 

y sigue una breve reseña de sus trabajos de propaganda 
católica. 

¿Necesitaremos encarecer la importancia del Vocabula- 
rio italiano^ malayo^ joloano y tagalo, que al final lleva, 
hoy que la lingüística comparada busca con afán estos 
elementos de las lenguas primitivas? 



382 Guerras piráticas de Filipinas. 

« Reseña histórica de la guerra al Sur de Filipinas, sos- 
tenida por las armas españolas contra los piratas de 
aquel archipiélago, desde la conquista hasta nuestros 
dias. Por el coronel D. Emilio Bernalde^, oficial de in- 
genieros, caballero del hábito de Santiago, etc. 

(Madrid , imprenta del Memorial 
de ingenieros, 1857. — 244. páginas 
en /j..*", cuatro de índice y seis planos 
excelentes, sobresaliendo uno grande 
de las costas del Sur del Archi- 
piélago.) 

Es obra muy bien entendida, escrita con claridad y 
cuyos datos merecen entera fé por haber tenido su autor 
mucha parte en las operaciones militares que describe. 
Divídela en tres partes ó libros: la primera geográfica, la 
segunda referente al estado militar, así de la piratería co- 
mo de nuestro archipiélago, siendo la tercera verdadera- 
mente la narración histórica de la que llama con gran 
propiedad guerra al Sur de Filipinas, compendiando sus 
peripecias, desde la muerte de Magallanes en Cebú hasta 
las expediciones de Balanguingui, Joló y Pollok, dirigida 
esta últim.a por el mismo autor del libro. 

Observaciones atinadísimas sobre todas y cada una de 
las materias que comprende, hacen de él un texto inapre- 
ciable para el estudio de las cuestiones militares de Fili- 
pinas más interesantes cada dia. Hé aquí cómo aprecia 
la intervención en ellas del elemento religioso, con la 
autoridad que le habia dado el presenciar la abnegación 
y heroísmo del joven agustino fray Pascual Ibañez sobre 
la muralla de Joló, que fué su tumba, donde vierte sen- 
tidas lágrimas. 

«Verdaderamente (dice), es cosa digna de admiración 
ver á los celosos misioneros, rodeados frecuentemente de 
riesgos y privaciones, internarse vestidos del tosco ropón 
y con su breviario debajo del brazo por los bosques y 
espesuras, á conquistar con la predicación, el ruego y la 
paciencia, á los más tenaces infieles y á los salvajes más 
rudos. Pero la desconfianza, la inmoralidad y la resis- 
tencia á todo lo que pueda alterar sus perdidas costum- 



Apéndice VI. 383 

bres, y más que todo, el fanatismo por la ley mahome- 
tana que, aunque muy desfigurada, siguen, han hecho 
ineficaces hasta hoy entre la mayoría de los moros los 
magnánimos esfuerzos de los religiosos, siendo así que 
no de otra manera han contribuido estos tanto á la 
tranquilidad y conservación del resto de la colonia, para 
cuyo Gobierno, y dígase lo que se quiera, han sido por 
espacio de tres siglos, son hoy y serán siempre un brazo 
fuerte y poderoso. 

«Ellos también fomentaron las ciencias y las artes 
mecánicas y enriquecieron la literatura del país, porque, 
en medio de sus arduas tareas, los más celosos y entendi- 
dos se dedicaron al estudio con empeño y gran provecho: 
y publicaron vocabularios y diccionarios de los diferen- 
tes dialectos de las islas, enseñaron, al indio el uso de 
máquinas sencillas para sustituir en parte el trabajo del 
hombre, escribieron la historia general de la colonia, y 
examinaron los productos naturales de su suelo.» 

Efectivamente, la literatura hispano-filipina, debida en 
su 95 por 100 á las órdenes religiosas, y desconocida por 
regla general, abarca los principales ramos del saber, 
si bien con títulos modestos, como toda obra verdadera- 
mente cristiana. De esas relaciones de viajes, de martirios 
y de sucesos, que hoy se desdeñan por sus títulos y por 
ser frailes sus autores, tienen mucho que aprender los 
sabios modernos, que no dejaron materia alguna por 
ilustrar, así en las ciencias naturales como en las físicas 
y químicas, puestas á un lado la historia, la geografía y 
sobre todo la lingüística; que esas no tienen ni tendrán 
nunca profesores sino en los conventos de Manila. \ se 
comprende perfectamente. El europeo más sabio, acau- 
dalado y estudioso, que vaya exclusivamente allí con un 
objeto científico, rara, rarissima avis, necesitará muchí- 
simos años, como Mr. Mallat y Mr. de la Gironiére, 
para penetrar la corteza de aquella sociedad tan exube- 
rante como exótica, y de seguro le faltará vida para apren- 
der siquiera los dialectos padres, cosa que hacen los reli- 
giosos desde el primer día de su llegada. Luego para el 
hombre civil la naturaleza de los indígenas es como ostra 



384 Guerras piráticas de Filipinas. 



encerrada en su concha, mientras el fraile posee para 
abrirla arte y palabras de Dios. 



— España en la Occeanía, estudios históricos sobre Filipi- 
nas, proyecto de conquista y colonización de Mindanao, 
Guía del viajero desde Madrid ó Cádiz á Manila por el 
Istmo de Suez ó por el Cabo de Buena Esperanza, con 
noticias detalladas acerca de las razas que habitan las 
islas, sus costumbres, trajes, dialectos, clima, enfermeda- 
des, sistema de gobierno y organización del ejército, por 
D. Antonio García del Canto. 

(Librería americana, calle del Prín- 
cipe, núm. 25. Madrid 1862. Im- 
prenta del Comercio, 200 páginas 
en 8.", inclusa la introducción y el 
índice.) 

Trata este librito de muchas cosas, y seria excesiva 
exigencia que profundizase alguna. El descubrimiento y 
conquista de Filipinas; la importancia de nuestras rela- 
ciones político-comerciales con los imperios del extremo 
Oriente; nuestra decadencia en Europa; la toma de Ma- 
nila por los ingleses, con las hazañas de D. Simón de 
Anda y Salazar; las intrigas de Inglaterra en Joló; su mal 
éxito; los ataques de los malayo-mahometanos á nues- 
tras islas; la descripción de Mindanao y délas principales 
del archipiélago de Joló; algunas consideraciones acerca 
de los piratas y la administración de Filipinas en los si- 
glos anteriores; las intrigas de la Francia para ocupar la 
isla de Basilan, y su abandono por Mr. de la Grené; 
nuestra empresa y destrucción de los fuertes de Balan- 
guingui por el general Clavería, son, como se vé, de- 
masiada materia y demasiados asuntos para tan reduci- 
do lienzo. Y no acaba ciertamente aquí, pues también 
trata de la colonización de Barás en la isla de Mindanao 
y su abandono; de la toma de Joló por el general marqués 
de la Solana, é inserta un proyecto de conquista y colo- 
nización de Mindanao, para el cual no puede menos el 



Apéndice VI. 385 

autor de recurrir á expedientes económicos y recursos de 
arbitrista por medio de una contribución sobre la riqueza 
territorial, el desestanco del tabaco y otra contribución 
sobre las fincas urbanas; concluyendo con algunas consi- 
deraciones acerca de nuestro pasado, una ojeada a Co- 
chinchina, otra al comercio de la Europa con China, 
y una meditación sobre lo que debe hacerse para que las 
islas adquieran la importancia que deben tener. 

La Guía del viajero es un apéndice en dos capítulos, 
que se titulan: De Cddi:; d Manila por el Cabo de Buena 
Esperan-{a, — De Madrid d Manila por el Istmo de Sue:^, 
llevando además otro apéndice con noticias detalladas so- 
bre Filipinas y'sus habitantes. 



— La isla de Mindanao, su historia y su estado presente. 
con algunas reflexiones acerca de su porvenir, por don 
Agustín Saníayana, director que ha sido de la adminis- 
tración local de Filipinas. 

(Madrid, imprenta de Alhambni 
y compañía, 1862. — 128 páginas, 
en 8,0) 

Hé aquí otro librito muy bien hecho, muy útil, y que 
hoy ofrece grande interés histórico y diplomático, porque 
reseñando las negociaciones ó más bien intrigas de sir 
James Brooke y de Mr. de La-Grené para arrancar á los 
moros de Borneo y Joló, con notorio perjuicio de España, 
las concesiones y tratados de que hemos dado cuenta en 
la Memoria del obispo Gainza, ofrece documentos y lec- 
ciones al gobierno español, que no debia por cierto ne- 
cesitarlas, para apreciar la conducta de otros diplomá- 
ticos menos aprensivos y disimulados que aquéllos, á 
quien hoy ve el archipiélago filipino moverse y agitarse 
inquietos por sus contornos [i]. Intelligenti pauca. 



(i) Siguiendo nuestro propósito de registrar á la ligera en este libro 
todos los documentos de igual índole que pueden ser útiles á la polític.i 
española, haremos brevísimo extracto de esta parte de la obra del señor 
Santayana. 



386 Guerras piráticas de Filipinas. 

Parécenos en gran parte la obra del Sr. Santayana ex- 
tractada del P. Combes y del manuscrito que hoy publi- 
camos. Lo moderno es más original, y tan rico de noti- 
cias, que basta para el conocimiento cabal de la materia. 
Debemos felicitarnos aquí de haber contribuido á la pu- 
blicación de esta excelente obra en la Revista El Eco del 
País, por recomendación de nuestro inolvidable amigo 
ü. Sinibaldo de Más, á quien hoy también lloramos di- 
funto, como al Sr. Santayana. 



La conquista de Joló. Drama histórico, de grande es- 
pectáculo, en tres actos y en verso, original de D. Anto- 
nio García del Canto. 

Binondo, — Imprenta de Miguel 
Sánchez y compañía, 1865, 62 pá- 
ginas en 4..°) 



La misión secreta confiada en 1844 por el gobierno francés á Mr. de 
La-Grené, sólo era conocida por sus resultados, hasta que en 1860 se pu- 
blicó en París la traducción de una obra de Mr. Olithant, secretario de lord 
Elgin en su embajada á China y el Japón, con un prólogo de Mr. Guizot, 
que era ministro de Negocios extranjeros en la primera fecha citada^ «Pa- 
rece este prefacio, dice el autor de La isla de M'tn.ianao, escrito exprofeso 
para ilustrar esta historia,» y como nadie se habia ocupado de él en Espa- 
ña, lo traduce é inserta in integrum, haciéndonos un gran servicio. 

Al felicitarse Mr. Guizot del acierto y prudencia con que Mr. de La- 
Grené habia conducido las negociaciones para el tratado francés con la 
China, que se firmó en Whampoa en 24 de Octubre de 1844, descubre 
que no era este su único objeto, pues Francia necesitaba una estación na- 
val en aquel país, ó un establecimiento permanente en alguno de los cerca- 
nos. No convenia, dice, al decoro de *su bandera tener que acudir «á la 
^colonia portuguesa de M.acao, al establecimiento inglés de Hongkong, ó 
ji>al arsenal español de Cavitc.» De aquí el fijarse con preferencia en la 
parte oriental del grande Archipiélago, principalmente en Basilan, si 
esta isla reuniese ciertas condiciones geográficas. Se recomendaba á Mr. de 
La Grené el secreto más riguroso, y %z le concedían al propio tiempo fa- 
cultades amplias, incluso para enarbolar el pabellón fi anees en la isla, si 
tuviese motivo para recelar que se le anticipara otra nación. De los dere- 
chos y de los antecedentes de España prescinde Mr. Guizot por completo. 
Mr. La-Grené decidió adquirir la isla de Basilan, cuyo puerto de Mala- 
mavi compara con el Bosforo, y discutiendo las reclamaciones de España. 
decide motu proprio que no deben tomarse en cuenta. 



Apéndice VI. 387 

Más que drama es una zarzuela, á juzgar por el papel 
que en la acción representan la música y el canto. Está 
dedicado al general Lara, á la sazón gobernador superior 
de Filipinas, y se representó en el teatro del Príncipe Al- 
fonso de Manila en 1 1 de Junio de aquel año. 



Sin fecha. 

Historia de la pérdida de Gómez Pérez das Marinas, 
gobernador de Filipinas, por fray Juan de Santa María, 
de la orden de San Francisco. 

(Manuscrito citado en la Biblioteca 
franciscana del P. San Antonio.) 

La sublevación de los bogadores chinos, que costó la 



Afortunadamente, obstáculos de varias clases desbarataron este proyec- 
to, y el Gobierno español, apresurándose á fundar la Isabela de Basilan, 
donde estuvo algún tiempo el gobierno P. M. de Mindanao, dejó más re- 
conocido y asentado nuestro derecho. 

Las aventuras de sir Brooke fueron todavía más hostiles á España, 
pues en sus cartas particulares impresas en Londres en 1853 por Mr. Tem- 
pler, se reveló su verdadero plan, que era establecer la absoluta domina- 
ción de Inglaterra en aquellos países, arrojando á España de Filipinas por 
la fuerza ó por tratados. El Gobierno inglés secundó hasta cierto punto es- 
tos arrogantes propósitos, como prueba el tratado hecho con Joló en 1847 
y el nombramiento de gobernador de Labuan, obtenido por sir James 
Brooke, y ya se entendía secretamente con los joloanos para proporcionar- 
les la ayuda de Inglaterra contra España, cuando se le adelantó el general 
Urbiztondo en 185 1 apoderándose de aquella isla y haciendo reconocer al 
sultán y los datos la soberanía de la reina Isabel. La creación del gobier- 
no P. M. de PoUok, y el restablecimiento de la Compañía de Jesús en 
1852, consolidaron nuestros derechos y prepararon un porvenir más tran- 
quilo á nuestras autoridades filipinas, que será lástima turben flaquezas 
propias é intrigas ajenas. Desgraciadamente, los jesuítas tardaron mucho 
en volver al Archipiélago, y volvieron en tan corto número que apenas si 
pueden consagrarse á su gloriosa misión evangélica, única que puede sos- 
tener entre los moros piratas la influencia de una bandera t.an combatida 
por todo el mundo. Este libro demuestra que sin ellos y sin las demás 
órdenes religiosas no habría habido en España sangre bastante ni tesoros 
para las empresas realizadas contra Jólo y Mindanao. 



388 Guerras piráticas de Filipinas. 

vida á este gobernador en Punta de Azufre, ocurrió en 
el año de i SgB. 



Conquista de las Molucas, comedia por D. Melchor 
Fernandez de León. 

(Manuscrito que posee el Sr. Ga- 
yangos.) 



Reí.acion de las islas Molucas y las demás en que hay 
drogas de especería, clavo, nuez moscada, pimienta y 
otras cosas que se llevan á España, Holanda, Inglaterra 
y Francia, con todas las fuerzas y factorías que el Rey 
nuestro señor y holandeses tienen: y declaración de la 
artillería, infantería y guarnición que hay en cada una, 
y naturales que la habitan y sus calidades. Dirigida al 
señor rey D. Felipe líl de este nombre. Rey de España 
y de sus Indias, por Alonso Martin Qiiirante. 

{Manuscrito en la librería del nun- 
cio Campegio. segiin Pinelo.) 



Relación de las islas del Maluco y modo de comerciar 
en el clavo y viaje que hizo á ellas... fray Pedro de 
Quesada. 

(Manuscrita.) 

Si el autor fué religioso agustino, según leo en un 
apunte hecho por mí en Manila, no lo registran como 
escritor las nóminas de la orden. En el Catálogo de los 
religiosos de N. P. San Agustin de Filipinas^ publicado 
en 1864 por fray Gaspar Cano, únicamente figura un 
fray Pedro de Quesada, que fué á Manila con la misión 
de 1628, y aunque viajó mucho, no consta que estuviese 
en las Molucas. 



Apéndice VI. 389 

De las islas Molucas, por Gabriel Rebello. 

(Manuscrito portugués.) 



Relación de los actos de los mártires de las Molucas, 
por fray Pedro Matías. 

(Manuscrito citado por fray Juan 
de San Antonio en su Biblioteca fr an- 
fiscana.) 



Dos RELACIONES del levantamiento de los sangleyes en 
Filipinas. 

(Manuscritos en t'.", ambos perte- 
necientes á la librería del conde de 
Villahumbrosa, según Pinelo.) 



Carta de los sucesos de fray Jua/h de San Pedro 
Mártir^ religioso de la provincia del Santísimo Rosario, 
de la orden de Predicadores, yendo desde Filipinas con 
fray Pedro de Jesús por embajadores ai reino de Cambo- 
xa, y socorro que dieron á los portugueses. 

(La cita fray Diego Aduarte en su 
Historia de la pro-uincia del Santo 
Rosario. — Zaragoza, 1693, en folio.) 

Hacia I 598 ó 99 murieron estos dos religiosos domi- 
nicos, fray Pedro de Jesús en Cambodje, asido al timón 
de un barquichuelo que estaba ardiendo á consecuencia 
de un combate con los moros, los cuales le atenacearon 
allí á mansalva, porque no sabia nadar; y el padre fray 
Juan en Siam, por haber ido á socorrer á unos religiosos 
portugueses, que con fray Jorge de la Mota se hallaban 
en grande apuro. Es horrible la descripción de los mar- 
tirios quedaba á los misioneros el rey de Siam, echándo- 
los á elefantes bravos, friéndolos en aceite ó haciéndoles 
comer sus propias carnes, arrancadas á pedazos. 



39o Guerras piráticas de Filipinas. 



Relación de las islas de Mindanao, Joló y sus cosas. 

(La cita el P. Colín en el libro 
segundo, cap. XXVII de su Labor 
evangélica.) 



Carta de fray Antonio de Santa Ana dando cuenta de 
su cautiverio por los holandeses. 

(La cita fray Juan de San Antonio 
en su Bibliotheca universal francis- 
cana.) 

Pero no la cita el moderno y diligentísimo historiador 
biógrafo de la provincia de San Gregorio, fray Antonio 
de Huerta, lo que nos hace poner en duda esta noticia. 



Memorias de las islas Molucas, por Apolonio Schot, de 
Midemburgo. 

(Impresas en el tomo IV de los 
Viajes de los holandeses á Oriente.) 



Relación breve de la isla de Terrenate y Tidore y las 
demás Molucas, sus fortalezas y presidios de portugueses 

y holandeses. 

(Manuscrito en f." en nuestra Bi- 
blioteca Nacional.) 



Memoria de las Molucas, por Juan Otter. 

(Manuscrito en flamenco, que po- 
seia Mr. Thevenot.) 



Viajes de los españoles á las Molucas. 

(Impreso en 8.", en francés,) 



Apéndice VI. 39 1 

Noticias de las islas Molucas, Santo Tomás y sus cris- 
tianos. 

(Impresas.) 



Viaje á las Filipinas y á las islas de los Ladrones y 
trato de las Molucas, por Juan Francisco Gemeli. 

(Inserto, según Pinelo, en el to- 
mo V del Giro del mundo, por el mis- 
mo autor italiano, impreso en 1700.) 



Historia de Mindanao, por/*, de Robles. 

(Citada por Gemeli en el misma 
tomo y obra.) 



Viaje desdichado de Doña Angela Rocamora, mujer de 
Martin Sosa de Sampayo, en que refiere su prisión por 
los holandeses yendo al Brasil, su rescate por el gober- 
nador de Filipinas y vuelta por la India á Lisboa, en diez 
romances. 

(Manuscrito en 4.." que poseia el 
Sr. Barcia.) 



Historia del descubrimiento y naturaleza de las islas 
del Moluco, dividida en diez libros, por Antonio Galvan. 

(Manuscrito portugués, citado por 
Juan Bautista Labaña.) 



Viaje del P. Marcelo Francisco Mastrilli á las Indias, 
por Andrés Boere. 

* (Lo cita Alegambe, en su Bibliote- 

cajesuítica, sin más particularidad.^ 



392 Guerras piráticas de Filipinas. 



Algunas cartas del venerable P. Mastrilli, escritas 
poco antes que padeciese su glorioso martirio, y publica- 
das por fray Vicente Justiniano. 

(Según Pinelo.) 



Toma de Manila por el ejército inglés, poema en verso 
tagalo de fray Francisco Beneuchillo^ religioso agustino. 

(Manuscrito en el archivo de su 
convento de Manila.) 

El autor, natural de la provincia de Toledo, era un 
gran tagalista, que imprimió en versb tagalo una Vida 
de Santa Rita, y compuso además un Arte jr Dicciona- 
rio poético tagalo. Murió en 1776. 



Reseña histórica de la guerra de los ingleses, por fray 
Agustin María, religioso de la provincia del Santísimo 
Nombre de Jesús. 

(Manuscrito en el archivo del con- 
vento de San Agustin de Manila.) 

El autor murió ciego en el mismo convento en 1801. 
Era de la Bañeza y habia profesado en Méjico en 1757. 



Historia del sitio de Manila, por fray Jesús de Santa 
María. 

(Manuscrito citado por el Sr. Mas, 
como existente en el archivo de San 
Agustin. ¿-No será el anterior?) 



CORRECCIONES Y ACLARACIONES. 



Pág. 4.° «No me ha movido otro interés al escribirla, 
sino corresponder á la confianza de la Sociedad Econó- 
mica de estas islas, que me ha encargado esta tarea.» 

Sin poner en duda la aseveración del autor anónimo de esta Demostra- 
ción ¡listórica de las depredaciones de los ?noros, advertiremos que la Socie- 
dad Económica de Manila debió hacer de su manuscrito poco aprecio, 
cuando no le consagra la más ligera memoria en la que publicó de sus 
actos en 1833. T\x.ú\?l%q Memoria que en cumplimiento déla : eal circular 
de xj de Diciembre de 1832 expedida por el ministerio de Fomento general 
M reino, acordó dirigirle la Real Sociedad Económica de Filipinas en junta 
celebrada el 6 de Diciembre de 1833. ¿"f di^vide en dos épocas, y se acompa- 
ña un estado, que manifiesta la inversión de sus fondos durante la segunda 
época. (Escudo déla Sociedad.) Manila, 1833, imprenta de D. José Ma- 
ría Dayot, 24 págs. en 4.". 

Firman este escrito, como presidente, D. Francisco Enriquez, como 
secFetario D. Matías Saenz de Vizmanos, y hacen la historia de la Socie- 
dad desde su institución en i78tporel gobernador Basco. Fué su pri- 
mer director el intendente D. Ciríaco González. Año por año refieren sus 
empresas, sus trabajos patrióticos, y en la pág. 2 1 las publicaciones que 
llevaban hechas, á saber: Gramática y ortografía castellanas. Registro 
mercantil. Métodos para beneficiar el afíil, Guía de enseñanza mutua. Ele- 
mentos de perspectiva y dibujo natural, y hasta se menciona ti proyecto que 
tenia la Sociedad á la sazón de imprimir Farias noticias interesantes del 



394 Guerras piráticas de Filipinas. 



comercio de China. Del manuscrito que nosotros publicamos ahora ni una 
palabra siquiera, lo que autoriza á dudar que se escribiese por encargo 
suyo, como dice el autor de un modo tan categórico. 

Añadiremos para concluir, que D. Sinibaldo de Mas, en su conocida 
obra Estajo de Filipinas en 1842, y justamente en paraje donde sus no- 
ticias concuerdan con las de este manuscrito tan al pié de la letra, que sin 
duda ningima están tomadas de él, dice en una nota que se las debe á 
D. Félix de Gazlelu, quien las habia recogido con mucho trabajo en la se- 
cretaría del gobierno superior, de la que fué oficial primero muchos años. 
Finalmente, el Sr. D. Rafael Diaz Arenas, en la pobrísima y desma- 
ñada bibliografía hispano filipina, que encajó bien que mal en la dedica- 
toria de sus Memorias históricas y estadísticas de Filipinas, impresas en 
Manila en 1850, ni la más ligera alusión hace á este manuscrito, ni á 
obra alguna que se le parezca, siendo así que todos sus datos y conoci- 
mientos bibliográficos proceden de la librería de la Sociedad Económica 
de Manila, pues ignoraba completamente, á juzgar por sus palabras, que 
los archivos monásticos encerrasen inapreciables tesoros. Más aún: habla 
Diaz de cierto secretario de la Sociedad, llamado Armenteros, que habia 
escrito la Historia política y filosófica de Filipinas^ y aun indica que buscó 
con afán el manuscrito, como también habia hecho el gobierno de Ma- 
drid, ocasión oportunísima para que igualmente nos hablase de esta De- 
mostración histórica^ si en el archivo de la Sociedad hubiera hallado el 
rastro más insignificante de ella. 

Pág. 10. «En Manila por otra parte llegó á creerse 
que nuestra dominación corria peligro.» 

No fué esta opinión aislada y pasajera, como el autor dá á entender, 
sino que se trató seria y oficialmente del abandone de las islas, y aun pa- 
rece que en 1619 tenia ya Felipe III firmado el decreto, á pesar de las re- 
clamaciones de todas las órdenes religiosas, unánimes en informar al Rey 
que si bien por las armas y la fuerza se hacia costosísima y aun insosteni- 
ble la conservación de Filipinas, por la predicación evangélica y los me- 
dios morales acontecería todo lo contrario. El P. fray Fernando de Amo- 
raga, á quien llaman los historiadores de su orden de San Francisco Mo- 
raga, no sé por qué, pues sus obras impresas destruyen este error, llegan- 
do á Madrid en ocasión tan crítica, acabó de convencer á Felipe III, qu9 
le dijo: "Id con Dios, P. Moraga, no se dirá de mí que abandono lo que mi 
padre ganó J" 



Correcciones y aclaraciones. 395 



En el Extracto historial del expediente sobre el comercio de Filipinas, im- 
preso en Madrid en 1736, folio 217 y siguientes, puede verse todo lo 
ocurrido sobre el abandono en los reinados de Felipe II y Felipe III. 

Pág. i5. «Un pirata chino llamado Kuesing ame- 
nazó con fuerzas innumerables á estas islas » 

Se revela claramente la escasez de sentido histórico de este escritor en la 
ligereza con que va saltando por los sucesos más trascendentales del siglo 
XVII, verdadero germen de la piratería que tanto desarrollo adquinó en 

el XVIII. Ya le hemos visto en la página 2 decir «que los portugueses 

después los holandeses fomentaron el encono (de los i.leños limítrofes) 

contra nosotros,» y ahora con palabras no menos breves pinta la empresa 
del pirata Coseng (Kuesing) la más formidable y atrevida que hayan visto 
los mares del extremo Oriente, y que fué de tan pernicioso ejemplo para 
todas las naciones, sin excluir á hs de Europa, que si habian alentado 
hasta entonces en secreto la piratería vergonzante de sus bandidos de 
mar, y dado alas al naciente filibusterismo, se sobrescitaron y ensoberbe- 
cieron al ver que no faltaban allí elementos indígenas para acabar con 
España y el catolicismo. ¿Es que el autor anónimo no comprendía la re- 
lación entre estos sucesos, que podemos llamar de historia índica general, 
con los de la piratería local, que se desarrollaba en los archipiélagos 
occeánicos.? ¿Es más bien que no entiende per piratas sino á los moros de 
Mindanao y Joló, y que desconocedor absoluto del derecho de gentes, 
creía derecho de guerra y actos de buena ley, el ir, por ejemplo, los por- 
tugueses delante de Legaspi en los primeros tiempos de la conquista faci- 
litando armas y pólvora á los indios, y luego los holandeses enseñando al 
Japón y á la China á martirizar á nuestros misioneros, y más tarde ho- 
landeses é ingleses persiguiendo á nuestras flotas de Nueva España, apode- 
rándose en plena paz de nuestros galeones cargados de oro por medio de 
aventureros que ya el derecho de gentes empezaba á llamar flibustters y a 
comprenderlos en la general denominación de piratas y ladrones de mar, 
mientras aquellas naciones los agasajaban y protegían de mil maneras, 
contra todas las leyes del sentido moral y hasta déla decencia pública? 

Y choca tanto más que el autor no perciba estas relaciones, cuanto que 
cada acto solemne de piratería hallaba, como era natural, un eco profundo 
en las razas que dominábamos, y los chinos se nos sublevaban en Manila, 
y en las provincias los indios monteses, dejando todos un rastro de pira- 



396 Guerras piráticas de Filipinas. 

tería local, que entraba indispensablemente en el cuadro de su obra. Aun 
con ser un medianísimo escritor, demostró el P. Torrubia mejor criterio 
que nuestro anónimo, en su Disertación sobre el mahometismo en Filipinas^ 
que pudo y debió servir á éste de modelo, indicando con breves pincela- 
das en orden cronológico bastante exacto cuantos sucesos coincidian ó 
alentaban las empresas de los moros. Del jesuita Combes, historiador de 
Mindanao, del P. Martinez de Zúñig.i, autor del mejor Compendio que 
hasta hoy existe, y de la casi tutaiidad de los historiaüores religiosos, ya 
de sucesos generales, ya particulares, nada se diga, porque esos abarcaban 
perfectamente los conceptos de la historia, y cuando menos indican las cau- 
sas y buscan á todo lo que refieren su filiación y filosofía. 

Ello es que el lector se encuentra al llegar á esta pág. 15, en la segunda 
mitad del siglo XVII, sin que se le hayan indicado siquiera los siguientes 
sucesos culminantes, tan relacionados con la piratería, que muchos de ellos 
fueron pura y exclusivamente actos piráticos: 

El sitio puesto á Manila poco después de fundada, por el famoso pirata 
chino Limahon, con 62 champanes, un verdadero ejército de desembarco, 
y la secreta ayuda de los portugueses, pues un portugués era su intérprete 
y consejero. Desorganizada esta gente por el heroísmo de los españoles, 
quedaron por los mares del archipiélago muchos rezagos de piratería, sin 
contar las sublevaciones de algunas provincias, que conservaban sus jefes 
indios, con los cuales habíamos capitulado. El último rey de Manila, por 
ejemplo, vivía aún y también se sublevó, aunque flojamente. 

La expedición del corsario inglés Tomás Echadeslc en 1586, que ense- 
ño á robar las naos de América, volviendo á su país con velas de damasco 
y jarcias de seda después de asolar la isla de Panay. 

La malograda al Maluco de Gómez Pérez das Marinhas ó de las Ma- 
rinas, que en Octubre de 1593 fué asesinado por los chinos en la galera 
que le conducía, perdonando solo á su secretario Juan de Cuéllar y al fran- 
ciscano P. Montilla. Estos mismos chinos anduvieron con el barco pi- 
rateando algunos días por llocos. 

Las trapacerías y^ embajadas de Taycosama, emperador del Japón, y el 
grandísimo fervor que se apoderó de las órdenes religiosas para evangelizar 
en aquel país, lo que dio ocasión á multitud de viajes inconsiderados en que 
ya los propios tripulantes, ya las selváticas nuciones á donde arribaban, ya, 
tn fin, los holandeses y aun los portugueses en algún caso, cautivaban á 
los frailes, se apoderaban de los barcos, etc., etc. 

Las repetidas y mas ó menos fructuosas expediciones áCamboxa, Min- 
danao y Tamontaca, de Luis Pérez de las Marinas, hijo del golicrnador 



Correcciones y aclaraciones. SQy 



asesinado, Juan Xuarez Gallinato, y el capitán Figueroa. La intentona con- 
tra Joló del comandante de la Caldera, Juan Pacho, que costó la vida á 
éste y á la mayor parte de sus soldados, obligándonos á abandonar aquel 
presidio, envalentonó también á los joloes y á su naciente piratería. 

El primer ataque de los holandeses á Manila, que rechazó el famoso 
Morga, primer historiador civil de Filipinas (1600), siendo ahorcados en 
Manila 25 prisioneros ya calificados de corsarios en las historias, lo que 
pudo abrir los ojos al autor de ésta. 

Primera rebelión, en 1603, de los chinos de Manila, llamados sangleyes 
por ellos mismos de las dos palabras chinas Jiiang ¡aj, que quiere decir 
mercaderes ambulantes, y al año siguiente la de les japoneses, qué venci- 
das una y otra, se desparramaron sus restos por las islas produciendo ban- 
dolerismo de mar y tierra. 

Las repetidas intentonas de los holandeses en los gobiernos de D. Juan 
de Silva y D Alonso Fajardo, que brevemente se relatan en otro lugar, así 
como las empresas también repetidas por nosotros contra los piratas de las 
islas adyacentes y las armadas europeas que con más 6 menos recato los 
favorecían, entre las cuales no se deben olvidar las jornadas al Malayo y 
Témate del mismo Silva, las sublevaciones de Leyte y Bohol, tanto más 
peligrosas cuanto que vivían aún algunos datos anteriores á la conquista 
y conservaban sus aficiones y organización pirática, el temerario empeñn 
de D. Juan Niño de Tavora contra Isla Hermosa ó Formosa, y el desas- 
tre de D. Lorenzo Olaso en Joló, última llamarada del antiguo espíritu 
conquistador, que más fué temeridad que valentía. Entraba la cuestión 
pirática en la vía que inspiró al P. Martínez de Zúñiga aquella tiiste y 
atinada observación de su Historia d¿ Filipinas, pág. 196: — «fLos que han 
ido á conquistarlos (á los mindanaos, joloes, camucones, etc.) llevaban 
diferentes ideas de los primeros conquistadoresj éstos sólo aspiraban á 
tener una encomienda con que pasar la vida; desde que el comercio de 
Manila se ha hecho tan lucrativo, se aspira á hacer un gran caudal en 
poco tiempo, de que resulta que los que van á estas expediciones sólo 
piensan en comerciar por donde pasan y en volverse á Manila para 
aumentar su comercio.» 

La fundación del presidio ó fortaleza de Zamboanga en 1635 tampoco 
debió pasar desapercibida para el autor, por contraria razón á los desas- 
tres que produjo el abandono de la Caldera. Del gobierno de D. Sebas- 
tian Hurtado de Corcuera apenas si hace, alguna insignificante referen- 
cía en las págs. 11 a 13 de nuestro libro, siendo así que fué el tiempo de 
ias mayores empresas contra Mindanao y Joló, por lo cual nosotros le he- 



398 Guerras piráticas de Filipinas. 



mos dedicado nuestros principales Apéndices, que con las indicaciones del 
Apunte bibliográfico llenan en cierto modo las lagunas del manuscrito; y 
pasando brevemente por otras rebeliones chinas c indias de menor cuenta, 
por los disgustos de Manila, así civiles como eclesiásticos, que alentaban 
á nuestros enemigos no poco, y por las continuas pérdidas de galeones, ya 
á furias del mar, ya á manos de los piratas extranjeros, que agravaban la 
situación económica de las islas, se llega al 1662 y á la aparición del for- 
midable Coseng en el gobierno de D. Sabiniano Manrique de Lara, donde 
el autor nos había plantado de uu salto. Con decir que encareciendo tanto, 
como encarece, el sensible abandono de Joló en esta fecha, pasa por alto 
el de Zamboanga, infinitamente más sensible y perjudicial, también debi- 
do á la necesidad de reconcentrar en Manila todas las fuerzas para hacer 
frente á Coseng, se tendrá idea del extraño modo de compendiar de este 
escritor, que si no fuera en detalles de otra índole tan apreciable, haria su 
libro indigno de la prensa. El del P. Combes acaba justamente en esta 
misma fecha, y es un abultado volumen de á folio, todo lleno de historias 
piráticas de Mindanao y Joló. 

Añadiremos para concluir que la simple lista de las expediciones espa- 
ñolas verificadas hasta esa fecha ocupa muchas páginas en los libros de 
Torrubia y Cuarterón. 

Pág. 21. «Poco después llegó á Zamboangala falsa 
noticia de haber elegido los joloanos por rey á Ban- 
tilan.)i 

Sobre este punto deben atenerse los lectores al Apéndice III, que llena 
perfectamente toda la inmensa laguna dejada por el autor desde el aban- 
dono de Zamboanga en 1662 hasta su restablecimiento en 1718. Bien hu- 
biéramos querido agregar á los apéndices algún papel curioso de los mu- 
chos que se escribieron acerca del bautismo de Alimudin; pero no nos 
merecen fé, porque ardian á la sazón discordias entre todas las clases de 
Filipinas, y así pr<.feriinos el relato de nuestro autor, que concuerda bas- 
tante con los demás historiadores. Es de importancia, sin embargo, el 
documento que publicamos en el Apéndice F, porque prueba que los je- 
suítas dcs'.:onfi3ban mucho de Alimudin, y eran ágenos á su farsa, si lu 
hubo, que no tenemos absoluta certeza. 

Pág. 23. «Sospechóse que los jesuítas querían fundar 
en Joló otra misión como la del Paraguay.» 



Correcciones y aclaraciones. 399 



Esta es opinión muy admitida entre los historiadores filipinos, incluso. 
los que proceden de las órdenes monásticas. Los documentos que publi- 
camos en los Apéndices la destruyen por completo. Ni ellos se hicieron 
nunca grandes ilusiones sobre Joló y los joloanos, ni tenían otra pretensión 
que conquistar almas para el cielo y territorios para España. La carta del 
P. Estrada, tan llena de confidencias y de verdad, como dirigida al comi- 
sario de su orden en Madrid, no admite en este punto la menor duda. En 
el resumen de la pág. 341 resplandece el verdadero espíritu de la Compañía 
de Jesús. 

Pero hay más todavía. Un capítulo entero del libro VI consagra el pa- 
dre Combes á esta materia debajo del título bien significativo Tratan los 
padres de reducir por bien á los joloes: descubren su atraidorado trato, etc., 
en el cual hace las siguientes indicaciones, innecesarias por otra parte para 
el que estudia la historia ultramarina con imparcialidad: 

«Era el capitán (gobernador de Joló por Hurtado de Corcuera) natural- 
mente opuesto á religiosos, pasión que se hereda con los oficios; porque 
como en Indias reina tanto el interés y sus leyes son tan injustas como ti- 
ranas, y más cuando las ha de asentar con sus sujetos el que gobierna con 
codicia y no hay otros que se puedan oponer que los religiosos, y de ordi 
nario obligados á no disimularlo por el cargo y lo que obliga la piedad de 
los agraviados y afligidos, tan presto se declara la guerra contra el minis- 
tro como él se hace de parte de la compasión. 

«Entran con otra vanidad en los oficios de dar á entender que lo que se 
consigue á favor de la paz y armas católicas, es todo disposición suya; con 
que entran aborreciendo el consejo, queriendo más errar que no que el 
acierto declare la gloria del suceso por su autor, teniendo por pérdida lo 
que se atribuye á sus acciones. Y por apoyar sus acciones, todo el estudio 
y conato es el descrédito de los ministros, que no atienden sino á sus 
aciertos, y á que salgan gloriosos del empeño en que los pon en.» 

Tratando en este mismo sentido de los asuntos del siglo XVIII, dice 
el P. Martínez de Zúñiga, historiador tan grave, que los jesuítas se opo- 
nían á que el Rey saliese de Joló. porque le iba á reemplazar Bantilan, 
enemigo de ellos; y nuestro Apéndice V demuestra que juzgaban el viaje 
una farsa política. ¿Luego no eran cómplices en ella? Quizás pidieron al 
gobernador de Zamboanga ese documento para evitarla. 

Pág. 37. «Príncipes de segunda clase llamados en 
Joló Urangiavas » 



400 Guerras piráticas de Filipinas. 

Ya se ha dicho lo viciado que está el texto, achaque frecuente aún en 
las obras impresas, porque cada nación, y aun dentro de Filipinas cada 
raza, pronuncia de un modo distinto las palabras de los diferentes dia- 
lectos, de suerte que los copistas hacen verdaderas diabluras. Urattgiayas, 
urangayas, o-vangayas, hallamos en e.;te autor, mientras el P. Combes, 
á la página 52, nos dice que orancaya significa en Mindanao hombre 
rico y señor de vasallos, como cach'il quiere decir de sangre real. En otras 
partes escribe Combes orangcnya. Con razón añade nuestro libro en la 
página ^o que «estas relaciones parecen cuerpos sin alma,» cuando no se 
las ilustra con detalles íntimos de todo linaje; cuestión que para él solo 
tiene un aspecto, el económico, ó dicho mejor, orgánico-adrainistrativo, 
muy interesante sin duda, pero incompleto. Un buen libro sobre Filipinas 
para merecer este nombre ha de dar mucha parte á la geografía, á la lin- 
güística, á la etnografía, á las costumbres sociales y religiosas, perfiles de 
la mayor dificultad y que solo en obras abultadas y caras pueden trazarse. 

Por eso nosotros nos hemos limitado en ésta á lo que estaba á nuestros 
alcances buenamente, y clb merecia. 

Pág. 5 (. «Saqueada y casi exánime, todavía el patrio- 
tismo prestó ayuda al oidor D. Simón de Anda » 

Y nada más que estas breves líneas consagra el autor á un suceso 
que estableció relaciones muy estrechas entre los ingleses y los joloanos, 
que llevó en triunfo á Alimudin á su trono, y que fijó á aquéllos en Ba- 
lambangan de una manera tan sólida y para nosotros tan temible, que 
el atentado de Teteng, muy repugnante bajo otro aspecto, parece el últi- 
mo resplandor de nuestra moribunda estrella ultramarina. 

Pág. 7Ó. «Más de 4.000 de los chinos que nosotros 
expulsamos de Manila en 1770.» 

La fecha es errata del autor. Este suceso acaeció en 175S. 

A consecuencia del extraordinario aumento de los sangleyes, que era 
un peligro para las islas Filipinas, se mandaron expulsar en tiempo del 
Sr. Ovando, visto que no producían efecto las limitaciones y cortapisas 
puestas por las leyes de Indias, principalmente por las i." y 13 del título 
XVIII, lib. VI. ElSr, Ovando no pudo ejecutar la cédula por haber con- 



Correcciones y aclaraciones, 40 1 

sumido su tiempo en estériles y ruidosas competencias con el arzobispo, 
negándose á que se le batiera marcha, que ocupase en las juntas el segundo 
puesto, etc., etc., á causa del afrancesamiento de las ideas, que desna- 
turalizaba y corrompia la política española, ideas que tenian desgracia- 
damente ganado ya al Consejo de Indias; pero el sucesor del Sr. Ovando, 
D. Pedro Manuel de Arandia, la cumplió á raja tabla, expulsando de Fi- 
lipinas á todos los chinos que no se hubiesen bautizado, que era la inmensa 
mayoría, y estableciendo la alcaicería de San Fernando para residencia de 
los que viniesen temporalmente á negocios comerciales. Esta medida no 
fué en verdad acertada, ni departe del gobierno, ni de su ejecutor, que la 
existencia de los chinos está ligada en el archipiélago con la cuestión del 
trabajo y las industrias. De aquí tales sinsabores para el Sr. Arandia, que 
unidos á los que le acarreaba su favorito D. Santiago Orendain, hacién- 
dole extremar su desafección á las órdenes religiosas, le produjeron una 
enfermedad y la muerte en i." de Junio de 1759. 

Excusado es añadir, conocido el espíritu de la población filipina, que 
una vez muerto el Sr. Arandia, volvieron los chinos en mayor número 
que antes, y que en la guerra con los ingleses no sólo ayudaron á éstos 
de un modo activo, sino que causaron en las provincias muchas y graves 
sublevaciones. 

Pág. 97. «El triunfo de Teteng fué completo.» 

Efectivamente, un acto de piratería, como el que destruyó el estableci- 
miento de Balambangan, no lo ha sufrido nación alguna tan sin gloria 
como la Inglaterra. El desprecio á los moros, los vicios de los jefes in- 
gleses, y la sistemática proscripción de todo principio moral, explican 
este suceso tan lleno de lecciones para los que admiran todos los sistemas 
coloniales... excepto el español. 

Pág. 129. «Zamboanga á cargo de un Justicia 

mayor, que es el gobernador del presidio.» 

Hé aquí un estado de las plazas y gajes de su guarnición: 
El gobernador era al mismo tiempo capitán de la primera compañía de 
infantería española, con la mesada de 50 pesos, su alférez con 4, su sar- 
gento con 3, un ayudante con 6, sesenta y cuatro plazas de soldados espa- 
ñoles á z pesos cada una, y otras tres menores de abanderado, tambor 
y pífano, lo mismo. 

27 



402 Guerras piráticas de Filipinas. 

Él sargento mayor de la plaza era al propio tiempo capitán de la se- 
gunda compañía española con 15 pesos de mesada, su alférez con 4, su 
sargento con 3, sesenta y ocho plazas de soldados y tres menores con 2 
cada una. 

Otro capitán de la tercera compañía con 15 pesos de mesada, su alférez 
con 4, su sargento con 3, cincuenta y ocho plazas de soldados y tres me- 
nores con 2 cada una. 

Un condestable de artillería con 4, un teniente y pagador del presidio 
con 15, un cirujano con 5, un escribano del gobierno con 3, dos escribien- 
tes jornaleros á 3 pesos y 6 reales, dos capellanes de infantería á 100 pesos 
anuos cada uno. 

Un capitán de la compañía de infantería pampanga con 4 pesos y 4 rea- 
les, un alférez con 2 pesos y 4 reales, el sargento lo mismo, cien plazas 
de soldados pampangos á 10 reales cada una, dos plazas menores de tam- 
bor y pito á 6 reales, un maestro armero con 3 pesos mensuales, dos teje- 
ros con 2 ^ 2 cada uno, quince hombres de mar con varios soldados, to- 
dos racionados con arroz. 

Entendemos que estas cantidades eran gratificación de residencia sobre 
los sueldos respectivos que en el ejército y la armada tenia cada plaza. 

Pág. i36. «Fundición de arados.» 

Aunque ya hemos consignado por nuestra cuenta al final de la nota, que 
estos expedientes son ridículos, no estará demás añadir que el arbitrismo 
y la charlatanería que informaron á nuestros economistas de los últimos 
tiempos de la dinastía austríaca, han echado en Filipinas profundas raí- 
ces. Es preciso tener muy segura la cabeza para no incurrir allí en la 
manía de inventar proyectos salvadores y contribuciones que saquen al 
Estado de apuros; tal es el ambiente histórico que en las regiones oficiales 
se respira. Seria curiosísimo y sumamente instructivo un estudio de 
los expedientes de esta clase, que yacen almacenados en el gobierno su- 
perior de Manila. Y es manía que no pasa, pues en los tiempos modernos 
levanta muy á menudo la cabeza. 

Este mismo libro que hoy publicamos presenta, entre otros, como título 
á nuestro aprecio, el ser un resumen de los arbitrios y panaceas que se 
han inventado contra la piratería, no obstante haberlo nosotros corregido 
sin piedad, pues el bueno del autor inserta los expedientes casi íntegros. 

Pág. 142. «Yo soy el sultán Majumat » 



Correcciones y aclaraciones, 408 

Esta fórmula de pasaportes no es la más curiosa que se encuentre en los 
documentos de aquellas razas bárbaro-orientales. Están llenas las historias 
de escritos cuyo estilo marea á los europeos. De los más dignos de estudio 
es el de la notificación que el pirata Coseng hizo á Manila para que se le 
rindiese. De aquí la cláusula, que hoy se introduce en todos los tratados, 
para atenerse al texto europeo en las dudas que suscite su interpretación. 

Pág. i53, « se tripulasen con los holgazanes que 

el Rey estaba manteniendo en Zamboanga.» 

De cuando en cuando, no contento el autor con la crítica imparcial y 
justificada que requiere la historia, descubre cierta hostilidad á los ele- 
mentos españoles, que su falta de literatura no acierta á cohonestar con 
el bien público. 

Por no quitarle completamente su carácter al manuscrito, nosotros 
hemos conservado algunos de estos rasgos. Por mss que en Zamboanga, 
como en todo Filipinas, hayan existido siempre grandes abusos adminis- 
trativos, llamar holgazanes á los hombres más fronteros al enemigo, á los 
funcionarios que son constantes centinelas de la tranquilidad de todos, es 
frase que un buen español no debe dejar sin correctivo. Juzgando de tal 
manera, todo soldado es un holgazán en tiempo de paz. 

No tenemos datos de lo que hacían nuestros compatriotas, pero los he- 
chos históricos los absuelven. Cuando habia que pelear, peleaban. En 
cambio, nos proporciona el mismo autor datos abundantes de las compa- 
ñías de pampangos, nada merecedora, por cierto, de semejante califi- 
cación. 

Es curiosa la organización de esta fuerza, que guarnecía los dos fuertes 
de Misamis é Iligan, y cuyos trabajos debían de ser análogos á los pam- 
pangos de Zamboanga, cuyo coste y organización ya hemos visto. Com- 
poníase de un capitán con 3 pesos al mes, un alférez con 2, dos sargen- 
tos con peso y medio cada uno, tres cabos con 10 reales, y los soldados 
cada uno un cavan de palayj de modo que estas 47 plazas, de las cuales 
24 asistían en Misamis y 23 en Iligan, estaban mantenidas con 51 pesos 
y 6 reales y 47 cavanes de arroz cascara. ítem más, en cada trienio un 
vestuario, que no merece la pena de contarse. 

¿Y qué es lo que hacían en cambio.^ Cortar, preparar y labrar toda la 
madera necesaria para las carenas de las cuatro vintas en Misamisj pro- 
veer de carbón á las herrerías, haciendo ellos mismos el corte de la leña, 



404 Guerras piráticas de Filipinas. 

como tannbien proveer de cal, acopiando la concha necesaria al efecto; de 
ñipa, bejuco y demás materiales necesarios para los techos de los almace- 
nes, que por ser la teja mala y porosa necesitaban esta precaución. Cons- 
truían los lepelepes, especie de petates que se usaban para abrigar las paredes 
y pisos de los almacenes, que á veces llevaban hasta cuatro forros para que 
la humedad no perdiese el grano. Hay que advertir que estos edificios ca- 
recían de entarimados en los pisos y de revestimientos en sus muros desde 
su origen. 

Anualmente reparaban la estacada de la fuerza, y la renovaban por lo 
común cada cuatro años, empleándose con corta diferencia 6.000 estacas 
de una madera llamada tungu, que la cortaban, pulían, aguzaban y clava- 
ban en tierra ellos mismos. También hacían todos los trabajos de albañil 
necesarios, y en caso de urgencia, suplían en el serA'ício á la tropa espa- 
ñola. 

Adviértase que estas compañías no eran ya exclusivamente de pampan- 
gos y españoles. Al principio se hizo así, pero cuando escribía el autor 
de nuestro manuscrito, estaban las cosas mudadas. En el caso de hacer 
servicio los pampangos, daban siete centinelas en Misamis, y en Iligan 
nueve. En este último punto, sus trabajos eran análogos á los de Misamis, 
á excepción de las carenas de la armadilla, que se hacían en el otro presi- 
dio. En cambio los reparos de la fuerza eran mayores, porque la mar y el 
río la combaten incesantemente, 

Pág. i5 5. «Lo gastado hasta fin de 1793.» 

Aunque todos los escritores ponderan la carga que imponía al Tesoro 
filipino la persecución de los piratas, ninguno presenta datos tan fehacien- 
tes y curiosos como éste, porque refieren casos particulares de épocas 
determinadas. Hé aquí un ejemplo de esta clase, que leemos en la Continua- 
ción de los progresos Je las expediciones contra moros, papel volante, descrito 
en la pág. 370: "En el gobierno del Sr. Tamon se gastaron 108.302 pe- 
sos; en 'el del Sr. Torre 15.674, y en el del limo. Sr. 9.432, efecto 
de su experiencia, economía y conocimiento de la tierra. (Este liustrísimo 
es el gobernador interino Sr. Arechederra, obispo de Nueva Segovia, bajo 
cuyos auspicios se escribió indudablemente esta relación,) 

El P. Torrubia, que habla largamente de gastos, como que es un arbi- 
trio económico el principal objeto de su Disertación sobre el mahometismo 
en Filipinas, los toma en sentido inverso, y detalla menudamente lo que 
llevaban pagados los indios para el sostenimiento del ejército, desde que 



Correcciones y aclaraciones. 4o5 

en 1590 Gómez Pérez das Marinas acrecentó dos reales al tributo con 
este debtino. Es capítulo de grande interés para el estudio del estado mi- 
litar de Filipinas. 

Pág. 161. «Se calculaba que entrarían en Joló anual- 
mente de 400 á 5oo cautivos filipinos.» 

No parecerá exajerado este número, recordando lo que ocurría en este 
mismo siglo, antes de las expediciones de Clavería y Urbiztondo, según 
el manuscrito de mister Hunt, que extractó D. S. de Mas en su Estado de 
Filipinas. El P. Cuarterón pone en duda el aserto del escritor inglés, 
sin alegar datos en contrario, mientras hay muchos que le apoyan. 

Pág. 177. «Habia, según Gómez, en un informe re- 
servado, quien utilizaba en su propio comercio las em- 
barcaciones destinadas al corso y las armas que debian 
defender á los pueblos.» 

Por prudencia y patriotismo hemos suprimido innumerables y enojosos 
párrafos como éste, pues el manuscrito en muchas partes descubre más es- 
píritu revolucionario que crítico, quizás por las infinitas adulteraciones 
que han debido sufrir las copias. Baste con recordar que los jefes de pro- 
vincia han merecido casi siempre las censuras que les fulminó el Sr. Comyn 
en su Estado de Filipinas en 18 10, y que el mismo Sr. Barcaíztegui, en el 
informe de que habla la pág. 206, habia escrito párrafos sumamente 
ofensivos para ellos. 

«Soy de opinión, decia, en vista de lo que generalmente sucede, sin 
ofender á nadie en particular, que el corso no debe estar enteramente á las 
órdenes del alcalde, que deben obrar agregados con sujetos escogidos 

y de confianza Toda clase de armas que se destinen á los pueblos 

ni aun trasladarse de unas partes á otras (deben) por sola la disposi- 
ción del alcalde, fuera de los casos extraordinarios de invasión general de 

la provincia y la misma prevención debe entenderse respecto á las 

municiones.... integridad y confianza en las ocasiones que se presentasen 
para inspeccionar por sí, en los pueblos á donde pasen, el estado de las 
armas y si existían ó no en sus respectivos destinos. 

íLa relación de las acciones de guerra ó mar deben ser hechas por los 
mismos que se hubiesen hallado en ellas, acompañando informes separa- 



4o6 Guerras piráticas de Filipinas. 

dos é independientes del alcalde mayor y reverendos curas, á fin de evitar 

la parcialidad y los compadrazgos etc , etc.» 

Desde que se empezó á introducir algún orden en la administración ul 
tramarina, utilizando á los párrocos como elemento de moralidad y patrio- 
tismo, fueron éstos blanco del odio de las clases civiles. Aquí se ve claro 
uno de tantos gérmenes de esta lucha de clases, que en América fué ma- 
yor que en Filipinas. Contentémonos con esa indicación, que el asunto es 
delicado y nos conduciría muy lejos. 

Pág. 198. «El comandante de la nao perdida, dea 
Manuel Lecaroz » 

Este suceso, muy frecuente en aquellos tiempos, es uno de tantos justi- 
ficantes de la aversión que entonces inspiraba la marina, sin tener en cuen- 
ta que, como observa con mucho acierto el P. Martinez de Zúñiga, no 
eran por regla general verdaderos marinos los que dirigian los barcos, sino 
que bastaba ser comerciante en Manila y tener necesidad de ir á España ó 
á Méjico, para que se encomendase al hombre más rudo, como era Leca- 
roz, no solo un bajel, sino á veces hasta una flota. Bastaba tener influen- 
cia. Desórdenes de los tiempos. 

Pág. 2i3. « el primer ímpetu que muchas veces es 

del (anfión ?)» 

Aunque hemos puesto en duda esta palabra, por no entenderse bien en 
el manuscrito, nos parece indudable que el P. Anglés se refiere al ópio^ 
llamado anfión en todo el extremo Oriente. Queda la duda de que los pira- 
tas se hubiesen contagiado ya en este vicio de embriaguez, puramente 
chino, y que no se ha desarrollado hasta los tiempos modernos, gracias á 
ia filantropía inglesa, que persigue á la esclavitud en todas partes, menos 
en l.i India, donde hace á los naturales esclavos de los vicios. 

Pág. 246. «El indio paga ocho reales...» 

A pesar de que en este informe del asesor Suarez se detallan con bas- 
tante exactitud las cargas que levanta el indio, recordamos al lector que 
el mejor texto sobre la materia es la Disertación del P. Torrubia. 



Correcciones y aclaraciones. 407 

Pág. 254. «...continuaban los destrozos en los pue- 
blos de Baler, Palanan y Gasiguran.» 

Estaban situados estos pueblos en los montes Caraballos, rodeados de 
infieles y en peligro tan constante que en este mismo siglo {1847) ha te- 
nido que edificar el párroco del primero, fray José de Esparragosa, de la 
orden de San Francisco, dos castillos para su defensa, Baler fué destruido 
por el mar en 1735, 7 Casiguran es muy insaluble, así como Palanan, de 
quien se habla no pocas veces en este libro. Pertenece parte de este terri- 
torio á las antiguas misiones de Ituy, que tanta sangre y trabajos costaron 
á la orden de Santo Domingo, de que hay Relación impresa, con título de 
los sucesos y progresos de la misión de Santa Cruz de Paniqui, y Ituy, media: 
entre las de Pangasinan, Cagayany P ampanga . hs\o de 1745, 24 páginas 
en 4.0 sin pié de imprenta, firmadas por fray Bernardo Ustariz, prior de 
Santo Domingo. Es interesantísima por la descripción de aquellas razas 
salvajes. 

Pág. 258. « inundación de Carlos IV.» 

Llamábase así al sitio donde en 1796 se hicieron dos sangrías al rio 
Bago, cerca de Balate, bajo los fuegos de Manila, para emplazar la ba- 
tería llamada de Carlos IV . 

Pág. 262. « en la Barraca, donde se habían enri- 
quecido tantos aventureros » 

Aunque sobre estas cuestiones de la marina se ha escrito mucho, y el 
Sr. Mas incurrió en el achaque tan común en Filipinas de insertar expe- 
dientes casi íntegros, sépase que la corbeta Luconia ó Luzonia, hecha en 
reemplazo de la Aranzazu en la Barraca, costó la enorme cantidad de 
ciento veinticinco mil pesos, siendo una fragatilla casi inútil, pues no fué 
posible remediar su enorme defecto de irse á la banda por su desme- 
dido puntal; y no ciertamente por incapacidad del constructor, sino por 
el empeño del mismo Sr, Aguilar de que se la diera más puntal, á 
pesar de su quilla corta, y si bien después se le rebajó la cubierta y en pro- 
porción los palos, aparejo y demás, é hizo un viaje fletada por la compa- 
ñía de Filipinas, á la vuelta quedó sepultada en Cavite. 

Hemos sido muy parcos respecto á la inmoralidad en la administración 
superior, y aun así todavía observarán los lectores indicaciones frecuentes 



4o8 Guerras piráticas de Filipinas. 



que la verdad histórica no nos ha permitido suprimir. El escándalo llegó 
á punto, que al suprimirse el arsenal de la Barraca se atribuyó al anay, 
insecto semejante á nuestra polilla, aunque mucho más destructor, la falta 
de muchos artículos del inventario; cosa entonces harto frecuente por lo 
visto, pues según párrafos que hemos suprimido del libro, porque citaban 
con todas sus letras nombres propios, el anay se comió también en la 
maestranza balas y hasta cañones, por conducto de cierta persona que de 
acuerdo con los artilleros y dependientes, se los vendia á un mestizo de 
Cebú, Era un capitán guarda-costa, y después obtuvo ¡pásmense nuestros 
lectores! una alcaldía. 

No holgarán tampoco aquí algunos antecedentes curiosos relacionados 
con la marina y con los arsenales del archipiélago. 

Por real orden de 24 de Setiembre de 1796, había dispuesto el rey don 
Carlos IV que se trasladara el astillero de San Blas de California al puerto 
de Cavite, en atención á que aquí apenas era conocida la arquitectura na- 
val y salían todos los buques defectuosos. En efecto, el alférez de fragata 
graduado D. Juan del Villar, ayudante de construcciones del astillero de 
la Habana, con un capataz de carpintería de rivera, y otro de calafates, 
á su elección, trájose la maestranza del departamento de San Blas y los 
planos é instrumentos indispensables para la construcción de buques. Su 
primera obligación era construir lanchas cañoneras y bombarderas. 

Los oficiales reales, que eran los directores natos de la Barraca, se opo- 
nían por sistema á la marina real y á sus individuos, porque en la otra y 
en su informe establecimiento, veían un semillero inagotable de destinos 

para sus paniaguados y otras cosas. Costó un gran esfuerzo que á 

Villar se le señalase, el día que se encargó del astillero de la Barraca, el 
mismo sueldo que gozaba en la Habana, y medio más de gratificación 
por hallarse en comisión extraordinaria del servicio; pero se propusieron 
deslucirlo por todos los medios posibles, á lo que ayudó no poco la com- 
petencia con el general Álava y el gobierno mismo indirectamente. 

El ministro de Marina, en real óiden de 24 de Octubre de 1794, había 
remitido al Sr, Muñoz y San Clemente planos de toda clase de bviques 
para las construcciones que se ofreciesen en Cavite, y el Sr. Álava era de 
sentir que se echase mano de éstos con preferencia á los que trajo Villar 
de San Blas; pero el gobernador prefería éstos á aquéllos por ser más mo- 
dernos. El pique tomó proporciones, y á su sombra la Luzonia salió con 
el puntal desproporcionado á su quilla. Villar y Álava conocían el defecto 
y lo mismo Aguilar, pues no era tan ciego ni tan destituido de sana razón 
que no viese lo que todo el mundo veía; pero hubo hombres aviesos que 



Correcciones y aclaraciones. 409 

explotaron aquella situación de disgusto para alucinarle. En estas cir- 
cunstancias se recibió otra real orden apremiante en favor de la marina 
de guerra, y ya Aguilar resolvió abandonar á su marina corsaria, con- 
fesando de oficio á Álava su nulidad científica. Los individuos de este 
cuerpo habían carecido desde su erección de principios facultativos, y 
sus cruceros ó campañas se hablan ejecutado bajo la dirección de hom- 
bres prácticos en las islas, pero nada más; y de aquí que nada se hubiese 
adelantado, ni existiesen cartas y derroteros instructivos, sino la gro- 
sera práctica de los patrones ó arráeces. Llegó á confesar que igno- 
rábamos la verdadera extensión é importancia de las islas que poseíamos, 
y que fuera de la ruta trillada por las naos de Acapulco desde esta bahía 
al estrecho de San Bernardino, todo era Incógnito á los navegantes espa- 
ñoles del archipiélago. Jactábase, sin embargo, el Sr. Agijilar de haber 
sido el primer jefe superior que cuidara de recoger diarios de navegación 
y escritos de esta índole, que en efecto se archivaban en la secretaría 
del gobierno cubiertos de polvo y convertidos en hormigueros de anay. 
Después se siguió la práctica de unir los respectivos á los viajes de Aca- 
pulco á los autos que se formaban para el juicio de residencia de sus co- 
mandantes, y esta costumbre fiíé causa de que se dispersasen tan intere- 
santes documentos. 

Concluiremos esta nota remitiendo al lector al libro del Sr. Mas, donde 
hace esta pintura del Sr. Aguilar, muy conforme con los antecedentes his- 
tóricos:— «era un completo caballero y muy espléndido. Tenia una vajilla 
de .plata, labrada en China, para cien personas y cubiertos de oro para 
postres. Su tren era el de un grande de España. Le gustaba hacer regalos, 
y no gastaba menos de 60.000 pesos anuales para mantener su casa, cuyo 
lujo sostenía con las ganancias que le reportaba el comercio de Acapulco, 
en el cual tomaba parte.» 

Pág. 276. « revolviendo á Necker, á Colbert y á 

D. Zenon... Formaba pareja (este último) con otro bo- 
tarate... Llamábase Mr. Saint Croix...» 

Uno de los párrafos en que más revela el autor ó alguno de sus conti- 
nuadores ó copistas, su hostilidad á los españoles, es éste. Véase cómo sin 
venir á cuento y sobre todo sin autoridad alguna, pues ya hemos visto los 
puntos que calza, deprime al Sr. Aguilar por asesorarse con hombres enten- 
didos, siendo así que ha desaprovechado ocasiones más propicias, como, por 



410 Guerras piráticas de Filipinas. 

ejemplo, la ingerencia en los asuntos de gobierno de aquel Carvallo, capitán 
de la Constante, y otros por el estilo, botarates verdaderos, y lo que es peor, 
tunos redomados. De D. Zenon no tenemos noticia alguna. Debia de ser 
personaje oscuro. Cuanto á Saint Croix, era un hombre inteligente, que 
emigró á Filipinas á consecuencia de la revolución francesa, donde supo 
hacerse lugar por sus estudios y educación distinguida. El Sr. Aguilar 
le dio la comisión de reconocer las minas de Mambulao, en Camarines 
Norte, cuyo informe, nada despreciable bajo el punto de vista científico, se 
halla impreso en su obra, de que habla el mismo autor de ésta más ade- 
lante, publicada en París en 1810. Fué, sin embargo, ingrato con los 
vecinos de Manila, que le habían tratado muy bien, por lo cual merece 
las censuras que le dirige. 

Pág. 278. «Envió á Mindanao á un D. José Poncia- 
no Enriquez.» 

Todos los autores concuerdan en la descripción de este personaje, si 
bien D. Sinibaldo de Mas dice que estaba cumpliendo en Zamboanga su 
sentencia de cuatro años de presidio, en cuyo caso huelga la frase «presi- 
diario en Manila.» 

Pág. 286. « declinó (el gobierno) en el teniente 

de rey segundo cabo de las armas, D. Mariano Fernandez 
de Folguera.» 

Por su desgracia ejerció muchos años el mismo cargo este mal político, 
pues las debilidades y vacilaciones que demostró durante otra interinidad 
en 1819, fueron causa del asesinato de los extranjeros y de los chinos, 
con que se avivó el incipiente espíritu revolucionario, ya encendido por la 
Constitución de 18 12, y por las torpezas de los gobiernos de aquella 
época. En la sublevación militar llamada délos Novales, fué asesinado el 
Sr. Folguera á 2 de Junio de 1823. 

Pág. 290. «El padre Marcelo Mastril, el del milagro 
de nuestro padre San Francisco Javier » 

No he podido ver ninguna Relación volante de este milagro, de las que 
se imprimieron en Italia y en España; pero aquí quedó en las imprentas 



Correcciones y aclaraciones. 41 1 



un grabado de los que solían poner á la cabeza de estos papeles, y lo hé 
visto en un Memorial jurídico de la ciudad de Trujillo, para cierto pleito 
con el obispo de Plasencia, que existe sin pié de imprenta en la biblioteca 
de Salamanca. Representa la lámina á San Francisco Javier, dando á un 
enfermo una medicina, con un letrero latino que traduje así: «En esta for- 
ma se apareció en Ñápales el apóstol de las Indias San Francisco Ja'vier al 
P. Marcelo Mastrillo, de la Compañía de Jesús, que se hallaba enfermo de 
muerte, de-vol'viéndole la salud, por haber hecho 'voto de lle-var á los indios 
salud (eterna).» 

Pág. 294. «Iba por cabo en la galera Antigua don 
Agustín de Cepeda.» 

Vahemos dicho que la dedicatoria del libro del P. Combes es una ver- 
dadera biografía de este personaje, que trabajó mucho en Mindanao. 

Pág. 299. «Hallaron al uno de los padres recoletos 
hecho una criba de heridas, que se las acababan de dar. » 

Es interesante y dramática la relación que de este suceso trae el padre 
Combes en el libro 5.° de su Historia de Mindanao: 

«Aunque la fiereza y crueldad de las heridas desengañaba cualesquiera 
esperanza de salud, y declaraba por inútiles las diligencias para conse- 
guirla, no las excusó la piedad, con que se le renovó más doloroso su mar- 
tirio, porque siendo forzoso quitarle los vestidos para el efecto, que esta- 
ban ya pegados á la carne, se le renovaron las heridas, que de un dia y 
medio estaban ya heladas, y se recrecieron sobre la tolerancia sus dolores. 
Dio muestras de natural sentimiento el cuerpo, á que acudió el religioso 
gobernador (Corcuera), que le asistía en todos los oficios de piedad, con 
la memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y con tan buen re- 
cuerdo, se estuvo como un bronce, no inferior al más ilustre mártir en lo 
invicto de su paciencia. 

»E1 gobernador, que en las acciones de cristiano quiso ser tan primero 
como en las de soldado y caballero, venerando tan invicta paciencia, se 
usurpó todos los oficios de la piedad, siendo quien lo recostaba, le servia 
la comida y le limpiaba las heridas, honrándose más con el título de sier- 
vo de un santo varón, que de los que su valor le tenia ganados. 

»E1 santo mártir Francisco Marcelo, dice en la relación que escribió de 
Mindanao, que lavó sus heridas después de muerto, mascón lagrimas de 



412 Guerras piráticas de Filipinas. 



sus ojos que con agua del rio, por una santa envidia de tan glorioso fin. 
Y añade, que le pidió antes de morir le alcanzase de Dios muerte se- 
mejante á la suya, ó más penosa, en defensa de la santa ley, y que lo 
esperaba conseguir por su intercesión; y concluye: «¡felices padres, que 
han podido con su sangre manifestar al mundo el celo y amor divino que 
escondían sus pechos!» 

«Murió este siervo de Dios viernes veinte de Marzo, en la mezquita de 
la corte de Corralat, consagrada ya iglesia a Nuestra Señora del Buen 
Suceso, ante el altar de la Santísima Virgen, el otro dia de la victoria, 
habiendo vivido para las alegrías y parabienes de ella, como quien tuvo 
tanta parte con sus merecimientos, y enterráronle en la mar por no dejar 
tan preciosas reliquias expuestas al impío ultraje de los bárbaros. Cinco 
sacerdctes asistieron á su entierro, y el santo mártir Marcelo lo amortajó 
por sus manos, honrándose el santo cuerpo deque un mártir destinado del 
cielo lo fuese para aquella piedad, que otras manos no pudieron acudir 
con la debida decencia á tan alto ministerio.» 

Pág. 3o8. «Piezas de cuchara » 

No hallamos descritas en los autores estas armas de fuego, que debían 
de ser ya mayores que los versos, y metérseles la pólvora con grandes 
cucharas. En cuanto á los versos abundaron tanto, que hoy mismo los 
conservan los indios en gran número para sus frecuentes fiestas de pólvora. 

Pág. 309. 'c compúsola el P. Gerónimo Pérez.» 

He olvidado el incluir en la bibliografía esta comedia, cuyo asunto fué la 
conquista de Mindanao, noticia literaria tanto más interesante cuanto que 
no figura en el excelente Catálogo del teatro español de D, Cayetano A. de 
la Barrera, ni en las bibliografías jesuíticas. 

Pág. 329. «Un inopinado accidénteme obliga á di- 
vertir la pluma , pues sospechamos daban al traste de 

un golpe todos nuestros deseos.» 

El brutal ataque á la escuadra holandesa, del que llama el P. Estrada 
bajá de Basilan, es un rasgo que prueba el desaforamiento de los moros, 
cuando están sobre sí, que extraño apoyo los alienta. Nos hallamos por for- 



Correcciones y aclaraciones. 4 1 3 

tuna con una relación inédita de este suceso, que por ser muy breve y au- 
torizada, como que la escribió el gobernador de Zamboanga, que figura 
en nuestro Apéndice V, debemos ponerla aquí: 

DE LO ACAECIDO EN ESTE PRESIDIO DE SAMBOANGAN, DESDE EL DÍA I.° DE 
MAYO DE 1747. 

El dia I. o de Mayo de este año me avisó una de las centinelas avanza- 
das que tengo en las islas circunvecinas á esta playa, como en la punta 
de la isla de Basilan, que está distante de esta tres leguas, habian avista- 
do un navio de cuatro palos; y luego mandé aprontar una embarcación 
de las de la tierra con un oficial reformado, dos soldados y su tripulación, 
con una carta dirigida al príncipe Corandini, gobernador de aquella isla, 
solicitando qué género de bagel ó bageles eran los que barloventeaban en 
aquella costa, habiéndome respondido, que el primero presumía ser de la 
nación española, y que habiendo enviado á reconocer, halló ser una escuadra 
de dos navios grandes y cuatro chalupas de á veintidós cañones, que los 
pudieron contar, por haber arrimado á ellos dos embarcacioncil'as de 
pescadores, los que también reconocieron ser de gente europea. Lo cual, 
sabido por dicho príncipe Curandin (j/r), se embarcó á la ligera en una 
embarcación pequeña, y salió en persona á reconocer al navio grande, el 
cual, con los de su conserva, iba ya á la vela gobernando al Lesueste, 
que por no haberlos podido alcanzar se volvió, enviándome relación de 
todo. Esto fué ya el dia siete de dicho mes: y el diez y siete llegó á esta 
playa el alférez D. Hermenegildo Pérez de Tagle, uno de los de esta plaza, 
que lo había yo despachado al reino de Mindanao, para avisar á su rey 
se dispusiese para recibir la embajada que me había remitido el señor 
presidente, gobernador y capitán general con una real cédula de Su Magos- 
tad que Dios guarde, quien me respondió se hallaba pronto á recibirla con 
mucho regocijo, y que sólo sentía que el rey Amura le había dado parte que 
en la isla de Saranganí, costa de su reino, distante de la capital veinte leguas, 
en un estrecho que hace de la Tierra Firme á la dicha isla, se hallaban 
surtas dos chalupas de á veintidós cañones con las cables la una á la isla, 
y la otra á la Tierra Firme, impidiéndoles el paso á sus vasallos, y cuatro 
andaban aún barloventeando, y luego que dicho alférez salió de la (barra?) 
descubrió una, mar á fuera, quien dice que tiró un cañonazo, que obligó 
á varios indios pescadores á retirarse á su reino. 

El dia diez y ocho de dicho mes llegó un corsario de los de esta escua- 
dra á tomar puesto en la ensenada de Taguima, en la isla de Basilan, fron- 



414 Guerras piráticas de Filipinas, 

tera á la cabecera de dicha isla: que visto por el príncipe Curandin, gober" 
nador de la dich.i isla, se fué á bordo solicitando qué gente y á qué venian; 
luego que llegó á bordo, lo obsequiaron los jefes holandeses, y él también 
les ofreció hiciesen aguada, leña y que pudiesen comerciar y comprar 
bastimentos, pues la isla es abastecida, como así lo ejecutaron, saltando el 
propio capitán varias veces en tierra, y aun con dos madamas, que decían 
ser mujeres del primer y segundo capitán; pues se componía de tres capita- 
nes, un sargento, un cirujano, ochenta hombres de tripulación y varios 
malayos, Y cabalga este navio treinta cañones. En las ocasiones que sal- 
taron en tierra dichos capitanes regalaron al dicho príncipe con varias co- 
sillas, y entre ellas dos cajas de gasas blancas, y las veces que dicho prín- 
cipe fué á bordo, le enseñaron los holandeses ducientas espingardas, cien 
cotas de malla y docientas lantacas, ofreciéndole que como les dejasen for- 
mar una estacada en tierra, le dejarían las lantacas, cotas de malla y espin- 
gardas con dos cañones de calibre grueso, con tal de tener ellos puerto 
abierto en aquella isla. Y habiéndolo el dicho príncipe comunicado con sus 
vasallos y algunos principales, se empezaron á alborotar disgustándose de 
la propuesta; y en particular la princesa su mujer, quien decía: ¿que si que- 
ría experimentarlo que han experimentado otros reinos, que han permitido 
tal nación? Y así que no lo pensara, pues bien veia la total desconfianza 
de los dichos holandeses, pues las veces que habían ¡do á tierra sus jefes, 
iban con la guarnición de quince ó diez y seis hombres, y un cajón de gra- 
nadas; y que ellos sí iban á bordo, los desarmaban y no permitían subir 
arriba más de dos hombres: por lo que se venía en conocimiento de que 
eran dobles sus tratos; pero que lo mejor que podría h.icer era ver si podía 
tomar al navio abordándose á ello; y que sí le faltaba valor al dicho prínci- 
pe, iría ella en persona: por lo que se determinó el día veintitrés el dicho 
príncipe en dos embarcaciones con treinta hombres, con título de paz, á 
meterse á bordo, como lo ejecutó, estando el bote en tierra con nueve hom- 
bres haciendo aguada, habiendo dejado orden el dicho príncipe, que 
luego que lo viesen arribar al navio, pasasen á cuchillo á la gente de 
dicho bote, como así lo ejecutaron; y luego que puso el pié á bordo, sólo 
con seis hombres, por no haber los demás podido subir, por haberles cor- 
tado la escala, entró para la cámara, y con el primero que encontró, que 
fué el capitán, lo mató y á un sargento, y al cirujano, y varios centine- 
las, quedándose señor de la cámara alta: y los de proa abocaron los cañones 
de la mura para popa, y le tiraron y mataron á los más compañeros del 
dicho príncipe, quien gritaba para que subiese la demás gente, y le llevó 
la curiosidad de asomarse á la boca de la escotilla de la cámara baja, de 



Correcciones y aclaraciones. 4 1 5 



donde salía una infinidad de granadasj cuando de abajo le descerrajaron 
un trabucazo á la cara, que le sacaron las balas por el cogote de la cabeza, 
y estando su gente arriba, era mucha la fusilería y fuego que se le hacia de 
proa, por lo que, visto por uno de sus capitanes, llamado Abdul Bilao, 
muerto á su príncipe, cargó con él y lo echó á bordo de su embarcación, 
y se retiró con la demás gente; y visto por los holandeses, que ya se iban, 
empezaron á jugar su artillería, lo que obligó á muchos de los moros á 
echarse á nado, y pasando por la proa del dicho navio, cortaron con los 
críses las amarras que tenian en el agua, y visto por los holandeses que las 
corrientes les iban echando sobre un bajo de piedra, procuraron de esqui- 
far la lancha y salir á remolque, por estar en calma, hasta que les dio 
viento. Y se discurre que fueron á incorporarse con su escuadra, que se 
halla surta en Solonganan; y luego que llegó á mi noticia, envié á la dicha 
isla al capitán D. Pedro de Castro, sólo á solicitar lo acaecido, quien vol- 
vió y me dio razón de todo, que se lo contó la propia princesa viuda, y 
dice: que de la gente del bote quedaron vivos tres hombres y los demás 
murieron. De los moros de la isla murió el príncipe y cinco de su compa- 
ñía, con quince mal heridos, y que ya hablan llegado los príncipes de Joló, 
Sabdula Asin y Bantilan, quienes se hallan en diferentes pareceres y nos- 
otros neutrales, y del mismo modo está neutral la princesa viuda del Cu- 
randm, la que con dichos príncipes no ha querido declararse en realidad; 
pero se explicó bastante con el capitán Castro, en lo que arriba queda ex- 
presado. El príncipe Bantilan ha sido quien más se ha declarado, dando á 
entender, que de los holandeses prisioneros supo que estaba la potencia 
holandesa ya contra las armas católicas, y á favor de los ingleses, y que 
habían llegado á estas costas y á la isla de Basilan con el intento de incitar 
los ánimos de los indios de Basilan contra este presidio de Samboangan. Y 
para acabarme de enterar de todo, espero al sultán de Joló, quien se halla 
aún en las islas de Tirones, y por esperar al dicho sultán y su determina- 
ción, no se han resuelto los príncipes ni viuda á entregar los tres holande- 
ses prisioneros, su lancha y algunos pertrechos que quedaron en dicha isla, 
dándoles el rescate que pidieren por todo. 

La respuesta que dicho príncipe Curandin dio á dichos holandeses á sus 
propuestas, fué, que por ningún caso se podia declarar contra los españo- 
les, por tener su rey paces celebradas con las armas españolas. 

Ju/.N González del Pulgar.» 

Pág. 336. «Una enfermedad contagiosa quitó la 
vida al P. José Villelmi.» 



41 6 Guerras piráticas de Filipinas. 

Según la citada Continuación de los sucesos de 1748, que es la más cu- 
riosa de cuantas relaciones poseemos, y concuerda perfectamente con to- 
das las noticias de esta carta, el sultán de Joló asistió en Zamboanga al 
entierro del P. Villclmi, lamentando mucho su muerte por la aplicación 
al estudio de la lengua joloana, que el jesuíta habia demostrado. Del 
cambio de recados y atenciones entre españoles y moros dá también no- 
ticias iruy menudas. Cuando Arrivillaga llevó á Joló la carta de Fe- 
lipe V, le llevó también 6.000 pesos de regalo, y cuenta que el sul- 
tán dijo: «Ahora si que se halla mi corazón con plena satisfacción del 
amor tan verdadero que se me manifiesta, por cuyo motivo me hallo obli- 
gado á obedecer cuanto por el superior gobierno se me mande.» Agrega 
que la corte y el sultán nunca habían visto igual cantidad en junto. El se- 
ñor Arechederra enviaba también de regalo para la hermana del sultán, 
y porque era del partido español más entusiasta, una preciosa guitarra, 
cuyo instrumento tocaba ella muy bien; la cual pagó el regalo con una 
mona y un loro, prometiendo ser madre como hasta allí habia sido her- 
mana délos españoles. 

Ahora bien, si este cambio de regalos fué cierto, ¿cómo se queja el rey 
de Joló de haber recibido la carta de Felipe V líquidamente, es decir, sin 
acompañamiento de dádiva alguna? Recuérdese lo que dice el sultán en su 
contestación hablando de la perla de cinco tomines y medio, que para 
nuestro rey enviaba. Y es singular que la Continuación de los progresos de 
las expediciones contra moros á que nos referimos, aclara aquella frase oscura 
y como de alquimia diplomática, diciendo también que el rey de Joló se 
quejaba de que el de España no hubiese acompañado su carta con algún 
regalo. ¿O es que se hacia distinción entre los obsequios personales del 
rey de España y los que procedían del gobierno de Manila? 

Pág. 373. «Fernandez Golfín.» 

He encontrado entre mis papeletas la de este escrito. Hela aquí: 
«Memoria general sobre la isla de Mindanao, su gobierno, adminis- 
tración, naturaleza del suelo, producciones y volcanes, antecedida de un 
compendio de la historia del archipiélago, por el brigadier D. Luis Fer- 
nandez Golfm.» 

Este distinguido militar imprimió también en Manila, en 1871, Dia- 
rio de un •■viaje á aquella capital por Barcelona y Marsella. 

Ibidem. (La muerte del P. Ibañez.» 



Correcciones y aclaraciones. 417 



»No es nuevo el caso, antes muy común en Filipinas, de que hay hartas 
pruebas en este mismo libro. En Mindanao vive todavía la memoria del 
famoso agustino descalzo fray Agustín de San Pedro, á quien llamaban 
los indios el padre Capitán, porque como dice Combes, «sin deber nada 
á lo religioso satisfizo en muchas ocasiones con tanta gallardía á lo sol- 
dado, que le ganó renombres su valor.» Tuvo que hacerse guerrillero en 
Cagayan de Misamis, donde los moros le asaltaban el pueblo todos los 
dias. En la empresa contra la laguna de Malanao capitaneaba ochocientos 
caragas escogidos, y lució tanto como el cabo de todas las tropas, que fué 
el capitán D. Francisco de Atienza, gobernador de Caraga. 

Pág. 387. «La creación del gobierno P. M. de 
Pollok.)) 

En el tomo III de la Colección de autos acordados de la Audiencia de 
Manila, págs. 50 y 51, pueden estudiarse las vicisitudes modernas de los 
establecimientos militares de Basilan y Pollok, organizados definitiva- 
mente en 1854, siendo capitán general el marqués de Novaliches. 

En varias partes: cubanos^ cébanos. 

Es errata por súbanos, que parece fué nombre de una raza ó tribu como 
de cien esclavos, fugitivos no se sabe de dónde, que arribaron á Dapi 
tan muertos de hambre en los últimos años del siglo XVI ó primeros 
del XVII. Cristianados por el P. jesuíta Pedro Gutiérrez, fueron siem- 
pre muy amigos de los españoles y muy soldados suyos. 



índice de materias. 



Carta nuncupatoria al Kxcmo. é limo, señor obispo de 
Córdoba ^ Pág. v 

Capítulo I. — Primeras depredaciones de ios moros. Es- 
tablecimiento del presidio de Zamboanga para conte- 
nerlos. Motivo por qué abandonamos los españoles á 
Joló. Origen de la armada de Pintados 7 

Cap. II. — Resultados del abandono de Joló. Maquina- 
ciones del sultán Mahamad Alimudin. Viene á esta 
ciudad á pedir auxilio contra su enemigo Bantilan y 
abraza la religión católica 1 3 

Cap. III, — Parte una armada conduciendo á Alimudin 
á Joló. Descubiertas sus iniquidades, es conducido á 
Manila preso. Embajada de Joló y preliminares de 
paz 20 

Cap. IV. — Llega á Joló el nuevo gobernador de Zam- 
boanga con los moros. Recibimiento que le hacen los 
ioloanos. Preparativos contra los mindanaos 34 

Cap. V. — La verdad sobre Joló. Continúan las pirate- 
rías de malanaosy camucones. Desgracia de algunos 
de nuestros armamentos. Restablécese la armada de 
Pintados. Reclamaciones de nuestra corte á la de 
Holanda por la venta en Batavia de los cautivos fili- 
pinos 40 

Cap. VI, — Nueva guerra pirática. Expedición á Mam- 

burao en Mindoro 45 



420 índice de materias. 



Cap. vil — Nuevos estragos causados por los moros en 
Visayas y aun dentro de la bahía de Manila Pág. 5i 

Cap. VIII. — Fracaso del proyecto de una escuadrilla de 
jabeques, medias galeras y galeotas Sg 

Cap. IX. — Exaltación de Israel, hijo de Alimudin, á la 
sultanía de Joló y sus buenas disposiciones á favor 
nuestro. Establecimiento de los ingleses en Balam- 
bangan. Misión del sargento mayor de Zamboanga 
á Joló 65 

Cap. X. — Funesta expedición del teniente coronel don 
Juan Cencely 72 

Cap. XI.— Contra-expedición á Joló y turbulencias en 
Zamboanga, causadas por los manejos de Cencely.. . . 83 

Cap. XII. — El dato Teteng prepara la destrucción del 
establecimiento de Balambangan. Son asesinados casi 
todos los ingleses. Consecuencias de este atentado... 92 

Cap. XIII. — Nuevo gobernador en Zamboanga. Teteng 

intenta otro golpe de mano 100 

Cap. XIV. — Creación de la armadilla de vintas. Gobier- 
no de D. José Basco. Piraterías en las islas Célebes.. to5 

Cap. XV. — Descripción geográfica del Bisaismo y de los 
fuertes construidos para su defensa 109 

Cap. XVI. — Primeras medidas del Sr. Basco contra 
los moros 1 3 1 

Cap. XVII. — El gobernador Marquina. Se hacen en su 
tiempo pocas expediciones y sin ningún fruto. Con- 
ducta perversa del sultán Sarpodin. Sus documentos. i39 

Cap. XVIII. — Expedición al mando del capitán del Rey 
D. Juan Casamara. Estratagema del cura de Santa 
Cruz de Marinduque para defenderse de los moros. 143 

Cap. XIX. — Instala una junta el Sr. Aguilar para el es- 
tudio de esta cuestión y dar forma al corso contra los 
moros. Sucesos en el obispado de Nueva Cáceres. No- 
ticias de la expedición de D. José Gómez 148 

Cap. XX. — Preséntase á la junta un resumen de todas 
las medidas tomadas anteriormente para contener á 
los moros. Noticia de lo que se llevaba gastado desde 
1778 hasta la fecha. Altercados en la junta. Plan del 
Sr. Aguilar i53 



índice de materias. 421 



Cap. XXI. — Fuerzas de la piratería. Atentado cometi- 
do en JoIó. Principio de la construcción de lanchas. 
Establecimiento del arsenal de la Barraca. Primeras 

expediciones Pág. i Sg 

Cap. XXll.— Entabla el Sr. Aguilar negociaciones di- 
plomáticas, inútiles como siempre 164 

Cap. XXIII.— Estreno del vigía de la isla del Corregi- 
dor. Estado de nuestras defensas. Inmoralidad de al- 
gunos alcaldes mayores y jefes de armadilla 174 

Cap. XXIV.— Ablándanse los sultanes de Joló, Borneo 
y Mindanao. Catástrofe del teniente Arzillas, que es 
despellejado por los moros. Llega á Manila una es- 
cuadra española 1^0 

Cap. XXV.— Enormidad de nuestras fuerzas maríti- 
mas. Apuros de las Cajas reales. Medidas que se to- 
man para salir de ellos. Nos amenaza una invasión 

inglesa 185 

Cap. XXVI. — Expedición desde Zamboanga á Coroan. 
Atrocidad que cometen los joloanos con una goleta 
nuestra. Aparición de algunas fuerzas inglesas y su 

mal proceder 191 

Cap. XXVII.— Continuación de las cuestiones adminis- 
trativas. Nuevas hostilidades con los moros (1798). . . 200 

Cap. XXVIII.— Tregua general 211 

Cap. XXIX. — Dictamen del asesor de gobierno en el 

expediente de piratería 218 

Cap. XXX.— Reforma del arsenal de Cavite 249 

Cap. XXXI. — Creación del corregimiento de Nueva 
Ecija. Nuevas disposiciones para el corso. Creación 
definitiva del apostadero. Disensiones entre las auto- 

dades (1800) 254 

Cap. XXXII. — La diputación de abastos. Nueva táctica 
de los piratas. Cansancio del Sr. Aguilar. Sorpresa 
desagradable que nos dan los ingleses. El telégrafo.. 263 
Cap. XXXIII. —Prepárase otra vez Manila contra los in- 
gleses. Crucero de éstos. Combate de la fragata fran- 
cesa Simillant en San Jacinto contra una fragata y 
bergantín ingleses, que huyen maltratados. Apuros 
del gobierno y auxilio que le envia la Providencia. . . 273 



4*2 2 J} id ice de materias. 



Cap. XXXIV. — Pazcón el sultán de Mindanao (i8o5). 
Últimos sucesos de Balambangan y su abandono defi- 
nitivo por los ingleses. — Muerte del Sr. Aguilar. Pág. 278 



APÉNDICES. 

I. — Carta del P. Francisco López, rector del colegio de 
la Compañía de Jesús de Cavite para los PP. Diego 
de Bobadilla y Simón Costa , procuradores de la 
provincia de Filipinas, que estaban en camino para 
Roma (i636 y Sy). Noticias varias de la Compañía. 
Llegada á Manila del famoso P. Mastrilli. Desmora- 
lización de la marinería española. — Sucesos de Isla 
Hermosa. Ídem del Maluco. — Camucones: estragos 
que hacen en estas islas. Combate de joloanos y camu- 
cones. — Mindanao: Tagal, pirata, teniente de Cachil 
Corralat. Cautivos españoles que hace y precio que les 
pone. Origen del nombre Punta de flechas. Terre- 
moto en el mar. Jornada del Sr. D. Sebastian Hur- 
tado de Corcuera contra Mindanao. Estandarte del 
P. Mastrilli. Derrota de los españoles en el ilihan. 
Despéñase la mujer de Cachil con un niño en bra- 
zos. Paz con los mindanaos.— /o/o'.- ayudan los joloa- 
nos á los mindanaos en su guerra con España. Se 
prepara Corcuera para atacarlos. — Japón, Sucesos 
varios 289 

II.— Relación del recibimiento hecho en Manila al se- 
ñor Hurtado de Corcuera, cuando volvía triunfador 
del Mindanao. Alegres demostraciones de los chinos. 
Descripción de las tropas. Trofeos de la victoria. 
Tablado de la Compañía de Jesús. Fiestas religiosas. 
Procesión. Los muchachos de Cavite. Poesías. ...... 3o3 

III. — Capítulos de carta escrita por el provincial de la 
Compañía de Jesús de Filipinas al comisario de su 
orden en Madrid (1748). Resumen historial de la Com- 
pañía en las misiones de Marianas y Carolinas. Mar- 
tirios y sufrimientos. — Mindanao. — Joló. — Sucesos y 
alternativas de estas misiones. Carta de Felipe V á 



índice de materias. 423 



los reyes de Joló y Tamontaca. Cédula para el pro- 
vincial de la Compañía en Filipinas. Preparativos 
para la cristianización de Joló. Ataque de los basi- 
lanos á los holandeses. Respuestas de los reyes de 
Joló y Tamontaca á Felipe V. El gran diablo de 
Mindanao. Carta del sultán de Tamontaca al padre 
Juan Moreno. Otra del príncipe Linicon y la princesa 
Sadan. Artificios de los infieles para burlar á los mi- 
sioneros. Otra carta del rey de Joló al provincial de 
los jesuítas Pág. 3n 

IV.— Instrucciones que tendrán presentes para su ob- 
servancia los RR. PP. misioneros de los reinos de 
Joló y Mindanao. (Formadas por el secretario del 
Gobierno superior de Manila, Dr. D. Domingo Neira, 
é insertas en el papel volante titulado Continuación 
de los progresos de las expediciones contra moroSy ti- 
rones y camucones en este año de 1748) 343 

V. — Testimonio de un expediente seguido en Zam- 
boanga para justificar los peligros que corrían los mi- 
sioneros en Joló. (Academia de la Historia. Papeles 
de jesuítas) 347 

VI. — Apunte bibliográfico de algunos libros y papeles 
volantes relacionados con las guerras piráticas 35i 

Correcciones y aclaraciones 393 

índice de materias 419 



TABLA GENERAL. 



Abad y Monterde (D. Antonio Ramón de), maestre de campo 
y comandante general de la escuadra contra Joló, pág. ib. 
Abdul-Bilao, capitán basilano, pág. 41 3. 
AcHÉ, dato y mayor corsario de Joló, pág. 3oi. 
Acuña (D. Juan Nepomuceno), jefe del establecimiento de la 

Barraca, pág. 200. 

Acuña (D. Pedro), escritor confundido con el gobernador ge- 
neral Bravo de Acuña, pág. 353. 

Aguilar (D. Rafael María de), gobernador y capitán general, 
llega á Manila, pág. i43.-Manda desarmar la división de Casa- 
mara, pág. 14G.— Forma y preside una Junta de corso, pág. i53. 
—Su 'gracejo y desembarazo en la Junta, pág. 1 56.— Hace á 
todos adoptar su plan, pág. iSy.-Carta que escribe al sultán 
de Mindanao, pág. i66.-Otra al de Joló, pág. i68.-Crítica de 
su conducta, pág. 170.— Triunfo de su política, pág. 181.— Sus 
nobles declaraciones en vista de los apuros del Tesoro real, pá- 
gina 190.— Proyecto que se le atribuye de apoderarse de las 
riquezas particulares, 200.-Sus calificaciones del año 1798, pá- 
gina 206.— Sus competencias con Álava y Barcaíztegui, página 
217.— Revoca la orden de supresión del arsenal de la Barra- 
ca, pág. 249.— Invita al general Álava á denunciar excesos é 



42 G Tabla general. 

inmoralidades administrativas, pág. 262. — Llegan al último ex- 
tremo sus apuros económicos, pág. 275. — Salva su situación un 
verdadero milagro, pág. 277. — Sus desgracias, su cansancio, 
sus enfermedades, pág. 285. — Tiene la culpa de que salga inútil 
la corbeta Lufo;n'a, pág. 407. — Su retrato moral, pág. 409. — Su 
muerte, pág, 28o. 

Álava (D. Ignacio María de), general de marina, llega á Ma- 
nila con una escuadra, pág. 184. — Se le ofrecen 200.000 pesos 
para los gastos de ella, pág. 187. — Salea dar convoy á la nao de 
Acapulco, pág. 188.— Sus disgustos y competencias, pág. 217. — 
Quiere tomar por arbitro á la Audiencia, pág. 260.— Su indis- 
creta oposición á ciertos planos de construcciones náuticas, pá- 
gina 408. 

Alabes (D. Diego), corregidor de Cuyo, cautivo de los min- 
danaos, pág. 296. — Muere al rescatarse, Ibid. 

Alcocer (D. Alonso de), cabo de un patache en la armada de! 
Maluco, pág. 293. 

Alimudin (Mohamad), sultán de Joló, pág. i5. — Viene á Ma- 
nila y se hace cristiano, pág. 21. — Su desvergüenza, su concu- 
binaje y sus conspiraciones en Zamboanga, pág. 27.— Confirma 
á los ingleses la cesión de Balambangan que les habia hecho 
Bantilan, pág. 65. — Abdica en su hijo Mahamad Israel, pá- 
gina 66. — Su muerte, pág. i'ig. — Calificada su falsedad y su 
astucia por el asesor Suarez, pág. 23.''.— Su carta al provincial 
de los jesuitas de Manila, pág. 340. 

Almonte (D. Pedro), gobernador de Zamboanga, sus hazañas 
en Joló, pág. 1 5. — Su elogio, pág. 221. — Almirante de la armada 
del Maluco, pág. 293. 

Altamirano (el P. Ignacio), procurador general en Madrid de 
los jesuitas de Indias, pág. 325. 

Alvarez (D. Manuel), alférez del presidio de Zamboanga, 
pág. 35. — Va á Joló con una misión del Gobierno, pág. 67. — 
Su diplomacia y sus toscos artificios, pág. 68. 

Ameril Mahomenin Camsa, rey de Tamontaca, su respuesta á 
la carta de Felipe V, pág. 332. 

Amilbaral, dato joloano del partido inglés, pág. 87. — Otro de 
igual nombre autoriza la incorporación de su país á España, 
pág. 374. 

Amoraga (V. Moraga]. 



Tabla general. 427 

Amura, rey de Basilan, pág. 4i3. 

Ana (fray Antonio de Santa), mártir en'Tagolanda y escritor, 
págs. 35d, 356 y 358. — Su carta desde el cautiverio, pág. 390. 

Anda (D. Simón de), oidor de Manila, se erige en Audiencia y 
se retira á la Pampanga en hostilidad con los ingleses, pág. 5i. 
—Expone al Rey la falta de recursos para perseguir la piratería, 
pág. 154. — Amargura de sus últimos dias de gobierno, pág. io5. 

Ángel (el P. Francisco), misionero en Joló, pág. 3oi. 

Angelis (el P. Teófilo de), jesuita, mártir en Marianas, pá- 
gina 3l2. 

Anglés (el P. Juan), jesuita, ex-rector del colegio de Antí- 
polo, elegido para la misión de Joló, pág. 335.— Sus informes 
al Gobierno, pág. 210.-- ¿Habla del opio? pág. 406. 

Antonio (fray), franciscano, misionero de Cnina, pág. 292. 

Antonio (Nicolás), escritor, pá¿;s. 353 y 3G3. 

Abagon (D. Miguel de), comandante de los bajeles del Rey, 
negocia en 1726 la paz con Joló, pág. 222. 

Aragón (D. Ildefonso), comandante de ingenieros y escritor, 
pág. 372. 

Arandia (D. Pedro Manuel de), gobernador y capitán general 
de Filipinas, pág 36. — Cumple la orden de expulsar á los chinos 
de Manila, pág. 401. 

Arcada (el P. Sebastian Ignacio), jesuita misionero en Joló, 
pág. 328. — Su celo y práctica en las misiones, pág. 335. — Mue- 
re en Zamboanga, pág. 336. 

Arechedebra (D. fray Juan de), dominico, obispo de Nueva 
Segovia y gobernador interino de Filipinas; su protección á los 
jesuítas, pág. 327. — Relación impresa de sus providencias con- 
tra los piratas, pág. 370. — Loque gastó en perseguirlos durante 
su mando, pág. 404. Regala una guitarra á la hermana del sul- 
tán de Joló, pág. 416. 

Arellano (D. Francisco), deán de Manila, pág. 359. 

Areso (P. Domingo), jesuita, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

Augensola (Bartolomé Leonardo de), escritor, pág. 354. 

Aristizabal (D. Gabriel), teniente de fragata, pág. 46. 

Armenteros, secretario de la sociedad económica de Manila, 
pág. 394. 

Arnedo (D. Francisco), gobernador de Zamboanga; descrédito 
que adquiere en su tiempo aquel presidio, pág. j52. 



428 Tabla general. 



Arrebellaga ó Arribillaga (D. Tomás), lleva á Joló la carta 
de Felipe V, pág. 829, y otra á Tamontaca, pág. 333. — Lo mata 
á pesadumbres el rey de Joló, pág. 21. 

Arrieta (D. J. Manuel), corregidor de Misamis, sus planes 
contra los piratas, pág. 257. 

Arrillaga (D. Francisco), sargento, después oficial real y 
por último contador mayor del Tribunal de Cuentas de Manila, 
pág. 82. 

Arrióla (D. José), vá al socorro de Antique, pág. igS. 

Arrivillaga (D. Andrés), citado por el asesor Suarez, pág. 226. 

Arroyo (P. Alonso), jesuíta, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

Arcillas (D. Pantaleon), teniente del presidio de Zamboan- 
ga, su expedición á Tungaban, pág. 182. — Su horrible asesinato 
por los moros, pág. i83. — Actitud del Gobierno por este suce- 
so, pág. 192. 

Atienza (D. Francisco), gobernador de Caraga, pág. 417. 

Atilano, indio, lleva un mensaje al sultán de Joló, pág. 269. 

Aviles (D. José), teniente del regimiento del Rey, alma de 
las intrigas de Cencely, pág. 81. 

Avala (D. Fernando), general de la artillería, pág. 3o6. 



B. 



Ban-da-Jala, dato joloano, autoriza la incorporación de su 
país á España, pág. 374. 

Bandajari, subdito del sultán de Borneo, trae al Sr. Aguilar 
una carta de éste, pág. 180. 

Bantilan, supuesto usurpador del trono de Joló, pág. 21. — 
Hace guerra á Borneo, págs. 46 y 347.— ¿Era enemigo de los je- 
suítas? pág. 399. — Va á Basilan á enterarse del atentado contra 
los holandeses, pág. 415. 

Barcaíztegui (D. Ventura), capitán de fragata, llega á Manila 
con la Cabera y la Lucía, pág. 171. — Salva los náufragos del 
San Andrés, pág. 198. — Corre peligro de perder la Cabe:^a, pá- 
gina 206. — Asciende á capitán de navio, y es el primer coman- 
dante del apostadero de Filipinas, pág. 260. — Mala opinión que 
tenia de los alcaldes mayores, pág. 4o5. 



Tabla general. 429 

Barrena (Juan de Dios), sargento del presidió de Zamboan- 
ga, pág. 35o. 

Barrientos (D. Manuel), teniente español, pág. 5o. 
Barrio (P. Patricio del), misionero jesuíta en Joló, pág. 225. 
— Suplente del P. Juan An.qles en esta misión, págs. 335 y BSp. 

Barrios (El P. Juan de), jesuita, confesor de Hurtado de Cor- 
cuera, pág, 297. 

Basaludin, datojoloano del partido inglés, pág. 87.— Se niega 
á ser cómplice de Teteng para el atentado de Balambangan, pá- 
gina 97. 

Basco (D. José de), gobernador y capitán general, trae ór- 
denes reservadas de Madrid sobre la piratería, pág. 106.— Funda 
la Sociedad Económica de Manila, pág. SgS, 

Basilio (El P. Antonio María de San), jesuita, mártir en Ma- 
rianas, pág. 3 12. 

Baudhara, príncipe de Borneo, pág. 29. 

Baudin (Esteban), lego de la Compañía de Jesús, naufraga y 
muere en las Carolinas, pág. 3i3. 

Bayot (D. Francisco), teniente del regimiento del Rey, página 
75. — Alcalde de Iloilo en 1790, pág. 137. 

Bayot (D. Juan), reemplaza á Español en el gobierno de Zam- 
boanga, pág. 102.— Su plan contra los piratas, pág. líy. 

Benenchillo (fray Francisco), escritor, pág. 392. 

Benito de Palermo (Diego deS.), franciscano, escritor, pági- 
na 370. 

Bernaldez (Emilio), oficial de ingenieros y escritor, excelen- 
tes condiciones de su libro Guerra al Sur de Filipinas, pág. 382. 

BiBANG, dato de Joló, pág. 34. 

Bilbao (D. Francisco), vecino de Manila, pág. 189. 

BoBADiLLA (P. Diego), jesuita, escritor, págs. 36o y 61. 

BoERE (Andrés), escritor, pág. 391. 

BoNiFAS (el P. Luis de), provincial de los jesuítas de Nueva 
España, pág. 364. 

BoRANGA (el P. Carlos), jesuita, mártir en Marianas, pág. 3i2. 

Brooke (sir James), aventurero inglés, rajah de Saravak, go- 
bernador de Labuan, pág. 374.— Sus intrigas contra España, 
pág. 385.--Las descubre su amigo Mr. Templer, pág. 387. 

Brun (Mr.), inglés. Dirige á los joloanos en sus obras de de- 
fensa, pág. 79. 



43o Tabla general. 

BuERAS (el P. Juan de), jesuita de Manila, pág. 304. Predica 
en las fiestas hechas á Corcuera, pág. 3o8. 
Burgos (D. Lorenzo), gobernador de Zamboanga, pág. 134. 



C. 



Cabiling (D. Ignacio), indio español marino á las órdenes del 
P. Ducos, pág. 41. 

Cabrera de Córdoba (Luis), escritor, pág. 356. 

Cachil CoRRALAT, llamado el Barba-roja del archipiélago, pá- 
gina 221. — Trata de rendirse á Corcuera, págs. 298 y 36i. 

Cachil Moncay, primo hermano de Corralat, y enemigo 
suyo, pág. 3oo. 

Cajigas (D. Joaquín Cirilo de las), oficial real más antiguo de 
Manila, pág. 25 1. 

Campuzano (D. Agustín)," vecino de Casiguran, su patriotis- 
mo, pág. 209. 

Camsa, dato joloano casado con la hija del sultán, pág. 160. — 
Se hace príncipe soberano de los ilanos, pág. 181. 

Cano (fray Gaspar), religioso agustino, escritor, pág. 388, 

Cantova (P. i. Antonio), jesuita, mártir en las Carolinas, 
pág. 3i3. 

Capitán (el P.), V. fray Agustín de San Pedro. 

CÁRDENAS (D. Francisco), gobernador de (Zamboanga?) 

pág. 2i3. 

Carima, hija del sultán Alimudin, pág. 38. 

Cárles y O'Doyle (D. José María), negocia el tratado de in- 
corporación de Joló á España, pág. 375. 

Calos V, emperador, en su obsequio se llamó Cesárea la isla 
de Mindanao, pág. I25. 

CARLOS IV traslada á Cavite el astillero de San Blas de Califor- 
nia, pág. 408. 

Carmen (José Mariano del), véase Ilim. 

Carpió (P. Juan del), jesuita, mártir en Filipipas, pág. 3i5. 

Carranza (El capitán), pág. 304. 

Carreño de Valdés (Antonio), general de las galeras, muere 
en Témate, pág. 3o2. 



Tabla general. 4"3i 

Carvallo (D. Juan), armador de la fragata Constante, su viaje 
á Joló en 1794, pág. 160. — Su entrevista con el sultán, pág. 161. 
— Atacan los piratas su fragata Constante tn Pan de Azúcar, pá- 
gina 162. — Su mala conducta, pág. 172, 

Casal (D. Matías), capitán de milicias provinciales, pág. 116. 

Casamara (D. Juan), capitán del regimiento del Rey, pág. 144. 

Castilla (D. Alonso de), pág. 83. 

Castro (D. Pedro de), capitán de la guarnición de Zamboan- 
ga, pág. 41 5. 

Celis (D. Jacinto), comerciante de Manila, pág. 170. 

Cencely (D. Juan), teniente coronel del regimiento del Rey. 
jefe de la expedición española para reconocer el establecimien- 
to de Balambangan, pág. 72. — Su extraña conducta y sus des- 
avenencias con el gobernador de Zamboanga, pág. 76 v si- 
guientes. 

Cepeda (D. Agustin), cabo de la galera la Antigua, pág. 2^4, 
maese de campo del ejército filipino, pág. 366. 

Chiflet (el P. Lorenzo), escritor, pág. 363. 

Chirino (el P. Pedro), jesuíta, escritor, pág. 333. 

C1NAM0 (el P. Leonardo), jesuíta, escritor, pág. 364. 

Colín (Francisco), célebre escritor jesuíta y rector del colegio 
de Manila, llega á esta ciudad, págs. 289, 352, 356, 358 y 359. 

Colon (D. Fernando), pág. 33 1. 

CoLL (Mr.), factor inglés en Joló, pág. 73.— Sus intrigas 
contra España, pág. 87. 

CoMANo (el P. Pedro), jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3 12. 

Combes (el P. Francisco), jesuíta, escritor, págs. 366 y 67. — 
Tiempo que comprende su Historia de Mindanao, pág. 3q8. — 
Su indicación sob'-e el origen de la guerra que se hizo en In- 
dias á los jesuítas, pág. 399. 

CoNART (el P. Luis), jesuíta, escritor, pág. 364. 

Concha (D. Luis), gobernador de Zamboanga, pág. i52. 

CoRANDiM ó CuRANDiNi, gobcmador de Basilan, su atentado 
contra los holandeses y trágica muerte, pág. 414. 

CoRCUERA (V. Hurtado). 

CÓRDOVA (D. Luís de), jefe de escuadra, pág. 39. 

CoRNix, almirante inglés, toma á ¿Manila, pág. 3i. 

Cortil (P. José), jesuíta, mártir en las Carolinas, pág. 3i3. 

Coseno, pirata chino, amenaza á Filipinas, pág, i5.— Su noti- 



432 Tabla general. 



ficacion á Manila para que se le entregue es extraño docu- 
n^ento, pág. 4o3. 

CoTRONA (D. Antonio), presbítero, escritor, pág. 368. 

Crespo (P. Ignacio), jesuíta, naufraga y muere en las Caroli- 
nas, pág. 3i3. 

Cristóval (P. Pedro de San), comisario en Madrid de los je- 
suitas de Filipinas, pág. 3ii. 

Cruz (Ignacio de la), vecino de Zamboanga, pág. 35o. 

Cruz (Gabriel de la), escritor, pág. 354. 

Cuarterón (D. Carlos), marino catalán y después misionero 
entre los piratas y escritor, pág. 379. — Su obra es la última 
palabra de la geografía de los países piráticos, pág. xii. 

CuÉLLAR (Juan de), secretario de Pérez das Marinas, perdo- 
nado por los asesinos de éste, pág. 39b. 

Curan, dato y jefe de los Tirones en 1746, pág. 223. 



Dacula, dato joloano, cómplice de Teteng en la destrucción 
de Balambangan, pág. 95. 

Damián (P. Vicente), jesuíta, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

Daniel-Amil Bajal, dato joloano, firma la incorporación de 
su país á España, pág. 374. 

Delgado (D. Gerónimo), piloto de la real armada, sale á le- 
vantar planos, pág. i63. 

Díaz (Amaro), desembarca en su casa el Sr. Corcuera, pá- 
gina 304. 

Díaz (Pedro), lego jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3 12. 

Díaz Arenas (D. Rafael), escritor, pág. xiv. — Imita al Sr. Ara- 
gón en su desordenada obra, pág. 372. — Su bibliografía hispa- 
no-filipina, pág. 394. 

Díaz de la Barrera (Bartolomé), gobernador de Zamboan- 
i^a, pág. 296. 

Domínguez ó de Jesús (fray Rafael Carlos), franciscano, es- 
critor, pág. 366. 

Draper, brigadier inglés, jefe de las trppas de desembarco en 
Manila, pág. 5o. 



Tabla general. 433 

DuBEKON (P.Juan), jesuíta, mártir en las Carolinas, pág. 3i3. 
DuBGis (Baltasar), lego jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3i2. 
Dugos (el P. José, de la Compañía de Jesús), manda la escua- 
drilla de Pangil, pág. 41. 

DuHAi.DE (el P.), coleccionador jesuíta de cartas edificantes, 
pág. 368. 



Echadf.sk (Tomás), corsario inglés, primero que roba nues- 
tras naos de América, pág. 396. 

Elgoibar (D.Juan Manuel), alcalde mayor de Caraga, pág. 196. 

Enriquez (D. Francisco), presidente de la Sociedad Econó- 
mica de Manila, pág. 3q3. 

Enriquez Sotelo (Hierónimo), general de la armada del Ma- 
luco, pág. 293. 

Español (D. Ripmundo), gobernador de Zamboanga, pág. 67. 
—Encárgale Aguilar las negociaciones con Joló, pág. i65. 

EspARRAGosA(frayJoséde), fortifica el pueblo de Ba'ler, yág.407. 

Esteban (D. Pedro), alcalde mayor de Albay, pág. i3j." 

Esteban (fray Gabino de San), cura párroco de San Jacinto 
en Albay, su brillante comportamiento contra los ingleses, pá- 
gina xq5. 

Esteban (fray Gregorio de San), franciscano, escritor, pá- 
ginas 355 y 356. 

Estrada (P. Pedro), provincial de los jesuítas de Filipinas, 
pág. 339. —Carta que le escribe el rey de Joló.— Autor del 
Apéndice III de este libro, pág. 342. 

Ezpeleta (D. Miguel), obispo de Cebú, extingue la armadilla 
del P. Ducos, pág. 43. 

Ezquerra (el P. Francisco), jesuíta, mártir en Marianas, pá- 
gina 3?2. 



Fajardo (D. Alonso), gobernador de Filipinas, pág. 358. 
Famila, hija del sultán Alimudin, pág. 38. 

29 



434 Tabla general. 



FÁTiMA, princesa, hija de Alimudin, viene de embajadora á 
Manila, pág. 3o 

Fayal (fray José), mercenario y escritor, pág. 365. 

Felipe II, rey de España, pág. 367. 

Felipe V, rey de España, resuelve la recuperación de Zam- 
boanga, pág. 319.— Sus cartas á los reyes de Joló yTamontaca, 
pág. 322. — Su cédula al provincial de la Compañía de Jesús de 
Filipinas, pág. 325. 

Fernandez de Folguera (D. Mariano), teniente de rey de 
Manila, reemplaza interinamente al Sr. Aguilar, pág. 286.— Sus 
debilidades políticas y su trágico fin, pág. 410. 

Fernandez Golfín (D. Luis), general y escritor, pág. SyS. — 
Título de su Memoria de Mindanao, pág. 416. 

Fernandez de León (D. Melchor), escritor, pág. 388. 

Fernandez de Quirós (el general Pedro), marino, pág. 367. 

P'ernando i (Véase Alimudin). 

Fernando VI, rey de España, pág. 347. 

FiGUEREDO, fraile portugués, pág. 290. 

FiGUEROA (el adelantado), muerto á traición por los moros de 
Mindanao, pág. g. 

FiGUEROA (el capitán), pág. 397. 

Franco (D. Rafael), capitán del regimiento del Rey, pág. 75. 



Galvez, falta á su deber como jefe de la escuadra sutil, pá- 
gina 212. 

. Gainza (fray Francisco), obispo de Nueva Cáceres y escritor, 
elogia este manuscrito, IX; su Memoria de las expediciones de 
Balanguingiiiy Joló, pág. 373. 

Galvan (Antonio), escritor portugués, pág. 391. 

García del Canto (D. Antonio), escritor, págs. 384 y 386. 

(jaspak María, desertor mejicano, ministro de Estado del 
sultán de Mindanao, pág. 279. 

Gastanvide ó Gaztambide (el capitán D. Pedro), manda una 
escuadrilla de caracoas, pág. 41. 



Tabla general. 435 

Gaztelu (D. Félix), oficial primero del gobierno superior de 
Manila, pág. 394. 

Gemeli (Juan Francisco), escritor, pág. Sgi. 

Germán (D. José), comerciante de Manila, pág. 140. 

Gerónimo (D.), rey de Siam y Tagolanda, pág. 352. 

Gerónimo (fray Gabriel Bautista de San), franciscano, escri- 
tor, pág. 356. 

Gómez (D. José), capitán de la marina sutil, llamado el Barcelú 
filipino, pág. 107. — Hechos de su armadilla en Burlas, pág. i32. 
— Se detiene una expedición por sus achaques, pág. i38. — Su 
expedición á Zambales, pág. 147. — Sus aventuras en el rio de 
Masbate, pág, i5i. — Su brillante jornada á la contra-costa, pá- 
gina 217. — Celebran los moros su muerte como una gran vic- 
toria, pág. 259. 

G01COECHEA (D. José), oficial del presidio de Zamboanga, pá- 
gina 338. 

González (D. Andrés), sale con una armadilla contra los 
piratas, pág i63. 

González (Nicolás), sargento mayor de Zamboanga-, pág. 396. 
— Ataca á Corralat en el cerro de Mindanao, pág. 299. — Nom- 
brado general de las galeras, pág. 3o2. — Figura con su famosa 
compañía de los coletillos en el recibimiento hecho á Corcuera 
en Manila, pág. 304. 

González (D. Ciríaco), primer director de la Sociedad Econó- 
mica de Manila, pág. 393. 

González (fray Zeferino), obispo de Córdoba, de la orden de 
Predicadores y filósofo eminente, á quien este libro va dedi- 
cado, pág. V. 

González de Mendoza (Juan), escritor, pág. 352. 

González del Pulgar (D. Juan), justicia mayor de Zamboan- 
ga, pág. 349. — Su relación inédita del atentado de los basilanos 
contra los holandeses, pág. 4i3. 

González de Verdejo iP.), testigo acompañado del justicia 
mayor de Zamboanga, págs. 349 y 35o. 

Gregorio (fray Antonio de San), franciscano, escritor, pági- 
na 3t)6. 

Guevara \D. Martin), alfcrez del presidio de Zamboanga. 
pág. 282. — Es muerto por los Tirones, pág. 283. 

GuiRAL (D. Manuel*, capitán de fragata, pág. 39. 



436 • Tabla general. 

GuiRiOR (D. Manuel), jefe de escuadra, pág. 59. 
'GuizoT (Mr.), sus instrucciones á Mr. de La-Grené, pág. 386. 
Gutiérrez (José Vicente), mejicano cautivo, pág. 140. 
Gutiérrez (P. Pedro), jesuíta, escritor, pág. 364.— Cristianiza 
á los súbanos, pág. 417. 



H. 



Heredia (Pedro de), maesc de campo, que vivía en la plaza 
Real de Manila, pág. 3o5. 

Huerta (fray Antonio), franciscano, escritor, pág. 355. 

HuET (D. Pedro), vecino de Manila, pág. 189. 

Hu.NT (J.), escritor inglés, pág. 371 

Hurtado de Corcuera (D. Sebastian), impone el donativo lla- 
mado de Zamboanga, pág. 11. — Se apodera de Lamitang y del 
reino de Buhayen, págs. 12 y i3. — Su gobierno, citado por el 
P. Anglés, pág. 211. — Alabado por el asesor Suarez, pág. 221. — 
Retiene en Manila al P. Mastrilli, pág. 291. — Envía refuerzos á 
Catbalongan, pág. 295. — Rebautiza el mogote Punta de Flechas, 
pág. 297. — Lleva á Mindanao al P. Mastrilli, pág. 297. — Ataca 
por el frente la fortaleza de Corralat, pág. 299. — Recibimiento y 
fiestas que se le hacen en Manila, pág. 3o3. — Alabanzas suyas, 
pág. 320. — Relaciones de sus hechos, págs. 36o, 36i, 363 y 364. 
— Asiste en Mindanao á un recoleto moribundo, pág. 411. 



Iafar, dato joloano, algo afecto á los españoles, pág. 164. 

Iafar Sadiasa, sultán de Mindanao, pág. 281. 

Iban Pahalaguan, dato de Joló, lleva á Joló los preliminares 
de paz acordados con Alimudin en Manila, pág. 33. — Recibe en 
Joló al general Villareal, pág. 34. 

Ibañez (fray Pascual), relación poética de su muerte en Joló, 
pág. 373. — Otra más apreciable, pág. 382. 

Ilim (el dato), se establece en Iloilo y se hace cristiano, pá- 
gina i33. 



Tabla general. 437 



Isabel II, reina de España, le cede sus dominios el sultán de 
Joló, pág. 375. 

Iranzo (fray Juan de), franciscano, escritor, pág. 365. 

Iturralde (D. Tomás), desaloja á los moros de la ensenada 
de Basilan, pág. 41. — Hace levantar á los piratas el sitio de Ma- 
rinduque, pág 226. 



J. 



Jacolliot (Mr.), indianista francés, indícanse sus errores, pá- 
gina VIH. 

Jaddic, hijo del sultán de Terrenate, va en embajada á Zam- 
boanga, pág. io3. 

Jaime (P. Esteban), jesuita, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

Jarando (D. José), teniente coronel y castellano de Cavite, 
pág. 46. 

Javier (San Francisco), evangeliza en Mindanao, pág. 3i6. 

José (fray Sebastian de San^, mártir en Macasar, págs. 335, 56 
y 58. 

JusTiNiANO (fray Vicente), escritor, 3g2. 



K. 

KUESING (V. CoSENG). 



Lacherstocn (Mr.), armador inglés de Bengala, pág. 072. 

La Grené (Mr. de), diplomático francés, negocia en Joló la 
cesión de Basilan, pág. 374, — Prescinde v desprecia los dere- 
chos de España sobre aquella isla, pág. 386. 

Lampayen (Enrique), escritor, pág. 365. 

Lángara (D. Juan de), capitán de fragata, pág. 59. 

Larrauri (Juan Bautista), jesuita, mártir en Filipinas, pági- 
na 3i5. 



438 Tabla general. 



Lastra (D. Santiago), pág. i33. 

Lecaroz (D. Manuel), comerciante de Manila, improvisado 
general de galeón, pierde el San Andrés y se le forma causa, pá- 
gina 198. — Sus condiciones personales, pág. 406. 

Ledesma (el P. Valerio de), jesuíta, escritor, pág. 356. 

León (Ambrosio), testigo acompañado del justicia mayor de 
Zamboanga, págs. 349 y 5o. 

León (Juan de), capitán de una compañía de Pintados, pá- 
gina 29S. 

LiMAHON, pirata chino, ataca á Manila, pág. 396. 

LiNicoM, príncipe de Tamontaca, su carta al jesuíta Juan Mo- 
reno, pág. 338. 

LioRRi (el hermano), lego de la Compañía de Jesús, autor de 
una poesía en elogio de Corcuera, pág. 3o5. 

LocATELLY (D. Estébau), vecino de Manila, pág. 189. 

López (P. Alejandro), jesuíta, escritor, rector de Cavite, pági- 
na 289. — Mártir en Mindanao, pág. 3 17. — Sus escritos, pág. 36o. 

López (el P. Juan), jesuíta, su carta sobre las fiestas hechas 
en Manila á Corcuera, pág. 3o3. 

López de Villalobos (Rui), su estancia en Tandaya en i543, 
pág. 123. 

Losa, mestizo portugués, lleva á Joló la noticia déla destruc- 
ción de Balambangan, pág. 97. 

Losada (fray Domingo), comisario general de los franciscanos 
de Indias, pág. 369. 

LoYOLA (fray Martin Ignacio de), franciscano, escritor, pá- 
gina 35 1. 

Lozano (D. I^Iiguel), alférez graduado de marina, establece el 
telégrafo de banderas, pág. 273. 



M. 



Madariaga (D. Ignacio), mayor general de la armada, pág. Sg. 

Mahamad Binsarin, serib ó suprema dignidad religiosa de 
Joló, reconoce la soberanía de España, pág. 374. 

Mahamad Bullo, dato que autoriza la incorporación de Joló 
á España, pág. 374. 



Tabla general, 439 



Mahamad Ismael, hijo del sultán Alimudin, pág. 20. 

Maharyalera, dato de Joló, acompaña en su embajada á la 
princesa Fátima, pág. 3o. 

Majaradialayla Mufabat Tible, dato joloano del partido es- 
pañol, su carta al gobernador de Zamboanga, pág. 269. 

Málaga (P. Ignacio), jesuíta, suplente de la misión de Ta- 
montaca, págs. 335 y 338. 

Malinog, rey de Malanao, sus relaciones con la compañía 
de Holanda, pág. 329. — Su levantamiento contra Mindanao, 
pág. 368. 

Mallat (Mr.), historiador francés de Filipinas, pág. 383. 

Mamancha, dato que autoriza la incorporación de Joló á Es- 
pa ña, pág. 374. 

Manancha, dato joloano del partido español, pág. 77. 

Manrique de Lara (D. Sabiniano), gobernador general de 
Filipinas, págs. 319 y 36o. 

Mansilla (fray Juan), franciscano, escritor, pág. 358. 

Maragaginda, dato joloano del partido anti-español y feroz 
pirata, pág. 164. 

Marcavo (el marqués de San), padre del famoso jesuíta Mar- 
celo Mastrilli, pág. 364. 

María (fray Agustín), religioso agustino, escritor, pág. 392. 

María (fray Jesús de Santa), escritor, pág. 392. 

Marquina (D. Félix), gobernador general, califica la piratería 
de mal sin remedio, pág. 139. — Fomenta en su jardín la siembra 
del clavo, pág. 141. 

Martin Quirante (Alonso), escritor, pág. 388. 

Martínez de Traba (el general D. Ignacio), apadrina en el 
bautismo al rey de Joló, pág. 23. 

Martínez de Zuñiga (fray Juan), escritor, pág. 397. — Su grave 
indicación acerca de los jesuítas, pág. 399. — Su obra es un hábil 
compendio de la Historia getieral de Filipinas, del P. Concep- 
ción, pág. XII. 

Mas (D. Sinibaldo de), escritor, págs. 371 y 394. 

Mascarenhas ó Mascareñas (el P. Pedro), jesuíta, escritor, 
pág. 35i. 

Masonio (el P. Lorenzo), jesuíta, escritor, pág. 354. 

Mastril, Mastrilli ó Mastrillo (el P. Francisco Marcelo), 
jesuíta, hace con él un milagro San Francisco Javier, pág. 290. 



440 Tabla general. 



— Su estandarte en Mindanao, pág. 29S.— Adelántase á recibirá 
Corcuera en Manila, pág. 304. — Asiste con su estandarte en la 
procesión de la ciudad, pág. 3o8. — Su frase el gran diablo de 
Mindanao, pág. 336. — Su viaje á las Indias, pág. 391. — Algunas 
de sus cartas, pág. 392. — Lámina del milagro, 410. 

Matías (fray Pedro), franciscano, escritor, págs. 355 7389. 

Maulana Diaafar Sadicsa, sultán de Joló, padre de Alimu- 
din, ofrece á los jesuítas entregarle á su hijo para cristianarlo, 
pág. 17. — Su muerte desesperada, pág. 18. 

Medialdea (D. Fernando], piloto de la ítzí^slIsí Esperanza, se 
le atribuye su naufragio, pág. 285. 

Medina (P. Luis de), jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3i2. 

Melendez (D. Salvador), capitán de fragata, su expedición á 
Basilan, pág. 204. 

Meloc ó Molok, dato del partido español, pág. 77. 

Mena (el capitán), del hábito de S. Jorge, pág. 294. 

Mendiola (D, Pedro), gobernador de Ternate, pág. 294. 

Mezquita (el alférez A.), pág. 304. 

Miguel (José), capitán de un paquebot portugués, anuncia la 
llegada de los ingleses al Archipiélago, pág. 193. 

Mijares (D. José), alcalde de Iloilo, pág. i38.— Un vecino de 
Manila así llamado, pág. i8g. 

MiR (D. Juan), comandante interino de dragones, su plan 
contra la piratería, pág. 157. 

Misas (P. Juan de las), jesuíta, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

MoNDÉJAR (el marqués de), pág. 36i. 

Montes (D. José María), pilotín de la armada, pág. 179 —To- 
ma providencias en el Corregidor contra los ingleses, pág. 194. 

MoNTiEL (P. Juan de), jesuíta, mártir en Mindanao, pág. Siy. 

MoNTiLLA (el P.), confesor de Pérez das Marinas, es perdona- 
do por los asesinos de éste, pág. 394. 

MoNRROY (el P. Sebastian de), jesuíta, mártir en Marianas^ 
pág. 3i2. 

Moraga (fray Fernando de), convence á Felipe III para que 
no se abandonen las islas Filipinas, pág. 894. 

Morales (P. Diego de), jesuíta, mártir en Filipinas^ pági- 
na 3i5. 

Moreno (D. Domingo), capitán de una compañía española, 
pág. 48. 



Tabla general. 441 

Moreno (el P. Juan), jesuíta, jefe de la misión de Tamontaca, 
pág. 335. 

Morca (D, Antonio de), escritor, pág. 397. 

MosTAFA, dato de Joló, marido de la princesa Fátima, pág. 3o. 

Mr. Mottard, capitán de la fragata francesa la Simulante pá- 
gina 275.— Su ingratitud y mal proceder, pág. 276. 

Muhamad Amirudin, sultán de Tamontaca, su carta al padre 
Juan Moreno, pág. 337. 

Muhamad Aunanodin, sultán de Mindanao, pág. 280. 

Muhamad Pulalon y en otras partes Pulalu, sultán de Joló, 
cede á España su territorio, pág. 374. 

Muhamad Sarpodin sucede á Alimudin en el trono de Joló, 
pág. 139.— Fórmula de los pasaporten que expedía para Manila, 
pág. 142. 

Mujamad (Juan), joloano, portador á Zamboanga de una carta 
de Majaradia, pág. 270. 

MuLOK, dato que autoriza la incorporación de Joló á España, 
pág. 374. 

Mulok-Cajal, dato que firma la incorporación de Joló á Es- 
paña, pág. 374. 

Muñoz y San Clemente (D. Francisco), capitán de navio co- 
mandante del arsenal de Cavite y teniente de rey de Manila, 
pág. 1 56. 

Muro (D. Manuel), alcalde mayor de Samar, pág. i33. 



N. 



Naip, dato que autoriza la incorporación de Joló á España, 
pág. 374. 

Narvaez (D. José), cura párroco de San Jacinto; se cubre de 
gloria ayudando á la Simillant contra los ingleses, pág. 276. 

Nasin, dato de Mindanao, pág, 279. 

Navarro (Nicolás), vecino de Zamboanga, pág. 35o. 

Neira (el Dr. D. Domingo), secretario del gobierno superior 
de Filipinas y autor de las Instrucciones que se dieron á los 
misioneros de Joló y Mindanao, pág. 343. 



442 Tabla general. 

Nicolás (Juan), capitán de una compañía de Pintados, pá- 
gina 298. 

NiEREMBERG (cl P. Juan Eusebio), jesuíta, escritor, pág. 363. 

Niño (Gabriel), cabo de un champan en la conquista de Min- 
danao,. pág. 304. 

Niño de Tavora (D. Juan), gobernador general de Filipinas, 
pág. 397. 

NoBALES (D. Damián), alcalde mayor de Iloüo, pág. 184.— 
Cobardes instrucciones que dá al capitán Arrióla, pág. 195. 

NovALiCHES (marqués de), capitán general de Filipinas, orga- 
niza los gobiernos P. M. de Basilan y Pollok, pág, 417. 



Olaso (D. Lorenzo), es derrotado en Joló, pág. 397. 

Oliphant (Mr.), escritor, pág. 386. 

Omar Ali Saifadeen, sultán de Borneo, cede á Inglaterra la 
isla de Labuan, pág. 374. 

Ome (Rafael), cabo de la galera San Francisco Javier^ pág. 293. 

Orendain (D. Ramón), vecino de Manila, pág. 189. 

Orendain (D. Santiago), secretario y mal consejero del gober- 
nador Arandia, pág. 401. 

Ortiz y Otañez (D. Ramón), capitán de fragata nombrado en 
reemplazo de Gómez, pág. 264.— Llega á Manila, pág. 272. 

Ovalle (Alonso de), escritor, pág. 370. 

Ovando (el marqués de), gobernador y capitán general de Fi- 
lipinas, continúa protegiendo al rey de Joló, pág. 25.— Por qué 
no pudo ejecutar la expulsión de los chinos, pág. 400. 

Otter (Juan), escritor flamenco, pág. 390, 

OzMAN, joloano, preso en Manila, pág. 140. 



Pacho (Juan), comandante del presidio de la Caldera, pági- 
na 397. 



Tabla general. 448 

Palióla (P. Francisco!, jesuíta, mártir en Mindanao, pág. 3i6. 

Palomino, el sargento mayor, pág. 3oo. 

Pangiana Banquilin, esposa del dato ó príncipe Iban Pahala- 
guan, pág. 35. 

Pantaleon (el P.), jesuíta de la misión de Ternate, pág. 294» 

Paotoxg, datojoloano, cómplice deTetengensu conspiración 
contra Zamboanga, pág. 104. 

Pedro (fray Agustin de S., llamado el padre Capitán), suvalor 
y fama, pág. 417. 

Pérez (el P. Hierónimo), jesuíta, compone una comedia de 
la conquista de Mindanao, págs. 309 y 36i. 

Pérez das Marinas (Gómez Pérez), gobernador general, trata 
con el rey de Siam, pág. 332. — Acrecienta dos reales el tributo 
de los indios, pág. 403. — Relaciones de su desgraciada muer- 
te, págs. 387 y 396. 

Pérez das Marinas (Luis), hijo de Gómez Pérez, pág. 396. 

Peters, capitán del bergantín Thainstone, pág. 371. 

PiCHARDO (fray Bartolomé), párroco de Casiguran, cautivo de 
los piratas, pág. 2o3. 

P1NEL0 (Antonio de León), escritor, págs. 35i y 36o. 

PiNELo (fray Francisco), fraile dominico, pág. 307. 

PoNCE (P. Miguel), jesuíta, mártir en Filipinas, pág. 3i5. 

PoNCE DE León (D. Francisco), guardia marina, dirige la 
construcción de las primeras cañoneras, pág. i63. 

í*0NCiA.N0 Enriquez (D. José), mexicano, presidiario y encar- 
gado de hacer la paz con el sultán de Mindanao, pág. 278. — 
El presidio en que estaba cumpliendo su sentencia era el de 
Zamboanga, pág. 410. 

Portilla (D. Segundo de la), general y escritor, pág. 373. 



QuESADA (fray Pedro de), escritor, pág. 388. 

QuESADA (D. Antonio Fabián), trabajador de España á Bor- 
neo, pág. 29. 

QuiBAD Tajarxal, príncípc de Mindanao, pág. 74. — Ofrece per- 
seguir á los illanos, pág. 104. 



444 Tabla general. 



QuiNTANO (D. Fernando), capitán de la desgraciada fragata 
María, pág. 187. 



R. 



Raully (D. Juan), vecino de Manila, pág. 189. 

Rebello (Gabriel), escritor portugués, pág. 889. 

Reboredo (el P. Bartolomé de), jesuíta, pág. 36i. 

Revilla (D. Juan Bautista), tesorero real, pág. 200. 

Reyes (Gabriel de los), indio, descubre la conspiración de 
Teteng contra Zamboanga, pág. 104. 

Rivadeneyra (fray Marcelo de), franciscano, escritor, pág. 352. 

Roa (el P.), jesuíta de Manila, pág. 304. 

Robles (P. de), escritor, pág. 391. 

Robredo (D. José), capitán de la fragata Fama, pág. 197. 

R0CAMORA (Doña Angela), poetisa portuguesa, pág. 391. 

Rodríguez Maldonado (Miguel), escritor, pág. 334. 

Rojas (el general D. Antonio de), pág. 122. 

Rojas (D. Graciano de), notario eclesiástico del presidio de 
Zamboanga, pág. 77. 

Rojo (D. Manuel), arzobispo de Manila, gobernador superior 
interino, pág. 43. 

Ronquillo (D. Gonzalo), funda la villa de Arévalo, pág. ii3. 

Rubio Unsay (Manuel), chino del Parlan de Joló, pág. 82. 

RuTxiA BoNGso, sultán de Joló, quebranta la paz y alienta la 
piratería, pág. i5. 



Saavedra (D. Ignacio), capitán del ejército español, pág. 38. 

Saavedra (D. Juan), gobernadorcillo de lutaos, gremio de 
Zamboanga, pág. 278. 

Sabdula, dato de Joló, pág. 19. — Acude á Basilan cuando el 
atentado contra los holandeses, pág. 415. 

Sacristán (D. Gerónimo), corregidor de Misamis, pág. i32. 



Tabla general. 445 

Sadam, princesa de Tamontaca, pág. 338. 

Saenz de Vizmanos (D. Matías), secretario de la Sociedad Eco- 
nómica de Malina en i833, pág. 393. 

Sainte Crtoix (Mr.), aventurero y escritor francés, pág. 277. — 
Lo que hizo en Manila, pág. 410. 

Sajudin, sultán del Maluco y de la isla de Bachanan, solicita 
la amistad española, pág. io3. 

Salazar (D. Josepito), sus versos, pág. 3o5. 

Salazar (el P.), provincial de los jesuítas de Filipinas, pá- 
gina 36o. 

Salaverría (D. Santiago), jefe de las lanchillas, pág. 49. — Su 
plan para estirpar la piratería, pág. 157. 

Salva, librero, pág. 363. 

Sande (D. Juan de), gobernador general de Filipinas, restable- 
ce á Sirela en el trono de Borneo, pág. 8. 

Sánchez (P. Bartolomé), jesuíta, mártir en Mindanao, pág. 317. 

Sanna-Y a-Han, dato que autoriza la incorporación de Joló á 
España, pág. 374. 

Santayana (D. Agustín), escritor, pág. 385. 

Santos (D. Ramón Mariano de los), principal de Iloilo, pá- 
gina i38. 

Sarmiento Valladares, gobernador de Zamboanga, destru- 
ye la conspiración de Maulana, pág. iS. 

Sarrio (D. Pedro), teniente de rey de Manila, gobernador ge- 
neral interino, pág, 106. 

Sasi ó Zasi (P. Francisco), jesuíta, rector del colegio de Zam- 
boanga, págs. 327 y 347. — Va con una misión á Tamontaca, pá-' 
gina 328. 

ScHOT DE MiDEMBURGo (Apolonio), cscritor holandés, pági- 
na 390. 

Sebastl\n (D. Teodoro), alférez guarda-costas, pág. 283. 

Segovl\ (D. Antonio Marín), cónsul de España en Singapooi^, 
pág. 379. 

Seist (Gil), escritor, pág. 355. 

Selongan, terrible pirata, padre de Cachil-Moncay, pág. 3oo. 

Serrano (P. Andrés), jesuíta, naufraga y muere en las Caro- 
linas, pág. 3í3. 

Sevire (D. Hipólito), capitán de una división de lanchas, pá- 
gina 19J. 



446 Tabla general. 



Silva {D. Juan de), gobernador general de Filipinas. — Su 
empresa contra Malaca y los holandeses, pág. 355. 

SiRELA, rey de Borneo, pág. 8. 

Solana (marqués de la), V. Urbi^tondo. 

SoLORZANO (el P. Manuel), jesuíta, mártir en Marianas, pági- 
na 3]2. 

Somera (D. José de la), escritor, pág. 368. 

Spillbergen (Jorge), corsario holandés y escritor, pág. 358. 

Storvel (el P.), bibliógrafo de la Compañía de Jesús, pági- 
nas 353 y 359. 

Strobac (el P. Agustín), jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3i2. 

SuAREZ (D. Juan), gobernador de Iloilo, pág. i35. 

Suarez (D. Rufino), asesor de gobierno: su informe en el expe- 
diente general de piratería, pág. 218. 

SuAREz Gallinato (Juan), su expedición á Mindanao, pági- 
na 397. 



T. 



Tagal, capitán general (sic) de Cachit Corralat, cautiva en 
Cuyo al corregidor, pág. 296. — Sus bravatas contra Manila, id. 

Tamparon (D. Pedro), marino español indígena, pág. 41. 

Tampil (D. Francisco), capitán español indígena, gobernador- 
cilio de los lutaos de Zamboanga, pág. 37. 
• Taycosama, emperador del Japón, sus trapacerías, pág. 394. 

Tello (D. Francisco), gobernador general de Filipinas, pági- 
na 367. 

Teteng, dato joloano del partido español, pág. 77. — Su carác- 
ter intrépido, pág. 92. — Su bárbaro atentado contra el establecí- 
nyento inglés de Balambangan, pág. 96. — Trama una conspira- 
ción semejante contra Zamboanga, pág. 104. — Otra relación de 
.<:u atentado, pág. 38o. 

Tkmpler (Mr.) imprime en Londres las cartas de sir James 
Rrooke, pág. 387. 

Thevenot (Mr.), escritor, pág. 36i. 

TiRi,ES, pirata basilano, pág. 273. 

ToniAs (D. Mariano), su voto en la junta de guerra, pág. 214. 



Tabla general, 447 

—Lo manda á Manila, bajo partida de registro, el alcalde ma- 
yor de Cebú, pág. 272. 

Tomangon-Yo-Han, dato que autoriza la incorporación de 
Joló á España, pág. 374. 

ToRDEsiLLAs (Agustin de), escritor, pág. 352. 

ToRRALBA (D.Eustaquio), natural de Manila, aventurero en 
Joló y tenido por brujo, pág. 79 y siguientes. 

Torre (D. Gaspar de), gobernador, pág. 223. 

Torre-Campo (marqués de), gobernador de Filipinas.— Hace 
un tratado con Joló en 1726, pág. 222. 

Torrellas (fray Pascual), franciscano, escritor, pág. 358. 

Torres (D. Nicolás), capitán provisional de la marina corsa- 
ria y primer vigia de la isla del Corregidor, pág. 175. — Su ex- 
pedición á Punta Santiago, pág. 194. 

Torrubia (fray José de), págs. 36o y 36q.— Su obra del Maho- 
metismo en Filipinas debió servir de modelo á ésta, pág. 39o. 

Transoni (Giacomo), cardenal, prefecto de Propaganda Fide, 
pág. 377. 

Trujillo (fray José de), franciscano, escritor, pág. 3d5. 
TuÁ NuRONG, comerciante ioloano, pág. 142. 



U. 



Urbiztondo (D. Antonio), marqués de la Solana, capitán ge 
neral de Filipinas, conquista á Joló y le impone el tratado de 
incorporación á España de 19 de Abril de i85i, pág. 373 y si- 
guientes. 

Ustárjz (fray Bernardo), prior de Santo Domingo de Manila, 
pág. 407. 



V. 



Valderrama (D. Francisco!, hecho que se atribuye á milagro, 
pág. 3o2. 

Valdes Tamon (D. Fernando), gobernador general de Filipi- 
nas, socorre la fortaleza de Linacupan, pág. 121.— Hace un tra- 



448 Tabla general. 

tado con los joloanos, pág. 223. — Gastos que hizo en la guerra 
de los piratas, pág. 404. 

Vergara Gaviria (Lúeas de), escritor, pág. 35q. 

Vertiz (el capitán D, Pedro), derrota á los tirones en las cos- 
tas de Zamboanga, pág. 41. 

Victoria (el Exorno, señor marqués déla), capitán general de 
la armada, pág. 59. 

Vicuña (fray Pedro de), dominico, escritor, pág. 365. 

Villahumbrosa (conde de), su librería, pág, SSq. 

ViLLAMANRiQUE (el marqués de), caballero de Sevilla, pág. SSg. 

Villar (D. Juan del), director de obras en el Arsenal de la 
Barraca, pág. 200. — Deslucido en la construcción de la Lu^onia 
y por qué, pág. 408. 

Villar Nobo (D. Francisco), pilotín de la fragata María, pá- 
gina i-g, 

Villareal (D. Pedro Zacarías), gobernador do Zamboanga, 
pág. 34. 

Villelmi (P. José), jesuíta, amigo del rey de Joló, pág. 335. — 
Muere en Zamboanga, pág. 336. — Asiste aquél á su entierro y 
hace su elogio, pág. 416. 

Vinmal, general de marina ó ladialant de Joló, pág. 36. 
Vítores (P. Luis de San), jesuíta, mártir en Marianas, pág. 3i2. 



Zamora (P. Pedro de), jesuita, mártir en Mindanao, pág. Siy. 
Zarapudin, dato joloano del partido inglés, pág. 79. 
Zarra (D. Ignacio), capitán de marina, pág. 75. 
Zenon (D.), calificado por el autor de aventurero, fachenda y 
botarate, págs. 276 y 409. 
Zuñiga (fray Pedro de), agustino, escritor, pág. 359. 



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